27 diciembre 2006

¿Consuelo de tontos?

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Suelo ir a tomar café a un local cercano al cine dónde trabajo. Apenas unos veinte metros me separan de la portería dónde un compañero (o yo mismo) simplemente romperemos entradas.

El café es como el aperitivo antes del trabajo. Cuando miro lo oscuro que es el “solo” que pido no puedo evitar pensar que se parece a mis pensamientos de esos instantes. Toda una jornada de trabajo aburrido por delante. Y eso con suerte. La otra opción es una jornada estresante. Como los fines de semana y festivos. Esos días ves al encargado del local (una franquicia alemana que se dedica a la venta de salchichas y cervezas) bastante agobiado. Yo me siento junto a la barra y lo veo cambiado o en pleno proceso de mutación.

Es un señor de unos cincuenta y tantos que siempre que me ve me dice “¿qué tal, joven?”. Al menos cuando está de humor. Luego me sirve lo mismo sin que se lo pida. Me tienen muy calado en ese lugar. Siempre pido lo mismo. En invierno café solo y bien cargado. En verano café con hielo. Por la tarde-noche y en el descanso, cortado descafeinado. El café es como los signos de puntuación que dividen mi jornada, una especie de ritual secreto que improvisé en algún momento para ordenar el escaso placer de los días de trabajo. Y es que esos minutos de café son para mí como los minutos de cigarrillo para los “fumetas”. Me aferro a ellos casi con desesperación.

El encargado, como decía, tiene dos personalidades. Es el doctor Jekill entre semana y se transforma en Hide los días festivos. Odia a la gente. Ha recorrido muchas ciudades haciendo que los locales de la franquicia saliesen adelante para luego ir a otro lugar y comenzar de nuevo y así siempre. En este local lleva más de un año. No parece ir muy bien. Ya debe aburrirle bastante. Seis días de trabajo semanales. Un día de esos le cubre la fiesta a la otra persona por lo que trabaja esa jornada doce horas o más… Prácticamente vive en el centro comercial. Ya no debe ver personas. Sólo mandíbulas y dientes que devoran la basura que guarda en sus congeladores. Sólo bocas que le piden y le piden y le ponen pegas por todo.

Suelo escucharle gritar al individuo secreto de la cocina. A este apenas le veo por la ventana del local. Sólo conozco sus brazos peludos y sus utensilios. A veces le veo entregar un plato. Otras le veo cortando zanahorias o carne o preparando un bocadillo de salchichas. A veces oigo su triste y acobardada voz. No es para menos. El encargado suele gritarle mucho. Siempre airado. Siempre creativo pero negativo. Más bien humillante. Sus comentarios: “¡Venga ese plato que eres más malo que la guerra!” “¡Venga cojones que eres más inútil que los platos que sirves!” “¿Esta mierda esta presentable? ¿Te parece que esto se puede enseñar a un cliente?” “¡Venga que eres más lento que el caballo del malo!”.

Siempre venga. Parece la letra de una canción del verano. Veeeeeeenga.

A veces, cuando hablamos me suele decir de los clientes cosas como que mejor sería que se quedaran en casa en vez de ir allí a darle por el culo a él. O descubro que compartimos el mismo odio por los niños (ahora les tiene que dar una promoción especial navideña y está de los nervios). A veces dice que ha venido poca gente pero los pocos que han venido le tocan a él los huevos. A veces… Ni siquiera habla. Cuando está cabreado es mejor dejarle el euro en la barra y despedirse. Si está de buen humor me expresa un bonito deseo “no te canses”. Si está enfadado sólo me dedica un gruñido o un gesto que se asemeja a una despedida y luego sigue gruñendo encorbatado, agobiado, sudoroso, cojo, amargado, azul como los pitufos(y él es el pitufo gruñón por supuesto).

Yo regreso a mi puesto de trabajo a recuperar sonrisas. Alguien estará contento por allí.

¿Por qué regreso a por mi café amargo y los rostros agrios de la franquicia alemana?

No sé… Supongo que cuando salgo de allí mis encargados me parecen encantadores. Incluso mi trabajo. Supongo que a veces me gusta consolarme como si fuera tonto.

