27 octubre 2014

¿Es idiota el patriota?



Me encontré con una excompañera de un extrabajo. En el vagón de metro. Tras presentarnos y saber que compartiríamos al menos siete estaciones, lo de hablar del tiempo no era una opción. Había que llenar minutos. Ella, por suerte o por desgracia, llevaba un tema preparado de casa para cuando te encuentras con extraños. Uno que le apasionaba. La independencia de Cataluña:
-          ¿Pero no te importa el futuro de Cataluña?- me dijo como si esperase que no cupiera más respuesta que el sí con lágrimas en los ojos.
-          Sólo en la medida en que el futuro de Cataluña afecte mi futuro- dije.
No respondió nada pero la mirada se le volvió hostil o eso pensé yo. Aún así siguió con lo suyo y a mí me daba vergüenza abrir un libro y leerlo mientras hablaba:
-          Pues lo mejor es la desobediencia civil. O eso o desde España…
Yo estaba preocupado por un hilo que se me había soltado de la camisa. Intenté cortarlo con la mano pero comprobé con desesperación que se deshilachaba más. Y no llevaba tijeras encima.
-          ¿Me escuchas?
-          Claro, las amenazas del centro y la ultraderecha…
Ese día estaba despierto. Me había tomado mi magnesio. Ocasionalmente puedo ser multitarea por unos minutos.
-          No se atreverán a traer los tanques. La comunidad internacional no lo permitiría, vamos…
Definitivamente no podía seguir tirando de ese hilo. Miré alrededor por si a la gente le interesaba que a mi camisa se le hubiese soltado algo. Nada. Iban a lo suyo. Claro que para hilos perdidos los de la conversación-monólogo que llevaba ella:
-          ¿No crees?
-          Sí, sí… -dije sin saber a qué cosa le estaba regalando una afirmación.
-          ¿Estuviste en el día de La Diada? ¿En la V?
Claro que estuve. Tenía que trabajar y de vez en cuando veía pasar gente con banderas como capas a lo superhéroe, agitándolas otros, no sé, todo muy infantil pero con un gran ambiente festivo, eso sí. Además me “encantaban” esas pinturas tribales de guerra de cuando la gente se ensucia la cara no para lucir más atractiva sino feroz, con los colores de una patria, sea lo que sea eso. Ocasionalmente fantaseaba con que me dedicaba a quemar esas banderas. Las de estos y las de los otros. Pero por lo demás la gente estaba muy amable, te sonreían hasta cuando les preguntabas “per el proper tren”. Cómo mola sentirse de un grupo mayor que te arropa, te mima, te quiere…
Al final arranqué el hilo. Me quedaron unos milímetros sueltos. Mi compañera se levantó, nos despedimos y ella me dejó un consejo casi revolucionario “ahora tenemos que estar todos muy unidos”. La vi marchar con muchas cargas, un bolso que lucía muy pesado y una patria enorme que salvar sobre su conciencia.
¿Cómo será eso de sentir una patria? Es que ese orgasmo no lo he tenido. ¿Te deja a gusto o como en lo otro te pasas la vida buscándolo, trabajando mucho para tenerlo y cuando llega, todo ese trabajo solo se traduce en unos segundos de clímax y luego la sensación de que no es para tanto?

