12 septiembre 2006

Más historias del abuelo cebolleta(pero con moraleja)

Más o menos durante el primer año de lo que antes llamábamos el bachillerato(a mis quince años) murió mi interés por las matemáticas. El asesino tenía de apellido Bello pero se comportaba como la Bestia. Lo único que certificaba dicho apellido era el ídem casi hitleriano bajo su nariz. Aquel bigote era el emblema del fracaso de la ciencia.

No sabía explicarse. Sólo gritaba. Sacaba a cualquier pobre diablo a la pizarra a resolver un problema y cuando este fracasaba… paliza verbal. Nunca golpeaba pero sus gritos y sus insultos calaban hondo. Vi llorar a más de una y más de uno. Los más tiernos se resquebrajaban fácilmente ante la cólera infernal de ese energúmeno antológico. Afortunadamente, tras esos episodios en los que perdía el control de los colores de su cara y los decibelios de la voz, se relajaba. A veces, incluso pedía perdón. Pero el daño ya estaba hecho.

El problema es que tal vez supiera mucho de matemáticas pero sabía muy poco de enseñarlas. Pedagógicamente era un fracaso. Las bajas notas que se producían en sus clases eran casi unánimes. Sólo se salvaban de la quema ciertos cerebros privilegiados que sin él hubiesen aprendido igualmente los conceptos, mentes excepcionales a las que bastaba la pedagogía del manual para entender la resolución de esos problemas tan abstractos que ofrecen las matemáticas. El profesor tenía casi todo el trabajo hecho con esos empollones o sencillamente con los que tenían el talento natural.

No siento rencor porque casi lo había olvidado hasta ahora pero lo cierto es que no puedo evitar pensar que su mérito siempre fue mínimo. Exactamente 0 elevado a 0 para que me entienda este señor.

Ciertas noticias en la prensa nos dicen que los profesores de primaria no saben mucho de matemáticas y los de secundaria saben mucho pero no saben enseñarlo. Voces airadas se oponen a ese razonamiento. Yo no creo que se pueda generalizar tanto con los humanos pero lo cierto es que la preparación pedagógica entre los profesores más científicos es escasa.

El profesor de Literatura y de cualquier disciplina humanista en general está borracho de lenguaje y de letras. Es lógico pensar que sabrá comunicar mejor sus conocimientos si domina mejor el lenguaje, excepciones aparte. Ya expliqué la importancia de este en otro post(ver “Más allá de la piel… el blog). El verbo es importantísimo. Bien lo saben los religiosos que tienen su propio manual y cuyas doctrinas se propagan mediante sermones, mantras o lavados de cerebro. En realidad, el verbo nos diferencia de cualquier otro animal sobre la tierra. Y el dominio de este nos diferencia de los humanos que lo dominan menos. Se puede ser un animal más superior que el superior(aunque nadie esté a salvo de hacer el burro de vez en cuando).

Pero muchos profesores de matemáticas no sienten ningún apego por las letras. Esa especialización(otro mal endémico de nuestra era) les lleva a no saber un pimiento sobre los rudimentos de la pedagogía matemática. Saben de números pero no saben cómo enseñarlos. No digamos ya cómo hacerlos atractivos y reales a las legiones de mentes jóvenes y bocas cargadas de chicle que les observan con temor o aburrimiento(dependiendo de la personalidad extrovertida o introvertida del alumno).

Las matemáticas, para los humanos, son un lenguaje que se enseña mediante otro lenguaje. Este es el problema. La solución parece sencilla pero no lo es tanto si observamos la realidad de los hechos.

Recuerdo que ya en la facultad, arrastrando la estadística, otra puñalada trapera en mis resultados académicos, conocí un profesor que además de esta materia amaba la literatura. Esto puede parecer un hecho aislado. No es científico poner un ejemplo que me ha pasado y luego convertirlo en norma general. Es el argumento de la maruja televisiva, lo sé. Pero el caso es que ese hombre enseñaba mejor que nadie los números. Hacía bromas con ellos, ponía ejemplos jocosos, nos mostraba ejemplos prácticos sobre la utilidad de la estadística… En mi post “Una pregunta al azar” tal vez había un inconsciente homenaje a esas distraídas y agradables enseñanzas.

Claro que al final me ayudó también una compañera que sabía mucho de números y entre ejercicio y ejercicio de estadística me hacía soñar con ella y con lo que llevaba debajo de su ropa. Naturalmente, esta compañera explicaba bien porque era una buena lectora. ¡Y que dulce sonaba su lenguaje!

En fin… Muchos dirán que es un tópico pero desde luego, cualquier buen psicólogo actual sabe de la importancia del lenguaje en nuestra sociedad. Nuestro excedente de fracaso escolar ya nace en el fracaso de unos profesores que no saben comunicarse, que apenas balbucean sus tampoco demasiado amplias enseñanzas(y no les saques de su tema que la estrechez de miras les ha dejado empantanados en su materia y nada más que en esta).

¿Dónde estará el señor Bello? No puedo evitar imaginarlo como un viejo gruñón y amargado. Del mismo modo que imagino feliz y con un buen libro en la mano al profesor de estadística de la facultad de Pedagogía.

Los tiempos han cambiado poco en ese sentido. Estadísticamente cada vez se fracasa más en la ciencia de los números pero eso se veía venir.

Hasta que no se le rindan honores a los diccionarios, no se acabará el problema.

Los matemáticos deben aprender que la vida no es una ciencia exacta y que los números no se explican con otros números sino con palabras(no puedes usar la palabra definida en la definición de esta). En realidad, nada es una ciencia exactay la pedagogía mucho menos. Pero enseñarla con gritos y rebuznos, además, es aún más inexacto.
Hay que empezar a multiplicar las humanidades y dividir las ciencias. Al menos para que se equilibren al cincuenta por ciento.
Hasta los alumnos de letras saben más números que los profesores de ciencias letras. Y si no, que le pregunten a cualquiera por el significado del cero en su examen. O por los números rojos y el negativo de su cuenta al descubierto.

1 comentario:

Ozymandias dijo...

De aquellos años recuerdo a dos joputas con especial cariño: al nazi del bigotito que iba de estalinista por la vida y al nazi de gimnasia al cual le dedicaron póstumamente un polideportivo. Tal y como está hoy la enseñanza, que le das los buenos días a un alumno en el pasillo y este te denuncia por agresión, supongo que el del bigotito se debe haber jubilado anticipadamente y habrá emigrado a algún gulag siberiano donde dará clases a las focas. Focas que supongo entenderán exactamente lo mismo que entendíamos nosotros, aunque a ellas les darán igual los gritos.
El nazi gimnasta tuvo el detalle de morirse joven y espero que se esté pudriendo en el infierno por toda la eternidad. Yo personalmente lo hubiera emparedado en su polideportivo.
Como puedes comprobar, los años tampoco me han hecho olvidar lo estupenda que fue nuestra formación y que por suerte empezamos a aprender las cosas realmente importantes de forma autodidacta tiempo después.
Por cierto, esto de que expliques batallitas me empieza a preocupar...sobretodo porque yo también me las conozco...necesito prozac...