01 junio 2006

La música para disfrutar sentado

Hace poco leí un magnífico cuento del gran escritor Julian Barnes. Se titulaba “Vigilante” y pertenecía a una recopilación llamada “La mesa limón”. Creo que era de lo mejor de esa colección de narraciones que al final resultaba un tanto irregular(si bien un Barnes a medio gas sigue siendo mucho Barnes). El cuento nos explicaba las manías de un melómano que perseguía a todos los que tosían en los conciertos de música clásica a los que iba. Era un maniático que se había vuelto así desde que no tenía pareja ni sexo con esta. También su vejez ayudaba. El maniático sabía los decibelios que tenía una tos y el instrumento al que esta equivalía, calculaba el ruido que haría el envoltorio de un caramelo que podía ofrecer al ruidoso y el hecho de que si lo entregaba sin ese envoltorio no lo aceptaría el “tosedor”, era capaz de luchar a brazo partido contra alguien que aunaba el sonido de sus bronquios al de la orquesta… Es difícil ser un tiquismiquis, nos parecía sugerir el escritor. Pero a mí me recordó mi propia experiencia con ese mundillo de los conciertos de música clásica.

Yo asistí a un concierto en Viena y si no lo pasé tan mal como el personajillo fue porque mi propio catarro me tenía anestesiado y no podía sentirme ofendido por toses ajenas. No recuerdo si llegué a molestar a alguien o si contuve ese ruido tan típico pero tan molesto. En unos conciertos del Auditori que regalaba hace cierto tiempo “El periódico de Cataluña” nadie se molestó en borrar las toses pero eso sí, sólo se oyen al final y cuando se escuchan los aplausos, un poco para darle humanidad al producto.

En Viena disfruté de la música en un edificio construido por Friedrich Schmidt, el mismo arquitecto del Ayuntamiento de la ciudad. Hablo del Kursaloon.

Llegamos allí casi por casualidad. Buscábamos escuchar música clásica en Viena pero allí es la música la que te busca a ti. Ya comenté en otro blog que algunos tipos se sitúan en lugares estratégicos de la ciudad para captarte y llevarte a su concierto. La Opera principal competía ese día con el Kursaloon pero nos ganó este porque nos cazaron antes sus vendedores de entradas y porque era mucho más barato(y porque yo no quería escuchar Ópera o creía que no quería escucharla como se verá después).

Tras un largo día de lluvia, caminatas desorientadas, turismo a salto de mata y tremendos extravíos por una ciudad que desconocíamos en su totalidad, llegamos mi compañera y yo al Kursaloon. Yo me había tomado el café con “melange” más el vaso de agua que lo acompaña y que es característico de Viena en un lugar cercano. Hacíamos tiempo hasta las ocho, hora del concierto.

Cuando entramos en el edificio de la música, nos sentimos algo intimidados. Mucho lujo y nosotros vestidos de cualquier manera(por lo menos yo, de cualquier manera menos de la manera adecuada). De todos modos ya nos lo dijo por la mañana el tipo de rojo en un inglés cristalino y al alcance de mis entendederas: “son conciertos para todo el mundo, para los que amen la música, no necesitas corbata ni ir especialmente elegante. Los músicos se emocionan, no tocan con rigidez ni estiramiento, viven y sudan la música…”.

El público era puntual. El guardarropa tenía cola y era obligatorio o eso nos pareció, dejar allí las chaquetas(un euro por cabeza o mejor dicho, por prenda). Los vampiros del comercio te asaltan en cualquier lugar del mundo. Tal vez te salves en ciertas zonas de Sudán pero allí hay otros peligros.

Subimos hasta el tercer piso del edificio y allí nos hicieron esperar porque primero acomodaban a otros que tenían localidades preferentes. Las nuestras eran de tercera y hacia el fondo. Según la guía turística Vienesa estos tipos austriacos todavía creen en las clases sociales y en dividirlas de menor a mayor y con preferencias para la elite, claro. Mi compañera dijo que eso parecía rigurosamente cierto. Yo quise creer que nos hicieron esperar porque el acomodador de la sala tenía trabajo con clientes que habían llegado antes que nosotros. Normalmente tiene preferencia el que llega antes. Y eso es en todo el mundo salvo, según he oído, en Sudamérica.

Bien. El gran momento no se hizo esperar más que unos minutos. El acomodador nos dejó en unas sillas, no sillones, de la parte de atrás. Poca comodidad, la verdad. Ni las primeras ni las últimas localidades se regían por el confort. Pagabas más por estar más cerca de los músicos. Simplemente. Ni un sillón a la vista en todo el recinto.

