14 marzo 2016

Un hombre preocupado



Le veo el miedo por los ojos. A Fernando se le presenta una operación complicada con el pulmón. Una que de algún modo me afecta a mí. Trabajar con alguien te introduce a la fuerza en su ecosistema. A partir de ahora pasará de coger bajas inventadas para ver el fútbol, a coger una baja real. Ambos tipos de ausencias me incluyen a mí como sustituto acaparador de horas extra. El tarugo oficial, ese soy yo. Pero seamos más sensibles…
Teme no regresar de la mesa de operaciones. Pero también que le den el alta y alguien le haya quitado su puesto de trabajo. Como está algo peleado con el compañero uruguayo, las confesiones me tocan a mí. Me habla más cerca de la cara que nunca y agarrándome del brazo para subrayar sus inquietudes. Teniendo en cuenta que siempre ha sido un “gran tocón” y que el nivel está alto en ese sentido, la cosa ha pasado de nivel casi tierno a nivel directamente cariñoso. Ocasionalmente me da palmaditas en la espalda o se despide con un fraternal abrazo.
Algunas de sus inquietudes son estas:   
-      Y además de la operación está el problema con mi mujer. Que no folla. Bueno, lo hacemos una vez al mes pero ya me dirás si eso es plan. Cásate y será la ruina para tu polla. Antes que no teníamos casa lo hacíamos a todas horas y ahora que no… ¡Y así quiere que tengamos un hijo! ¿Qué quiere? ¿Que le escriba a la cigüeña?
Luego, sin relación visible con el discurso anterior me cuenta que el pijama que tiene ahora se le arremanga cuando se mete en la cama. Que eso le hace pasar frío. Todo un drama, le respondo. Él me pregunta si no tengo ese problema. Le digo que mi problema es que la goma de la cintura de mi pijama preferido se ha roto y estoy pensando en engordar veinte kilos para llenarlo y que no se me baje todo el tiempo. En caso contrario mi mujer lo calificará como basura y lo tirará a la basura. A esto Fernando me mira con la boca abierta. No sabe si hablo en broma en serio. Como las personas sin excesiva inteligencia, le falta sentido del humor. En este caso debo decir que yo tampoco sé si estoy hablando en serio o no porque a veces hago ambas cosas a la vez.
Nos despedimos. Otro abrazo. Me estruja. De los pulmones está mal pero al gimnasio va cada día desde años y está fuerte, es un poema viviente a la vigorexia, pura fuerza bruta. Se despide como si fuera la última vez que nos viéramos. Tiene la mirada de un heroico soldado antes de partir para la guerra de Corea.
Es triste, pero quitando lo de sobarme todo el tiempo, parece mejor persona ahora que teme por su vida. Casi dan ganas de que siempre tenga esa espada de Damocles encima. Es como si quisiera que tuviéramos un buen recuerdo de él por si acaso.     

Algunas personas, con estos miedos que les distraen de seguir malmetiendo contra la gente, dejan de molestarnos (ver el caso Teresa). Al menos mientras les dura el miedo.