27 julio 2015

Y perdónanos señor, así como nosotros perdonamos a...



Tuve unos obreros haciendo la portería el mes pasado. Una orquesta de un tipo cantando Los Chunguitos con acompañamiento de fondo de martillos y taladros. Una delicatesen para los amantes del ruido de buena mañana. Pero el espectáculo acabó, todo tiene un final. Hubo alguna polémica vecinal con los buzones. La gente no soportaba que ahora se abrieran hacia arriba. Se habían pasado la vida abriéndolos hacia un lado. Y claro, el nivel intelectual de mis vecinos no es alto o bajo, es decrépito. No les metas desafíos así. Son gente muy mayor cuya mayor gimnasia mental es entender qué hace o deja de hacer el vecino teniendo como única referencia la maledicencia y la siempre socorrida mirilla. Y de entre ellos voy a devolver hoy al escenario  a la señora Teresa, una vieja conocida de este blog. Es de la joven generación del edificio, apenas sesenta años, todavía tiene el cerebro afilado. Muy “querida” por mí y sobre todo por mi compañera por meterse en nuestra vida e inventarnos historias durante un tiempo. Hasta que la vida le dio un golpe. Se le murió el marido. Se la veía derrotada por eso. Decía que la soledad era muy mala y aprovechaba cualquier encuentro para llorar un rato. Sí, seguía metiéndose en nuestra vida pero menos. La maldad se le había desactivado algo. Ya no colgaba cartelitos en la puerta avisando sobre lo terrible que era su familia o cualquiera que a ella le pareciera el demonio en mitad de sus delirios paranoicos (¿pero quién cuelga carteles en el vecindario explicando lo malas que son sus hermanas o cuñados?). Entre otros asuntos. Ese marido que la dejó tan sola la dejó también más débil. Empezaba a darme pena. Como mi vecino de arriba. Creo que no lo menciono desde que su hijo y yo casi volvemos al ring de las hostias callejeras hace más de un año. ¿Más de un año ya? ¿Y luego nada? No realmente. Porque después de aquello su padre tuvo un ataque al corazón y problemas con el riñón. Eso le impidió trabajar con chatarra sobre mi cabeza a las tantas de la mañana. Ahora está tan ocupado manteniéndose vivo que también nos deja vivir a nosotros. Y el hijo vive tan preocupado que me rehúye la mirada, no quiere más campeonatos a golpes por el título para el más cafre del año. Y desde luego yo que no tengo chimenea no voy a hacer leña con los árboles caídos. Mejor apartarse si la carretera está libre y no entretenerse mucho con el pasado miserable.
Todo iba bien entonces hasta que Teresa regresó. Se recuperó de lo de su marido. Y comenzaron los ataques contra mi compañera esta vez.
El cantante de Los Chunguitos había cogido el felpudo de nuestra casa y lo había metido en los bajantes de la comunidad sin avisarnos. Como no sabíamos dónde estaba le preguntamos a la presidenta pero dijo que “ni idea”. Y era cierto. La única que sabía lo que había pasado con el felpudo era doña Teresa que por todo se interesa. Otra vecina esclareció el asunto.
Resulta que la susodicha ha bajado últimamente por mi rellano porque si no, no se explica qué hacía en un lugar que no es ni zona común, el ascensor le pilla lejos de mi casa. Al parecer abrió la puerta de los bajantes, sacó el felpudo y otros trastos que decía que eran de mi mujer (falso, no meteríamos en un lugar tan cucarachero trastos ni a punta de pistola) y dijo es “Es de L. es de L. a la basura con eso” (L. es mi compañera). Porque sí. Porque lo vale. Porque se cree dueña del edificio y parece su inspectora. Tiró el felpudo al  contenedor más cercano. Para ella el concepto “habla con la presidenta si tienes un problema con el vecino” no existe. Y es una lástima porque yo estaba tranquilo y no me meto en nada ni con nadie pero luego, cuando entran en mi territorio soy un poco bestia. No creo en lo de la otra mejilla, he superado la tradición judeocristiana desde que era un crío. Creo que la gente muchas veces te dice que dejes pasar las afrentas por cobardía o pereza pero no por bondad. Yo para vengarme no soy ni cobarde ni perezoso. Le hago un bien social al mundo si paro a mis ofensores. Y soy persistente y tengo una mente creativa (la parte del cerebro que activas generando maldades es la misma que te hace escribir novelas). Porque… Bueno, por ahí dicen que no hay que desearle el mal a la gente. Pero hay gente que cuando está mal te permite vivir y luego, cuando se recupera y está bien, solo usan su salud para acabar con la tuya o hacerte un mal. ¿Se supone que no hay que hacer nada con esa gente? Por favor…          