Yo pensé que habíamos hecho un buen negocio. La sala no era muy grande. Capacidad para doscientas personas bien apretujadas(o un poco más pero no mucho). Con la magia que ofrece la acústica de estos lugares íbamos a disfrutar de todos modos la música. ¿Cerca, lejos? Cómo diría cierto personaje de Dickens: ¡Paparruchas!

A mi lado, un presunto alemán parecía el inglés del cuento que he mencionado al principio. Nos miraba como a dos vándalos en potencia y no ocultaba la preocupación que le ocasionaba estar sentado junto a un tipo español o italiano(eran astutos los vieneses respecto a mi nacionalidad) y una mejicana(mi compañera no tenía tanta suerte, le cambiaban el Perú por el Distrito Federal en un primer vistazo austriaco). Nada que objetar a este tipo de presumibles antepasados celtas tan poco tolerante. Yo también me dejé llevar por los cómodos prejuicios que te ahorran ejercitar la razón. Entraron en la sala una serie de orientales en ruidosa familia(incluyendo una criatura de pocos años) que no dejaban de gritarse entre ellos. Mi primer pensamiento fue: ¡malditos amarillos de mierda, nos van a joder el concierto!

Pensamientos tan elevados sin embargo, pueden inducir a errores. En cualquier caso tuve tiempo de entretenerme mientras empezaba el concierto, inventando torturas para la niña.

Detrás nuestro, además de los hijos de Fu Man Chu, dos españolas de unos veinte años se quejaban amargamente de no haber llegado antes para coger un mejor lugar. Bueno, si tenían compradas localidades de tercera podían haber cogido la fila de delante, esa en la que estábamos mi compañera, yo, y el matrimonio alemán. Tampoco era mucho mejor que lo que les había tocado por impuntuales. En fin, un par de idiotas que puedes encontrar en cualquier lugar de nuestra península.

Y empezó el concierto. En el año que conmemora el 250 aniversario de Mozart, había piezas del artistazo en cuestión. Disfrutamos con su pequeña serenata nocturna mientras un oriental hacía callar a la niña y lo conseguía(no miré pero seguro que le estaba clavando una aguja de hacer calceta en el ojo o cualquier barbaridad típica de esta gente famosa por su crueldad). Yo, de todos modos, tenía una ocupación más importante entre manos. Tenía que conseguir leer el programa de mano que había comprado el alemán y que este, astuto y veloz, ya me ocultaba disimuladamente. Lo leía tan cerca del rostro que más que leer, parecía querer bebérselo a sorbos. Estaba claro que yo lo tenía ídem para enterarme de lo que estaba escuchando(Imlaris con sus miniconcursos en el trabajo de “adivina quién compuso esta melodía” no estaba cerca para asesorarme con su erudición musical). Maldito egoísta el alemán. Sí. Debía ser alemán. Los austriacos son más amables. O eso, o admitir que mi blog anterior haciendo apología de Viena y Austria está en un error y por ahí no paso. Yo no me equivoco tanto. Y si lo hago no tengo por qué reconocerlo.

“Las bodas de Fígaro”, “La flauta mágica”. Los trece músicos se las sabían todas. ¡Qué tíos! Y la de payasadas que sabían hacerte. Se hacían los cansados y te paraban el concierto, tocaban muy deprisa y con cara de locos, convertían sus rostros en vivos retratos del orgasmo femenino y masculino… La música produce grandes y voluptuosas sensaciones.

También descubrí que la Opera, en pequeñas dosis, me gustaba. Un prejuicio menos. Nos hicieron un par de representaciones con garganta humana que me proporcionaron un gran placer. Y lo operístico además, está muy cerca del teatro. Francamente “aplaudible”.

Como yo, disfrutábamos todos. El público estaba entregadísimo. Los orientales callaban a mis espaldas, el alemán y su esposa sonreían y olvidaban sus temores para con nosotros, el centenar de nucas que tenía delante se arqueaban como extasiadas ante la música… Y no puedo evitar pensar que cierto componente granuja en mí me hacía imaginar lo divertido que sería empezar a repartir algunas collejas por allí. Al menos a dos tipejas inmundas que alzaron sus cámaras digitales de fotos y soltaron sus flashes para fotografiar el momento. ¿Por qué? ¿Estaban enamoradas de los músicos? ¿Querían recordar el decorado de la sala? ¿Querían chulear diciendo que habían estado allí? ¿Pensaron que la música era tan divina que se le podía hacer una fotografía como ciertos parapsicólogos piensan que se puede fotografiar un fantasma? Nunca lo sabré. Sólo recuerdo que esas nucas, según mi opinión personal, debieron ser azotadas. O eso, o dejar que el mundo siga siendo injusto.

