03 julio 2016

Adicción



Y te miré, y luego miré el reloj y volví a hacer un cálculo mental, unas veces seis minutos, otras tres, muchas veces cuatro y alguna que otra excepcionalmente siete pero eso poco, excepción es que es poco. En cualquier caso, cogías tu móvil con frecuencias que ofrecían una media de cinco minutos de descanso entre bocanada y bocanada de whatshaps o red social. Sonaba el cacharro, más bien vibraba y zumbaba como una abeja sobre la mesa, seguía un “disculpa” que casi no incluía ni una mirada hacia tu interlocutor, luego tu ceño concentrado sobre la pantalla del móvil desentrañando los secretos del mensaje recibido como el que abre un regalito de cumpleaños, finalmente un tecleo furioso que me daba la envidia sana de cuando era adolescente y en aquella academia de mecanografía todos-as tenían más pulsaciones que yo y los dedos más despiertos. Luego tú y yo retomábamos la conversación como el que retoma su película o su serie o su salsa rosa acribillado de la publicidad que le ha interrumpido y ahora no sabe muy bien en qué estaba, hay unos segundos de duda muy parecidos a despertarse y recuperar el yo que anoche se fue a dormir, un aturdimiento, las interrupciones atontan, hay que volver a colocarse en el lugar del que te desplazaron. Y entonces yo pensé que para eso mejor haberme quedado en casa que yo poco me aburro. Porque no sabía ni entendía la importancia de los mensajes que recibías. Mensajes que no se podían aparcar en un lado de tu teléfono más inteligente que tú ni durante una hora. ¿Qué podía haber tan importante que te tenía de guardia todo el día sin descanso ni contemplación del paisaje ni charla tranquila libre de zumbidos y ruido y furia digital? Era algo que te hacía interrumpir incluso un sorbo de café con leche a la mitad, relamerte el labio, otras veces apretarlo como si te hubieras puesto pintalabios pero con tanta crispación que al final se fruncían y parecías una criatura enfurruñada. Debías tener complejo de Superman. Pensabas que alguien estaría en peligro de muerte en algún lugar y si no atendías su mensaje escrito (ni siquiera su llamada, era una persona en peligro que escribía en lugar de hablar), moriría sin remisión dejándote un hipotético dedo culpable señalándote. Una persona que tal vez solo te tenía a ti en su agenda de contactos o sólo le quedaba batería para un mensaje y que había pensado en ti antes del apagón celular o era alguien que iba a ganar cien millones de dólares en un gran concurso y tú podías ser su comodín del público pero sólo se podía comunicar contigo mediante mensajes. Alguien al que de no responder en menos de un cuarto de hora abandonaría su amistad contigo, cesaría su relación de pareja, borraría vuestra consanguinidad. Y mientras tecleabas el último mensaje de nuestra sesión y a mí solo me quedaban los posos del segundo café y a ti el café con leche tibio, pensé que tenía ganas de romperte el móvil en la cabeza porque hablar solo es de locos pero con alguien que no te escucha es de idiotas. Pero tu regresabas ya al café cada vez más frío y a mí, cada vez más caliente y a punto de gritar y de empezar con un “vete a la mierda” o “que te den por el culo” o cualquiera de las posibilidades del manual del grosero indignado que luego, cuando pasase un rato y me quedase solo me harían sentir mal, me dejarían mal cuerpo, ya repensadas me producirían arrepentimiento y hasta me harían maldecir los impulsos de la testosterona que siempre me la lía o hace que la líe. Así que me entretuve con los vaivenes de la clientela y de cazar conversaciones al vuelo de las que a veces sacaba algo para algún personaje de ficción que alguna vez escribiré y no querré que suene a novela sino a verdad. Luego llegó el adiós sin haber justificado el “hola” y el “qué tarde se nos ha hecho”  o el “tenemos que vernos más, hay que repetir, no podemos dejar tanto tiempo sin vernos” y el “qué bueno habernos visto ¿no?”y yo respondiendo “sí, mucho, ha estado bien”, con premio de Oscar a la mejor sonrisa falsa y contento de que no hubiera wifi de cerebro a cerebro. Pero alargando un poco el adiós porque acababa de vibrar otra vez el móvil, ceño, tecleo furioso.

Y luego, ya solo, con cara de tonto. Merecida. Sin derecho a réplica.         

14 comentarios:

Dorotea Hyde dijo...

Como detesto esas sesiones como la tuya. Por suerte hace mucho tiempo que no tengo una, casualidades de la vida, justo desde que me propuse que como me vuelva a suceder, dejo plantada a la otra persona.

Sergio dijo...

