27 diciembre 2006

¿Consuelo de tontos?

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Suelo ir a tomar café a un local cercano al cine dónde trabajo. Apenas unos veinte metros me separan de la portería dónde un compañero (o yo mismo) simplemente romperemos entradas.

El café es como el aperitivo antes del trabajo. Cuando miro lo oscuro que es el “solo” que pido no puedo evitar pensar que se parece a mis pensamientos de esos instantes. Toda una jornada de trabajo aburrido por delante. Y eso con suerte. La otra opción es una jornada estresante. Como los fines de semana y festivos. Esos días ves al encargado del local (una franquicia alemana que se dedica a la venta de salchichas y cervezas) bastante agobiado. Yo me siento junto a la barra y lo veo cambiado o en pleno proceso de mutación.

Es un señor de unos cincuenta y tantos que siempre que me ve me dice “¿qué tal, joven?”. Al menos cuando está de humor. Luego me sirve lo mismo sin que se lo pida. Me tienen muy calado en ese lugar. Siempre pido lo mismo. En invierno café solo y bien cargado. En verano café con hielo. Por la tarde-noche y en el descanso, cortado descafeinado. El café es como los signos de puntuación que dividen mi jornada, una especie de ritual secreto que improvisé en algún momento para ordenar el escaso placer de los días de trabajo. Y es que esos minutos de café son para mí como los minutos de cigarrillo para los “fumetas”. Me aferro a ellos casi con desesperación.

El encargado, como decía, tiene dos personalidades. Es el doctor Jekill entre semana y se transforma en Hide los días festivos. Odia a la gente. Ha recorrido muchas ciudades haciendo que los locales de la franquicia saliesen adelante para luego ir a otro lugar y comenzar de nuevo y así siempre. En este local lleva más de un año. No parece ir muy bien. Ya debe aburrirle bastante. Seis días de trabajo semanales. Un día de esos le cubre la fiesta a la otra persona por lo que trabaja esa jornada doce horas o más… Prácticamente vive en el centro comercial. Ya no debe ver personas. Sólo mandíbulas y dientes que devoran la basura que guarda en sus congeladores. Sólo bocas que le piden y le piden y le ponen pegas por todo.

Suelo escucharle gritar al individuo secreto de la cocina. A este apenas le veo por la ventana del local. Sólo conozco sus brazos peludos y sus utensilios. A veces le veo entregar un plato. Otras le veo cortando zanahorias o carne o preparando un bocadillo de salchichas. A veces oigo su triste y acobardada voz. No es para menos. El encargado suele gritarle mucho. Siempre airado. Siempre creativo pero negativo. Más bien humillante. Sus comentarios: “¡Venga ese plato que eres más malo que la guerra!” “¡Venga cojones que eres más inútil que los platos que sirves!” “¿Esta mierda esta presentable? ¿Te parece que esto se puede enseñar a un cliente?” “¡Venga que eres más lento que el caballo del malo!”.

Siempre venga. Parece la letra de una canción del verano. Veeeeeeenga.

A veces, cuando hablamos me suele decir de los clientes cosas como que mejor sería que se quedaran en casa en vez de ir allí a darle por el culo a él. O descubro que compartimos el mismo odio por los niños (ahora les tiene que dar una promoción especial navideña y está de los nervios). A veces dice que ha venido poca gente pero los pocos que han venido le tocan a él los huevos. A veces… Ni siquiera habla. Cuando está cabreado es mejor dejarle el euro en la barra y despedirse. Si está de buen humor me expresa un bonito deseo “no te canses”. Si está enfadado sólo me dedica un gruñido o un gesto que se asemeja a una despedida y luego sigue gruñendo encorbatado, agobiado, sudoroso, cojo, amargado, azul como los pitufos(y él es el pitufo gruñón por supuesto).

Yo regreso a mi puesto de trabajo a recuperar sonrisas. Alguien estará contento por allí.

¿Por qué regreso a por mi café amargo y los rostros agrios de la franquicia alemana?

No sé… Supongo que cuando salgo de allí mis encargados me parecen encantadores. Incluso mi trabajo. Supongo que a veces me gusta consolarme como si fuera tonto.

19 diciembre 2006

Paz y amor a los hombres de buena voluntad con voluntad para no gastar ni un euro más

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El buzón navideño es como el calcetín en el que papá Noel te mete los regalos. La diferencia es que en el buzón sólo te dejan fotografías de posibles regalos. Sólo te dejan el deseo pero no su satisfacción. Los folletos de publicidad me han llegado este año gruesos y en formato magazine. Los anunciantes tiran la casa por la ventana. Saben que es fácil tentar al consumidor. El de Carrefour, por ejemplo, que es el primero que me ha llegado tiene unas ochenta y ocho páginas incluyendo cubiertas. Es a todo color y en buen papel. Al ritmo que van el año próximo me lo encuadernarán en tapa dura y podré pedir números atrasados además de poder disfrutarlo en papel satinado.

En portada sufro la primera andanada. Anuncian el nuevo IPOD video con 30 GB por 279 euros. Sé que no gastaré ese dinero en esa maquinita pero ya me hacen soñar con un futuro en el que bajará el precio. Recuerdo que el año pasado ya babeaba con los IPOD de un GB o dos y este año los puedo comprar. Es el antibudismo llevado a su máxima expresión. Creación de deseos. Deseos insatisfechos que llevan al sufrimiento… El MP3 actual es insuficiente, mi presente es un indeseable trámite que me llevará al futuro soñado con esa maravilla con cargador de corriente incorporado…

El catálogo de todos modos se abre con anuncios sobre vestuario femenino. Nada que hacer conmigo. Si al menos fuera lencería… Pero aquí solo hay mujeres en ropa de invierno. No se puede ser sexy llevando tanta prenda y tan gruesa encima. Es como si solo las hicieran para que las mujeres no pasen frío, joder.

También me salto la sección de joyas(mucho dinero para comprar piedras), ropa masculina(a mí me hace grande mi cerebro y no la seda que a los monos los sigue dejando tan monos como siempre), alimentación(me aburre mirar comida, sólo me dedico a ingerirla), herramientas para el manitas del hogar(ja,ja,ja), aparatos deportivos(más ja,ja,ja), hogar y plantas(estoy a punto de arrojar el catálogo a la basura), escritorios, muebles, vajillas, maquinillas eléctricas, secadores de pelo, scanners… Sólo en la página sesenta y ocho empiezan a dedicarme el catálogo a mí. Lo de atrás era para mi mujer. Unas veinte páginas para intentar resistir los embates de la publicidad. Trataré de vencer.

Además del IPOD me tientan con un disco duro de 160 GB con conexión directa al televisor y mando a distancia. Existe otro que por 30 euros más te da 300 GB de memoria. Puedes tener una biblioteca, discoteca y filmoteca en el más reducido espacio posible. Gracias a este disco duro podré almacenar mil películas que nunca veré en lugar de las cien películas que nunca veo actualmente.

Cámaras digitales. Siempre he pensado que perder tiempo fotografiando me resta placer en mis viajes. Sólo disfruto con las fotografías ajenas porque me enseñan el lugar dónde todavía no he estado y claro, menos da una piedra. Pero son tan bonitas esas cámaras… Y nunca se sabe cuando el aire fresco del invierno levantará una falda y entonces sí, querrás guardar el hermoso recuerdo y compartirlo con aquellos que lo disfruten como tú.

Un DVD grabador con 160 GB(250 horas de grabación) me resulta muy atractivo. Pero sigo creyendo en la tecnología del VHS. O por lo menos me resigno a ella mientras no bajen el precio de estas maravillas digitales. Mi pregunta es… ¿Produce la televisión 250 horas dignas de ser inmortalizadas? Hmmm, mi televisión es digital y con oferta variada pero se repite tanto que más tarde o más temprano te puedes encontrar con el programa que perdiste de vista y al que dijiste hasta luego pero nunca adiós.

Los televisores de plasma con sus elevados precios plasman muy bien la idea que apuntaba más arriba sobre crear deseos insatisfechos y fabricar antibudismo.

El GPS me fascina. No tengo vehículo pero me vendría muy bien para saber la calle por la que paseo. El inventor debió estudiar las necesidades de los tipos que como yo, se perderían al regresar de tirar la basura.

Las cadenas de música sólo me interesan en cuanto que la mía no tiene para reproducir DVD ni MP3. Pero de momento vivo igual con la mía. Admite pirateos más toscos y en CD pero a mí ya me va bien. Y que dure.

Las consolas, películas y libros anunciados al final del catálogo me distraen pero sé que puedo conseguirlo todo más barato e incluso gratis.

Conclusiones: tenía pensado comprarme un solo auto-regalo caro estas navidades. Después de leer el catálogo sigo pensando igual.

He vencido.

Una vez más.

Si me hago el auto-regalo es porque tengo paga extra que si no, ni siquiera eso.

El año que viene me tendréis que inyectar la publicidad en vena porque lo que es a mí… Me la sudan vuestros esfuerzos.
¡Soy el prodigioso hombre super-ostra! Mi coraza sigue entera.

