13 diciembre 2013

Minucias

Me despierto en mitad de la mañana. A lo lejos alguien usa un martillo. Nunca faltan martillos en el vecindario. Creo que la actividad estrella es usar martillos. No hacen falta ferreterías. Solo tiendas de martillos a secas. Usar el martillo esta por encima incluso de ver fútbol.
La primera duda existencial del día: hay tres cepillos de dientes y solo uno me pertenece pero no recuerdo cual era el mío. Mi madre les ponía el nombre escrito a mano envuelto en celo por el final del manguito. Aquí estoy solo ante el peligro. Pero da igual. Ya toca cambiarlo.
Voy a desayunar. Saco mis cereales en una bolsa de plástico cerrada con una pinza de la ropa para que no se oxiden y me preparo leche con cacao. El microondas da algunos problemas y no quiere arrancar pero al final es sólo la puerta que está mal ajustada. El desayuno me deja una taza de porcelana con la S de Superman en relieve y una cucharilla para lavar. En la pica me encuentro que uno de los dos guantes de goma esta mojado y eso supondrá ponérmelo con dificultad pero sacármelo con más trabajo todavía. De no ser por eso hubiese lavado incluso lo que no me pertenece pero no. El guante mojado me da la coartada perfecta para no lavar nada.
Me visto, cojo una bolsa de basura de orgánica y otra de variada más dos botellas de plástico y salgo a la calle. Veo que el papel dónde anotamos la lectura del contador de la luz ha sido arrancado. En casa de mis padres sucede igual. Hay un anormal omnisciente que los arranca en todo el mundo. Es como Papá Noel pero en lugar de repartir regalos se dedica a arrancar el papelito alrededor del planeta. El día que lo pille le arrancaré yo quejidos de dolor. La mala hostia amplifica las fuerzas y a mi me sobra.
En el buzón hay varios papeles de publicidad repetidos que seguro que pertenecen a mi vecino que los ha colocado allí por no llevárselos a casa. Los devuelvo al lugar del que deben haber salido y añado los del resto del vecindario.
Tiro la basura usando los pies para levantar las palancas con pedal de los contenedores y sintiéndome libre, ya sin nada en la mano, me dirijo a la cafetería. Tirar la basura es como una metáfora. Dejo atrás lo molesto y me centro en lo importante, el café.
Entro en la cafetería y descubro el periódico contento pero compruebo que es el deportivo y lo dejo donde estaba. El diario que busco lo tiene alguien y cuando veo que lo está acabando una señora mayor se lo pide antes que yo así que renuncio. Me pongo a navegar con el móvil.
Cojo una servilleta y escribo unas letras a mano procurando hacerlas nítidas en el débil papel, las fotografio y le envío a Ella unas disculpas y un par de frases cursis. Ampliando la foto se lee bien el mensaje escrito. Solo os escribo las disculpas: "¿Sigues enfadada por lo del otro día?". Luego me limpio los labios excitados de cafeína y arrugo la servilleta escrita que queda en forma de bola sobre el platillo dónde me habían entregado un croissant que ya no está. Luego curioseo libros por Amazon y descubro un apellido que me suena mucho, Gamboa. Aunque no lo creía resulta que sí. Un tipo con el que estudié el primer año de instituto está vendiendo la segunda parte de su libro de aventuras. Más de 200.000 lectores, dice su publicidad. Le veo sonriendo en una fotografía en que se le ve casi igual al tipo callado de mis recuerdos de instituto. La publicidad asegura que ha sido submarinista, piloto y no se qué más además de pasarse la vida sin lugar fijo de residencia y viviendo a salto de mata. Un aventurero con todas las de la ley. Igualito que yo.

08 diciembre 2013

Intimidad

Encuentro a menudo llamamientos a la intimidad desde Facebook. Que hagas no se qué para que los mensajes que se escriben solo lleguen a ojos del destinatario y no los lean terceros. Está bien. Casi siempre me lo piden mujeres. Supongo que tendría que serlo yo para que me molestasen más a menudo. Y aunque acepto este deseo de privacidad no lo comparto o no lo necesito del mismo modo. 
Estos llamamientos a la intimidad vienen casi siempre de gente que sólo publica lo que come, viaja, lee, escucha o sienten por sus hijos. Tampoco es como para agobiarse con que alguien coja esa información y pueda usarla malintencionadamente. El mayor peligro es que esa información mate al que la recibe de aburrimiento. Otra cosa sería que intercambiásemos fotografías pornográficas. Claro que ya no usaríamos facebook salvo en caso de exhibicionismo profundo. 
Hay mucho deseo de intimidad. Pero esta es cambiante. Ni se entiende igual en todos los países, ni ha sido lo mismo a lo largo de las épocas ni creo que siquiera tú que me lees tengas la misma idea de lo que es que yo que la escribo. 
Hace años le presenté a J. su futura pareja. Esta era amiga de la mía. El intercambio de intimidades entre ambas amigas me inquietaba. Ellas se contaban sus cosas y luego lo de J. me llegaba a mí y lo mío le llegaba a él. Menos mal que ambas discutieron para siempre. Me sentía expuesto. Como si estuviéramos en una pareja de cuatro.
A lo largo del tiempo he visto a gente pidiendo intimidad para sí misma a la vez que extendía sin problemas la de otros. Gente que no quería que contasen nada sobre ellos contándome sin yo querer escucharlo(o sí, depende del día) asuntos referidos al tamaño del miembro de un compañero de trabajo(que se contaba que a pesar de lo escaso era bueno con el cunnilingus), de gatillazos, insatisfacciones femeninas y alguna masculina, infidelidades, masturbadores compulsivos que ponían su mano por delante de su esposa, de lo que se dejaba o no se dejaba hacer esta o aquel...
La vida en pareja no es intimidad. En el momento en que compartes ya no es íntimo. Si alguien te ve, alguien lo sabrá. No le des más vueltas, levanta la cabeza con orgullo. Quién esté libre de caer en alguna miseria humana que se queje. Igualmente no le harán caso. Digo esto mientras le pregunto a la chica que me acompaña sobre qué y qué no le cuenta a sus amigas de lo nuestro. Mientras lo "nuestro" es algo que disecciono en un blog. Sin nombres ni caras, eso sí, como en los chats guarros.