La adicción es real. Ya hay numerosos estudiosos sobre el tema. Al menos ya sé reconocer cuando el otro-a tiene un problema. Y este es un caso claro. Espero que no conduzca.

Verónica Calvo dijo...

¿Quién no ha soportado esa soledad del que está como pintado en una silla mientras el/la otro/a venga teclear en su mundo tecnológico?

No soy adicta.
No veas lo que me cuesta atender cualquier medio de comunicación vía móvil.

Abrazos.

Sergio dijo...

Verónica: Hasta yo atiendo a veces al móvil pero muy poco, ya llevo varios posts con esto. Esta adicción me hace oscilar entre el enfado y ente la alarma porque el que tengo delante tiene un problema. Felicidades por tu no adicción. De otra forma no podrías ser poeta. Abrazos

Pilar V dijo...

Yo me hubiese despedido por SMS...
Si es que estamos como niño en juguetería sin saber a qué atender y desatendiendo todo.
Enhorabuena por ese nivel de autocontrol, incluso con calor ;)

Sergio dijo...

Pilar: Yo maduro a ratos. A veces hago retrocesos pero me voy controlando. A ver si Hulk no sale nunca más que para lo que sirve... Prefiero tu despido con SMS. Besos

Anónimo dijo...

Hola Sergio. Estoy aquí por recomendación de J. Porque en lo demás no cuadró pero en lo referente al humor...aún tenemos wifi de cerebros (me ha encantado tu expresión). Efectivamente como J sospechaba....me encanta lo que cuentas y como lo haces. Asi que cuenta con una nueva fan en tu blog. Besos!!!

Sergio dijo...

Anónimo-a: Gracias por tu comentario. Ya hablaré con J. para averiguar algo más. Me gsuta que su promoción te haya traído hasta aquí. Llegas en verano que está un poco parada la cosa pero luego se reactiva o la reactivo. Besos.

Mila cardoso dijo...

Tranquilo si tengo tareas para ponerme al dia con tus publicaciones. Ya sois dos genios a los que sigo blog. Risto Mejide y tu. J y yo fuimos primer amor o desamor como quieras llamarle. Al fin y al cabo lo importante no es lo que fuimos sino lo que somos. Como decian los manolos "amigos para siempre nainoná". Eres un crack. Felicidades. Un besaco

Rafarrojas Rojas dijo...

... yo no tengo móvil... me siento raro diciéndolo en voz alta.
Supongo que tengo mi cupo de adiciones completo. Y que cuando necesito (pero realmente necesito uno) uso el de alguien de casa, : )
Un saludo

Maman Bohème dijo...

Se hace cada vez más difícil quedar con alguien y que el móvil se quede perdido en las profundidades del bolso.

Mi móvil y yo tenemos una gran conexión, tengo el Kindel,tengo blogs, tengo tumblr, tengo pinterest, hasta puedo escribir en él, luego tengo whats y line...Seguro tengo menos cosas que mucha gente. Con él no me aburro si nada tengo que hacer. Cuando espero a alguien y se retrasa, cuando estoy en la parada del Bus, cuando voy en él.

Pero si quedo a tomar café o a comer con alguien, el teléfono está guardado y sobre todo, en silencio. Si hay alguna urgencia, ya la veré, por desgracia más tarde.
Antes las desgracias y las urgencias también existían y no teníamos móviles. Así que no me sirve la excusa del teléfono en la mesa.

Ya es habitual una cena con ocho personas y las ocho con los ojos clavados en las pantallas...En más de una ocasión, no me he podido callar y tuve que decirlo: ¿Para qué debo pagar un pastón por esta comida de mierda si puedo estar con vosotros en el sofá de casa?
Me ahorro la comida, el parking y los zapatos de tacón los cambio por mis zapatillas en forma de zorro...ejem...
Nada...que comulgo contigo.
Bessooossssss

Noelia dijo...

Cada vez tenemos menos capacidad para el dialogo. En la era de la "comunicación" creo que es cuando menos comunicados estamos...

Al igual que Pilar, me hubiese despedido por sms.

Sergio dijo...

Noelia: Y yo encima me estoy desconectando más este verano aprovechando que no hay casi nadie pendiente en agosto. A ver si para septiembre ocurre algo o me cruzo con alguien que me desbloquee el cerebro o me envías alguna buena historia(sin presión). Saludos

MaRía dijo...

A veces se nos va la vida por estar pendientes del tf
y se me fue para nada
no soy adicta a él
pero si lo era a una persona

ya ves loca perdida y de remate
intentando remendarme las costuras y la vida

te dejo un beso y espero que estés de vacaciones así aprovecho para ponerme al día contigo