04 diciembre 2006

El cuento de capezuñitas roja

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Otro retrato. La presentaré. Lo primero que destaca de ella es el culo descomunal producto de un exceso de tardes comiendo porquerías y viendo la televisión en casa(supongo que los genes también tendrán algo que ver). Después ya la ves a ella. Esas gafas que le bajan por debajo de los ojos y que le sirven para mirarte por encima como una profesora que te quiere regañar, esa nariz de puente alargado que le da un cierto aire a lo jabalí, pariente cercano del cerdo, esos ojos claros pero desprovistos de inteligencia como los de un animalillo menos inteligente que tu mascota, esos cabellos rubios, bastos, abundantes, gruesos como los de una muñeca de cuatro euros comprada en un mercadillo a una gitana sucia… El efecto general es el de una persona bonachona y más bien estúpida pero en jerga popular “buena tía”. Las apariencias siempre hacen bien su labor de timar, nos la meten bien doblada para continuar con la jerga del populacho.
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La señorita en cuestión viste bastante retro. Tiene veintinueve años pero a veces, cuando salgo del tren que me lleva a trabajar y la veo de espaldas, parece que viera a una señora mayor que mi madre(supongo que el culo hace mucho por envejecerla, por “señorearla” mucho y prematuramente). Pero eso no importa. Como si quiere vestirse como las Monjas Clarisas. Es lo que le debe gustar a su novio, un pequeño individuo de cuarenta y tantos que al contrario de ella parece mucho más joven(esto demuestra lo relativo de la edad en las personas). Su novio viene a esperarla por las noches, a la salida del trabajo. Mientras ella cuadra caja o limpia olla o mejor, hace ver que limpia olla o encarga que la limpie otra, su Don Juan charla con el primer portero que encuentra sobre lo que sea. Es un hombre rudo, tosco, muy de pueblo de otros tiempos. Alaba cualquier película tópica y comercial y denosta toda aquella de autor y que le exija pensar un poco más de la cuenta(este tipo de películas son denominadas como truño y asegura que se duerme con ellas y sus ronquidos se suelen oír en la sala de cine que tenga la desgracia de tenerle a él entre sus asientos). Lo llamamos el crítico con ironía malsana. De todos modos este individuo nos hace gracia. Pasamos un rato muy entretenido cuando viene él. Su novia no es tan divertida.
Los primeros meses que estuvimos con ella nos engañó bien. Parecía buena chica. Nos daba chuches que robaba de la tienda que ella misma llevaba, no parecía meterse con nadie y si lo hacía era con un presunto buen motivo, venía a trabajar incluso cuando otros no lo hubiesen hecho… En fin, era una de esas mujeres a las que nunca querrías tener en tu cama, ni siquiera comiéndote la polla pero muy buena tía, eso sí. Insulsa y aburrida pero redimida por no armar jaleo ni molestar a nadie. Para los jefes todavía mejor, era una de esas que “tragan”. En el buen sentido de la palabra. Algún día festivo la vi pasar por allí porque se había hecho un pedido para la tienda de chuches que "sólo ella" podía controlar.
Pero a los seis meses la hicieron fija. Y el cambio se produjo. Empezó a quejarse de todo. Al parecer le dolían los tobillos por un motivo que ahora no recuerdo. Y claro, su aspecto porcino y esa sensación que daba con la tobillera y sus zapatos derivó en uno de sus motes más célebres: “pezuñitas”. También se la conoció y conoce como Peggy.
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Los problemas con las compañeras comenzaron. Empezó a quejarse, unas veces con razón y otras sin ella, de estas. Todas trabajaban poco y se lo cargaban todo a ella que estaba muy mala. La versión de las compañeras es que la vaga era ella y además bastante gorrina(en el sentido de guarra y no en el de su aspecto físico, claro). Pezuñitas iba a llorarle semana si, semana también al sufrido encargado que la quisiera soportar. Casi siempre acompañaba sus lamentos con una increíble transformación física que la convierte en la primera mutante española, una metamorfosis que en situaciones de peligro, miedo, ira o sofoco le llenan la cara de ronchas rojas. Es el increíble Hulk pero a lo carmesí. A veces parece un extra del cuento de Poe “La máscara de la muerte roja” o una víctima de “Viernes 13” recién salida del cuchillo del bueno de Jason.
El día que se cayó por tercera vez en un supuesto resbalón muy futbolístico y muy al estilo del que busca un penalti en el área de peligro en el almacén de las palomitas, sólo engañó al encargado que apenas la conocía(o no la conocía como es debido). Consiguió una baja en el mejor momento posible para ella y el peor para nosotros. La consiguió porque se hizo daño en la muñeca. Su novio cogía las vacaciones esa semana y nosotros teníamos más trabajo que nunca por cierto estreno importante de la cartelera.
Pero… ¿Cómo no creerla? Estaba tan roja que parecía que la regla le salía por el rostro(duro como la piedra, por cierto). Imposible echarle más cuento al trabajo. Si no quieres trabajar y debes hacerlo, saca partido de la buena fe de los demás y sobre todo de nuestra magnífica seguridad social. Eso sí. Durante las siguientes semanas venía un par de veces por semana acompañada de su novio para ver los estrenos del cine en que trabajamos, incluyendo esa película importante que tanto nos hizo sudar. Si hubiese llamado estúpido al encargado, este no se hubiese mosqueado más. Pezuñitas comete ese tipo de errores pero nos consigue engañar por otro lado. Eso demuestra lo que ya aseguraba Montaigne hace unos cuantos siglos “que un tonto puede estafar a un listo”. No nos sintamos mal por ello. No puedes saber lo que hay en un cerebro. Aunque este sea del tamaño de una nuez.
Después regresó de su baja. Con una venda en la mano porque claro, ella quería venir a trabajar por más que seguía doliéndole la muñeca. Aunque no se notó mucho su esfuerzo. Lleva meses diciendo que le duele la muñeca y usando esa excusa para ir a trabajar sin trabajar nada. Pero lo peor son sus ínfulas. Cuando se fue la encargada de bar nuestro auténtico encargado le dijo que mirase qué tal lo hacían las nuevas y que las vigilase. Ella entendió eso como la entrega de poderes para ser la ama y señora del lugar. Ordena y ordena pero sigue sin hacer nada. No sabe organizar, tiene la inteligencia de un burro en el cuerpo de un cerdo, es mandona, es cotilla, saca defectos físicos a todo el mundo(por lo que no siento cebarme con ella ni con su cuerpo engordado por toneladas de chucherías hurtadas de la tienda), es rencorosa, es mentirosa, es pesada…
Pero el cuento que tiene nuestra capezuñitas roja no engaña a nadie. Sólo ha conseguido la coalición más grande de aliados contra ella que recuerdo en mucho tiempo y en este trabajo(mas conspiratorio que la corte de los Borgia). Los pocos que le sonreímos lo hacemos por educación y porque la verdad, nos cae bien su novio(o en mi caso uno de sus hermanos con el que comparto aficiones) y no queremos ponernos a malas con él(o ellos).
Ya ni siquiera puede recurrir a los encargados. La conocen tan bien como el personal. Su balance es tan negativo como el que hacemos nosotros.Hace poco le han recortado los poderes un poco, le han puesto algún obstáculo a su tiranía. Pero se acerca Navidad. Temporada muy buena para coger baja a falta de vacaciones y compartirla con su novio. Esto puede desagradar a los encargados.
Capezuñitas le verá pronto las orejas al lobo… Y es que a todo cerdo le llega su San Martín.

22 noviembre 2006

Las Ciencias pierden en los quioscos




La descubrí porque me llegó con la suscripción del “Historia y vida”. Tenía un formato y diseño muy similares al de la revista que tanto me gustaba por lo que pensé: “vaya, qué buen gancho, si no fuera porque soy impermeable a la publicidad me suscribiría a esta nueva revista de ciencia”. Así se llamaba: “Conocer la ciencia”. Con la palabra conocer en grande y destacada. En su interior cualquier lector de la revista de historia hermana se podía sentir muy cómodo. Todo seguía el mismo patrón salvo por el hecho de que aquí se hablaba de neutrones, satélites espaciales, meteoritos o energías alternativas en lugar de romanos, griegos, carolingios o asuntos menos actuales. Pero no. Ni hablar. No tenía un hueco para mis demasiado abundantes lecturas. No iba a caer en esta trampa del marketing. Soy demasiado astuto. Sé sortear los trucos publicitarios. ¡Y lo conseguí! Nunca llegué a suscribirme. Pero eso sí, me compré todos los números en el quiosco. Bueno… Es que la revista valía mucho la pena.

El pasado mes de Octubre, sin embargo, cuando esperaba el noveno número de la publicación vi que estaba perdiendo puntualidad. Sólo dos semanas más tarde traté de averiguar por Internet qué sucedía aunque la intuición ya me avisaba sobre ese asunto.

La revista se había cancelado. Creo que lo leí en un foro de una página científica. Sin más. Leí algunas críticas negativas sobre ella y otras más positivas pero ya daba igual. Cancelada. “Conocer…” era como un puente entre las revistas de ciencia más dura e inaccesible(“Investigación y ciencia”) y las revistas para un público más… digamos… de medio pelo(“Muy interesante” o la sensacionalista “Quo”). Yo, huérfano del “Conocer” sabía que se me habrían esos dos caminos, el de lo difícil y el de lo fácil. Decidí ponerme chulo y caminar hasta la biblioteca de Bellvitge(ver pasados posts) para echarle un vistazo a la revista más exigente. “Investigación y ciencia” me esperaba. No tenía por qué caer en este nuevo anzuelo. Esta cuesta seis euros frente a los dos noventa y cinco del “Conocer la ciencia”, su diseño es menos atractivo y con menos fotografías de impacto, con una letra más diminuta lo que le da densidad a la lectura, con un lenguaje más propio de “ellos sabrán lo que dicen” que de hacer concesiones al público gárrulo del lugar, con muchos diagramas de esos que el profesor escribía en la pizarra y que tan difíciles de entender resultaban siempre. En definitiva una revista de ciencia para los que se quieran esforzar un poco. Pero yo soy un valiente de la intelectualidad. Decidí ojearla. Comencé a leer un artículo sobre la necesidad de refrigerar los cojinetes de los ventiladores de los MP3(cada vez más pequeños) y otro, muy interesante, sobre la información cuántica en un futuro “si un bit define la unidad mínima de información y esta se define como un sistema binario dónde sólo hay dos posibilidades, cero y uno, ¿Qué ocurriría en el mundo cuántico si asignásemos ese modo de información a los átomos? En el universo clásico o Newtoniano sabemos que toda causa tiene su efecto y podemos predecir cualquier comportamiento de la información- bueno, en el universo clásico se cometen errores, pensé, pero es cierto que se ha avanzado mucho y se consigue por ejemplo que esas monstruosidades de hierro llamadas aviones sean capaces de volar salvo, claro, esos errores- En el universo cuántico esas leyes no existen. A niveles subatómicos un bit de información puede ser sí y no, apagado o encendido a la vez, el sistema binario se enfrenta a dificultades distintas- una señora le pregunta en ese momento al bibliotecario por un libro que sirva a una persona que no suele leer habitualmente, algo sencillo para su cerebro de verdulera que por cierto, grita su petición en lugar de hablar en el “modo biblioteca”- La incertidumbre en este mundo subatómico es lo que llamaríamos ruido. Entre el emisor y el receptor hay un grado de incerteza que dificultaría este tipo de información y que nos obliga a buscar soluciones para resolver el problema…- un tipo entrega cuatro DVDs y dice que tres de ellos están rayados y uno de ellos resulta que ni siquiera pertenece a esta biblioteca. Lo hace a gritos, por supuesto- …en el mundo cuántico, por tanto, debemos guiarnos más por la intuición. No sabemos todavía por qué las partículas subatómicas se comportan de otro modo y por otras leyes que en nuestro universo pero…- han llegado los adolescentes en horda. Me siento como en un zoológico dónde hubiesen abierto todas las jaulas- …en el mundo cuántico, por tanto, debemos guiarnos más por la intuición. No sabemos todavía por qué las partículas subatómicas se comportan de otro modo y por otras leyes que en nuestro universo pero…- He vuelto a leer el mismo fragmento de texto. ¡Aquí no hay quién se concentre!”

Creo que esta revista puede aportarme grandes momentos de lectura pero desde luego, no puede hacerlo en ese lugar. Es como intentar estudiar en una cueva dónde los Neandertales estén haciendo la gran fiesta del espíritu del oso. Supongo que me tendré que resignar a leer números atrasados y en préstamo. Pero las revistas sólo te las dejan llevar a casa una semana (si quieres ser honesto y cumplidor con las fechas de entrega y yo lo soy contra esa costumbre tan poco viril que tiene mi compañera de entregar según sus propias y muy tardías fechas de devolución de lo que en buena fe le han dejado).