19 diciembre 2006

Paz y amor a los hombres de buena voluntad con voluntad para no gastar ni un euro más

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El buzón navideño es como el calcetín en el que papá Noel te mete los regalos. La diferencia es que en el buzón sólo te dejan fotografías de posibles regalos. Sólo te dejan el deseo pero no su satisfacción. Los folletos de publicidad me han llegado este año gruesos y en formato magazine. Los anunciantes tiran la casa por la ventana. Saben que es fácil tentar al consumidor. El de Carrefour, por ejemplo, que es el primero que me ha llegado tiene unas ochenta y ocho páginas incluyendo cubiertas. Es a todo color y en buen papel. Al ritmo que van el año próximo me lo encuadernarán en tapa dura y podré pedir números atrasados además de poder disfrutarlo en papel satinado.

En portada sufro la primera andanada. Anuncian el nuevo IPOD video con 30 GB por 279 euros. Sé que no gastaré ese dinero en esa maquinita pero ya me hacen soñar con un futuro en el que bajará el precio. Recuerdo que el año pasado ya babeaba con los IPOD de un GB o dos y este año los puedo comprar. Es el antibudismo llevado a su máxima expresión. Creación de deseos. Deseos insatisfechos que llevan al sufrimiento… El MP3 actual es insuficiente, mi presente es un indeseable trámite que me llevará al futuro soñado con esa maravilla con cargador de corriente incorporado…

El catálogo de todos modos se abre con anuncios sobre vestuario femenino. Nada que hacer conmigo. Si al menos fuera lencería… Pero aquí solo hay mujeres en ropa de invierno. No se puede ser sexy llevando tanta prenda y tan gruesa encima. Es como si solo las hicieran para que las mujeres no pasen frío, joder.

También me salto la sección de joyas(mucho dinero para comprar piedras), ropa masculina(a mí me hace grande mi cerebro y no la seda que a los monos los sigue dejando tan monos como siempre), alimentación(me aburre mirar comida, sólo me dedico a ingerirla), herramientas para el manitas del hogar(ja,ja,ja), aparatos deportivos(más ja,ja,ja), hogar y plantas(estoy a punto de arrojar el catálogo a la basura), escritorios, muebles, vajillas, maquinillas eléctricas, secadores de pelo, scanners… Sólo en la página sesenta y ocho empiezan a dedicarme el catálogo a mí. Lo de atrás era para mi mujer. Unas veinte páginas para intentar resistir los embates de la publicidad. Trataré de vencer.

Además del IPOD me tientan con un disco duro de 160 GB con conexión directa al televisor y mando a distancia. Existe otro que por 30 euros más te da 300 GB de memoria. Puedes tener una biblioteca, discoteca y filmoteca en el más reducido espacio posible. Gracias a este disco duro podré almacenar mil películas que nunca veré en lugar de las cien películas que nunca veo actualmente.

Cámaras digitales. Siempre he pensado que perder tiempo fotografiando me resta placer en mis viajes. Sólo disfruto con las fotografías ajenas porque me enseñan el lugar dónde todavía no he estado y claro, menos da una piedra. Pero son tan bonitas esas cámaras… Y nunca se sabe cuando el aire fresco del invierno levantará una falda y entonces sí, querrás guardar el hermoso recuerdo y compartirlo con aquellos que lo disfruten como tú.

Un DVD grabador con 160 GB(250 horas de grabación) me resulta muy atractivo. Pero sigo creyendo en la tecnología del VHS. O por lo menos me resigno a ella mientras no bajen el precio de estas maravillas digitales. Mi pregunta es… ¿Produce la televisión 250 horas dignas de ser inmortalizadas? Hmmm, mi televisión es digital y con oferta variada pero se repite tanto que más tarde o más temprano te puedes encontrar con el programa que perdiste de vista y al que dijiste hasta luego pero nunca adiós.

Los televisores de plasma con sus elevados precios plasman muy bien la idea que apuntaba más arriba sobre crear deseos insatisfechos y fabricar antibudismo.

El GPS me fascina. No tengo vehículo pero me vendría muy bien para saber la calle por la que paseo. El inventor debió estudiar las necesidades de los tipos que como yo, se perderían al regresar de tirar la basura.

