10 octubre 2016

El poder del amor



Le vi venir de lejos. Haciendo giros inseguros con la bicicleta. Dudando entre caerse hacia la derecha o hacia la izquierda. Yo no aposté mentalmente porque la cosa estaba muy reñida. Lo único seguro parecía ser que tocaría el suelo con la boca.
En esta ocasión no se trata de un amigo. Se trata de un amigo de un amigo. ¿Son los amigos-as de tus amigos-as tus amigos-as? Tengo que responder con un rotundo “no sé” más un firme “tal vez” más un contundente “quién sabe, a veces”.
Tomaré como referencia para responder, a mi mayor suministro de conocidos con los que no tengo nada que ver que es J..
La cosa suele ser así. Paseamos por la calle. De pronto ve a alguien o alguien le ve a él. Se saludan y hablan o se preguntan sobre asuntos más allá de mi vida cotidiana. Permanezco a la escucha entre aburrido y fascinado, no hay término medio. El catálogo de amistades de J. incluye desde gente que trabaja en bancos hasta ex delincuentes en rehabilitación, tampoco se diferencian tanto.
Cuando acaban su charla, dependiendo de las veces que nos veamos, nuestros rostros se hacen familiares y hasta nos saludamos sin la intermediación de J.. En mi caso me cuesta más porque mi reconocimiento de caras es bajo. Según la ciencia el cerebro femenino recuerda mejor los rostros que el masculino. En ese sentido mi cerebro se corresponde bastante con mis genitales.
Recuerdo que en una ocasión uno de esos conocidos me paró una noche en que salía de un concierto. El tipo iba en moto. La paró, se bajó y me detuvo con un gesto. Como llevaba casco pasaron unos segundos de tensa incertidumbre. Debajo de ese casco podía haber alguien a punto de pedirme dinero de muy mala manera. O alguien a quien sencillamente no quisiera ver a las dos de la madrugada en que ya quería estar en casa y durmiendo. Debajo del casco había un tipo con el que J. se detenía mucho a charlar y al que solo conocía porque era un amante de las motos como él (no recuerdo la banal anécdota que les unió pero estaba relacionada con estos aparatos ruidosos y altamente inseguros). Me preguntó por el amigo común, claro. Luego me dijo que él también venía de un concierto y no me ocultó que iba algo bebido. Claro, lo mejor que puedes hacer cuando coges la moto, le dije, y se rió. Estuvo charlando un buen rato y llegué más tarde a mi casa. La noche te atrapa, sabes cuándo vas a salir pero es difícil averiguar cuando te van a dejar volver. Pero este tipo de conocido afable y comunicativo es raro. Los amigos de mis amigos suelen quedarse en conocidos que ocasionalmente saludas y que no dan para una conversación de más de dos frases en el mejor de los casos. En el peor te cambias de acera y miras con interés la primera tienda con escaparate que aparezca o incluso una papelera.
El tipo que se me acercaba al principio de este post era Francisquillo. Un conocido de los de siempre. Había sido compañero de educación básica de J.. Siempre había estado por el barrio que es un pañuelo. A este lo he visto siempre en el paisaje. He asistido a casi toda su biografía mediante estos breves encuentros y él a la mía. Pero no es mi amigo. Ambos lo sabemos.
Su vida, resumiendo mucho, incluía el abandono temprano de los estudios, una novia que le dejó el corazón “partío” tras un breve tiempo con ella, un resto de vida a medias entre el alcohol y vete a saber que otras sustancias que le fueron despoblando las encías de dientes… Quién dice vida dice algo que se le parece. A medias entre la casa de sus padres dónde pernoctaba y discutía y la barra de cualquier lugar dónde sirvieran cerveza, ocasionalmente se nos adosaba a J. y a mí. Nos ponía al día sobre sus últimas aventuras. Hacía chistes de humor negro y se reía con esa boca de piezas que iban dimitiendo, la sonrisa de los que a falta de ser felices buscan estímulos dónde todavía se amargarán más.
Estaba envejeciendo rápido. La vida intensa se quema antes.
Hasta que llegó la primera alarma. A Francisquillo le debió sonar fuerte ese toque de atención de su cuerpo.
No nos lo contó con detalles pero de un día para otro cambió la cerveza con alcohol por la 0,0. Ese tipo de susto que te vuelve abstemio de un día para otro debió ser mayúsculo. Uno de esos que te traen imágenes con salas de emergencia de hospital y la convicción de que no vas a salir de esa pero que si lo haces le darás al rewind y cambiarás tu vida.
Él salió. Aunque la tecla del Rev no suele funcionar igual en la vida. Todo deja su poso.
La nueva vida sana parecía sentarle igual o peor que el vicio.
Ya sé que de momento no hay amor en esta historia y desmiento el título pero es que continuará pronto.
Me voy a ver si el desgraciado que no devuelve la tercera temporada de “House of Cards” a la biblioteca ha hecho lo que debía. Nos vemos.


Continuará…

8 comentarios:

Pilar V dijo...

Reconozco cierta curiosidad sobre las vidas de quienes pasan cerca así que me quedo expectante...(si no has recogido House of cards, prueba con la primera temporada de Borgen)
Un beso

Dorotea Hyde dijo...

¡S¡ No puedes dejarme así! Sé muchas cosas, pero ninguna de las que deberían haber picado el anzuelo. Arggg. Necesito tu próximo post YA!

Y sobre el tema de este, en mi caso, los amigos de mis amigos nunca han sido amigos, ni siquiera sus parejas por muy majas/os que sean. Como mucho, conocidos. Y ese Francisquillo, con ese nombre, no podía ser otra cosa que un medio quinqui (o quinqui entero), casi me sorprende su rehabilitación.