En fin… Otra opción es buscar páginas por Internet con temas científicos. Pero no es lo mismo. La letra impresa es mejor y además me permite estar tumbado y con las piernas bien estiradas en el sofá. Espero que alguien se lo vuelva a pensar y “Conocer” tenga una nueva génesis. Las revistas de historia siguen vendiéndose en los quioscos (junto a las del corazón, los diarios, las de decoración de interiores, las de tuning…). Contra lo que ocurre en las universidades, los humanismos triunfan en el mundo del ocio. La ciencia en nuestro país no se consume todavía por placer. O para venderla hay que maquillarla con noticias sensacionales sobre lo bien que follaremos en el futuro, lo guapos que seremos o lo mucho que viviremos.

Si no fuese porque sus revistas están escritas en alemán, emigraría a Austria(ver “Bitte, wien”). Si sus calles son más silenciosas que las bibliotecas de aquí, sus ciencias habrán crecido más lozanas.

Bueno, a lo que iba, un minuto de silencio por “Conocer la ciencia” (si estáis en la biblioteca de Bellvitge os podéis conformar con un tiempo de Planck de silencio, es decir, la unidad de tiempo más pequeña que puede ser medida, no conseguiréis más).

Sin acritud lo digo.

09 noviembre 2006

La bella es muy bestia

La primera vez que la vi buscaba trabajo en nuestro cine. Bajita pero con una buena cantidad de belleza hiperconcentrada en ese cuerpo escaso aunque bonito. La primera impresión dicen, es la que cuenta. ¿Para qué? Su rostro era un ideal platónico de belleza, el arquetipo de todos los rostros bonitos de mujer que pueda haber. Al menos el arquetipo de lo hermoso para mí. Algún compañero me dijo restándole puntos que no era para tanto y en jerga llegó a llamarla “machucamba” que para dicho compañero significa sudamericano, negro y en general cualquier persona de raza y colores “no españoles” (mención aparte merece decir que “machucambo” es en realidad un neologismo que se refiere al ser, en cualquier especie, de género masculino).
La señorita J, así la llamaré en esta nueva entrega de mis perfiles balzaquianos, era machucamba en cuanto que su acento era sudamericano, de fuera, más concretamente de Costa Rica. Observando la belleza de sus mujeres se puede entender por qué no la llaman Costa Amarga o Costa de los Cardos Borriqueros.
Machucamba buenorra
La señorita J consiguió el trabajo, por supuesto. Nuestro encargado no está precisamente inmunizado contra el atractivo físico de las mujeres. Sus entrevistas deben ser sencillas. La señorita en cuestión le enseña sus referencias, su experiencia laboral, le dice lo que sabe hacer y él, de un vistazo y luego mientras habla, se la imagina desnuda. Si le gusta lo que ve en su imaginación está contratada.
Y comenzó a trabajar con nosotros. Un regalo para la vista. Un adorno bien puesto aunque poco visible sin la ayuda de los tacones. Colocada tras la barra dónde se venden palomitas, refrescos y aguas lucía bien. La señorita J era como un póster en nuestro puesto de trabajo, como un jarrón de mesa de porcelana china, como una muñeca Nancy en el difícil caso que los americanos las hicieran extranjeras, como un florero que de vez en cuando hablase y dijese: “Me aburro. ¿Qué puedo hacer?”
Aunque no tenía mucha altura desde la que caer, la pequeña bella empezó a “caer” bastante mal. Trabajaba poco e ineptamente, era mentirosa y no conseguía cuadrar ni una sola de sus absurdas mentiras, intentaba usar sus cantos más melosos de Sirena o Arpía para seducir a los individuos masculinos del local y usarlos para su propio beneficio…
La bella siempre tiene el mismo modus operandi: arrugar sus labios en un mohín infantiloide después de llamar al individuo del que quiere algo, pedirle lo que quiere con miel en las palabras y como si después de ese favor ella estuviese dispuesta a hacer otro tipo de favores, darle las gracias y olvidarle hasta la siguiente “misión”.
Manipuladora es una palabra que la adjetiva bien.
Según Platón el grado más bajo en la escala del amor es el físico. Ese es el grado en el que se puede mover la señorita J. Eso es lo que nos sugiere a los hombres. Sólo el deseo de encerrarla en cualquier cuarto oscuro y sudar y hacerla sudar en diversas posturas para que grite y no hable ni diga estupideces de esas a las que nos tiene acostumbrados. Llenarle la boca de algo más que de ideas de niña de quince años(diría que en un cuerpo de 19 pero no sería del todo cierto porque incluso su cuerpo parece el de una criatura pero desarrollado en los puntos estratégicos, eso sí). En fin, en las mujeres despierta odios gracias a su escaso compañerismo y su falsedad y en los hombres, si despierta pasiones, las hace por debajo de la cintura y en el grado más bajo que el viejo filósofo catalogó.
La imagen “http://www.porninlife.net/hung/er1801/images/p06.jpg” no puede mostrarse porque contiene errores.
Otra que despierta el grado más bajo de amor para Platón pero ya va bien.
La señorita J demuestra que el físico no lo es todo. Como una pistola de fogueo, se agota en la apariencia pero no produce resultados. Una cara bonita sin nada dentro no es mucho mejor que vaciar una calabaza a la que le hemos pegado una fotografía de Mónica Bellucci. De todos modos, como muñeca hinchable debe ser perfectamente útil.
Fuerte debe ser el carisma de las almas sobre el del físico cuando absolutamente nadie, hombre o mujer, se siente a gusto cuando ella está cerca.
La señorita J está con nosotros por su cara bonita pero se irá por su alma feita.
P.D. La madre me gusta un poco más. Puede que próximamente la veamos por este blog.

01 noviembre 2006

Consideraciones sobre el Rap

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Para conocer mejor el Rap he tenido que conocer al Seko, un compañero de trabajo. Un tipo de sonrisa rápida(cómo sus recitados) pero maneras tranquilas. Tan tranquilas que casi siempre le vemos inmóvil y desplazándose menos que el piercing de su nariz. Su cabeza se duplica en tamaño gracias al ensortijado y furioso cabello que la adorna aunque lo que importa verdaderamente es lo que lleva dentro, esa multitud constante de rimas e ideas para temas, esas palabras para generar el flow artístico de sus composiciones. Nos llegó un día sustituyendo a otro que se iba y de momento, contra todo pronóstico y a pesar de que ha explorado los mil modos de cómo tener descontento a su encargado ya ha pasado la prueba de su primer contrato. El tipo sigue entre nosotros. ¿Pero qué tiene el rap que tanto le gusta? Como estilo ni siquiera hay consenso sobre si sus intérpretes cantan o recitan. El rap surge de las discotecas hispanas y negras en el Nueva York de los sesenta. Sobre bases grabadas de reggae y dub un tipo, el MC, cogía el micrófono y lanzaba sus charlas y parrafadas en plena euforia oral mientras el DJ le arropaba con su música mezclada o con su scratching(esa técnica que consiste en hacer música mientras destrozas un vinilo y que desaconseja prestarle discos a los que la practican).

El rap se fue haciendo popular en los ochenta y sobre todo en los noventa. Actualmente y gracias a su éxito ya se usan bases musicales de todo tipo como el flamenco, pop, metal, jazz… Todo es posible.

La palabra rap es familiar para cualquiera y cualquiera puede aportar su granito de arena o recitado a este estilo. No todo el mundo sabe que rap significa criticar severamente en inglés. Y desde luego es un estilo que comenzó siendo muy combativo. Los negros e hispanos de Nueva York tenían motivos para quejarse, les picaba todo o por todo se picaban y querían pinchar a su vez a los causantes de sus problemas, los malditos hombres blancos que les habían llevado en cajones hasta allí o que no les habían aceptado todo lo hospitalariamente que se debiera cuando acudieron como inmigrantes. Naturalmente, si no había académicos entre ellos, no podía haber otro lenguaje que el de la jerga entre sus seguidores. Actualmente, puede encontrarse nivel lingüístico y actitudes más creativas y menos combativas(aunque los hay de todos los colores e ideologías, por supuesto). Y la jerga sigue siendo habitual, casi una regla del juego.

Personalmente, creo en la necesidad del rap. La poesía está desapareciendo de los estantes de las librerías y de la sociedad en general. No venden los libros y si hay poemas en sus páginas, la situación es más dramática.

Curiosamente, la poesía es la primera expresión artística de los pueblos del mundo. Cualquier cultura ha comenzado haciendo poesía y luego ha descubierto la música o la prosa o la pintura…

No hace mucho se decía que la poesía tendría sus últimos defensores en los cantautores. Sabina, Aute y otros demuestran lo cierta que puede ser esa idea. Pero escuchando al Seko, de pronto, he tenido la idea de que el rap también puede seguir creciendo y evolucionar y salvar la poesía de un modo casi perfecto. Se ha sugerido que rap pudiera ser un acrónimo de la expresión en inglés rhythm and poetry (ritmo y poesía); aunque esto no es oficial. No importa. Sólo hay que usar el sentido común. Sus rimas, sus aliteraciones, sus metáforas, su oralidad, su uso de la métrica… Todo eso es la mejor noticia para los poetas. Al menos si se hace bien.

Mi idolatrado Houellebecq recita, habla, lo dice todo en algo muy cercano al rap.

¿Cambiaremos los libros de poesía por los libretos de los CD´s de Rap? No creo que tanto como eso. Los CD´s casi no se venden. En todo caso los cambiaremos por las letras que nos bajaremos de las páginas de Internet.

De todos modos la evolución debe seguir. Actualmente debe haber un uno por ciento de raperos con buenas ideas. La mayoría tiende más bien a buscarle rimas a palabras como coño, polla, hijo de puta, mamón… No, no puedo entregarme por completo a ese estilo. Al menos de momento. Estoy a favor de la idea pero soy un detractor de los que la ponen en práctica. Más que recitar, parece que ladran. Son clones los unos de los otros. ¿Para cuando una hermosa composición que en lugar de titularse “Los mamones que me levantaron el Mercedes y la chica que iba dentro” escriban cosas como “No discutamos, amor, es irrelevante, el sol en ocho mil años muere y no es bastante tiempo para amarte”? Y esto es poco original. Títulos como “El agujero negro de nuestro amor” “Brillas como un Quasar” “La energía gravitacional entre nosotros cesó” o “La entropía mató nuestro amor” podrían pegar fuerte… En un par o tres de hogares.

Dicho de otro modo. ¿Me tengo que meter yo a componer para que el panorama cambie? Ya se sabe. Si quieres que algo salga bien, mejor que lo hagas tu mismo.

