18 noviembre 2008

¿Ser o no Ser(gio)?




Mishima, célebre escritor a favor de la muerte voluntaria


Hace tres años entraron dieciocho personas en el trabajo. Apenas quedamos dos o tres de los primigenios. Han pasado más de veinte personas. Irrelevantes, interesantes, aburridas, exóticas, estúpidas, brillantes, imprescindibles… ¿Imprescindibles? Nadie lo es. Alguien se va. Un tiempo de indignación. Otro de duelo. Después el recuerdo. Hay personas que ni eso. Cuando una amiga y yo nos vayamos nadie los recordará en el lugar. Porque nadie los habrá conocido allí.

En la vida es así. Se dice que la vida es preciosa pero yo no encuentro ese elitismo de la existencia. Nadie me parece demasiado importante. Cómo en cierto poema “no soy menos que las plantas o las estrellas” pero el problema es que tampoco soy más. Te puedes morir mañana y como en cierta campaña contra los accidentes de tráfico cien personas te llorarán(es una estadística aproximada, a mi tal vez me lloren mil). Pero esas personas también morirán alguna vez y entonces tu recuerdo se habrá perdido. Puede que escribas un libro interesante y cómo decía John Berger tus enseñanzas lleguen a varias personas que a su vez se lo pasen a otras. Shakespeare murió hace siglos y todavía se le nombra bastante. Pero eso será hasta que desaparezca la humanidad. Y además… ¿De qué le sirve a un muerto que le recuerden? Yo prefiero que piensen más en mí cuando todavía respiro.

No creo que haya nada después de esto. Y esto me parece cada vez menos interesante. Pensando lo que pienso no puedo hablar de optimismo. Pero es normal en los que escribimos. En su libro sobre suicidas célebres, la escritora Alicia Misrahi dice “los escritores tienen entre diez y veinte posibilidades más de sufrir depresiones y trastornos bipolares que otras personas que se dediquen a profesiones distintas”. Parece que a la que abandonas los partidos televisados o la prensa rosa y te pones a pensar un poco sobre el sentido de la vida te vienen ese tipo de pensamientos.

En una mañana como la de hoy me gustaría un vuelo sin motor desde el piso trece hasta el coche de mi vecino. Sería una muerte con sentido. Con sentido vengativo, se entiende. O encerrarme en una habitación como Cesare Pavese y dejar una nota de suicidio como la suya “Perdono a todos y a todos pido perdón. ¿Vale? No cotilleéis demasiado”. Pavese también aseguraba que “los suicidios son homicidios tímidos”. El mío, además, me gustaría educado. Como Séneca me iría a la bañera para no ensuciar demasiado. Las manchas de sangre no se van fácilmente, no hagáis mucho caso de los anuncios televisivos de detergentes. Claro que a Séneca la muerte le costó mucho dolor. Las venas abiertas no sirvieron. Ni el veneno. Sólo los vapores de un baño caliente se lo llevaron de este mundo(era asmático).

Ahora está saliendo el sol y ya no tanto pero hace un rato me podría haber lanzado a una vía del tren para fastidiar la hora de entrada al trabajo de mucha gente y añadir más iniquidad al precario transporte urbano de Barcelona. O buscar un árbol y sin necesidad de traicionar a un mesías, colgarme como Judas. O de convertirme en un bonito puzzle sanguinolento como Hitler en su bunker después de la explosión. Decir como el poeta ruso y tocayo mío Sergei Esenin antes de colgarse de una tubería “en esta vida morir no es nuevo y vivir, por supuesto, tampoco lo es”. O como Virginia Woolf llenarme de piedras los bolsillos y tirarme al río. Los ríos de ahora, muy contaminados, son más eficientes matando.

A veces no ser parece más interesante que ser.

El mundo puede ser más cruel que todas esas muertes. O mucho peor… Terriblemente aburrido.

A veces dan como ganas de ayudar a la muerte.

