28 septiembre 2018

La edad sin inocencia





En “La edad de la inocencia” película de Martin Scorsese pulcramente basada en la obra homónima de Edith Warton, se da una historia de amor imposible. Pero me interesa el ambiguo final. Recuerdo al noble que casi renuncia a todo por el amor de la condesa descarriada. El tipo mira hacia la ventana de su viejo amor de juventud que pudo ser pero no llegó a suceder. ¿Fue así la película? La vi hace muchos años. La memoria te traiciona más que el cuerpo pero no tanto como la mayoría de las personas. Recuerdo que una vez más, los dos viejos y antiguos enamorados (Daniel Day-Lewis y Michelle Pfeiffer) no se vuelven a encontrar. Creo que ya solo queda la curiosidad. Era mejor así. También cierta nostalgia. ¿O es todo lo contrario? Ni siquiera sé por qué la recuerdo.
Cuando estaba en la universidad mi historia era muy diferente a esta. A mí las convenciones sociales no me impedían acercarme a I. y decirle que me gustaba mucho, que la casualidad la había puesto a mi lado en los pupitres de la facultad y eso me parecía un regalo por vete a saber qué favores le había hecho yo al destino (con lo egoísta que era, requisito casi imprescindible de los muy jóvenes). A mí lo que me impedía decirle algo eran más bien las convenciones limitadoras de mi timidez. Y ella se portó muy bien como amiga. Hasta me facilitó uno de esos trabajos fáciles que se alternan con las clases, hacer que un niño avanzase con sus estudios.
Volviendo al presente nos pongo en situación. Decido llegar en punto al psicotécnico de pedagogía. Estoy harto de los tiempos muertos haciendo que leo el móvil apagado y sin saber dónde poner la mirada frente a extraños y extrañas que hacen algo parecido mientras esperan entrar al aula. Pero hoy han abierto antes. Ya están todos sentados. Cuento veinte. Pocos. O más bien pocas. Salvo el tercer hombre que llega, yo mismo, el resto son mujeres. Me siento donde me indican. Al cabo de cinco minutos llega la última rezagada y ya somos veintidós. Se sienta apartada del grupo pero le indican que se coloque a mi lado. Todos debemos estar agrupados por asuntos logísticos de recogida de exámenes o de control. Nada de desperdigarse como lobos solitarios.
El psicotécnico no va de ser muy inteligente. Va de adaptarse al perfil que pide el trabajo. Como se trata de un trabajo social pienso en cierta persona extrovertida a la que conozco y respondo como si fuera ella. Creo un personaje literario. Sé que si respondo como soy yo no me cogerán ni en mil años. Aunque detecto ciertas preguntas en las que sí puedo ser sincero.
Terminamos el examen y mi compañera le dice algo al examinador. Se ha equivocado con la columna de respuestas. Parece que lo tiene mal. Pero entonces escucho su voz y la miro mejor. Ella ha ganado algunos kilos pero el tono de su voz es tan delgado como siempre. Ni siquiera lo dudo al escucharla. Es I.. El paso del tiempo ha sido gentil con ella. Pero los giros de mi destino se han plagiado a sí mismos. En este mismo blog tuve un encuentro con otro enamoramiento precoz en un tanatorio. Y luego en una sala de conciertos con ella misma. Estos años me han mostrado a esas chicas con las que soñé hace tantos años en lugares más o menos inesperados (en las oposiciones de pedagogía no era descabellado pensar que encontrase una cara conocida).  Convertidas en mujeres igualmente atractivas. Pero librándome a mí ya de esa pulsión romántica. Viéndolas objetivamente y sin rastro de angustia por lo inalcanzable que me parecía casi investido de divinidad en otros tiempos.
 I. me pregunta si soy X y no, no recuerda mi nombre. Y además me desaloja de la casa de mis padres y me pone a vivir en un sitio que desconozco pero a pesar de lo confuso de nuestras  memorias (yo inicialmente la llamo Luisa y tampoco acierto) ambos sabemos que nos conocemos. He tenido encuentros similares con otras viejas amistades y cada vez veo lo mucho que creemos recordar y no, no es así. Yo tengo el apoyo de mis diarios de esa época que me han dado el nombre de esta mujer. Últimamente he tenido cuatro encuentros de gente a la que pensaba no volver a ver en la vida. Mi vida parece el capítulo final de una serie donde todos, incluidos los secundarios, tienen que hacer un cameo.
De pronto llega una tercera mujer que le pregunta algo y se enfrasca con ella en una conversación. Parece conocerla de otro trabajo del Ayuntamiento. La tercera tipeja interrumpe sin disculpas ni hace amago de dejar que sigamos la conversación. Además, I. está frente a los servicios a los que también le urge ir, sé que los exámenes son diuréticos para muchas personas, lo veo siempre que acudo a esas pruebas.
En fin, ahí está esa entrometida con su propio blah,blah, blah intrusivo y sin hacer enemigos. Luchar contra los maleducados es una labor estéril. Me miro el reloj, I. me ve y me apoya con un “ya nos veremos con suerte, Sergio”. Y sí, me voy, pensando en la escena que tan mal recuerdo de “La edad de la inocencia”. Intentado averiguar qué pensaba Daniel Day Lewis cuando miró a la ventana de Michelle Pfeiffer, su vieja amada. O de interpretarlo. Porque yo más allá de satisfacer una antigua curiosidad por esas personas del pasado, no siento nada más. He mirado a la ventana de la antigua amada y ya no la he visto. Pero le deseo lo mejor.  

Publicar un comentario