18 septiembre 2016

El bañista apolillado



En agosto trabajé y sudé mucho pero no por el trabajo. En septiembre, este año, he vuelto a hacer vacaciones. No es fuera de temporada pero tampoco estoy en su meollo. Es un “entremedio” que me gusta bastante. Mucha gente ya está regresando a esa parte de su vida a la que normalmente solo se regresa por dinero. A “asesinar las horas en un trabajo de mierda”, como diría el viejo y muerto Bukowski. Suerte los que como una tal Rita de profesión política tienen un trabajo por el que cobran un pastón y solo tienen que ir cinco minutos a agradecer a sus allegados de partido lo que les ama (aunque a veces hay que ir a juicio y la prensa y esas cosillas pero  si no tienes conciencia tampoco tienes algo que te amargue la vida y duermes igual de bien).    
Así que yo estoy en septiembre. He pasado sus primeros quince días de playa. Nadando y dejando que mi compañera que le teme a las olas me guardase la ropa. Sólo conseguí convencerla de entrar en el agua un día pero estaba muy tensa. He visto gatos más dispuestos a bañarse conmigo que ella. Así que desistí de torturarla más y la dejé en la arena con mi revista de Historia. Mi relectura del viejo Buk estaba en la bolsa esperándome pero yo a la que toco agua, ya no salgo. Por fin he descubierto algo que me quita el mono de leer y es bañarme en una playa semivacía.
De todos modos, en mi primer día no le perdía el respeto al mar. O eso creía. Mientras nadaba o hacía que nadaba, no soy Mireia Belmonte (lo mío es más como mantenerme como un perrito y bracear y simplemente dejarme mecer por el oleaje cuando me canso de mantenerme a flote),  me inventé algunos temores para no alejarme mucho de la orilla. La sincronicidad siempre está ahí para molestar. Casualidades buscando al supersticioso que lleva dentro incluso el más escéptico (yo soy ese, el más escéptico y sin embargo…).  
Había visto la noticia de que tiburones habían mordido a un tipo en una playa española. En el programa de Íker Jimenez que tan bien mezcla realidad con fantasía, dijeron que les llaman tintoreras en lugar de tiburones para que la gente se siga bañando y favorecer el turismo (como en las películas)  y porque tintorera es una palabra que no da tanto miedo, Spielberg no le metió mano a ese tipo de bicho.
Y había visto “El arrecífe”, “In the Deep” o “Infierno azul” más un par de intentos de ver “Sharknado” pero no podía con este último. Los tiburones son siempre los malos en el cine. El que haga uno bueno se lleva un Oscar al más original. También llevaba esa semana una buena ristra de documentales en la 2 con fauna marina y no toda amable con los humanos.
Por si fuese poco la casualidad y sus horrores, recordaba que en esa playa, hacía años, entré diciéndole algo a alguien y de pronto sentí una bofetada inmensa que me cogía desde la cara hasta los pies, un guantazo totalitario por todo mi cuerpo. Una ola traidora que apenas era hija de la bandera amarilla me lanzó contra el suelo y luego, en la retirada de ese pequeño tsunami, me arrancó el bañador y de no ser por la fuerza con que lo agarré a la altura de los tobillos, me hubiese dejado en muy mala situación. Y esa playa de mi recuerdo sí estaba muy concurrida. El mar no es como para tomárselo a broma. Al menos si estás dentro.   
Así que respeto le estaba teniendo al agua. Pero nada. Que a mí o me la ponen verde o nada. Bandera amarilla otra vez, para mí tan mala como la roja. Me puse a nadar o algo así y cuando quise darme cuenta ya estaba alejándome de la playa. Veía de lejos la toalla con mi compañera leyendo. El socorrista vete a saber dónde, bajábamos tarde y al lugar menos transitado, sobre las seis de la tarde. Empecé a notar el calambre característico de alguien que se esfuerza mucho y se quiere hacer el duro pero ni está entrenado, ni ha hecho calentamiento previo ni tiene el cerebro necesario para pensar esas cosas a tiempo. Pero no era calambre. Era inicio de calambre así que respiré profundamente, me hice el muerto para evitar acabar ídem por negligencia. Dejé que se ahogase primero el miedo o la angustia. Mi compañera me había contado que su sobrina una vez había subido hasta un árbol muy alto en una montaña solitaria y que al llegar arriba se quedó sin fuerzas. Sintió que era su fin. Luego encontró la manera de bajar muy lentamente, en plan koala, resbalando de culo de rama en rama y en unas horas llegó abajo tras haber saludado a la muerte (no sé, esa historia me fallaba porque si no te quedan fuerzas no te quedan fuerzas ni para ir lento pero en fin, más agujeros tienen los guiones de Hollywood).
El calambre no se desarrolló y luego, tranquilamente, me fui acercando a la playa. Dejaba que una ola me acercase y solo me resistía y nadaba en su retroceso para ahorrar energía. Llegué a la arena extrañamente feliz. Parece que la vida solo te importa lo suficiente cuando vienes de estar a punto de regalarla. Mi compañera levantó la vista de su revista:

-       -Tú sí que te lo pasas bien. Toda la tarde en el agua. Cómo me gustaría saber nadar como tú.