12 noviembre 2008

Odio


La guerra, una relación pasional entre muchos hombres



Una de las emociones con peor fama. Como la envidia(aunque prácticamente esta es como un subdominio de la otra).

Le odio. Antes le amaba. ¿Qué diferencia hay? La pasión es parecida.

He tenido varias relaciones de odio. Mantuve una durante años con mi vecino. Él siempre me molestaba con sus ruidos laborales sobre mi cabeza y yo siempre deseaba tocarle con mis manos en la cara, o rodearle con mis brazos el cuello (hasta rompérselo). Parecido al amor y casi tan intenso. Dejaba de dormir pensando en él. Deseaba estar con él todo el tiempo para decirle cuatro cosas o en su defecto metérselas por el recto. No podía pensar demasiado en otros que no fueran él. A veces tenía relaciones de odio de una tarde, en el trabajo. Un cliente me tocaba las narices y yo le gritaba y quería pegarle por imbécil pero pronto le olvidaba. Mi vecino ocupaba realmente mi tiempo. Y a mí las relaciones esporádicas no me van. El cliente estaba olvidado al día siguiente. Pero el anti-amor por mi vecino era diferente. Él lo alimentaba con pequeños detalles cada día, con sus amables anti-ramos de rosas cada día. Ruidos de madrugada, gritos a su muy deleznable y demente familia, me ignoraba cuando le pedía explicaciones… A veces pensaba que conseguiría olvidarle pero me era imposible. El tío sabía cómo hacerse odiar. En dos ocasiones me llevó a juicio porque yo le amenacé(de algún modo tenía que llamar su atención y ganarme también su odio). En fin, pensaba que siempre estaríamos juntos y que lo nuestro duraría siempre. A veces me sorprendía mirando su coche con un trapo para el tubo de escape en mi mano o con un martillo delante de su puerta. La industria del automóvil o la de las puertas viven de estas pasiones tan intensas.

Pensaba que él y yo seríamos el uno para el otro siempre. Que nunca dejaríamos de odiarnos. El tipo sabía cómo ganarse mi atención todo el tiempo. Lo nuestro parecía para siempre.

Pero caímos en la rutina. Y además vino una tercera persona. Un compañero de trabajo. Un tipo que mentía para subir de puesto, que intentaba malmeter a todo el mundo contra todo el mundo, que hablaba con los jefes todo el tiempo aunque no siempre ya que su lengua solía estar atrapada en el culo de alguno, que tenía la delicadeza de una rata de alcantarilla de país subdesarrollado y puede que incluso su rostro… En fin, este tipo entró fuerte en mi vida. Y total, mi vecino ya estaba cansado de lo nuestro. Ya no me jodía tanto. Y yo a él tampoco. El día que nos cruzamos por la calle y no quise escupirle ni llamarle hijo de puta ni reírme de su cara de gilipollas supe que lo nuestro había acabado. No sentía nada por él. Yo sólo podía pensar en mi compañero de trabajo.

Todos los años de inventar un futuro de odio con mi vecino se borraron de un plumazo.

Ahora sólo pensaba en la moto de mi compañero, en lo mucho y fuerte que ardería si la rociaba de gasolina, en su frágil cuello entre mis dedos, en el color de su lengua al salir dos palmos de su boca, en el morado azulino de su piel por la ausencia de oxígeno en sus pulmones… ¡El milagro había regresado! Volvía a sentir algo por alguien. Después de todo, mi vecino no era tan especial como yo pensaba.

Yo es que sin pasión no puedo vivir.

10 noviembre 2008

El amigo de mi amiga


El amigo imaginario del niño Calvin era un tigre llamado Hobbes. Una de las mejores tiras cómicas de la historia.


Mi compañera de trabajo me lo suele recriminar a menudo. Soy demasiado racionalista o cartesiano. A todo le busco un motivo más racional que empírico. No creo en nada relacionado con la magia, el esoterismo, la religión, ni siquiera el alma... A veces incluso le busco la ciencia al amor o a cualquier otro sentimiento. Todo tiene una explicación lógica y en nuestro mundo dónde cada efecto sucede por una causa, todo tiene una explicación. La verdad está aquí dentro, en nuestra capacidad de encontrarla. Cuando no podemos explicar algo no es porque sea sobrenatural, es porque nosotros somos unos inútiles que no podemos dar con su explicación.

