24 octubre 2007

Relaciones humanas relativas

Hay otras que me ponen más palote



Fue en un trabajo que odié a principios de esta década. El individuo que nos llevaba a casa a un compañero y a mí en su coche se llamaba Ricard. Ricard tenía 36 años pero aparentaba menos. Tenía una novia de veintipocos más buena que Paris Hilton pero menos que Mónica Belucci. El rostro de Ricard no era tan agraciado. Era una versión desagradable del rostro de Woody Allen. A Ricard le afeaba mucho tener el labio inferior mucho mayor que el superior. Le daba un cierto aire imbécil que estaba lejos de representar lo que realmente era, un espabilado de cojones. Tras una separación de su primera mujer porque era lesbiana requirió de un psicólogo que debió ser buenísimo. Lo convirtió en un psicópata del egoísmo capaz de lograrlo todo sin importarle cómo. Recuerdo que se ofreció a llevarnos en coche a un amigo y a mí si pagábamos la gasolina, una tasa que decidió él rápidamente en pesetas. También el día en que la pagaríamos. Y el lugar dónde nos vendría a recoger. Lo más cerca posible de su casa, evidentemente. Durante esa breve época (aunque a mí mientras pasó se me hizo larga), Ricard inventó mil maneras de sacar partido de nuestra situación de inferioridad por no ir motorizados. Creo que él no pagó una gota de gasolina en todo ese tiempo, nos hacía correr como gamos cuando sonaba la sirena porque no quería desperdiciar ni un segundo que le separase de su amada(y él salía el primero, no sabemos cómo, de aquella fábrica de más de cincuenta trabajadores en Sant Feliu), siempre intentaba venderte algo que no te interesaba y se mosqueaba si no comulgabas con el trueque, te pedía casi exigiendo que le dejases lo que fuese y no aceptaba un no por respuesta… Era un ejemplar claro de aprovechado compulsivo. Pero la culpa era nuestra por seguir de vasallos en ese reino cuando en las cercanías había hermosos lugares dónde emigrar. Al final le mandamos a la mierda y tan contentos.

Más tarde supe por otros que a mí me tenía en gran estima y nunca decía nada malo de mí. De los demás sí. Imagino que su aprecio a mi persona cuando dejamos de hablarnos cayó muchos enteros. Por mi parte, la relación laboral que tuve con él fue más agri que dulce y desde luego en el recuerdo ganó en hegemonía el lado negativo de su persona. Escribí un relato en esa época dónde un tipo se deja putear todo el tiempo por un tipo maniático, compulsivo y desagradable. Al final el tipo que narra la historia, el manipulado, resulta que se está tirando a la mujer del manipulador y por eso aguanta lo que aguanta. En fin, mucho rencor.

Eso me recuerda cierto pasaje de la magna obra de Proust dónde por un malentendido un individuo odia al escritor y este no tiene ocasión de darle explicaciones. Proust reflexiona que en la mente de su amigo siempre aparecerá ya como un individuo despreciable que resumirá su personalidad a esos minutos de malentendido. Y esas son las relaciones humanas. En el programa “El Gran hermano” lo vemos. Seleccionan las peores escenas que puede ofrecer un ser humano y ya lo convierten en el malvado de la función. Por más que tendrá buenos momentos. Seguro.

Con Ricard no hubo malentendidos pero seguro que si hubiésemos estado más tiempo compartiendo el mismo trabajo ahora seríamos menos enemigos. Nunca discutimos. Ese mandarle a la mierda fue muy tranquilo. Desaparecimos de su coche y aparecimos en el de otro compañero más rentable. Simplemente eso. Tal vez si no hubiesen reducido personal y nos hubiesen mandado a todos a la calle ahora trabajaríamos juntos y tendríamos una imagen menos distorsionada de nosotros mismos.

He estado en otros trabajos más tiempo. En esos trabajos de larga duración he discutido muchas veces con mucha gente y he dejado de hablarle largas temporadas y luego hemos vuelto a ser amigos y hemos vuelto a discutir y al final hemos sido más amigos. Cómo más o menos decía el Adriano de Marguerite Yourcenar los seres humanos son tan inconstantes en la gratitud como en el odio. Yo desde luego estoy seguro que si te mueres después de haber dado un espectáculo lamentable el mundo te recordará como un ser lamentable. Si lo haces después de haber salvado a una persona en un incendio el mundo te recordará como un héroe. Sólo cuenta el presente. En un mundo dónde la moda manda las relaciones humanas se revisan y actualizan todo el tiempo. La memoria histórica se pierde incluso cuando se trata de tu propia memoria vital.