16 octubre 2006

La mentira cuántica

Erwin Schrödinger fue un alemán muy ingenioso pero muy poco amante de los animales. Propuso una caja, una partícula radiactiva y un frasco con veneno. Dentro de ella un gato que quedaba fuera de la vista de cualquier observador. La partícula tenía un cincuenta por ciento de posibilidades de desintegrarse en el plazo de una hora. Eso haría que el veneno actuase y el gato muriese. El gato lo tenía tan bien como mal. Erwin no dice cuantas vidas le quedan a ese gato así que olvida que si el gato es joven aún le pueden restar seis en el caso de que la partícula se vaya al limbo de las partículas. Siguiendo la interpretación clásica de la mecánica cuántica conocida como interpretación de Copenhague, sólo observar el interior de la caja permite que el gato viva o muera. El observador colapsa la función de onda a un estado u otro.

La teoría es impecable. ¿Cómo demuestras que es falsa? Si abres la caja y el gato está muerto dices: “¿Lo ves? El gato ha muerto porque lo estamos mirando”. Si abres la caja y el gato está vivo puedes decir: “¿Lo ves? El gato está vivo porque lo estamos mirando”. Según ese científico presuntamente adicto a los estupefacientes el gato está en un estado vivo-muerto mientras no lo miramos. La ciencia ficción se ha aprovechado de esto durante mucho tiempo y sin soltar demasiadas carcajadas. Es difícil de entender.

Existen individuos prestigiosos y muy serios llamados científicos o físicos o todo eso que promete mejor remuneración económica que trabajar de barrendero o camarero que aseguran barbaridades como esa y peores. También defienden la existencia de universos paralelos. Cada decisión que tomamos genera un universo. ¿Escribir ahora o tomarme un bocata de jamón? Al decidir escribir hay otro Houellebecq alternativo que se está tomando el bocata de jamón. En ese universo alternativo alguien será amonestado por no tener apetito a la hora de la comida y picar entre horas.

Hace poco triunfaba un documental muy ñoño pero a ratos interesante llamado “¿Y tú que sabes?”. De forma dramatizada veíamos a una adicta a las pastillas anti-ansiedad paseándose por un universo dónde la mecánica cuántica se lucía(gracias a los efectos especiales) y veíamos representaciones prácticas y sencillas de lo que nos dice su teoría.

Me impresiona esa parte en la que el científico dice que la materia no es sólida. Somos particulas microscópicas separadas entre ellas. Un átomo es un núcleo rodeado de electrones cargados de energía que se montan la gran fiesta dando vueltas a su alrededor, desapareciendo y apareciendo… Pero la idea más interesante es que estamos huecos. En la película el niño le deja un balón de baloncesto a la pastillera y vemos lo que ocurre cuando rebota en el suelo. Los átomos del balón rebotan contra el suelo pero no lo tocan nunca. Los electrones del suelo rechazan los electrones del balón sin tocarlo. No estamos en contacto con nada. Nuestros átomos son rechazados por los de cualquier otro cuerpo. No existe el contacto físico entre humanos. Un polvazo salvaje es imposible porque la materia no se toca. Desde luego, es difícil creer esta teoría. La mancha de la camisa que no sale con nada, los fragmentos de excrementos callejeros que nos acompañan en el zapato, el golpe que te deja un ojo morado… Todo eso refuta bastante el hecho de que no hay contacto. Y sí, puede que a nivel microscópico sólo sean átomos de otra materia que se ponen a orbitar al lado de los nuestros pero en lo visible… ¿Qué me importa esa teoría? Percibimos la materia como algo sólido y esas teorías de científicos alcohólicos no me evitan pensar que si les amenazo con una piedra sobre la cabeza ninguno de ellos me va a discutir que es sólida y hasta intentarán protegerse de ella.

En la película también aseguran que podemos alterar el universo mirándolo. Directamente basado en Schrödinger. Pero no me lo creo. Miro detrás de mí, me concentro pensando ver aparecer a Monica Bellucci. Pero no he cambiado nada. Ahí sigue la estantería con sus libros. Monica no está. Tendré que buscarla por Internet. Teoría fracasada. ¿Cómo se les puede ocurrir que la realidad es algo subjetivo y que está en el que observa? Quieren decir que solo yo veo mi universo. No. ¡Que yo lo he creado o lo creo a cada momento como un demiurgo improvisado y bastante despistado de sus facultades! “Cuando no miras son ondas de posibilidades, cuando miras son partículas”. Pero vamos a ver… Si vemos hacer el ridículo a Jose María Aznar en un programa de la BBC… esa realidad es objetiva. Todos podemos observar al mismo tío en el mismo lugar haciendo el idiota. Esta ahí para todos. Cuando no miro, hay alguien que lo está mirando por mí. Yo no he creado a ese tío y si llamo por teléfono a un amigo para que vea lo mismo que yo, también lo verá. Otra cosa es que lo interprete a su manera. Ya son ganas de llevarle la contraria a los griegos que creían en una realidad objetiva. Si no hay una realidad que es la misma para todos… ¿Por qué usar señales de tráfico? ¿Y anuncios contra la droga? ¿Para que estudiar historia o ciencia? Mañana mismo altero el universo con mis pensamientos y ya no sirve de nada todo eso.

Pero el documental seguía. Como ejemplo de lo dicho hablaba del experimento de alguien con una botella de agua. Primero fotografiaba las moléculas del agua y ampliaba la fotografía para que viéramos su forma. Después hacía que se bendijera el agua y volvía a hacer una fotografía de esas moléculas. Había una variación en la forma de las moléculas. Más tarde etiquetaba la botella y la forma de las moléculas volvía a cambiar. Con eso quería decir que nuestro pensamiento actúa sobre los objetos.

Yo haría otro experimento: fotografiamos cada día o cada dos días el agua. Sin bendecir ni etiquetar ni nada raro. Luego seguro que veremos cambios de todos modos. Además de nuestro pensamiento puede haber otros factores que alteren la forma de esas moléculas como la temperatura ambiental.¡Pero es que no perdemos nunca el vicio del antropocentrismo!

En fin… Un documental que entretiene pero que no convence del todo. Y lo mismo digo de la teoría cuántica.

De todos modos se me ocurre que hoy en día, ante el fracaso de la religión y la ciencia parece haber una nueva corriente que las mezcla. La razón y fe de Santo Tomás regresan más fuertes que nunca y demostrando que el eterno retorno de Nietzche era una teoría muy lograda. Todo regresa. Lo único que cambia es el nombre que le ponemos.

En el siglo XXI el individuo ya tiene nuevas paridas con las que distraerse del terrible pensamiento de su inevitable mortalidad: la mecánica cuántica.

Yo, mientras tanto, sigo siendo ateo. El señor que espera venderme unas cuantas teoricas pseudocientíficas en la puerta ya se puede ir con los cuantos a otra parte.


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Eisntein burlándose de nosotros: ¡Os lo habéis creído todo! La teoría de la relatividad me la inventé mientras me la meneaba viendo la televisión. Si es que soy la bomba(atómica, por supuesto).

19 septiembre 2006

En su segundo cumpleaños

En unos días me cumple años la sobrina. Este año he pensado escribirle una carta desde mi blog aunque previendo que no leerá esta página, también la incluiré en el interior del perrito de peluche que le hemos comprado su tía y yo. A su madre le seduce más la vieja tradición del papel y la tinta que la de la informática. Un saludo para las dos pero sobre todo para la pequeña Aitana. ¡Dos años ya! Pero no caeré en decir eso de qué rápido pasa el tiempo. Es demasiado tópico. En fín, vayamos con la carta:

Aitanna... además de a los demás, ya casi te nombras a ti misma. No sólo empiezas a tener personalidad sino que tienes más carácter que veinte de tu edad. Este año has aprendido nuevas habilidades como el lanzamiento de objetos hacia atrás, arrancarte cabellos y tomarlos de aperitivo, introducir penpis en la hucha de tu tío y ser peor que el café para los nervios de tu padre. Tus filosofías no han cambiado tanto. Sigues amando el parque, los perros, los pájaros, abrir armarios y ventanas y habitar más en la calle que en cualquier casa.

La televisión sólo te entretiene un minuto. Prefieres tocar sus botones que mirar su pantalla. Los Lunnis ya no son lo que eran, ¿Verdad?

La música te gusta más. Por lo menos te detiene dos minutos. Practicas nuevas técnicas de baile y aún gustas de robarle el MP3 al tito. También has aprendido que la música se escucha mejor si te pones el auricular en los oídos y no en la boca.

Poco a poco, además, vas entendiendo que el perfume es para olerlo y no para beberlo. Claro que este aprendizaje aún está por confirmarse plenamente.

Este año y casi coincidiendo con tu cumpleaños comienzas los estudios. Tu carrera académica empieza bien, te gusta, lloras al dejar el colegio. Esperemos que la profesora no llore cuando tenga clase contigo.

Has crecido mucho este año. Y tu inteligencia va a juego con el cuerpo. Tienes más prisa que nunca. Te mezclas con niñas y niños mayores que tú a ver qué te explican. Parece que no te gustan las conversaciones de los de tu edad. Son muy críos para ti.

Y luego está tu timidez. Todavía no la hemos visto aparecer. Tienes el mérito de conocer incluso a los que no has visto en tu vida y relacionarte con cualquiera sin presentaciones. Se te nota tan a gusto en el mundo de las personas como en el de los animales. Ya veremos cuando te toque el de los libros.

En fin, este año ha pasado rápido pero tú has ido más rápido que él. La nueva Aitana es muy superior a la que salió corriendo en “el cumpleaños feliz” que le cantamos el año pasado. Este año no huyes de nadie, los buscas. Tanto si estamos contigo como si no, un beso de tu tío y otro de tu tía. Queremos estar contigo pero no con la multitud de família que conllevan los festejos de tu cumpleaños multitudinario.
Ya son dos años desde que te queremos y eres nuestra niña preferida
a pesar de que eres más "terrible" que "enfant". Feliz segundo año de tu vida y esperemos sobrevivir todos los demás al tercero.

12 septiembre 2006

Más historias del abuelo cebolleta(pero con moraleja)

Más o menos durante el primer año de lo que antes llamábamos el bachillerato(a mis quince años) murió mi interés por las matemáticas. El asesino tenía de apellido Bello pero se comportaba como la Bestia. Lo único que certificaba dicho apellido era el ídem casi hitleriano bajo su nariz. Aquel bigote era el emblema del fracaso de la ciencia.

No sabía explicarse. Sólo gritaba. Sacaba a cualquier pobre diablo a la pizarra a resolver un problema y cuando este fracasaba… paliza verbal. Nunca golpeaba pero sus gritos y sus insultos calaban hondo. Vi llorar a más de una y más de uno. Los más tiernos se resquebrajaban fácilmente ante la cólera infernal de ese energúmeno antológico. Afortunadamente, tras esos episodios en los que perdía el control de los colores de su cara y los decibelios de la voz, se relajaba. A veces, incluso pedía perdón. Pero el daño ya estaba hecho.

