30 mayo 2016

La insoportable levedad de un Domingo por la mañana



Sigo desconectado. Esto amenaza con volverse vicio. Un artículo del periódico me informa que tengo la misma actitud frente al móvil que el siete por ciento de la población. No soy mayoría precisamente. El estudio del artículo dice que la gente (93%) vive enganchada al móvil, que este crea más adicción que desapego. El siete por ciento al que pertenezco se estudia como rareza y cuentan que gracias a no estar conectados tienen(tenemos) más tiempo para leer o hablar en persona con los demás, que nos concentramos más y que nos estresamos menos. No sé. La vida también me estresa a veces. Con o sin móvil.
Salí a la calle un domingo que tenía libre para echarle un vistazo a la mañana pero no sin antes cafetear un poco. Aunque los Domingos en el barrio huelen más a pollo al ast que a café. No tengo buen olfato y sin embargo eso me hace sentir como Lobezno-Wolverine, huelo el Austwich de las aves de corral a dos manzanas de distancia.
Sigo el paseo hasta el primer banco del parque en el que menos niños veo. Consigo media hora de intimidad con “Submundo” de Don DeLillo. Este escritor parece que hoy me ha dedicado un diálogo solo a mí:
“- Mi única sensación con respecto al teléfono… es que te da más disgustos que alegrías… Introduce en tu vida voces personales a las que no estás preparado a enfrentarte”    
Y hablando de voces a las que no me quiero enfrentar, escucho las de dos señoras de mediana edad que me interpelan y al levantar la vista observo que me apuntan con sus sonrisas. Soy el elegido para lo que quieran ellas. De momento me piden un momento de tiempo indeterminado. Casi antes de que hablen ya he detectado lo más importante. Llevan esas revistillas tan conocidas. “La Atalaya” que “consuela a la gente (supongo que a la analfabeta) y promueve la fe en Jesucristo (el alternativo Jesucristo de Jehová, no menos mitificado que el auténtico)”. También parecen llevar “Despertad” que según leo “muestra cómo hacer frente a los problemas de nuestro tiempo (ellos nos sacarán de la crisis rezando o dejando morir a la gente que necesite una transfusión de sangre)”.
Me arrepiento de haberles regalado mi momento. No entiendo como un Dios omnipotente necesita que estas dos vayan agobiando a la gente los domingos por la mañana. Si Dios todo lo puede ¿por qué no puede comunicarse conmigo de un modo más directo? ¿Por qué soy el último de la clase de las revelaciones y la fe? ¿Soy “retarded”?
-      ¿Te gustan los reportajes sobre naturaleza? ¿Qué piensas?- me pregunta una de ellas.
Ya me conozco ese rollo. Te tantean con otros asuntos para no revelar que esto es un asunto religioso. Como si no se las viera venir. Las huelo de lejos como el pollo al ast. Cualquiera lo hace. Ya son las únicas que visten de domingo los domingos. 
Y no quiero decirles lo que pienso. Eso lo último. Nadie necesita saber sobre mis fantasías, casi siempre criminales. La suerte es que solo son eso, fantasías. Afortunadamente no son planes.
Las despacho con un “no me interesa” y un claro lenguaje corporal que me parapeta en el libro. Se van. Deben conocer a muchos como yo. En esto no soy el siete por ciento de la población.
Pasa un rato. No mucho. Alguien grita “gilipollas” a mi espalda. No suelo volverme cuando la gente grita y adjetiva así. Pueden pensar que me doy por aludido. Pero esta voz insiste. Me temo que efectivamente sigo siendo el interpelado. Me giro.
Es un viejo conocido con el que compartí un trabajo de nueve meses de hace años y luego algunos bares aunque yo no iba muy convencido. Ahora regresa desde el último Red Bull que le vi beber en aquella terraza para llamarme lo primero que se le ocurre, gilipollas. Hay gente que te coge mucha confianza.
Está parado en un semáforo en rojo y con la ventanilla del coche que conduce abierta.
-      ¡He vuelto al barrio! ¡Me ha dejado mi novia! A ver si quedamos ¿Estarás por aquí?  
-      Claro.
-      Te llamo.
Es mucha información concentrada la que me da pero entiendo que los semáforos en rojo no dan para más.
Se va y me queda una duda. Cuando preguntaba si estaría por aquí… ¿Se refería al banco en el que estoy sentado? ¿Todos los días del año y a cualquier hora del día, llueva o nieve, en plan estatua viviente de las Ramblas de Barcelona? ¿O quería decir por el barrio?