Las cadenas de música sólo me interesan en cuanto que la mía no tiene para reproducir DVD ni MP3. Pero de momento vivo igual con la mía. Admite pirateos más toscos y en CD pero a mí ya me va bien. Y que dure.

Las consolas, películas y libros anunciados al final del catálogo me distraen pero sé que puedo conseguirlo todo más barato e incluso gratis.

Conclusiones: tenía pensado comprarme un solo auto-regalo caro estas navidades. Después de leer el catálogo sigo pensando igual.

He vencido.

Una vez más.

Si me hago el auto-regalo es porque tengo paga extra que si no, ni siquiera eso.

El año que viene me tendréis que inyectar la publicidad en vena porque lo que es a mí… Me la sudan vuestros esfuerzos.
¡Soy el prodigioso hombre super-ostra! Mi coraza sigue entera.

04 diciembre 2006

El cuento de capezuñitas roja

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Otro retrato. La presentaré. Lo primero que destaca de ella es el culo descomunal producto de un exceso de tardes comiendo porquerías y viendo la televisión en casa(supongo que los genes también tendrán algo que ver). Después ya la ves a ella. Esas gafas que le bajan por debajo de los ojos y que le sirven para mirarte por encima como una profesora que te quiere regañar, esa nariz de puente alargado que le da un cierto aire a lo jabalí, pariente cercano del cerdo, esos ojos claros pero desprovistos de inteligencia como los de un animalillo menos inteligente que tu mascota, esos cabellos rubios, bastos, abundantes, gruesos como los de una muñeca de cuatro euros comprada en un mercadillo a una gitana sucia… El efecto general es el de una persona bonachona y más bien estúpida pero en jerga popular “buena tía”. Las apariencias siempre hacen bien su labor de timar, nos la meten bien doblada para continuar con la jerga del populacho.
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La señorita en cuestión viste bastante retro. Tiene veintinueve años pero a veces, cuando salgo del tren que me lleva a trabajar y la veo de espaldas, parece que viera a una señora mayor que mi madre(supongo que el culo hace mucho por envejecerla, por “señorearla” mucho y prematuramente). Pero eso no importa. Como si quiere vestirse como las Monjas Clarisas. Es lo que le debe gustar a su novio, un pequeño individuo de cuarenta y tantos que al contrario de ella parece mucho más joven(esto demuestra lo relativo de la edad en las personas). Su novio viene a esperarla por las noches, a la salida del trabajo. Mientras ella cuadra caja o limpia olla o mejor, hace ver que limpia olla o encarga que la limpie otra, su Don Juan charla con el primer portero que encuentra sobre lo que sea. Es un hombre rudo, tosco, muy de pueblo de otros tiempos. Alaba cualquier película tópica y comercial y denosta toda aquella de autor y que le exija pensar un poco más de la cuenta(este tipo de películas son denominadas como truño y asegura que se duerme con ellas y sus ronquidos se suelen oír en la sala de cine que tenga la desgracia de tenerle a él entre sus asientos). Lo llamamos el crítico con ironía malsana. De todos modos este individuo nos hace gracia. Pasamos un rato muy entretenido cuando viene él. Su novia no es tan divertida.
Los primeros meses que estuvimos con ella nos engañó bien. Parecía buena chica. Nos daba chuches que robaba de la tienda que ella misma llevaba, no parecía meterse con nadie y si lo hacía era con un presunto buen motivo, venía a trabajar incluso cuando otros no lo hubiesen hecho… En fin, era una de esas mujeres a las que nunca querrías tener en tu cama, ni siquiera comiéndote la polla pero muy buena tía, eso sí. Insulsa y aburrida pero redimida por no armar jaleo ni molestar a nadie. Para los jefes todavía mejor, era una de esas que “tragan”. En el buen sentido de la palabra. Algún día festivo la vi pasar por allí porque se había hecho un pedido para la tienda de chuches que "sólo ella" podía controlar.
Pero a los seis meses la hicieron fija. Y el cambio se produjo. Empezó a quejarse de todo. Al parecer le dolían los tobillos por un motivo que ahora no recuerdo. Y claro, su aspecto porcino y esa sensación que daba con la tobillera y sus zapatos derivó en uno de sus motes más célebres: “pezuñitas”. También se la conoció y conoce como Peggy.