El problema es que tal vez supiera mucho de matemáticas pero sabía muy poco de enseñarlas. Pedagógicamente era un fracaso. Las bajas notas que se producían en sus clases eran casi unánimes. Sólo se salvaban de la quema ciertos cerebros privilegiados que sin él hubiesen aprendido igualmente los conceptos, mentes excepcionales a las que bastaba la pedagogía del manual para entender la resolución de esos problemas tan abstractos que ofrecen las matemáticas. El profesor tenía casi todo el trabajo hecho con esos empollones o sencillamente con los que tenían el talento natural.

No siento rencor porque casi lo había olvidado hasta ahora pero lo cierto es que no puedo evitar pensar que su mérito siempre fue mínimo. Exactamente 0 elevado a 0 para que me entienda este señor.

Ciertas noticias en la prensa nos dicen que los profesores de primaria no saben mucho de matemáticas y los de secundaria saben mucho pero no saben enseñarlo. Voces airadas se oponen a ese razonamiento. Yo no creo que se pueda generalizar tanto con los humanos pero lo cierto es que la preparación pedagógica entre los profesores más científicos es escasa.

El profesor de Literatura y de cualquier disciplina humanista en general está borracho de lenguaje y de letras. Es lógico pensar que sabrá comunicar mejor sus conocimientos si domina mejor el lenguaje, excepciones aparte. Ya expliqué la importancia de este en otro post(ver “Más allá de la piel… el blog). El verbo es importantísimo. Bien lo saben los religiosos que tienen su propio manual y cuyas doctrinas se propagan mediante sermones, mantras o lavados de cerebro. En realidad, el verbo nos diferencia de cualquier otro animal sobre la tierra. Y el dominio de este nos diferencia de los humanos que lo dominan menos. Se puede ser un animal más superior que el superior(aunque nadie esté a salvo de hacer el burro de vez en cuando).

Pero muchos profesores de matemáticas no sienten ningún apego por las letras. Esa especialización(otro mal endémico de nuestra era) les lleva a no saber un pimiento sobre los rudimentos de la pedagogía matemática. Saben de números pero no saben cómo enseñarlos. No digamos ya cómo hacerlos atractivos y reales a las legiones de mentes jóvenes y bocas cargadas de chicle que les observan con temor o aburrimiento(dependiendo de la personalidad extrovertida o introvertida del alumno).

Las matemáticas, para los humanos, son un lenguaje que se enseña mediante otro lenguaje. Este es el problema. La solución parece sencilla pero no lo es tanto si observamos la realidad de los hechos.

Recuerdo que ya en la facultad, arrastrando la estadística, otra puñalada trapera en mis resultados académicos, conocí un profesor que además de esta materia amaba la literatura. Esto puede parecer un hecho aislado. No es científico poner un ejemplo que me ha pasado y luego convertirlo en norma general. Es el argumento de la maruja televisiva, lo sé. Pero el caso es que ese hombre enseñaba mejor que nadie los números. Hacía bromas con ellos, ponía ejemplos jocosos, nos mostraba ejemplos prácticos sobre la utilidad de la estadística… En mi post “Una pregunta al azar” tal vez había un inconsciente homenaje a esas distraídas y agradables enseñanzas.

Claro que al final me ayudó también una compañera que sabía mucho de números y entre ejercicio y ejercicio de estadística me hacía soñar con ella y con lo que llevaba debajo de su ropa. Naturalmente, esta compañera explicaba bien porque era una buena lectora. ¡Y que dulce sonaba su lenguaje!

En fin… Muchos dirán que es un tópico pero desde luego, cualquier buen psicólogo actual sabe de la importancia del lenguaje en nuestra sociedad. Nuestro excedente de fracaso escolar ya nace en el fracaso de unos profesores que no saben comunicarse, que apenas balbucean sus tampoco demasiado amplias enseñanzas(y no les saques de su tema que la estrechez de miras les ha dejado empantanados en su materia y nada más que en esta).

¿Dónde estará el señor Bello? No puedo evitar imaginarlo como un viejo gruñón y amargado. Del mismo modo que imagino feliz y con un buen libro en la mano al profesor de estadística de la facultad de Pedagogía.

Los tiempos han cambiado poco en ese sentido. Estadísticamente cada vez se fracasa más en la ciencia de los números pero eso se veía venir.

Hasta que no se le rindan honores a los diccionarios, no se acabará el problema.

Los matemáticos deben aprender que la vida no es una ciencia exacta y que los números no se explican con otros números sino con palabras(no puedes usar la palabra definida en la definición de esta). En realidad, nada es una ciencia exactay la pedagogía mucho menos. Pero enseñarla con gritos y rebuznos, además, es aún más inexacto.
Hay que empezar a multiplicar las humanidades y dividir las ciencias. Al menos para que se equilibren al cincuenta por ciento.
Hasta los alumnos de letras saben más números que los profesores de ciencias letras. Y si no, que le pregunten a cualquiera por el significado del cero en su examen. O por los números rojos y el negativo de su cuenta al descubierto.

17 agosto 2006

Más subvenciones para el Insbot

En Bruselas han tenido una idea magnífica. Con un presupuesto de dos millones de euros han creado el plan denominado señuelo. Se trata de crear una cucaracha robot. Esta, rociada con feromonas como las que segregan las cucarachas auténticas, debe engañar a sus víctimas. La idea es que el pequeño robot entre en una colonia de esos repulsivos seres que no despiertan el cariño de nadie, ni siquiera de los más degenerados, y se comuniquen con ellos. Después de esto, el pequeño robot deberá cambiar el comportamiento de esa colonia, la desviará hacia núcleos no habitados por personas que chillen, vomiten al verlas o tengan pesadillas por culpa del más odiado de los insectos. La “misión imposible” del pequeño animal tecnológico nos llena de esperanza. Un mundo más hermoso sin insecticidas que contaminen el ambiente se podría hacer realidad. Estamos entrando en la era de los biopesticidas(aquellos que respetan la ecología y eliminan plagas sin afectar el medio ambiente) pero también de la tecnología.

Lo curioso del llamado Insbot es que no engaña a ningún humano. Es un cubo con chips. Pero las cucarachas no lo advierten. Ellas sólo huelen sus feromonas y ya le aceptan entre su grupito. A su manera parecen majas, integran fácilmente a los extranjeros. Pero lo cierto es que no es una cuestión de civismo insectil. Es mera y absoluta estupidez. Estos insectos que nos aceleran el corazón en verano son muy sensibles a los olores pero visualmente son unos negados. Se comunican con sus propias pestilencias.

El Insbot puede enviar datos a un ordenador que registrará en su programa informático los trayectos de las cucarachas. Luego, en un simulador reproducirán sus reglas de desplazamiento y de comportamiento. El cerebro del Insbot llevará en su diminuto cerebro dicha información. Es el espía perfecto. Debemos arrancarle los secretos a ese enemigo antes de que ese enemigo llegue hasta nuestras cocinas.

¿Defectos del plan? Las condiciones extremas dónde viven esas pequeñas guarrillas y las pésimas temperaturas pueden afectar al Insbot. El baño de feromonas tampoco dura demasiado, no parece un perfume de los buenos. Se necesitan cinco aparatos de esos para controlar una colonia de 20 cucarachas y son caros, muy caros, más que un televisor de plasma. Pero se investiga para paliar esos problemas. Aunque tengamos que rezar por ello en una era tecnológica, merecerá la pena el invento si funciona.

No es una cuestión de venganza. No me importa que sigan vivas. Pero que sigan vivas en otro lugar dónde yo no esté.

Creo que es un trato justo.

27 julio 2006

La ley del estruendo

Aunque no creo en la Biblia, creo en lo que dice la Biblia cuando se pone en plan autoayuda y nos dice que hay un tiempo para todo… Hay un tiempo para segar el trigo, otro tiempo para segar el cuello de tu enemigo, un tiempo para hacer ruido y otro tiempo para disfrutar del silencio(y si puede ser, que este tiempo sea más grande que el otro y sea por las noches). Pero hoy no toca hablar de mis vecinos más bien amaestrados y molestando lo justo sobre mi cabeza. Hoy toca hablar de otro tema que me molesta desde la prehistoria de mis aventuras con esos vecinos(ver “De la imposibilidad de ser pacifista”). Hablo del ruido en las bibliotecas públicas.

Seis de la tarde en la Biblioteca Pública de Bellvitge. Entras a leer el periódico o una revista o a darle un repaso a la actualidad literaria y comiquera. En la entrada hay una mesa dónde están los diarios de la mañana y unas sillas para los jubilados que quieren profundizar en los temas de actualidad. Al entrar me encuentro a un tipo con cara de haber sido abofeteado muchas veces. Bueno, quizá no tanto pero sí como el rostro del vecino de mis padres, Juanito el alcohólico. Este hombre también parece pegarle a la botella. Esta hablando en voz alta tirando a gritona con el bibliotecario. Es un monólogo. El bibliotecario le sonríe pero parece incómodo. Cuando se hizo funcionario no pensó que acabaría como el camarero de un bar, escuchando las neuras de los borrachos. Claro que él no es mucho más inocente como se verá.

Voy al fondo de la sala pero hay un ruido que me molesta más que el del borrachín. Un niño de cuatro años llora durante un cuarto de hora. Su mala madre también es mala ciudadana. No le hace caso ni a él ni a los lectores de la sala. No quiero darme la vuelta y mirarla. Trato de controlar al “Increíble Hulk”. Si le veo el rostro de maruja hija de puta rebuscando prensa rosa en una biblioteca, puedo estallar y conseguir ser el malo de esta escena. Y perder mi carnet de bibliotecas y el derecho a préstamos que tanto valoro. O por lo menos el derecho a entrar en esta sala.

Una pareja hetero de adolescentes hacen un trabajo cerca de mí. Este debe ser muy divertido porque no paran de lanzar carcajadas entre ellos. Algún señor les hace callar y le obedecen. Pero nunca durante más de dos minutos.

Algunos golfillos golpean el cristal de la Biblioteca. Esos Morlocks iletrados deben sentir la rabia de que sus cerebros, todavía en la caverna platónica, nunca puedan llegar a la iluminación que les daría la letra impresa. O tal vez sólo quieran molestar un poco. Si ellos son nuestros enemigos naturales(enemigos de los lectores que buscan paz en una biblioteca), es lógico que nosotros seamos los suyos. “Vamos a darles un poco de alegría a esos tíos con periódicos en la mano. Se deben estar aburriendo mucho”, parecen pensar estos festivos samaritanos.

De vez en cuando entra alguien y saluda efusivamente a los bibliotecarios. Estos responden con no menos efusividad. Los que estamos allí tenemos libre acceso a sus cuitas. Nos enteramos de lo que pasa en las vidas de esa gente que sin pudor alguno explican la primera cotidianeidad que les haya acontecido recientemente: “el seguro del coche me ha subido que da miedo”, “¿sabías que mi vecina, esa que viene a veces por aquí, tiene los labios operados?” “Yo es que no soy mucho de venir a una biblioteca pero recomiéndame algo… ¿Tienes la biografía de Ronaldiño? ¡Hoy ganamos la Champions!”