Desde luego que poco sabia es la envidia.  
Cogí mi libro con los escritos del viejo indecente y zapatero a tus zapatos, regresé a lo mío.

Actualmente, a pesar de lo poco que me gustan las banderas, ya lo sabéis, siempre busco la de color verde para bañarme un poco. Es la única cosa ondeante y en asta de la que me he hecho amigo.  

02 septiembre 2016

Retrasos en un tren



Al igual que le sucede a mi amiga Dorotea Hyde, pienso que el transporte público es como una buena vitamina para escribir historias. Te cruzas todo el tiempo con gente. La mayoría no es exactamente gente viva, más bien zombis atapados por una pantalla. Pero algunos supervivientes a la epidemia de muertos vivientes respiran normalmente entre nosotros, interactúan, permiten que ponga mi oreja a hacer horas extra y de paso el cerebro.
Era sábado. Yo iba a trabajar pronto muy pronto, en una hora donde se mezclan los pringados como yo con los que acaban su fiesta. Hacemos mal equipo. Los ceñudos contra los que todavía ponen música en el móvil o van borrachos o cantando o gritándose las últimas anécdotas de discoteca o los planes de futuro inmediato en un “after”.    
Y oigo a dos tipos. Me giro. Dos individuos que representaban mi idea de idiota de manual: gorra con visera en la nuca, edad adolescente y móvil con reggaetón a volumen pernicioso para la salud (no muy alto pero los altavoces de un Smartphone son molestos a cualquier volumen, la cumbre del estropicio auditivo, ni Mozart sonaría bien ahí, así que lo otro…).  
Escuché esta inquietante conversación:
-      Le voy a matar, hermano, te juro que lo mato. Cojo una pistola y me lo cargo…- me giré para ver si había peligro inminente pero solo vi dos gorras y dos nucas más los respectivos respaldos.
-      ¿Pero tú te escuchas? ¿Eso que estás diciendo? Es una locura- al parecer uno de los dos gorritas no era tan estúpido como pensaba. Esto es un nuevo revés a los prejuicios, la apariencia no lo es todo. Entre los dos sumaban un cerebro pero solo estaba en la cabeza del segundo interlocutor.
-      No, te lo juro, hermano, le mato. Me ha dejado en ridículo porque estaba con todos y haciéndose el gallito con su novia pero te juro que le mato. El viernes que viene voy y ¡pum,pum! Un tiro. 
-      ¿Te oyes? ¿Y tu madre? ¿Qué dirá ella?  
-      Me da igual.
-      Vas a ir a la cárcel.
-      Me da igual. Le mato. Ese tío se creía muy gallito- es repetitivo, lo sé, pero el discurso de alguien que va bebido es esto, puro bucle sin solución de novedad y este había ahogado sus penas en la mitad del alcohol de su local, tenía esa dicción emborronada y gangosa de los excesos etílicos.
-      Estás loco. Cuando duermas y se te pase ya lo dejarás pasar.
-      Que no, el Viernes que viene, tío, te juro que…
Y así todo el tiempo. Eran cuatro pinceladas de una historia. Yo veía ahí como al borracho hablando con una chica, luego el matón acompañado de la pandilla arropadora dejándole en ridículo o calentándole el cuerpo a base de golpes, la chica pasando a manos del chulo (vete a contarles a estos que las mujeres no tienen dueño y van por libre o que la prehistoria pasó y ahora ya estamos en lo siguiente), el resentido desahogándose en su cerebro con una pistola que dispara en su agenda de los propósitos del mes siguiente. Puro género negro del cutre. Del de andar por un vagón de metro.
Me alegró pensar que el escenario anunciado para la presunta matanza sería la semana siguiente en un lugar que yo no frecuentaría. Que se realizaría entre idiotas y eso es puro Darwinismo, una matanza entre atontados no puede hacer daño a nadie(o sí, quién sabe, pero yo no estaría para verlo). Lo cierto es que mi intuición me dice que al día siguiente tendría una buena resaca y la certeza de que las armas de fuego no las venden en los quioscos así que el viernes siguiente nada de lo anunciado sucedería.
Salí al amanecer y caminé hacia mi trabajo. Recordé las tragedias de mi propia adolescencia, tan grandes en su momento y tan ridículas ahora.
También pensé que esos tiempos de juventud no son tan buenos como los recordamos. Aunque yo nunca llevé gorra con visera en la nuca. Pero pude ser tanto o más imbécil que ellos.
El trabajo me pareció un mal menor, en cualquier caso.
Gracias, mi joven y triste amigo asesino. Sé que en algún lugar de un viernes futuro sigues tan borracho como siempre y no has matado a nadie. Con suerte crecerás para reírte de lo cretino que eras. Y para darle las gracias a tu amigo. Algunos hasta se salvan de la edad del pavo.

Hasta el próximo tren de cercanías, amigos-as. Pero no os lo recomiendo. La RENFE en Cataluña sigue sufriendo grandes retrasos y a ciertas horas se suben otro tipo de retrasados.