14 diciembre 2015

Semana de reflexión


El otro día, viendo a Homer Simpson y recordando al presidente de mi país, tuve una revelación. Algo importante sobre la vida. La filosofía que necesitaba y estaba ahí sin haberla visto antes. Gracias a usted, presidente de esta zarandeada península.
Homer intentaba con sus torpes esfuerzos habituales hacer algo bien y todo se estropeaba. Le dolía tanto el fracaso que se tumbaba en el comedor de casa y decidía no volver a hacer nada en la vida, se acabaron los planes de futuro. “Si hagas lo que hagas y te esfuerces lo que te esfuerces, las cosas ocurren como quieren… ¿De qué sirve intentar algo?”, pensaba Homero Simpson. Y entonces yo, frente a ese programa de animación, pensé: pues igual que usted, “mire usted”, presidente.
Ha pasado por casos de corrupción flagrantes que apuntaban no solo a su partido sino a su mismísima persona, nos ha rescatado los bancos (que sí, vale, que según usted era otra cosa pero sólo porque le gustan los sinónimos como a todo buen político), los problemas que comenzó el anterior partido en Cataluña los ha dejado crecer usted por desidia, tuvo un desagradable caso de machismo antes de las elecciones al parlamento europeo con un candidato de su partido, etc. Y luego no pasó nada.
Con el tiempo, muchos de esos problemas se han resuelto o se han hecho más grandes. Da igual. Todos se han afrontado del mismo modo. Esperando. No haciendo nada. Lanzando ocasionales palabras tranquilizadoras o mensajes cifrados como “parece que está lloviendo”. Ganando tiempo mientras lo perdíamos nosotros hasta que pasase la tempestad.
Usted es como la madre que susurra al bebé que llora “ya,ya” y espera a que se calme con unas palmaditas. La madre lo consigue así que por qué no usted.
Y es que presidente, usted es un sabio. Ha entendido que si todo llega es porque también todo pasa. Usted que gusta de obviedades como “un plato es un plato y un vaso es un vaso” entenderá lo que quiero decir. “Todo esto para qué”, piensa usted igual que yo. Se lo pregunta, se encoge de hombros y espera. Y luego nada es tan malo como esperábamos. A lo mejor actuando todo iría a peor dadas sus limitadas competencias como político (todos sabemos que Soraya, su segunda, es el báculo en el que se apoya y delega porque sin ella su partido ya tendría la credibilidad de Pinocho incluso entre sus afiliados).
Pero dejemos de preocuparnos por todo. Usted es un mensaje de esperanza para todos nosotros. No hagáis nada, nada importa, los países se gobiernan solos, no hay problema que no se olvide en tres telediarios, tumbaos como Homer en el comedor de casa y a verlas pasar… El Universo no es para siempre. Si se va a acabar, a qué tanto movimiento y tanta preocupación.
A mí esta filosofía nihilista me inclina a ir el Domingo al colegio electoral, coger todas las papeletas, meterlas en una bolsa y luego pedir una mano inocente que saque una a boleo. Que vote el azar, a lo que salga, porque al fin da igual, de aquí a cuatro años nada importará. ¿Eso es lo que quiere que haga, señor presidente?   


Nota: A pesar del modo irónico marca de la casa, me temo que votaré sin esperanza pero con decisión al que menos malo me parezca. No llego al nivel de pachorra que tiene este presidente de política zen. No soy capaz de actuar como un maniquí o de vivir como un pedazo de nada a través de una pantalla de plasma. No le llego a la suela de los talones al presi, todavía creo que la democracia sirve para algo y hay que votar. En el fondo soy un ingenuo.