Podríamos decirle algo a los bibliotecarios. Pero es que los bibliotecarios han desarrollado un volumen tan alto o mayor que el de los vándalos contra el silencio que les visitan. Uno de estos funcionarios en el lugar equivocado suele pasearse por la biblioteca cantando su selección de las mejores “melodías de ducha”. Exactamente al mismo nivel que lo haría bajo el agua y mientras se restriega las axilas.

Hace un tiempo, Ozymandias(ncrisis.blogspot.com) recriminaba la falta de civismo por parte de los tipejos que visitaban los cines. El problema de ciertas bibliotecas de barrio parece el mismo. A veces, promover la cultura y ponerla al alcance de los incultos sólo provoca que los cultos se vean en estas situaciones. Supongo que a estos subnormales les debe molestar que cuando he ido a un partido de fútbol no he gritado, ni he insultado al árbitro, ni he gritado. Me he comportado francamente mal.

En fin, ni ley del ruido ni ley del silencio. Estos tipejos han matado a gritos y con ultrasonidos sus neuronas y no les cabe ni una regla, por leve que esta sea. Y algunos las han ahogado en alcohol. Por favor… No fomentemos más la lectura. Que lea el que le de la gana. Y el que no, que se vaya a romper los dientes contra el idiota de otra banda. Pero lejos de la biblioteca.

¿Se molesta alguien si pido alambres con espinos, perros guardianes y policías con metralleta alrededor de estas zonas culturales? ¡Que se vea que somos civilizados y luchamos contra los incivilizados!

04 julio 2006

Una historia de culpa sin culpables


Esta mañana caminaba hacia el metro cuando me crucé con Juanito.

Juanito, a pesar del diminutivo del nombre, es un señor de unos cincuenta y tantos. En la distancia se le ve respetable. Un bigote discreto, ni afeminado como el de Errol Flyn, ni grandilocuente como el de Charles Bronson. En fin, un bigote que cualquier hombre de su generación puede llevar sin llamar demasiado la atención.

Juanito lleva gafas que de lejos también, le dan cierto aire intelectual rigurosamente falso. No le gusta leer. Ni siquiera debe haber sopesado nunca esa forma de ocio. Pero eso y sus canas suaves, entremezcladas con una buena cantidad de cabello castaño oscuro, le podrían hacer pasar por un vecino distinguido. Eso si su rostro y especialmente su nariz, no delatasen costumbres poco elegantes(que sin embargo suele tener la gente elegante). Y hasta gente no elegante pero importante como los escritores malditos. Gente como Malcolm Lowry o Bukowski, distinguidísimos y muy leídos personajes del mundo de la literatura no debían ofrecer mejor cara a las personas con las que se cruzasen. La sangre se ofrece en el rostro de Juanito como los zapatos en un escaparate, atrapando tiránicamente tu atención. En su nariz, las venitas hinchadas delatan un alcoholismo arraigado, difícil de erradicar a estas alturas del partido de la vida. El resto de su cuerpo viste traje de gastada y mustia apariencia, una tela que conoció un lejano momento de gloria hasta que la muchas lavadoras y los detergentes exhaustivos la fueron degradando hasta el marchito estado actual. Es como el uniforme de un hombre en los pasos previos a su bancarrota moral. Es el vestuario de un eslabón perdido entre el hombre en sociedad y el indigente de la calle.

Juanito habla reiterando lo que dice. Te pregunta muchas veces por tu familia como si una pregunta le resultase pobre y quisiera demostrarte que él sí se preocupa verdaderamente por los tuyos. También es este comportamiento un buen ejemplo de la cadencia lingüística del borracho. Las neuronas transcurren por los mismos y aburridos caminos de siempre, algunas estaciones han quedado en desuso, el ferrocarril del pensamiento ha perdido muchas vías, el cerebro ha sufrido el bombardeo del alcohol y es una ruina que a pesar de todo intenta seguir adelante, muy a pesar de los escombros por los que transitan las ideas o por el cementerio neuronal al que estas deben sobreponerse.

Cuando me pregunta cuatro veces por mis padres y por mi estado : “¿Estás bien?” trato de responderle con educación y con una sonrisa. Me causa una cierta misericordia ese pobre señor. ¿Y quién sabe si yo estoy bien? No tengo unos rayos x a mano. No puedo saber si el tumor cancerígeno recorre ya mis pulmones, mi garganta, mi cerebro, mis testículos. Pero me siento bien y lo digo en voz alta como si la afirmación sirviera para conjurar una perenne salud, muy en la línea de la pelmaza Louise Hay o sus teorías de autoayuda.

Juanito es el vecino de mis padres. Su comportamiento podría ser el del vecino que yo mismo tengo arriba y al que aporreé hace unos meses(ver el blog “De la imposibilidad de ser pacifista”). El vecino de mis padres, hasta hace poco, gritaba desesperado a su madre(a la que nunca vimos como si se tratase del personaje irreal de “Psicosis”), canta de noche (aunque afortunadamente no hasta la madrugada), desplaza bombonas de butano de un lado a otro de la casa que tiene alquilada, a veces arroja objetos al suelo que hacen mucho ruido y despiertan a mi sobrina que suele descansar dónde sus abuelos… Luego, sin que nadie le pregunte, asegura que él no hace esos ruidos y se indigna pensando y buscando al culpable: “¿Quién será el sinvergüenza que arma esos escándalos? Yo no soy pero es que no tiene vergüenza. ¿Y el que fuma en el ascensor? Yo siempre espero a salir del ascensor para fumar”. Pero a veces el humo que devoramos al entrar en dicho ascensor es tan fuerte y la colilla tan delatora y reciente, que acusa sin dudas a Juanito. Claro que sus modos son tan cordiales, su interés por ti y por los tuyos tan vivo, casi tan desesperado que… No te apetece otra cosa que darle las gracias por su interés y verle marchar.

Hoy me ha vuelto a preguntar por todo lo que sonase a cordial. Sería un relaciones públicas perfecto si no chirriase por el alcoholismo. Y yo le he preguntado a él. Y entonces he visto el cambio en su rostro. Las lágrimas asomándose a sus ojos. “Yo… No muy bien” Aunque lo había olvidado, esa reacción me ha hecho recordar algo que me dijo mi madre el otro día: la madre de Juanito, esa señora a la que nunca vimos, falleció hace una o dos semanas, no lo recuerdo bien. Después de todo no era producto de su imaginación. El hombre está destrozado. Su aspecto, por lo general patético, es ahora terrible. Si causa lástima su apariencia, esas emociones líquidas que se asoman a sus ojos son peores. “No puedo dejar de pensarlo, me acuerdo de mi madre, lo tengo aquí todo el tiempo(se señala con el índice la frente) y tengo que salir pero es que cuando vuelvo a casa…” Y entonces parece que algo le atenaza el alma. Cuando vuelve a casa debe recordar algo terrible. Tal vez las explosiones de ira a las que sometía a su anciana madre. Tal vez los miles de gritos que lanzó a esa pobre señora. Su dolor se divide entre la ausencia de una persona tan importante para el hijo y entre todo lo malo que debió hacerle cuando ella todavía vivía. El infierno existe y no hay que esperar a morir para sentirlo. La muerte de ciertas personas queridas activan en los que quedan cierto mecanismo de autocastigo y penitencia. El muerto o mejor, la ausencia del vivo, son un recordatorio de todo lo que no se le ofreció en vida, de todos los ratos que no se compartieron con esa persona, del daño que algún comentario pudo hacerle… Proust tiene uno de su pasajes mas famosos en su “En busca del tiempo perdido” cuando sueña con su abuela y la recuerda viva y recuerda cierto disgusto que le dio y esto se le hace insoportable. Su infierno es causado por la insignificante y pueril preocupación que le ocasionó en cierta ocasión y que tenía olvidada hasta que el subconsciente la recuperó oníricamente. Pero esos pecados no tienen solución. El muerto está más lejos de esos disgustos de lo que nunca estuvo en vida. Si tenemos que hacer algo es mejor hacerlo ahora o por lo menos, no castigarnos por no haberlo hecho nunca. Es estéril el dolor que no remedia una mala acción o que se dedica a lo directamente irremediable. Me quedo con los muertos de la “Odisea” dónde les ofreces un poco de sangre y ya los tienes contentos. No son nada rencorosos.

Yo a Juanito le he recomendado muchos paseos y mucho sol ahora que estamos en Verano y él me ha dicho que ya lo sabe. Otros sicólogos improvisados como yo, puede que mi padre si se ha cruzado con él en el rellano, le deben haber dicho lo mismo. ¿Por qué añadir más dolores a su ya de por sí castigada y sufrida vida? El alcohol que le esclaviza me parece suficiente penitencia por los pecados que pueda haber cometido. ¿Y cuando pagará Dios por los pecados de hacernos tan imperfectos? No he sabido qué más decirle. Su dolor me incomodaba. Un hombre que llora es algo demasiado íntimo como para hacerte sentir cómodo. Pero no puedes despedirle sin más. Le dediqué algunos otros consejos referentes a no sentir culpa que medio parecieron convencerle. Despedí a Juanito mientras este me daba las gracias varias veces por preocuparme por él y por asomarme unos instantes a su dolor.

No estoy seguro de haber aprendido una lección. Tal vez la de disfrutar el presente y tratar de decir todo lo que tengo que decir a mis parientes mientras están vivos. Y también a no darles muchos disgustos.

Pero esto lo sabemos todos. Y todos, en algún momento u otro tendemos a olvidarlo.

Afortunadamente, sigo siendo positivo. La muerte de nuestros seres queridos no debería causarnos dolores. Nuestra sociedad católica nos lleva a ello porque se sostiene sobre los cimientos del masoquismo y la culpabilidad pero lo cierto es que si alguien sufre en este valle de lágrimas no es el que se va sino el que se queda. Esto también lo sabemos. Pero ya empieza a ser hora de asimilarlo.

Y también es hora de escupir sobre los más de dos mil años de opresión causada por el nuevo y sobre todo el antiguo testamento.

¡Si se tiene que morir alguien que se muera la culpa!

01 junio 2006

La música para disfrutar sentado

Hace poco leí un magnífico cuento del gran escritor Julian Barnes. Se titulaba “Vigilante” y pertenecía a una recopilación llamada “La mesa limón”. Creo que era de lo mejor de esa colección de narraciones que al final resultaba un tanto irregular(si bien un Barnes a medio gas sigue siendo mucho Barnes). El cuento nos explicaba las manías de un melómano que perseguía a todos los que tosían en los conciertos de música clásica a los que iba. Era un maniático que se había vuelto así desde que no tenía pareja ni sexo con esta. También su vejez ayudaba. El maniático sabía los decibelios que tenía una tos y el instrumento al que esta equivalía, calculaba el ruido que haría el envoltorio de un caramelo que podía ofrecer al ruidoso y el hecho de que si lo entregaba sin ese envoltorio no lo aceptaría el “tosedor”, era capaz de luchar a brazo partido contra alguien que aunaba el sonido de sus bronquios al de la orquesta… Es difícil ser un tiquismiquis, nos parecía sugerir el escritor. Pero a mí me recordó mi propia experiencia con ese mundillo de los conciertos de música clásica.

