28 abril 2014

Respiro

Salimos en mitad de la mañana a mi pueblo costero preferido. Urge encontrar una cafetería acogedora. Como desconocemos dónde hacen el mejor café, buscamos un local que simplemente resulte agradable a la vista. Tras varias dudas y alguna que otra disensión llegamos a un consenso con esa cafetería con mesas de mármol blanco redondo aunque moteado de grises y oscuros. Patio ajardinado y al descubierto y algún pájaro que canta sin pedir dinero. Hace sol y tenemos que administrarlo ya que en esta época no sobra y aún no se sabe cuando pinchará la mañana y lloverá. Hoy no, desde luego. 
Entre el buen tiempo y la cafeína se nos levanta el ánimo. Ella se ríe siete u ocho veces de buena gana. Casi el doble que en las cafeterías de nuestro barrio. Vamos bien.
Resolvemos nuestro futuro sin dificultad. El problema parece hoy menos difícil. Luego salimos a pasear por la zona, a mirar gente que a su vez nos mirará a nosotros porque también somos gente.
L. me arregla el cuello de la camisa que se me ha doblado hacia dentro y le digo que pudo haberlo visto antes, tal vez en la cafetería. Pero como el asunto no da para discusión seguimos con el plan concebido. Ella entra a mirar tiendas y yo la espero fuera, con un libro abierto en la mano para distraerme, dócil como un perro atado a una farola. Entre otros hombres más o menos aburridos. Allá ellos que no llevan libro o algo que les distraiga. Yo siempre llevo mi libro encima, mi mano derecha no sabe lo que es la libertad. 
Después de sopesar un par de blusas que observo y a las que debo ofrecer mi visto bueno como si fuera certificado de garantía (pero al final es burocracia inútil ya que están compradas, le gustan y sólo ella decide lo que se pone) continuamos el paseo. Repartimos las horas siguientes entre mirar rápidamente el correo en un cyber, hacer una inspección de la playa y caminar por esta con la lentitud de las pesadillas pero sin su angustia y comprar en el supermercado, regresamos. Comemos, ella se deja seducir por la siesta y yo continuo con mis aficiones. Aún nos da el día para visitar el otro lado del pueblo o tumbarnos sobre una toalla en la playa. Hay perros jugando a agarrar un frisbee, pescadores con movimiento de estatua y una niña que consigue llorar casi una hora porque su padre le ha reñido y le ha levantado la mano(sin llegar a bajarla, menos mal, qué hubiese sido entonces).   
De noche cenamos y busco alguna de las películas que he traído. Antes del final me entra sueño, hago un amago de evitarlo pero sé que no quiero ganar esa lucha así que me voy a dormir. Sin felices sueños porque si los hay no los recuerdo. Todo de un tirón. 
Estos días que tuve no son para "cargar las pilas" o "desconectar", no soy una máquina. Cuando regrese no tardaré ni dos minutos en ponerme al día con el cansancio. Estos días son más un estado psíquico. Ese al que querré regresar cuando las cosas no vayan tan bien y la mente busque imágenes agradables para respirar.