De todos modos sólo divago. Como el personaje de cierto episodio de House que habla con la doctora Cámeron yo también pienso lo siguiente: “Cuando intentas hacer lo que los demás quieren, haces felices a los demás. Cuando sólo haces lo que quieres, te haces feliz a ti mismo” Total, tanto si piensan bien como si piensan mal de ti… ¡Sólo les va a durar dos minutos!

18 octubre 2007

Seguridad

A esta quiero vigilarla yo


Hace unos años, durante unas exposiciones de la fundación “La caixa” dónde pude alternar las fotografías de Richard Avedon con la arquitectura moderna de Miers Van der Roe, en la sala de este último revienta-bellezas arquitectónicas(prefiero la arquitectura del siglo XIX y hacia atrás), una anécdota imborrable quedó registrada en el pasado que comparto con Luz. Un guarda de seguridad sentado en un taburete alto amenazaba o se amenazaba a sí mismo con caer al suelo. Se le cerraban los ojos y hablaba como para sí con un monólogo monótono y algo gangoso “me estoy durmiendo…”, “Qué sueño…” “Me voy a caer…” y frases tan inspiradas como las aquí anotadas. Pero sobre todo lo primero, “me estoy durmiendo”, a la vez que lo demostraba y se balanceaba peligrosamente sobre el abismo de ese alto taburete y provocaba las risas nerviosas de algunos visitantes que abandonaban la contemplación de la arquitectura de Van der Roe y se alejaban de esa zona dónde un tipo que debía estar por la seguridad(de las obras o de los visitantes o de algo pero de la seguridad al fin) no se podía asegurar ni a sí mismo. Un hombre al borde de un taburete y al filo de un batacazo y al límite de un despido. Nada excepcional. De vez en cuando, Luz y yo recordamos su frase “me estoy durmiendo” entre risas.

Pero a lo largo del tiempo mi trabajo me ha hecho entrar en contacto con otros guardas de seguridad. De hecho, yo ya conocía el gremio por haber trabajado doce horas seguidas de mi existencia en él durante una noche(pero esa es otra historia).

A lo largo de los años he tenido que compartir algunas charlas intrascendentes con esos personajillos que se me acercan aburridos y cansados de sus excesivas horas de acecho y me vienen a contar algo más sobre ellos. Yo intento montar el rompecabezas de su psique. Saber cómo son, elucidar si realmente son de una especie diferente a la de las personas que nos movemos en otros trabajos(por más que a ciertas horas de la noche yo también vigilo por el vestíbulo de mi cine tras un día de acomodar, romper entradas, etc.). Pero ellos son diferentes. Algo los hace únicos. Es la sensación de que en el fondo son unos parias. Pocos de ellos se salvan. Inevitablemente, todos comparten el hecho de que no queremos pasar mucho rato hablando con ellos. Algo se ha roto en su interior. Si no eran así antes de entrar en el trabajo, el trabajo les termina por doblegar el carisma. Como en la “Invasión de los ultracuerpos” parecen haber sido replicados por plantas de fuera de este mundo que les han robado el alma y sobre todo la capacidad para crecer como individuos, para razonar, y puede que todavía peor, les han convertido en seres tremendamente involucionados. No se conforman con vegetar. Algo de primitivismo les hace más terrible su situación que la de la película. ¡Lo he visto con mis propios ojos! O me han contado lo que no he visto. Unos disfrutando con la tortura gastronómica, muertos de risa porque le llenaban de ketchup, picante, y un largo etc el helado a un compañero especialmente primitivo que de todos modos se tragaba esa basura, me han explicado cómo uno jugaba con el portón automático del cine a detenerlo con la cabeza y casi lo destroza, les escucho fanfarronear sobre lo mal que hacen su trabajo y lo bien que saben escaquearse, o fanfarronear sobre si a veces se les va la mano con algún golfillo, les veo aparecer con una casi unánime gran barriga, les vuelvo a escuchar decir que si los restaurantes o el cine se portan bien con ellos y les regalan alimento ellos corren más rápido si surge un problema(¿Y cómo pueden correr con esos barrigones?), les veo devorar palomitas de todo tipo y hacer ostentación de cualquier estupidez o chiquillada que se les pase por la cabeza como que piratean más y mejor que nadie, que hacen más horas que cualquiera pero que también las hacen peor que nadie, que saben mejor que nadie dónde se fuma fuera de cámara además de informarnos dónde podemos golpear nosotros a los golfillos también sin que nos vigilen las cámaras, no les importa que conozcamos los puntos ciegos del cine ni que seamos ladrones en potencia… Da igual. Esos simpáticos pelmazos son diferentes. Esa es la conclusión a la que quiero llegar. Y si siempre hay alguno que me sorprende como aquel que tenía el vicio de la literatura o el otro con el que puedo hablar más de cinco minutos sin que me salgan sarpullidos(y me reporta beneficios bajados de internet), lo cierto es que la sensación general es desalentadora. Los guardias de seguridad están muy mal pagados. Es por eso que sólo contratan a los desesperados. Y los desesperados no inspiran mucha seguridad ni confianza. Cualquier retardado puede ejercer la profesión de guardar. Si existe un examen de selección debe ser del tipo “¿Estas sin un puto duro y necesitas trabajar en lo que sea o atracarás un banco?”. Si marcas un sí en la casilla ya eres guardia de seguridad.