Yo asistí a un concierto en Viena y si no lo pasé tan mal como el personajillo fue porque mi propio catarro me tenía anestesiado y no podía sentirme ofendido por toses ajenas. No recuerdo si llegué a molestar a alguien o si contuve ese ruido tan típico pero tan molesto. En unos conciertos del Auditori que regalaba hace cierto tiempo “El periódico de Cataluña” nadie se molestó en borrar las toses pero eso sí, sólo se oyen al final y cuando se escuchan los aplausos, un poco para darle humanidad al producto.

En Viena disfruté de la música en un edificio construido por Friedrich Schmidt, el mismo arquitecto del Ayuntamiento de la ciudad. Hablo del Kursaloon.

Llegamos allí casi por casualidad. Buscábamos escuchar música clásica en Viena pero allí es la música la que te busca a ti. Ya comenté en otro blog que algunos tipos se sitúan en lugares estratégicos de la ciudad para captarte y llevarte a su concierto. La Opera principal competía ese día con el Kursaloon pero nos ganó este porque nos cazaron antes sus vendedores de entradas y porque era mucho más barato(y porque yo no quería escuchar Ópera o creía que no quería escucharla como se verá después).

Tras un largo día de lluvia, caminatas desorientadas, turismo a salto de mata y tremendos extravíos por una ciudad que desconocíamos en su totalidad, llegamos mi compañera y yo al Kursaloon. Yo me había tomado el café con “melange” más el vaso de agua que lo acompaña y que es característico de Viena en un lugar cercano. Hacíamos tiempo hasta las ocho, hora del concierto.

Cuando entramos en el edificio de la música, nos sentimos algo intimidados. Mucho lujo y nosotros vestidos de cualquier manera(por lo menos yo, de cualquier manera menos de la manera adecuada). De todos modos ya nos lo dijo por la mañana el tipo de rojo en un inglés cristalino y al alcance de mis entendederas: “son conciertos para todo el mundo, para los que amen la música, no necesitas corbata ni ir especialmente elegante. Los músicos se emocionan, no tocan con rigidez ni estiramiento, viven y sudan la música…”.

El público era puntual. El guardarropa tenía cola y era obligatorio o eso nos pareció, dejar allí las chaquetas(un euro por cabeza o mejor dicho, por prenda). Los vampiros del comercio te asaltan en cualquier lugar del mundo. Tal vez te salves en ciertas zonas de Sudán pero allí hay otros peligros.

Subimos hasta el tercer piso del edificio y allí nos hicieron esperar porque primero acomodaban a otros que tenían localidades preferentes. Las nuestras eran de tercera y hacia el fondo. Según la guía turística Vienesa estos tipos austriacos todavía creen en las clases sociales y en dividirlas de menor a mayor y con preferencias para la elite, claro. Mi compañera dijo que eso parecía rigurosamente cierto. Yo quise creer que nos hicieron esperar porque el acomodador de la sala tenía trabajo con clientes que habían llegado antes que nosotros. Normalmente tiene preferencia el que llega antes. Y eso es en todo el mundo salvo, según he oído, en Sudamérica.

Bien. El gran momento no se hizo esperar más que unos minutos. El acomodador nos dejó en unas sillas, no sillones, de la parte de atrás. Poca comodidad, la verdad. Ni las primeras ni las últimas localidades se regían por el confort. Pagabas más por estar más cerca de los músicos. Simplemente. Ni un sillón a la vista en todo el recinto.

Yo pensé que habíamos hecho un buen negocio. La sala no era muy grande. Capacidad para doscientas personas bien apretujadas(o un poco más pero no mucho). Con la magia que ofrece la acústica de estos lugares íbamos a disfrutar de todos modos la música. ¿Cerca, lejos? Cómo diría cierto personaje de Dickens: ¡Paparruchas!

A mi lado, un presunto alemán parecía el inglés del cuento que he mencionado al principio. Nos miraba como a dos vándalos en potencia y no ocultaba la preocupación que le ocasionaba estar sentado junto a un tipo español o italiano(eran astutos los vieneses respecto a mi nacionalidad) y una mejicana(mi compañera no tenía tanta suerte, le cambiaban el Perú por el Distrito Federal en un primer vistazo austriaco). Nada que objetar a este tipo de presumibles antepasados celtas tan poco tolerante. Yo también me dejé llevar por los cómodos prejuicios que te ahorran ejercitar la razón. Entraron en la sala una serie de orientales en ruidosa familia(incluyendo una criatura de pocos años) que no dejaban de gritarse entre ellos. Mi primer pensamiento fue: ¡malditos amarillos de mierda, nos van a joder el concierto!

Pensamientos tan elevados sin embargo, pueden inducir a errores. En cualquier caso tuve tiempo de entretenerme mientras empezaba el concierto, inventando torturas para la niña.

Detrás nuestro, además de los hijos de Fu Man Chu, dos españolas de unos veinte años se quejaban amargamente de no haber llegado antes para coger un mejor lugar. Bueno, si tenían compradas localidades de tercera podían haber cogido la fila de delante, esa en la que estábamos mi compañera, yo, y el matrimonio alemán. Tampoco era mucho mejor que lo que les había tocado por impuntuales. En fin, un par de idiotas que puedes encontrar en cualquier lugar de nuestra península.

Y empezó el concierto. En el año que conmemora el 250 aniversario de Mozart, había piezas del artistazo en cuestión. Disfrutamos con su pequeña serenata nocturna mientras un oriental hacía callar a la niña y lo conseguía(no miré pero seguro que le estaba clavando una aguja de hacer calceta en el ojo o cualquier barbaridad típica de esta gente famosa por su crueldad). Yo, de todos modos, tenía una ocupación más importante entre manos. Tenía que conseguir leer el programa de mano que había comprado el alemán y que este, astuto y veloz, ya me ocultaba disimuladamente. Lo leía tan cerca del rostro que más que leer, parecía querer bebérselo a sorbos. Estaba claro que yo lo tenía ídem para enterarme de lo que estaba escuchando(Imlaris con sus miniconcursos en el trabajo de “adivina quién compuso esta melodía” no estaba cerca para asesorarme con su erudición musical). Maldito egoísta el alemán. Sí. Debía ser alemán. Los austriacos son más amables. O eso, o admitir que mi blog anterior haciendo apología de Viena y Austria está en un error y por ahí no paso. Yo no me equivoco tanto. Y si lo hago no tengo por qué reconocerlo.

“Las bodas de Fígaro”, “La flauta mágica”. Los trece músicos se las sabían todas. ¡Qué tíos! Y la de payasadas que sabían hacerte. Se hacían los cansados y te paraban el concierto, tocaban muy deprisa y con cara de locos, convertían sus rostros en vivos retratos del orgasmo femenino y masculino… La música produce grandes y voluptuosas sensaciones.

También descubrí que la Opera, en pequeñas dosis, me gustaba. Un prejuicio menos. Nos hicieron un par de representaciones con garganta humana que me proporcionaron un gran placer. Y lo operístico además, está muy cerca del teatro. Francamente “aplaudible”.

Como yo, disfrutábamos todos. El público estaba entregadísimo. Los orientales callaban a mis espaldas, el alemán y su esposa sonreían y olvidaban sus temores para con nosotros, el centenar de nucas que tenía delante se arqueaban como extasiadas ante la música… Y no puedo evitar pensar que cierto componente granuja en mí me hacía imaginar lo divertido que sería empezar a repartir algunas collejas por allí. Al menos a dos tipejas inmundas que alzaron sus cámaras digitales de fotos y soltaron sus flashes para fotografiar el momento. ¿Por qué? ¿Estaban enamoradas de los músicos? ¿Querían recordar el decorado de la sala? ¿Querían chulear diciendo que habían estado allí? ¿Pensaron que la música era tan divina que se le podía hacer una fotografía como ciertos parapsicólogos piensan que se puede fotografiar un fantasma? Nunca lo sabré. Sólo recuerdo que esas nucas, según mi opinión personal, debieron ser azotadas. O eso, o dejar que el mundo siga siendo injusto.

En el intermedio mi compañera salió a comprar algunas cosillas a modo de souvenir pero sin molestar a nadie como las “fotógrafas” espontáneas de la sala y yo salí a terminar de pillar mi resfriado, un poco a confirmarlo por si no estaba muy seguro. En la terraza cogí el poco frío necesario para terminar de hundirme en la bancarrota de mis anticuerpos. Sin chaqueta y negándome a pagar por la copa de champaña que vendían no podía acabar de otro modo.

Y a pesar de todo regresé a mi asiento antes que nadie. Allí, el programa del concierto del alemán me tentaba. Este había salido y yo podía echarle un vistazo. Apenas lo moví un poco con mi dedo meñique. Alcé con mucho cuidado y disimulo una hoja. Sabía que si ese tipo aparecía por la puerta me arriesgaba a la tercera guerra mundial. Pero algo pude ojear gracias a ese riesgo. Y además, esa fiera ya se había amansado con la música. ¡Más música clásica en los reformatorios y en las cárceles y en los colegios y en el autobús y en las orejas de Bush!

La segunda parte del concierto estuvo bien. Tocaron el “Danuvio azul” de Strauss(¿Cuál de los “Strauss”?, preguntaría el listillo Imlaris). Esta pieza es una de esas como la de las cuatro estaciones de Vivaldi que se escuchan muy frecuentemente. Hasta los que no saben nada de música clásica han escuchado esos temazos. La “Primavera” de esas cuatro estaciones pertenece a mi Top Ten de “música de la que estoy un poco hasta los huevos”. Con el “Danuvio” me pasaba algo parecido y seguro que la hubiese situado en ese Top Ten particular. Pero allí, en Viena, casi fundido por la gripe pero entregado a ese elevado arte y escuchándolo en directo… No sé. Creo que me empezó a gustar. Incluso le disculpé su mentira. El Danuvio es beige pero en modo alguno azul. Es sucio o lo aparenta. Es un río tan desastrado que la primera vez que lo vimos, tanto mi compañera como yo, dudamos que ese fuese el Danuvio. ¡Cómo si pasasen muchos ríos por Viena! La peor fotografía del viaje o una de ellas la hice en un puente que lo cruzaba.

Pero hubo más música. Beethoven, Haydn, Schubert…

Terminamos con una marcha militar en la que todos aplaudíamos, animados por la orquesta, al son de la guerra. Era muy alegre. Supongo que para animar a unos soldados a matar o ser matados tienes que ponerles algo con bastante garra en el "walk man", algo muy marchoso. Mi gripe, sin embargo dejó de hacerme a mí la guerra en ese momentáneo armisticio. Estaba francamente emocionado. Cuando le pregunté a mi “mejicanita” por qué no aplaudía con todos me respondió con su sinceridad habitual: “Me parece un poco infantil pero tú sigue aplaudiendo si te gusta”. Bueno, cómo ya había escrito mi artículo sobre la madurez no me iban a tirar por tierra la marcha militar. Seguí aplaudiendo más Peter Pan que nunca. Sin el beneplácito de Campanilla, eso sí.

