11 abril 2016

Segunda parte y final




(viene del post anterior)
 Pero la cosa no ha quedado ahí. Como en esta vida cuando nos aburrimos nos da por joder al primero que pasa, ha repartido sobres vacíos para que metan la cantidad de dinero que han acordado entregar en la boda. Ha ido repartiéndolos uno a uno, al igual que hizo la muchacha con las invitaciones de boda. Obviamente me ha saltado a mí, a la única de la oficina que no acudirá a tan importantísimo evento. Pero cuando ha terminado ha tenido que recalcarlo en voz alta: Porque tú no vas, ¿verdad? ¿O quieres que te dé sobre también?

¿Y en estos casos tú cómo actúas?

A.   Te haces el tonto como sino la hubieses escuchado.
B.   Le sueltas alguna en plan: a mí me das dos.
C.   Bailas una jota o haces una reverencia 
D.   Llamas a tu cliente para tener una reunión.

No me ha hecho falta elegir ninguna opción. Alguien lo ha hecho por mí. “No le des ninguno que si eso ya lo pone en el mío”.

Las respuestas A según determinadas encuestas, son las más  valoradas. La que a la larga nos hace sentir mejor y tener mejores relaciones sociales. Y una mierda, digo yo. Me he quedado con unas ganas enormes de decir todas toditas las respuestas que se han pasado por mi cabeza:

a)…….
b)……. 
c)…….
d) Y tengo una reunión con un cliente importantísimo ese día. 

Bueno, ahora sé por qué lo de llamar tantas veces gorda a esa mujer. Cae mal y hay que buscarle algo que a ella seguro le sentará peor para ofenderla. Yo no tengo nada contra las gordas. Algunas hasta me gustan en su “gorditud”. Pero esta es un caso claro de “gorda asquerosao “gorda de los cojones” o cualquier cosa que dices cabreado-a por los rincones para desahogarte un poco. No son sus kilos los que te molestan precisamente.
Si viviésemos en un plano de realidad alternativo dónde los humanos actuamos con lógica y cordura y no movidos por nuestros sentimientos la única opción posible sería esta: Y entonces cojo a mi compañera con sobrepeso y le pregunto si tiene algo conmigo, que por qué no me invitan, que realmente no me apetece ir ni gastar dinero en esa boda, ni buscar algo que ponerme pero sí tengo curiosidad (nacida del amor propio herido) por saber por qué precisamente yo no estoy invitada. Y en ese mundo ideal nos responderían con sinceridad, arreglaríamos el problema y viviríamos felices. Pero es muy probable que tu compañera se invente alguna excusa barata por quedar bien y no se arregle nada. Es por esto que lo mejor que te puedo decir es:
a)     Siéntete feliz porque no vas a la boda.
b)    Siéntete feliz porque no vas a la boda debido a que le caes mal a una persona que te cae mal y no hay nada más bonito que el sentimiento mutuo.  
c)    Siente feliz porque de momento no estás gorda y ella en la boda se va a poner todavía más tocina con tanta tentación.
d)    Abandona tu zona de no confort y cambia de trabajo. Vete a lugares con compañeros que pasen de bodas, de grasas saturadas o de ningunearte por motivos que sólo ellos saben.
Y hasta aquí mi respuesta. Aunque después del post la amiga bloguera explicaba los motivos para usar mi consultorio inexistente oficialmente hasta que apareció ella. Que necesitaba desahogarse. Me preguntaba también si yo era yo o se había equivocado con mi dirección de mail y se lo había enviado a alguien de la oficina.

P.D: Espero que sea tu mail porque si no, vaya tela,ja,ja,ja

Mi primera tentación al leer la posdata fue responderle:
-       Hola, soy la gorda y no sé quién es el soplapollas ese de Sergio así que te has jodido conmigo bonita. ¿Así que gorda? Empieza un largo infierno de dolor y terror para ti.
Pero yo tengo la teoría de que las bromas son como el sadismo en sus inicios, maneras de molestar o perturbar a alguien para pasarlo bien, para disfrutar con su turbación. Y a mí esta chica no me cae gorda. Tampoco me gusta bromear por mail porque no puedo verle la cara al objeto de mi broma. Así que respondí que sí, que yo era Sergio.
 Y hasta aquí hemos llegado con la primera respuesta de mi consultorio. Puede que también la última.

Estais autorizados-as para responder a nuestra anónima y afligida “señorita de la boda”. O para saludarme a mí. 