Ya sólo necesitamos que surjan agencias especializadas en guardarnos de los que nos guardan. Pero a estos, por favor, páguenles mejor…

10 octubre 2007

La ley de los promedios






No sé si es cierto que un nivel lo suficientemente avanzado de tecnología es o se asemeja a la magia. De un modo psicológico sí que se puede considerar la máxima. Para mí es magia que un avión con todas esas toneladas de metal pueda volar, o lo es que le de a un interruptor y se haga la luz(cuando no hay cortes de suministro eléctrico por culpa de alguna incompetencia colosal) o incluso me parece mágico que el mando de la Wii de Ozymandias funcione bien cuando juega él y en cambio sea un desastre cuando lo cojo yo. Sea como sea, si somos unos descreídos o unos enterados decimos que todo lo que no entendemos es tecnología y se puede explicar(aunque nosotros no podamos explicar una mierda) y así podemos vivir en un mundo libre de supersticiones, malos agüeros, fantasmas o dónde lo que dicen los políticos es cierto.

De todos modos hay algo que a mí sigue sin cuadrarme. Y es que el hecho de que tenga una explicación no significa que esta no sea menos mágica que el hecho de no tenerla. Estoy hablando de la ley de los promedios. Según la estadística(ya escribí alguna vez sobre el azar y lo que me fascina a mí y a por ejemplo, Paul Auster) hay una ley que dice que si tiras una moneda cien veces esta tiene tendencia a salir cincuenta veces cara y otras cincuenta veces cruz. También dice esa ley que alguna vez me tocará la primitiva ya que los seis números que me tienen que salir se darán en alguna ocasión inevitablemente(en diez años sólo he conseguido un máximo de cuatro aciertos pero decenas de reintegros). Sin esa ley ya sé que tendría en mi hucha más dinero del que he ganado si no echase la primitiva.

La ley de los promedios se usa en muchos ámbitos pero el de la economía es el que más se deja seducir por ella.

En cierto libro leí que si te sucede una desgracia ya tienes muchas posibilidades de que no te vuelva a suceder. Pero claro, si eres imbécil también tienes ese otro dicho sobre “chocar dos veces con la misma piedra”.

Cómo cierto famoso enemigo de los cuatro fantásticos llamado “el pensador” la ley de los promedios nos dice que si tienes todas las variables en un tu mano puedes predecir el futuro. De ahí que los adivinos pregunten cosas como “¿Tienes pareja?” para luego predecir “seguramente tendrás alguna discusión con tu pareja”. También sabes conociendo la variable “no tengo pasta” que en tu futuro más inmediato no te podrás tomar un café, ni ir de tiendas, ni ir de putas. Yo puedo también hacer predicciones a largo plazo como la siguiente: “que en el año 2008 hay grandes posibilidades de que el uno de Enero sea el primer día del año y mucha gente este resacosa y falte a mi trabajo y yo tenga que trabajar por ellos y me cague en sus muertos”. El conocimiento de ciertas variables te permite tener el futuro en tus manos. Y si tienes dinero, el futuro de los demás también pero ese no es tema de este blog.