Ha dicho que me llamará. Buena suerte con eso. Si se hace Testigo de Jehová puede empezar a creer en milagros como por ejemplo que yo coja el teléfono.   

17 mayo 2016

Vida y obra de una planta de interior



Nos despedimos en el aeropuerto. Unos problemas familiares la han cesado como habitual de mi vida por un tiempo. En nuestro piso temporalmente solo habito yo. Estoy de Rodríguez (más concretamente de Gómez). El estado de tranquilidad perfecta con el que he fantaseado muchas veces.
Mis conocidos al enterarse me dicen que “no sea malo”, sonríen ellos con maldad, echan risitas cuyo sentido se da por sobreentendido.
¿Y yo? ¿Soy malo? ¿Lo estoy siendo en gerundio? Supongo que todo el mundo cuando se queda solo piensa en serlo y por eso creen que yo lo estaré siendo. La gente informa mucho sobre sí misma por activa y por pasiva.
Yo de momento me estoy adaptando a la soltería entrecomillada.
Me ha aparecido un fantasma en el piso. Tazas, platos y calcetines aparecen en lugares extraños. Intento pillar o más bien cazar a la entidad que ha entrado en mi  hogar. Pero resulta que el fantasma soy yo. De pronto entiendo como por revelación que ciertos enredos no se recogen solos y que si los dejas en un sitio y estás solo, no se irán solos a sus estanterías o cajones, que si te vas a trabajar y dejas una cama deshecha al volver seguirá sin hacer. Qué cosas. Pero así soy yo. Pura ciencia empírica. Misterio resuelto.
Otro día descubro que hay duendes benéficos. Han ordenado y arreglado mi casa. Esto sí que es de locos. Pero luego me llama mi madre y me dice que se pasó con mi padre a “darle una pasadita al piso y echarme una mano mientras yo estaba trabajando”. Y hasta dejarme comida. Así son algunas madres, grandes fábricas de hombres inútiles y patriarcales. Menos mal que yo hago por salir de eso. Misterio de los duendes resuelto. Tampoco tengo de eso en casa.
Ya no aparecen más enredos por casa. Uso y muevo utensilios y luego los devuelvo de manera maniática a su lugar original. El orden se mantiene casi solo. Ya sé quién es el más ordenado de esta casa. Cuando ella regrese tendré una virtud verdadera que alegarle ante cualquier juicio al que me someta por cualquier cosa terrible que seguro que le ocasionaré, sin duda, está escrito en las estrellas que haré algo malo y nos pelearemos y nos recriminaremos algo, si no…. ¿Qué clase de pareja seríamos? Pero yo alegaré que soy más ordenado que ella y que puedo demostrarlo.
Y pasa el tiempo y lo tengo todo para mí. Me meto en internet y disfruto troleando un poco. Sin insultar. Me gusta el troleo inteligente y sostenible que te permite molestar a la gente sin que un moderador te banee a los dos minutos de entrar en el chat. He llegado a llorar de risa con eso pero mejor lo dejo para otro momento.
Leo más que antes. Y antes era demasiado.
Paseo más que antes. Y antes rozaba lo olímpico.
Evitaba como podía a los pesados del barrio pero ahora me dejo atrapar ocasionalmente, por hacer algo distinto. De uno de esos pájaros ya hablaré en otro momento. La gente sigue sorprendiéndome. Más de trescientos individuos-as comentados por aquí y aún tengo una nueva exclamación que soltar cuando me cuentan según qué cosas.
Sigo sin ser malo-barra- risita maliciosa.
La comunicación telefónica sigue siendo mi punto débil. No nos llevamos bien, me interrumpe cuando estoy pensando algo importante. Puede ser algo como que si Spiderman esquiva balas gracias a su sentido arácnido cómo es que no esquiva las hostias que le dan sus enemigos pero también hay temas de mayor calado en mi cerebro. Así que desconecto línea de fijo y teléfono móvil. As always    
Temo que llamen de mi empresa. El Barcelona sigue triunfando y eso, según os conté, afecta a la salud de mis compañeros y me acaban llamando para suplirles así que como no tengo contrato de disponibilidad siempre estoy “fuera de cobertura”. Me he inventado una vida paralela en la empresa en la que en mis festivos salgo a montañas alejadas del mundanal ruido y de las líneas telefónicas. Deben pensar que soy un hippy que se va a una de esas comunas a hacer el guarro por convicción o por regresar a los viejos buenos tiempos de la Edad Media cuando no te molestaba la era industrial.
Ocasionalmente enciendo el móvil a ver qué pasa o más bien qué what's up? me ha sucedido. Casi siempre alguna llamada entrante de números que si los buscas por internet están denunciados por ser publicidad pelmaza de bancos o telefonía. Lo que más whatshaps de alguien que quería que quedáramos ayer o un mensaje de voz para invitarme a un concierto que daba un amigo la semana pasada (tengo muchos amigos músicos). J. se lleva la palma de  what's up:

1-   17: 36¿Estás por aquí?
2-   17: 45¿Otra vez con el móvil desconectado?
3-   17:50 ¿Te crees mejor que los demás?
4-   18:00 ¿Y ahora que estás solo qué puedes estar haciendo, maldito pajillero?
5-   18:03 Cuando su excelencia se digne encender el teléfono decirle que hay un programa doble en los cines Phenomena el día… ¿Vendrás?
A veces respondo al mensaje número uno veinticuatro horas más tarde:

17:34 Ya no

Y J. responde:

17:45 Claro que ya no, mongolo, te lo escribí ayer para dar una vuelta o tomar algo. ¿Y ahora? ¿Estás por aquí ahora?

Pero ya eso se lo respondo al día siguiente porque he vuelto a desconectar el teléfono.
Por lo demás estoy siendo bueno.

02 mayo 2016

El vengador tardío (y torpe)



Durante  el verano pasado tuve aquel desencuentro con la señora Teresa. Porque como mucha gente en mi vida, entró en mi territorio, se llevó algo (un felpudo del rellano en este caso) y lo tiró a la basura. Era un atentado contra mi compañera, ella había comprado el felpudo en el mercadillo por poco dinero, pero yo lo tomé como algo personal. Aunque luego me fui olvidando del asunto. Lo de “la venganza es un plato que se sirve frío” no lo entiendo. A mí las venganzas me gustan en caliente, cuando estoy pidiéndole al mundo justicia no cuando me olvido. En este último caso me producen tristeza o ya me dan igual. De la misma forma que aquella persona a la que amaste tanto hace mucho tiempo tal vez no te importe ya, no estoy interesado en que algún mal caiga sobre la persona a la que odiaba y de la que me he olvidado. La vida te da la razón a veces. Pero lo hace con retraso.    
Hace tres meses la vi deprimida de nuevo. A la señora(es un decir) Teresa. Me apretaba el brazo mientras contaba de nuevo lo dura que es la soledad, lo de su marido muerto, ya solo le queda esa historia. Luego me preguntó por “mi señora” pero siempre se le escapa alguna expresión facial de desagrado y de esperar que en mi respuesta le cuente alguna desgracia sobre mi compañera. No se pueden ver. Quiere que le cuente que “mi señora” está enferma crónica de algo malo. Cruzo los dedos pero de momento goza de cierta salud. A mí la señora Teresa me traga más porque no parece intuir ni la mitad de lo que me pasa por la cabeza. Si me leyera el pensamiento cambiaría de odios.
Teresa tiene un buen historial de discusiones en el edificio. Y no de los que se borran como en el Chrome o el Mozilla. Una mañana veraniega de esas en que yo tenía la ventana abierta esperando que entrase el fresco y sólo conseguía que lo intentasen los miriápodos, me despertaron sus voces. Discutía en voz alta con los paletas que nos habían hecho la portería. Los mismos muchachos que me habían “animado” el estío cantando de buena mañana lo mejor del flamenco pop y acompañándose de taladros, martillos y todo eso que nos gusta tanto a las personas que queremos dormir. Pero Teresa, sobre las siete de la mañana, ya pasada la obra, se había citado para gritarle al cantante de “los chunguitos” y decirle de todo menos guapo, discutían acaloradamente (era verano). Al lado de mi ventana. El tipo le dijo también a ella lo suyo. Y yo me levanté a tomar café mientras pensaba sobre este asunto. Se recriminaban faltas mutuas. Ella a ellos les llamaba incompetentes, ellos a ella maleducada.  