20 octubre 2014

La paja en el ojo de la cajera



En las colas de ciertos supermercados pienso en la concepción pesimista sobre la especie humana de Hobbes. Y en más sitios también, casi en cualquier lugar, la verdad. Debería ser más tolerante pero no sé cuáles son las ventajas de esa tolerancia. A veces le toleras algo a la gente para que la gente se aproveche y saque algo más de ti. Pero vamos a uno de mis escasos casos en los que no hice absolutamente nada por gritar ni pegarle a nadie. Solo me dejé llevar por la observación y la calma aparente.
Hace unas semanas y cuando empecé este post estaba en un supermercado. En su cola. Éramos dos. Una señora de más de setenta y yo. Yo tenía prisa porque se me echaba la hora del trabajo o por lo menos de sus preparativos. Yo llevaba cuatro cosas. Ella un carro cargado con suministros para acondicionar un búnker antes de una guerra nuclear. Aún así no me sugirió que pasase yo primero (yo lo hago siempre si el caso es el opuesto aunque cada uno tiene la educación que puede o le han dado). Pero lo malo es que se puso a explicarle a la cajera con la que debía tener confianza, los problemas de su hija. Empezaba con infidelidades y la trama hubiese sido interesante para otro día pero como he dicho, yo llevaba prisa. Y las dos botellas de leche, los cereales y el pan pesaban un poco más que cuando los cogí.
La señora, con ese egoísmo tan perfecto en el ser humano que sólo alcanza su mayor refinamiento en la jubilación, seguía dale que te pego con su charla mientras los minutos se me morían en el reloj.
La señora se puso a buscar unas monedas en su monedero. Era la hora de pagar en céntimos. Hay gente que cree que ahorra mucho así pero el tiempo que se te va haciendo el idiota con los céntimos no tiene precio. Especialmente si tu compra es grande y pagas así más de la mitad. Todo eso sin dejar la charla, hoy le iba hacer huevos con patas fritas a la hija y al nieto.
Gracias a mi gran expresividad facial la cajera no necesitó más de un vistazo a mi rostro para entrar en pánico y buscar con su mano una botella de leche pero la señora le detuvo el movimiento con la voz: “No me has hecho el descuento este ¿Verdad?” Le acababa de sacar un papel arrugado de no sé qué parte de su bolso. Y la susodicha nena lo cogió para estudiarlo sin reconocer muy bien esa oferta, a veces pasa pero no sé por qué, los supermercados hacen ofertas que sus cajeras desconocen, otro misterio para el programa de las noches de los Domingos. La cajera llamó por el micrófono a su encargado. Mi compra ya estaba sobre la cinta pero no resolvían ese asunto, el tiempo era una opresión a la altura de mi corazón. Pero al fin se arregló, le pasaron algunos productos otra vez por la pistolita del código de barras y la señora comenzó a pagar o terminó de hacerlo con sus monedas pequeñas e inofensivas. Ya estaba mi leche a punto de pasar por caja cuando la señora dijo: “Nena, creo que no me has devuelto bien el cambio
Volví a ver a la señora dos semanas después. En el mismo súper. Corrí para ponerme delante de ella y lo conseguí. Esta vez éramos varios y la señora estaba atrás pero yo no podía vengarme porque las venganzas en las que la víctima no aprende nada ni es consciente son tontería y porque los demás no tenían la culpa.
En un momento dado la cajera tuvo un problema con otra señora. Otro descuento apócrifo. Otra llamada al encargado. Y fue entonces cuando oí la voz de la señora a mi espalda:
-          Nena, espabila un poco que no tenemos todo el día.

12 octubre 2014

La verdad y sus inconvenientes y viceversa



Entro en la cafetería con unos cuantos libros por hojear. Un placer añadido al de leer.
Pido el café y me entretengo leyendo a picoteos leves. Son las primeras páginas del libro de García Montero que me recomendó el buen amigo Mario. En esta novela alguien lee en una cafetería. Literatura dentro de la vida que a su vez se vuelve literatura al escribir sobre el asunto. Leéis sobre alguien que toma café y lee sobre alguien que a su vez lee y toma café. Existe también un libro que se titula algo así como “La gente que toma café y lee es feliz” pero no salen casi librerías ni cafeterías así que lo considero timo y no lo leeré.
Estoy esperando una llamada. L. está en la Ciudad de la Justicia (asuntos laborales) y cuando acabe yo debería estar allí pero se me ha hecho tarde y “allí” me pilla un poco lejos. Yo debería estar como medio distrito más cerca de L. pero los cantos de sirena de la biblioteca me han vencido, debí ponerme los tapones. Ahora tendré que buscar alguna excusa para decirle por qué no me he situado más cerca de ella o por qué no he dicho que no lo iba a hacer.
Normalmente tendría montones de argumentos para defender mi caso contra la abogada. Pero la abogada ya me conoce después de tantos años y creo que no escucha mis excusas. Ahora pone más la mirada en el contador de los resultados y cuando termino con mis argumentos me suele decir “Pretextos no te faltan”. Y con eso da por zanjada la conversación y además me dice que no se cree nada.
Suena la llamada más o menos esperada.
-          ¿Estás por aquí?
-          No, estoy por otro aquí. Es que he ido a… Estoy ocupado.
-          ¿Ocupado en qué?
Si le digo la verdad le tendré que confesar que ahora mismo, leyendo el texto del sobrecito de azúcar, un texto apasionante, corto y directo: “Etiopiá-Moka, El café noble por excelencia, desciende en línea directa de los primeros cafés, descubiertos, según la leyenda. Café con bastante cuerpo, de aroma salvaje y perfumado, de excelente paladar, suave y poco ácido
No, definitivamente puedo buscar algún otro pretexto que el de “estoy ocupado” pero ninguno será escuchado.
Toca mentir. Inventar un cuento galardonado con el Primer Premio a la mentira que cuela.
Pero ya lo he dicho. Esta mujer es que no me escucha. Con el cariño y mimo con el que le preparo mis mentiras…
-          Y no me cuentes historias que te conozco- me dice.
Está claro que por el camino de decir la verdad acabaré antes.
De hecho nadie tendría que mentir si la verdad no se penalizase tanto.