La ley de los promedios es magia. Ya sé que en mi cine van a venir tantas personas de media si hay malas películas, si hay fútbol, si es fin de mes… Con esas variables sabes que se dará un tanto por ciento de asistencia. ¿Y qué pasaría si todo el mundo asistiera de golpe a mi cine? ¿Y si durante un mes nadie pudiera ir? Pero eso no ocurre. Ni ocurre que todos los americanos en masa se nieguen a luchar en Irak. Ni que todos los hombres en masa se quieran follar a la misma mujer a la misma hora(pero eso es solo porque no todos tienen ocasión de ver a Monica Belucci a la vez). Tampoco hay masivas asistencias a las bibliotecas que vacíen las estanterías y no se encuentre nada. Sólo el aeropuerto del Prat en verano parece desafiar un poco esa ley y como que da la impresión de que todo el mundo va allí a la misma hora. También “El corte inglés” en primer día de rebajas chulea un poco a la ley. Pero nadie la vence. Parece que algo por encima de nosotros ordene el mundo en el que vivimos. Cómo ya dije, es casi mágico. Y es que uno quiere ser ateo pero sólo se queda en agnóstico. A veces da la sensación de que conocemos cómo funciona el mundo pero seguimos sin saber por qué funciona así o qué lo hace funcionar de ese modo.

Bill Gaines y Al Feldstein, dos escritores de comics de los cincuenta ironizaban con esta ley y en uno de sus tebeos para la EC hacían que un científico se alarmase cuando encontraba la sala de conferencias vacía. Decía que la sala estaba así porque la ley de los promedios se había roto y eso supondría el fin del mundo. Al final resulta que es Domingo y sólo hay una persona porque esta es del personal de limpieza. La ley es indestructible.

De todos modos quiero saber más sobre ella. Se mire como se mire esa ley es práctica. Un amigo me hablaba así sobre alguien que de modo intuitivo la ponía en práctica: “Este tío le pregunta a todas las tías que ve por la calle si quieren follar con él aunque no le conozcan de nada. Por estadística, alguna le dirá que sí”. Interesante. Lástima que haya estadísticas tan lentas. Lástima que no conozca a este tipo para explicarle lo de mis problemas con la lotería primitiva. Lástima que las estadísticas sobre mortalidad no te den más de ciento veinte años de esperanza de vida. Te tiene que llegar lo que deseas… si eres capaz de vivir miles de años. ¡Hay que joderse!

04 octubre 2007

Elogio de la máscara




Hoy estoy poético. Ya podéis correr. Detrás de un nick, pongamos Houellebecq, estoy yo. Detrás de la máscara diaria que fabrico de mí estoy yo pero de verdad. Siempre me han gustado los disfraces. Me he perdido muchos Carnavales porque nadie quería disfrazarse conmigo y salir de anónimo me gustaba más en compañía. Pero lo cierto es que el gusto por la mutación voluntaria se ha transmitido a otras facetas de mi vida. A falta de Carnavales he buscado mis alternativas.

A menudo observo cómo la gente se esconde detrás de nombres falsos en los foros de Internet para insultar. Ese es un uso estúpido y desaprovechado de la máscara. Esos tipos le fabrican la mala fama a los disfraces. En defensa de la ocultación debo decir que también permite ser más sincero. A veces podemos confesar lo inconfesable al nick de un prójimo desconocido y fugaz. Creo que en el comic “Shade” de Peter Milligan un personaje asegura que le es más fácil hacer el amor con un extraño que explicarles una verdad o sus problemas a sus allegados. La película “Pudor” basada en el libro de Santiago Roncagliolo del mismo nombre abunda en personajes que sueñan con decir pero no se atreven nunca a dar el paso último de la confesión. Algunos ni siquiera se atreven siquiera a soñarlo. Hace tiempo leí una estadística sobre las mentiras que el ser humano normal dice cada día y eran muchas, demasiadas. No quiero ni pensar en los mentirosos compulsivos. Las mentiras son disfraces.