Teresa volvía a dar pena pero no me fiaba. Mis vecinos son como esos insectos que se están ahogando, los sacas del agua y parecen muertos pero luego, de pronto, se animan y vuelven a moverse, incluso picarte.
Yo el año pasado estaba preparando una venganza terrible contra Teresa cuando de pronto la loca del once volvió a tirar pan mojado para alimentar a palomas, ratas y cucarachas y decidí centrarme en ella olvidándome de Tere pero cuando planeaba algo contra la nutricionista de plagas, mi vecino el moribundo ruidoso se recuperó de la enfermedad que no lo acaba de matar y pareció invitar en navidad a un rebaño de elefantes porque se hicieron notar durante todos los días de aquellas vacaciones. Cuando decidí que era hora de empezar con esa guerra contra el ruido que me hizo olvidar a la tonta de las palomas que a su vez me había hecho olvidar a Teresa, cesaron los ruidos y yo me quedé sin objetivos y en un periodo de llamémosle “entreguerras”. O se centran a la hora de molestarme o yo no puedo concentrarme con mis venganzas.
Estos últimos dos meses han sido tranquilos. Mi compañera me dijo que en el tren, una vecina le había dicho que hace casi un año que Teresa no se deja oír ni en las reuniones de escalera. Que está algo asustada. Que el verano pasado los paletas le dejaron una nota en el buzón:

DEJA DE METERTE CON NOSOTROS Y NUESTRO TRABAJO O TENDRÁS PROBLEMAS, VÍBORA.
LOS PALETAS

Que lo de víbora le había llegado al alma. Es normal, las verdades ofenden. Se había hablado mucho del tema en la comunidad de vecinos pero nosotros no nos habíamos enterado hasta esta semana.
Y mi compañera me miró con esa expresión de “ya sé de qué va esto”.
Retrocediendo en el tiempo, aquella mañana en la que escuché discutir a Teresa con los paletas me hartaron ambos y sí, tal vez no debí escribir aquella nota para enfrentar a todas estas personas. Pero es que en caliente se hacen muchas cosas feas. El problema es cuando te enteras en frío de los resultados.
Por más que mi compañera debe ser más rencorosa que yo cuando me dice:
-      No, no, víbora está bien. Sigue vigente. Pero la próxima vez no me avises de lo que haces. Casi se me escapa la risa delante de la vecina cuando me dijo lo de la nota. Al parecer esa historia armó mucho revuelo el año pasado, casi llaman a la policía.

¿A nadie se le ocurrió pensar que una nota insultando y amenazando no llevaría una firma falsa que decía “los paletas”? Las amenazas de este tipo suelen ser anónimas y nadie las firma. Desde luego, qué irracionales nos hace el miedo.