En el intermedio mi compañera salió a comprar algunas cosillas a modo de souvenir pero sin molestar a nadie como las “fotógrafas” espontáneas de la sala y yo salí a terminar de pillar mi resfriado, un poco a confirmarlo por si no estaba muy seguro. En la terraza cogí el poco frío necesario para terminar de hundirme en la bancarrota de mis anticuerpos. Sin chaqueta y negándome a pagar por la copa de champaña que vendían no podía acabar de otro modo.

Y a pesar de todo regresé a mi asiento antes que nadie. Allí, el programa del concierto del alemán me tentaba. Este había salido y yo podía echarle un vistazo. Apenas lo moví un poco con mi dedo meñique. Alcé con mucho cuidado y disimulo una hoja. Sabía que si ese tipo aparecía por la puerta me arriesgaba a la tercera guerra mundial. Pero algo pude ojear gracias a ese riesgo. Y además, esa fiera ya se había amansado con la música. ¡Más música clásica en los reformatorios y en las cárceles y en los colegios y en el autobús y en las orejas de Bush!

La segunda parte del concierto estuvo bien. Tocaron el “Danuvio azul” de Strauss(¿Cuál de los “Strauss”?, preguntaría el listillo Imlaris). Esta pieza es una de esas como la de las cuatro estaciones de Vivaldi que se escuchan muy frecuentemente. Hasta los que no saben nada de música clásica han escuchado esos temazos. La “Primavera” de esas cuatro estaciones pertenece a mi Top Ten de “música de la que estoy un poco hasta los huevos”. Con el “Danuvio” me pasaba algo parecido y seguro que la hubiese situado en ese Top Ten particular. Pero allí, en Viena, casi fundido por la gripe pero entregado a ese elevado arte y escuchándolo en directo… No sé. Creo que me empezó a gustar. Incluso le disculpé su mentira. El Danuvio es beige pero en modo alguno azul. Es sucio o lo aparenta. Es un río tan desastrado que la primera vez que lo vimos, tanto mi compañera como yo, dudamos que ese fuese el Danuvio. ¡Cómo si pasasen muchos ríos por Viena! La peor fotografía del viaje o una de ellas la hice en un puente que lo cruzaba.

Pero hubo más música. Beethoven, Haydn, Schubert…

Terminamos con una marcha militar en la que todos aplaudíamos, animados por la orquesta, al son de la guerra. Era muy alegre. Supongo que para animar a unos soldados a matar o ser matados tienes que ponerles algo con bastante garra en el "walk man", algo muy marchoso. Mi gripe, sin embargo dejó de hacerme a mí la guerra en ese momentáneo armisticio. Estaba francamente emocionado. Cuando le pregunté a mi “mejicanita” por qué no aplaudía con todos me respondió con su sinceridad habitual: “Me parece un poco infantil pero tú sigue aplaudiendo si te gusta”. Bueno, cómo ya había escrito mi artículo sobre la madurez no me iban a tirar por tierra la marcha militar. Seguí aplaudiendo más Peter Pan que nunca. Sin el beneplácito de Campanilla, eso sí.

En fin, un concierto que me anima a repetir. Supongo que aquí en Barcelona podré hacerlo de nuevo y esta vez sin gripe(claro que a lo mejor así pierde su encanto la música). Aquella noche me debía sentir en el cielo porque la enfermedad y el serio peligro de neumonía por salir a la terraza en un mal momento me debía estar acercando mucho a ese lugar. ¿Se podrá repetir esa diversión en una segunda parte y fuera de Viena? No lo sé pero prometo probarlo.

Ya no soy aquel que iba a los conciertos a golpear y ser golpeado, a pisotear y ser pisoteado, a ser aplastado contra una valla de hierro por ver al artista Pop Rock que me estimulase en ese momento. Ahora disfruto más de este tipo de conciertos en los que estás sentado y el riesgo de fracturas óseas es mucho menor. Claro que no descarto disfrutar un poco del Apocalipsis si Morrissey o Bowie se dan una vuelta por España.

De momento, mientras no vienen esos hombres que tanto placer me producen(y por favor, evitemos los chistes sexuales sobre la frasecita), disfrutaré de la música que se goza de una manera saludable.

Cuando puedes estar sentado, el cien por cien de tu atención se puede invertir en el oído. ¿No es ese el modo correcto de escuchar música?