Y es que las máscaras lo son de muchos tipos. Hay máscaras enmascaradas dentro de otras máscaras como muñecas rusas. Y un nick también lo es. Y el libro que lees para ahorrarte las caras del vagón de metro. Y una sonrisa y un saludo de paso mientras tienes prisa por dejar atrás a esa persona que no te cae bien. Y el carnaval son muchas máscaras para hacer del encubrimiento una fiesta. Y es máscara(para nosotros mismos) creer que queremos algo cuando en realidad queremos otra cosa. Y lo es la noche sin luna. Y esconderse detrás de una puerta para escuchar(máscara rastrera esta dónde las haya). Y es máscara progresiva cambiar de actitud hasta llegar a ser otra cosa(la máscara buscada, la autoayuda). Y también el dinero y el lujo de los ricos que te distraen del hecho de que son de la misma condición humana que nosotros. Y la pobreza que entierra y oculta grandezas. Y el nacionalismo que te disimula en una masa. Y el racismo detrás de capuchas. Y el machismo o el feminismo que te esconden tras hombre o mujer y no te dejan ser persona. Tu casa o madriguera es una máscara de hormigón que sale bastante poco a cuenta si te hipoteca. Es la máscara más cara.

La lista es interminable. El uso de la máscara se pierde en la antigüedad y se cree que surgió para fines religiosos. Hoy en día la religión está muriendo en el mundo pero las máscaras son más unánimes que nunca.

En un espectáculo de mímica que hacía Bowie(sí, otra vez Bowie) hace tres décadas o más interpretaba un hombre que usaba máscaras en sociedad. Sonreía, se ponía triste, etc. en función de la persona con la que estuviese. Adoptaba lo que llamamos un rol social para cada situación. Al final del número interpretaba cómo la máscara se le pegaba al rostro y no podía deshacerse de ella. El final parecía más siniestro que positivo pero yo lo interpreto de un modo más optimista.

En la teoría del psicoanálisis de Freud(vaya por delante que me la creo bien poco) se habla de dos máscaras en nuestra psique. Nuestro verdadero yo(el ello) se relaciona con el mundo y se esconde detrás del ego, el regulador, el embajador de la realidad que nos controla y embrida para que no seamos como realmente queremos ser. Pero en realidad lo que nos gustaría ser es el super-ego. El ideal de lo que realmente queremos ser(super-yo) y no somos está escondido detrás de lo que somos(ello) y lo que queremos hacer ver que somos(ego). En fin… Se puede objetar mucho a esta teoría pero por lo menos es poética. Es atractiva de un modo estético. Al menos si eres capaz de entenderla.

Pero en el título hablaba de elogiar máscaras no de diseccionarlas. ¿Qué por qué estoy a favor? Pues porque les ocurre como a la tecnología. Si las sabes usar para el bien son beneficiosas. Y si no… Pues como todo. Es la diferencia entre la máscara del super-héroe y la del villano. Los dos se esconden pero anda que no hay motivaciones distintas entre los unos y los otros.

Hace años en un chat de cine un adolescente me pidió consejo. Me preguntó que qué podía hacer para salir de la depresión en la que estaba(y eso habiendo comenzado a charlar sobre Woody Allen ). Yo recordé el espectáculo de Bowie y le recomendé algo así:

“Tú quieres ser actor. Mañana interpreta a una persona que sea feliz. Ríete y sonríe aunque no quieras. Puede que no sea pronto pero de aquí a poco te lo acabarás creyendo. Está demostrado que el cuerpo de un actor que interpreta un enfado sufre las mismas experiencias que una persona realmente enfadada. Es de creer que el que interpreta a una persona feliz acabará experimentando la felicidad. O por lo menos se sentirá mejor poco a poco.”

Y es que no sé qué tiene la gente contra el auto-engaño si este te va bien. Creo que al adolescente le gustó mucho el consejo pero nunca lo sabré. Hay gente que no se siente cómoda ni detrás de un nick.

De todos modos mi posición a favor de la máscara es clara.

Estáis hablando con el nuevo Jodorowsky o con Bucay.

¿Será verdad todo lo que digo y pienso o ya me estoy convirtiendo en mi disfraz?