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Los problemas con las compañeras comenzaron. Empezó a quejarse, unas veces con razón y otras sin ella, de estas. Todas trabajaban poco y se lo cargaban todo a ella que estaba muy mala. La versión de las compañeras es que la vaga era ella y además bastante gorrina(en el sentido de guarra y no en el de su aspecto físico, claro). Pezuñitas iba a llorarle semana si, semana también al sufrido encargado que la quisiera soportar. Casi siempre acompañaba sus lamentos con una increíble transformación física que la convierte en la primera mutante española, una metamorfosis que en situaciones de peligro, miedo, ira o sofoco le llenan la cara de ronchas rojas. Es el increíble Hulk pero a lo carmesí. A veces parece un extra del cuento de Poe “La máscara de la muerte roja” o una víctima de “Viernes 13” recién salida del cuchillo del bueno de Jason.
El día que se cayó por tercera vez en un supuesto resbalón muy futbolístico y muy al estilo del que busca un penalti en el área de peligro en el almacén de las palomitas, sólo engañó al encargado que apenas la conocía(o no la conocía como es debido). Consiguió una baja en el mejor momento posible para ella y el peor para nosotros. La consiguió porque se hizo daño en la muñeca. Su novio cogía las vacaciones esa semana y nosotros teníamos más trabajo que nunca por cierto estreno importante de la cartelera.
Pero… ¿Cómo no creerla? Estaba tan roja que parecía que la regla le salía por el rostro(duro como la piedra, por cierto). Imposible echarle más cuento al trabajo. Si no quieres trabajar y debes hacerlo, saca partido de la buena fe de los demás y sobre todo de nuestra magnífica seguridad social. Eso sí. Durante las siguientes semanas venía un par de veces por semana acompañada de su novio para ver los estrenos del cine en que trabajamos, incluyendo esa película importante que tanto nos hizo sudar. Si hubiese llamado estúpido al encargado, este no se hubiese mosqueado más. Pezuñitas comete ese tipo de errores pero nos consigue engañar por otro lado. Eso demuestra lo que ya aseguraba Montaigne hace unos cuantos siglos “que un tonto puede estafar a un listo”. No nos sintamos mal por ello. No puedes saber lo que hay en un cerebro. Aunque este sea del tamaño de una nuez.
Después regresó de su baja. Con una venda en la mano porque claro, ella quería venir a trabajar por más que seguía doliéndole la muñeca. Aunque no se notó mucho su esfuerzo. Lleva meses diciendo que le duele la muñeca y usando esa excusa para ir a trabajar sin trabajar nada. Pero lo peor son sus ínfulas. Cuando se fue la encargada de bar nuestro auténtico encargado le dijo que mirase qué tal lo hacían las nuevas y que las vigilase. Ella entendió eso como la entrega de poderes para ser la ama y señora del lugar. Ordena y ordena pero sigue sin hacer nada. No sabe organizar, tiene la inteligencia de un burro en el cuerpo de un cerdo, es mandona, es cotilla, saca defectos físicos a todo el mundo(por lo que no siento cebarme con ella ni con su cuerpo engordado por toneladas de chucherías hurtadas de la tienda), es rencorosa, es mentirosa, es pesada…
Pero el cuento que tiene nuestra capezuñitas roja no engaña a nadie. Sólo ha conseguido la coalición más grande de aliados contra ella que recuerdo en mucho tiempo y en este trabajo(mas conspiratorio que la corte de los Borgia). Los pocos que le sonreímos lo hacemos por educación y porque la verdad, nos cae bien su novio(o en mi caso uno de sus hermanos con el que comparto aficiones) y no queremos ponernos a malas con él(o ellos).
Ya ni siquiera puede recurrir a los encargados. La conocen tan bien como el personal. Su balance es tan negativo como el que hacemos nosotros.Hace poco le han recortado los poderes un poco, le han puesto algún obstáculo a su tiranía. Pero se acerca Navidad. Temporada muy buena para coger baja a falta de vacaciones y compartirla con su novio. Esto puede desagradar a los encargados.
Capezuñitas le verá pronto las orejas al lobo… Y es que a todo cerdo le llega su San Martín.