15 julio 2015

Vanos intentos de lectura






Estad resueltos a no servir más y seréis libres (pues como no encuentre otro trabajo a ver de qué vivo…). No deseo que lo forcéis, ni le hagáis descender de su puesto(al que mande); sino únicamente no sostenerlo más; y lo veréis como un gran coloso al que se le ha quitado la base, y por su mismo peso se viene abajo y se rompe (pues mis jefes no caerán, están aupados por la cobardía de muchos, qué fácil es dar buenos consejos siendo filósofo con sustento asegurado…)



-    -  ¿Tienes ropa negra para lavar? Tengo una lavadora de color.

-     - No… No sé- levanto la vista del libro, tardaré un rato en volver a entrar. 


Yo creo que deberíamos ser hombres primero y ciudadanos después. Lo deseable no es cultivar el respeto por la ley, sino por la justicia. La única obligación que tengo derecho a asumir es la de hacer en cada momento lo que crea justo (me encanta Thoreau aunque cada vez haya menos naturaleza en la que desaparecer)



-Riiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiing
- ¿Diga?
- Llamamos del servicio de atención al cliente de Vomistar. Queríamos preguntarle qué tal se siente respecto a su servicio.
-Me siento mal, estaba leyendo y me acaban de interrumpir.
- Le queríamos ofrecer una oferta de hasta…- la oferta se veía venir así que cuelgo como siempre, sin escucharla, no me gusta usar el teléfono, sólo lo tengo para emergencias.
-Tut,tut,tut,tut….



¿puede ocurrírsele a vuestro Espíritu que esos filósofos, cuyos Escritos leéis con tanto cuidado, han encontrado eso que buscáis? Ellos lo han buscado como vos, Señor, y lo han buscado vanamente. Vuestra curiosidad ha existido por los siglos de los siglos, como vuestras reflexiones, y la incertidumbre de vuestros conocimientos. El más Devoto no puede creer siempre, ni el más Impío no creer jamás; y es una de las desgracias de nuestra vida… (mmm qué interesante este pensador, espero que nadie me interrumpa)   



-     - Hilaaaaaaariooooo, compra patatas, patatas, PATATAS- suena la señora de arriba- Que digo que compres patatas, para hacer fritas. Patatas… De las de freír. Patatas.

-     - ¡Qué compres patatas maldito sordo de mierda!- le grito yo cerrando el libro.  



“… no será todo, en este total del mundo, una serie entre insertada de sueños y novelas, como cajitas dentro de cajitas mayores- unas dentro de otras y estas en más-, siendo todo una historia con historias, como “Las mil y una noches”, sucediendo falsa en la noche eterna.”


-¿Sergio? ¿Estás en la habitación todavía? Es que no se te oye. Que dice tu madre que si vas a ir a visitarla que te hace comida y luego te puedes traer algo para mí. Yo de ti iría…
-Dame media hora y acabo con esto.
- ¿Todavía leyendo? Claro, si no haces otra cosa. Ahí fuera también hay un mundo, ¿sabes?




Fragmentos en cursiva y fuera de paréntesis de Etienne de La Boétie, Henri David Thoreau, Chales de Saint-Évremont y Fernando Pessoa respectivamente. Extraídos del libro “Antimanual de filosofía” de Michel Onfray