Un abrazo.

Sergio dijo...

Pilar: Borgen, otra que tengo que buscar. No, no conseguí la tercera temporada. Hay gente que se pasa su fecha del préstamo. Y eso si deciden devolver el documento. Besos.

Dorotea: Pues sí, su rehabilitación me pareció durante un tiempo como la de Amy WineHouse, una espada de Damocles, un peligro inminente de recaída, una noticia grave cocinándose... Pero ahí estaba el hombre.
Y sí, ya, ya casi, no tardaré tanto. No tanto como suelo hacerlo quiero decir. Quería escribirlo en un post pero cada día se me hacen más largas las digresiones. Saludos

MaRía dijo...

En tu historia hay mucha vida y más que amor, un toque de tristeza embebida en el desamor, dicen que siempre hay un motivo para comenzar a ser adicto , una ruptura, los estudios, el amor y el desamor, el quiero ser como ellos, y con el paso del tiempo el adicto se hace amante de su adicción , pues la que le llena los días y le da un cierto toque alegre a su vida, que de no ser así sería como la de tantos que con una sonrisa profiden van de alegres por la vida. Tantas almas y tantas historias y tantos amigos de amigos que al menos yo , soy como tú, mis amigos son mis amigos , el resto pues ... a lo sumo caras conocidas, eso de donde va Vicente va la gente no me gusta, no me pone, no me atrae ni me llena la cabeza y mucho menos me da alas para seguir aunque sea pedaleando por la vida en bicicleta

divague seguro pero

me perdonas ?


Y si hay que ver la guadaña muy cerca ...
y si ya nada es igual, se quedan tocados
tocados en el alma y en coco...

eso .. también lo sé
lo viví, lo padecí ,lo mamé
y ahora te lo conté

:-)

buen octubre ¡

Sergio dijo...

Es cierto que debajo de los chistecitos y no tan debajo, en algún punto, aparece lo descarnado del personaje. Es inevitable. A mí también me parece duro ese periplo que sigue Francisquillo.
Tu divagación es tan bonita que podría ser uno de esos posts tuyos. No te puedo perdonar porque no hay ofensa. Te lo puedo agradecer.
Gracias por tu comentario.

Mario dijo...

Que sepas, amigo y compañero de letras, o conocido y colega de letras, que he subido a tu tren ahíto de retraso y portador de retrasados. He viajado en la clase turista, junto a un pum pum que por su madre le da pal pelo hermano y sin apartar la vista de esas nucas y esas gorras, por si se giraban y determinaban acabar con tu historia en un santiamén. Me ha gustado porque me gusta lo que escribes, porque tu cotidianidad es sublime, porque tus cosas están llenas de ratos y tus ratos están llenos de personajes quijotescos 3.0. Ya ves, eres como un Josep Pla de cercanías que defiende una literatura de proximidad, de esquina, de tren de madrugada y de conversaciones encendidas que acaban prendiendo un relato como el tuyo.

Después del viajecito en tren con un asesino y con otro que intentaba convencerlo de que abandonase la idea de darle matarile al otro que lo dejó en evidencia, evidenciando "gallitismo" porque su madre no se merece perder a un hijo tan bonicamente dulce... Pues tu tren me ha dejado a la hora justa en el andén donde el amor tiene un poder especial. El que se da, por supuesto, tiene amor. El que se compra, tiene interés notorio. Yo también tengo un amigo, que también es especial y singular, que tiene amistades de todo tipo. Me tiene a mí, ya ves, y tiene a otros que son cirujanos, que son banqueros, que son quinquis, que son músicos y que son actores. Tiene una de amigos que le faltará vida para tomarse un algo con cada uno de ellos...

Y sí, el broche final ha sido de traca y castillo de fuegos de artificio. Me encanta la serie House of the Cards. Ya he visto cuantas temporadas hay. Cada capítulo supera mis expectativas.

Lo último que he leído, por despiste, y porque es domingo y es temprano y el café aún está en estado de aproximación, ha sido lo tu bañista apolillado que no es Mireia Belmonte, que tiene una compañera que huye más del agua que muchos gatos y que lee, a la orilla del mar azul y amarillo, al viejo Hank Chinaski. Me gusta Mireia, me gusta Bukowski y me gustan los gatos. Llegas a incluir un escote y elevas a la categoría de maravilla este notable relato tuyo.

Sergio, gracias por las letras. Es una aventura leerte, un catecismo y un premio. Justo.

Un abrazo dominical.

Mario

Sergio dijo...

Pues no vienes con demasiado retraso por aquí, amigo Mario. Ya ves que me he pasado el verano en plan sabático. El calor me quitaba las ganas de vivir así que de escribir ni te cuento. Bueno, en realidad ya te lo he contado.
Pero qué gozada de comentario. Es de los de relectura. Sí, vale, cualquiera diría que los halagos ayudan a pasarlo mejor pero es que no es eso. Es lo que haces con las palabras. Qué bien amaestradas las tienes. Yo solo juego un rato con ellas y poco más pero lo tuyo ya es de comer aparte. Más que admirar a Sabina vas a tener que dejar que Sabina te admire a ti y de paso te pida letras para sus canciones (cuando se canse de aquel otro escritor madrileño que le suministra últimamente gramática). Gracias por tus comentarios. Me los tomo como una parte más de tu blog. Es un lujo tener esas piezas de escritura tan inspirada apuntando hacia mí. Un abrazo.

Verónica Calvo dijo...

Menos mal que llego con al continuación publicada!!!
Leo y comento...