En fin, un concierto que me anima a repetir. Supongo que aquí en Barcelona podré hacerlo de nuevo y esta vez sin gripe(claro que a lo mejor así pierde su encanto la música). Aquella noche me debía sentir en el cielo porque la enfermedad y el serio peligro de neumonía por salir a la terraza en un mal momento me debía estar acercando mucho a ese lugar. ¿Se podrá repetir esa diversión en una segunda parte y fuera de Viena? No lo sé pero prometo probarlo.

Ya no soy aquel que iba a los conciertos a golpear y ser golpeado, a pisotear y ser pisoteado, a ser aplastado contra una valla de hierro por ver al artista Pop Rock que me estimulase en ese momento. Ahora disfruto más de este tipo de conciertos en los que estás sentado y el riesgo de fracturas óseas es mucho menor. Claro que no descarto disfrutar un poco del Apocalipsis si Morrissey o Bowie se dan una vuelta por España.

De momento, mientras no vienen esos hombres que tanto placer me producen(y por favor, evitemos los chistes sexuales sobre la frasecita), disfrutaré de la música que se goza de una manera saludable.

Cuando puedes estar sentado, el cien por cien de tu atención se puede invertir en el oído. ¿No es ese el modo correcto de escuchar música?

18 mayo 2006

Dinero sin pegar sello

Diría que es divertido pero sólo si se mira desde fuera. Durante veintiséis largos e incomprensibles años, Afinsa y Fórum Filatélico estafan a cientos de personas haciéndolas invertir en sellos pero en realidad invirtiendo en sus propias fortunas. Nadie descubre nada. Nadie descubre el blanqueo de dinero o supuestas vinculaciones con otro escándalo(Ballena Blanca) relacionado con el blanqueo de dinero en Marbella en la cada vez más infame Costa del Sol(mucho largato suelto hay bajo ese “Lorenzo”).

Una estafa inteligente y bien orquestada o mucha suerte por parte de los implicados.

Las bases para una estafa de esta magnitud es muchas veces la misma y aquí se reproduce fielmente: credulidad espontánea de muchos “primos” e ignorancia sobre lo que se vende y su mercado(en este caso los sellos). Claro que un buen motivo para no invertir en algo, si somos racionales y la codicia nos deja pensar, es no saber en qué estamos invirtiendo. Al parecer, la codicia es como la fe, antagonista de la razón.

Pero lo que me sorprende es que todavía aparecieran en el telediario imágenes de gente que defendía a los timadores. Era como una lucha desesperada contra la vergüenza de haber sido timado.

Entre 1970 y 1984 una tal señora Branca(que con el tiempo perdió el derecho a ser adjetivada con el sustantivo señora) montó un chiringuito en Portugal con el que estafó 17.000 millones de escudos(85 millones de euros). “Hubo clientes que se manifestaron a su favor como si fuera una santa” nos cuenta un antiguo corresponsal de TVE en Lisboa.

Todo esto me recuerda un libro que he leído recientemente sobre un gran estafador de la historia. En “El tesoro de Drake” de Alfaguara, Richard Rayner nos habla sobre un labrador norteamericano que convenció a miles de personas que era el depositario de la herencia de Sir Francis Drake. Francis Drake fue un corsario inglés que nos lo puso difícil a nosotros o nuestros antepasados españoles y sus galeones cargados de oro hace unos cuantos siglos ya. Oscar Hartzell, el labrador, dice a la gente que necesita un dinerillo para pagar unos abogados que le darán tanto dinero cuando demuestren que sólo él es depositario de ese tesoro(el dinero del tesoro y sus intereses son tan elevados que podrían comprar Inglaterra) que podrá compartirlo con aquellos que le den ahora su soporte.

Lo que cautivó mi interés en este libro fue la fe de los embaucados incluso cuando apresaron a Oscar Hartzell. Al parecer, la psicología del timado es siempre esta. No quieren reconocer el engaño, no quieren asumir que han perdido su dinero. Defienden al canalla antes que admitir su error. Al parecer, y mirando las noticias, esto es rigurosamente cierto. El timador es como un santo o religioso al que se adora y del que dependemos, como un político o partido del que eres acérrimo militante, como un equipo de fútbol al que no se abandona ni cuando va por la cola… El ser humano en su faceta más miserable y patética, la del que se aferra a algo incluso cuando este algo solo le va a dar disgustos. Y si no, que se lo digan a los múltiples alcohólicos, drogadictos o fumadores que pasean por nuestras calles.

La tentación por el dinero fácil podría ser una nueva adicción. Se sabe de un pueblo que ha quedado arruinado en su cincuenta por ciento al descubrirse la trama de los sellos. ¡La mitad de sus habitantes invirtió en ese humo! Exactamente igual que en el libro de Rayner. Una estafa a gran escala funciona durante más tiempo que un pequeño timo.

Pero yo, que no me he vuelto blando a pesar de lo que digan las malas lenguas, voy a ser duro. Los timados tienen una buena porción del pastel de la culpa. El dinero regalado sigue siendo un mito. Ni existe ni ha existido nunca. Bueno… Tal vez en la lotería. En el libro citado anteriormente, también se habla de la psicología de cierto célebre timador que opina lo mismo y su elocuencia es casi elogiable si no estuviésemos hablando de un mangante. El hombre se expresa en estos términos: “El timado quiere que le den algo a cambio de nada, yo les doy nada a cambio de algo”. En fin, que os den a todos. A los timados y a los timadores.

03 mayo 2006

La burocracia: más en forma que nunca

Hace poco recibía la carta de una amiga que me pedía que la retocase un poco, que quería publicarla en un periódico. Yo, además de retocarla, la uso en mi blog. Narraba el proceso Kafkiano de buscar trabajo y el resultado de no haberlo conseguido. Espero que los diarios la publiquen debidamente recortada para encajarla en su escaso espacio reservado a la opinión pública. La carta es un bonito testimonio sobre la burocracia y su estulticia. Nada nuevo que agregar a nuestra sabiduría vital pero creo que es bueno recordar lo ya sabido. Sólo por si acaso hay algún despistado que se haya olvidado:

“Pasan los días a favor de mi desespero. Se me pasa la vida, sólo un poco más larga que mi vida laboral. Estoy a merced de cualquier clavo ardiendo.

Voy a la catedral del trabajo, la OTG más cercana. Allí las divinidades del empleo tal vez me quieran conceder algún favor laboral. Y así es. Cumplo los requisitos de una oferta-don. Es difícil ser un elegido en el Olimpo pero hoy parece jornada de puertas abiertas. Me acerco a la mesa dónde una funcionaria me concede su tiempo funcionario más una dirección y un número de teléfono de una empresa que tal vez me esté buscando a mí. Tengo cinco días para visitar dicha empresa y regresar a la oficina con el papel debidamente sellado en muestra de que realmente busco un trabajo(lo contrario supone perder el mísero subsidio que recibo).

Ya en casa uso el número de teléfono. Sorprendida, compruebo que no hay respuesta. Ni al día siguiente, ni al siguiente al día siguiente. Debí pensarlo antes. Para buscar trabajo hay que ir al trabajo. A distancia sólo funcionan los mandos del televisor o el DVD.

No necesité usar el ingenio de las ocasiones desesperadas porque tenía una dirección. Hacia esta me dirigí.

Era una fría asesoría. La chica que me atendió parecía asustada(claro, en ese ambiente…). Le expliqué que venía a entregarle el currículo y quería entrar en el concurso de aspirantes al puesto. Ella me escuchó y recibió tímidamente el papel pero me dijo que esperara un momento. Se dirigió al fondo, a los bastidores de la escena que representábamos dónde sólo se escuchaba la voz autoritaria de otra mujer. Un poco como el plano de una película de Woody Allen dónde una de las personas en escena sale de ésta y la cámara decide enfocar exclusivamente a la que se queda(aunque mantenemos contacto con la ausente mediante el diálogo que nos llega). En esta película Woody no quería hacer comedia. Por lo menos a mí no me hizo gracia.

El momento o el plano fueron largos. Tal vez llegué en mal momento. Tal vez tenían mucho trabajo. Pero cual no fue mi sorpresa al regresar la chica y explicarme que habían dedicado ese tiempo a deliberar si se quedaban o no se quedaban el currículo. Lo peor es que había ganado el no. Tenía que enviarlo por fax. ¿Por fax? Pero si ya estaba en la oficina… Le dije a la chica asustada que mejor se lo dejaba y esta, agitándose entre dos aguas, volvió a intentarlo. Pero la persona que no veía, la autoridad invisible, volvió a hacer tronar su negativa desde el anonimato de los citados bastidores.

Soy humana así que les hice llegar mi descontento. Simplemente dije lo que pensaba y lo que pensaba no era bueno.

Pero ahora viene el después. Me encuentro desamparada. No he sellado el papel con lo que puedo perder mi derecho a la miseria del subsidio(y más miserable es no recibir nada que poco). Por si fuera poco estoy hundida psicológicamente. He intentado seguir el protocolo, respetar minuciosamente las normas y las reglas de la burocracia y al final he fracasado. La realidad es tan inflexible como un muro de acero. ¿Por qué es tan difícil conseguir lo que según la constitución es un derecho?”

Y eso es todo. La protagonista está bien cuando decide ir a buscar trabajo a su trabajo. Lo realmente impactante es eso de la deliberación, de pedir un fax para lo que ya está allí, el ambiente frío de la oficina y el carácter asustado de la chica… En fin… A uno se le dispara la imaginación y piensa en posibilidades para un cuento o un cortometraje.

Al principio definía la carta como Kafkiana. Pues lo reitero. La era postmoderna sigue dándole la razón al autor de Praga. Ese hombre no pudo explicar mejor los vericuetos de una sociedad moderna o incluso postmoderna. De la suya y de la nuestra. La burocracia puede representar el orden pero también representa compartimentos estancos, escasa flexibilidad… Hmmm, un poco como los ordenadores. Tremendamente poderosos en cuanto a información se refiere pero estúpidos comparados con la inmensa capacidad de adaptación del cerebro humano. En otra sociedad más humana, alguien habría atendido al teléfono de la protagonista del relato. O por lo menos le habrían aceptado y hasta sellado el currículo. En la nuestra puede ocurrir que no. Seguimos reglas y pautas que se han de respetar pero que nadie, ni siquiera el que las ha creado, podría decir para qué sirven.

Cada vez somos más ordenados y eso me gusta. Sólo espero que eso no derive en hacernos más infelices.

La burocracia, después de todo, da más pena que rabia.

P.D. No, no, lo retiro. Da más rabia que pena.