04 abril 2016

Mi nuevo consultorio Elena Francis



Siempre he querido tener ese consultorio. En el fondo siempre lo he hecho. Una bloguera me dijo que en mis entradas siempre se me acerca un amigo y me resuelve un post. Y es cierto. En muchos posts míos aparece un amigo, me cuenta su historia y luego yo le cuento su intimidad a todo el mundo que quiera leerla. Pero lo que nunca cuento es lo que le respondo. Bueno, algunas veces también pero pocas. De vez en cuando prefiero dejar de ser personaje y delego mi voz en otros. Gente de mi nutrido grupo de amistades adquiridas por diversos medios como el trabajo, los pupitres de las escuelas, los institutos o la universidad, los amigos de mis amigos que acabaron siendo mis amigos, el vecindario (aquí también enemigos), las fiestas, los viajes y sobre todo el vivir en el mismo barrio en el que crecí y seguir en contacto con mi pasado y cruzarme con todo el mundo como si esto fuera Springfield y ellos y yo personajes de los Simpsons. Vivo en un mundo de caras conocidas y de Bon Jour madam, bonjour messie” por las mañanas, al más puro estilo de la Bella de Disney. También están los amigos-as virtuales.
Así que recibí la primera consulta para mi consultorio por mail. Un consultorio que no existía pero que me acabo de sacar de la manga. De una bloguera que me lee y a veces participa activamente.  Como es largo y yo soy corto (quiero decir que cortos son mis post para no fatigar al respetable) lo partiré. Este es el mail que recibí. En cursiva escribo lo que pensé mientras lo leía. 

¿Y tú qué dices cuando te invitan a una boda a la que no quieres ir? 

No voy. Soy tan mezquino que he llegado a pensar en excusarme por un tratamiento por leucemia. Y luego decir que había sido un diagnóstico falso. No me gusta la excusa de J.: “Di que te curaste con un gelocatil
Pero vamos, que si no quiero ir no voy.

Estaba yo tecleando unos cuantos números en el ordenador cuando vi asomar a la futura “Señora de” por la puerta. Al primero que entregó su invitación de boda fue a su querido protector. No creí que nos invitaría a todos los demás, porque realmente salvo con dos o tres de la oficina, nunca la he visto pasar demasiado tiempo ni tener una relación importante. Debe ser que las invitaciones de boda ahora están más baratas porque las repartió por toda la empresa. Como si fueran confeti, las había en todos lados.

El caso es que comenzó a pasar de mesa en mesa repartiendo una ¿bonita? invitación. Yo, viendo que se aproximaba a mi habitáculo, quise agachar la cabeza a ver si no me veía. Una tontería de esas que se hacían en el cole, cuando estabas en clase y no te sabías la lección. Pretendías que el profesor no se percatase de que estabas allí. Que igual si no lo mirabas tú, él tampoco te veía. Ignorantes. Pero bueno, eso forma parte de la inocencia de la infancia. Doblemente ignorante me digo yo ahora a mí misma. En eso que estaba yo bajando la mirada hacia el interesantísimo informe que estaba leyendo, cuando la susodicha futura esposa pasó de largo y ni me miró. Hay que ver lo perfeccionado que tengo yo ese movimiento de ojos. Después de años practicando he consigo que funcione. Me volví invisible.
Lo bueno de estos consultorios es que el que responde aprende tanto como el que pregunta. Al menos yo he sentido alguna revelación. A mí me pasaba lo mismo en clase. Como le comenté a la bloguera, de pequeño me escondía como una rata en el pupitre. Agachaba la cabeza cuando tocaba responder en clase. Y eso no servía de nada. Lo descubrí cuando un profesor comentó en la universidad “Y ahora preguntaré algo para que Sergio agache la cabeza y trate de esconderse y entonces yo le preguntaré a él el primero”. Descubrí que agachar la cabeza no servía de nada. Me pasé el resto de mi vida académica intentando encajar el cuerpo debajo de los pupitres u observando desde el puesto del profesor antes de las clases si esconderse debajo de la mesa era buena solución y realmente no se me veía. Aunque luego no lo hacía porque ese profesor y ese año estudiábamos en un aula pequeña, estrecha, dónde todos estábamos a la vista de todos desde el principio. No había escapatoria. Y ahora, al cabo de los años, veo que esto de agachar cabezas es un clásico gracias a mi bloguera anónima (anónima para vosotros-as).

Invitó a todos, a todos toditos, incluso a aquellos a los que ha criticado. A los más nuevos, a los más viejos, a los más guapos…. A todos menos a mí. Aludió a que se le había olvidado mi invitación, pero por su expresión me di cuenta de que realmente no pensaba invitarme. ¡Qué alivio!,  pensé en ese momento. “Te la doy la próxima semana”, dijo entonces.  Joder que no me escapo!, pensé después. Pero como en esta vida nunca estamos conformes con las decisiones que toman otros por nosotros, aunque en el fondo sea lo que queremos,  a continuación llegaron otros pensamientos, ¿Qué le habré hecho yo a esta muchacha para que no quiera invitarme? ¿Será que lee los pensamientos?

Ese es el gran problema humano a lo Oscar Wilde:”Dos grandes tragedias hay en la vida. No conseguir lo que quieres o conseguirlo”. Si no quieres que te inviten y no te invitan consigues tu objetivo. Pero luego tienes la tragedia de agobiarte porque no te han invitado.

