08 mayo 2017

Los celos de Pierrot



Era la oscura y lamentable época en la que tenía una amante y millones de problemas. Todos creados y manufacturados a partes iguales por mi mala cabeza y mis genitales.  Mi amante tenía celos de la primera dama. A nadie le gusta ser el segundo plato de nadie. Incluso aunque lo sea y el primer plato ya estuviera servido cuando llegó.
Escribí algo sobre los celos en este blog (allá por el 2008). Algo para divertirme un rato y olvidarme de lo que me agobiaba en la vida haciendo el payaso en la red. Fue mi historia más exitosa. Si dejo de escribir y miro las estadísticas no hay día que no entre alguien en este blog. Pero no a buscar una posible nueva entrada. Eso da igual. Entran a ese post titulado “Celos retrospectivos”. Si lo hubiese etiquetado serían más (he puesto celos en el título de este post más gratuitamente, para provocar similar efecto pero ya sabéis lo que me comeré). Todos los días recibe visitas. Han pasado algo más de diez mil visitantes y cada día, de manera modesta, continua subiendo el contador.
Imagino a gente desesperada con lo que más les duele en la vida y buscan páginas dónde salga ese sentimiento que tan mal le sentó a Otelo.
Hace poco vi que algunos visitantes incluso comentaban y al ver que yo les respondía lo daban por actual y se animaban. Son hombres y mujeres pero más lo primero. Ya he tenido unas cuantas historias gracias a esos comentarios “retrospectivos”. Me han confundido con un especialista psicólogo. Uno me pide recomendaciones sobre libros que traten sobre los celos. Me halaga casi tanto como me desespera. Se han saltado el tono lúdico del post y se han centrado en lo que les obsesiona, imagino. Un día me voy a hacer gurú de la autoayuda y entonces sí que voy a ver dinero de verdad.
El primer comentarista era uno muy habitual de la época. Creo que durante un par de meses Pierrot inauguraba la caja de respuestas al blog. Mi tristemente famosa P., la amante celosa, siempre me preguntaba por lo que me parecía Pierrot. Y yo tenía que vigilar con lo que respondía. Había perdido al menos tres comentaristas porque mi amante tenía la mala manía de entrar en sus blogs y decirles cosas como:

Sé que eres una perra en celo. Pero S. es mío (yo era Houellebecq en esa época, ponedme el nombre que queráis, eran tiempos de mucho Nick, mucho antifaz y mucha tontería). Que sepas, zorra, que S. es mío y sólo mío, puta”   

Yo de eso me enteré mucho más tarde así que observaba las desapariciones de seguidoras como un proceso normal de desinterés y despedida a la francesa. Gente que comentaba semana sí y semana también se iba abruptamente para no volver nunca más. Aunque una no escapó. Se quedó para decirme que controlase a P. y me descubrió lo que ocurría, que Patry la había amenazado o insultado por comentarme.
Pero P. o Patry, decía yo, me solía preguntar mucho por Pierrot, ese-a comentarista misterioso que abría la caja de comentarios e inauguraba los debates a mis entradas.

-      No sé, parece una chica muy inteligente- me decía P.

-      ¿Chica? Puede ser un chico.


-       Sí, claro. No sé por qué habré dicho eso-dije yo.

-      Porque es lo que quieres.    


-      No, qué va, quiero que me lean. Para intimar me gustan solo las mujeres, quiero decir, tú. Para que me lean me van los lectores de ambos sexos. Manías mías.  

Y seguíamos con una inacabable conversación solo apta para paciencias del tamaño de los santos. Y con los santos ya sabemos que se exagera mucho.
Es cierto que yo quería dejarla. Pero no era menos cierto que trabajábamos juntos. Y que ella no se dejaba abandonar. Amenazaba con espectáculos maravillosos en mitad del trabajo (algunos cayeron y pude disfrutar de ser portada durante mucho tiempo en la prensa amarilla de los cotilleos laborales), venía con sus muñecas rasguñadas por cuchillas, se convertía en un ancla en mi cuello cuando iba a entrar en al autobús de vuelta a casa, me gritaba sus frustraciones cuando más gente teníamos cerca. Estaba en un verdadero lío que yo mismo había enredado por dejarme llevar.
Alguien me preguntó alguna vez si P. estaba loca. Yo respondía que hacer locuras no siempre es estar loco. En ciertos estados y ciertas situaciones ciertas personas sin madurez actúan de forma desproporcionada. Y ella tenía un problema y yo no sabía aliviárselo o no quería (así que ya veis qué psicólogo de chichinabo, ni siquiera creo en esa licenciatura).
Hasta que P. me dijo un día:

-      Pierrot soy yo. Estaba un poco celosa de esas guarras que te escriben y que se creen tan listas y me hice pasar por una comentarista tuya para saber cómo me responderías. Quería comentarte y ver si yo daba el nivel. Estar al mismo nivel intelectual de esas que te escriben- los hombres estaban libres de su ira y bueno, eran pocos, creo que leen menos.

Y sí, yo sigo defendiendo la cordura de P.

Pero bueno, algún problemilla tenía.