Ahí hubiera quedado la cosa, si no hubiera sido porque acto seguido, le dijo a otra compañera que  le acompañase al “cuarto oscuro”. (Lo de cuarto oscuro na de na, solo salieron al pasillo pero queda como más interesante decir cuarto oscuro). Después de su charla de confidencias volvieron a entrar. La discreta de la gorda de mi compañera (la que salió al pasillo con la que se casa, y perdón por lo de gorda pero además de lo obvio es que me cae gorda, gorda) me miró y se echó a reír sin disimulo alguno. Yo creo que habían hablado de mí. ¿Tú qué piensas? Igual piensas que soy una mal pensada, pero conociendo los antecedentes de la gorda que critica a todo el mundo y su "discreción", estoy 100% segura de que sí lo hicieron (hablar de mí, digo). Algo así como: Tía, que no quería invitar a ésta y cuando he llegado pues como que me falta su invitación y claro le he tenido que decir que se la doy luego, ¿tú qué opinas? 

Ahí quedó la cosa. Por cierto, me dio la invitación la siguiente semana tal como dijo. Le dije que no podría asistir, sin dar ninguna explicación. Ella no preguntó el motivo y le vi cierto grado de alivio en la cara.

De todas formas hice examen de conciencia por si en algún momento pasó algo que había olvidado, pero nada de nada. 

El caso es que “soy de mala reacción" cuando alguien me toma por tonta o sorda. Aunque medio sorda estoy y hacerme la tonta últimamente es un recurso que utilizo mucho para evitar males mayores.  Lo que ocurre es que cuando no es intencionado por mi parte, me lo tomo fatal. No lo puedo evitar. Aunque quien me tome por tonta y sorda sea una persona que para mí es indiferente. Me hierve la sangre en las venas, como dice una copla que solía cantar mi abuela. Me enervo de tal forma que me cuesta horrores cerrar el pico y no soltar alguna ironía. Ese día no lo hice y me quedé con las ganas. Pero hoy se ha vuelto a repetir una situación parecida.

En cuanto a tu preocupación por no ser políticamente correcta por llamar gorda a una gorda que te cae gorda debo decir que es innecesario. Al ser mujer puedes autocriticar a tu sexo sin que te llamen machista (aunque no te fíes). Yo me paso la vida llamando imbéciles a los catalanes por lo de la independencia pero como soy catalán nadie me llama anti-catalanista. Dentro del grupo al que perteneces se te da un poco más de cancha. Aunque cuidado porque al final se te enfadan y acaban pidiendo hoguera de todos modos. No tenses mucho más la cuerda en ese sentido.
Y yo también soy de mala reacción cuando me tratan de tonto o de sordo. Más que hervirme la sangre pienso en como hervirlos a ellos. Si te quedas igual cuando te insultan es que eres tonta o sorda pero ya veo que no, ni lo uno ni lo otro (un poco sorda dices que sí pero eso es cosa tuya y solo tuya).

El gran día ha llegado, faltan apenas unas horas.  ¿Y cómo no?, en la oficina no se habla de otra cosa: ¿Qué te vas a poner tú? Va a llover, ya verás. Que no, que igual no llueve. ¿Y si hace frío? ¿Cuánto dinero vamos a poner en el sobre?….  
Estaba yo escuchando estas importantísimas conversaciones, pero inevitablemente he tenido que dejar de hacerlo al tener que ausentarme un breve tiempo porque tenía una reunión importante con un cliente (me estaba meando para la buena verdad, pero queda mejor lo de la reunión). Cuando he entrado de nuevo en la sala, estaban hablando en voz alta, nada de cuchicheos, a pleno pulmón, que se enterara todo el que estaba allí.
Volviendo al tema que nos ocupa,  como ocurre siempre, la bocazas o el bocazas de turno que está criticando a alguien siempre está de espaldas a la puerta y claro nunca se da cuenta de quien ha entrado. Esta bocazas de turno, la gorda,  como ya tiene muchas tablas en esto de criticar, se ha callado ipso facto en cuanto otra compañera la ha mirado y alzando sus cejas le ha hecho un gesto de cállate que nos han pillado (como tenga que describirte el gesto nos dan las uvas del próximo año, así que espero que más o menos te hagas una idea). Yo he pillado algunas palabras antes de que se hiciese el silencio absoluto y lo poco que he escuchado ha corroborado los pensamientos que tuve ese primer día. 

¿Y en estos casos tú como actúas?

a.    Te haces el tonto como si no te hubieses enterado
b.    Le sueltas alguna en plan: por mí seguid, no os cortéis.
c.    Bailas una jota o haces una reverencia
d.    vuelves a tu reunión con el cliente.

Creo que la mayoría de las personas elegimos la respuesta a. 


Yo siempre he sido más de querer bailar la jota pero no sé ni sardanas así que me quedo con la a, como todo el mundo.  

continuará una entrega más...