Mi amiga me enfrentó hace poco a uno de sus “fantasmas”. Quería una explicación para lo que le pasó en su infancia.

Tenía un amigo que se llamaba Lucky. Entre los cinco y los siete años. Lucky era un joven muy simpático. Jugaba con él a todas horas y probablemente le contaba sus inquietudes. El único problema con Lucky era que sólo lo veía ella. Ni siquiera sus padres lo percibían.

A los siete años Lucky se fue con su afortunado nombre a buscar otra amiguita. Desapareció casi por completo. Sólo quedó su rastro en las neuronas de mi amiga que ahora me lo recordaba en el confesionario del comedor de la empresa.

¿Explicación?

Desde que escuché la historia tuve la catalogación psicológica de “amigo imaginario” chapoteando en mi cabeza y haciéndome señales de socorro. Sólo tenía que interrogar al Google para investigar. Y ya sabía que podía empezar por ahí.

No me equivoqué. Lo que descubrí cuadraba tanto con lo explicado por mi compañera que casi parecía voluntario, cómo si hubiese leído los síntomas y luego me hubiese retado a localizarlos (aunque no era así, desde luego).

El amigo imaginario se presenta en niños que tienen algún tipo de carencia afectiva. Cuando no están todavía lo suficientemente sociabilizados o viven en un entorno muy adulto el amigo imaginario cubre sus necesidades. Se permiten hacer lo que en solitario no se atreven con esta creación de sus mentes. Suelen ser niños sensibles e imaginativos que de mayores pueden dedicarse al arte porque tendrán actitudes. El amigo imaginario es algo perfectamente normal y desaparece cuando el niño ya se ha integrado a cierto grupo de niños como él. Muchos padres ni llegan a saber que su hijo ha estado jugando con un hermano apócrifo.

Le dí esta explicación a mi amiga. No la convenció demasiado.

Supongo que el misterio siempre será más atractivo que su explicación.

Tal vez por eso quemaban astrónomos y científicos en la hoguera en otros tiempos.

Los listillos dan mucha rabia.

05 noviembre 2008

¿Me haces un favor?



Una peli que va de eso


Hace poco se me quejaba un amigo de que cierto compañero de trabajo que le daba clases de guitarra como favor, le había pedido algo a cambio que a él no le interesaba o no le venía bien. Algo como hacerle unas horas extra que no le iban bien. Cuando mi amigo se había mostrado reticente a devolver el favor, el compañero se había enfadado con él. ¿Pero debían enfadarse el uno con el otro? ¿Se puede llamar favor a lo que se hace con intención? ¿Tiene precio el altruismo? ¿A cuanto sale que me pases el aspirador por el piso?

Un favor es algo que se hace en beneficio de alguien. El diccionario no deja claro en beneficio de quién pero todos tenemos en mente que un favor es un favor y se ha de hacer sin esperar nada a cambio. Claro, algo en ese contrato verbal y no escrito parece incluir la tácita esperanza de que en un futuro esa persona a la que ahora favoreces no te negará su ayuda. Pero lo tácito y no escrito tiene la misma validez que el aire o en su defecto que nuestro buen ojo a la hora de confiar en alguien. Según ciertos estudios tenemos buen ojo a la hora de confiar en las personas y solemos acertar bastante cuando pedimos o concedemos favores. De todos modos si haces algo sin contrato, no vengas luego con exigencias. Los favores no te dan derecho a hojas de reclamaciones. Si lo hiciste sin que te lo pidieran luego no lo reclames.

El problema es que algo de inevitable hay en eso. Los humanos se unían para afrontar mejor la realidad hostil desde que eran simples recolectores. El intercambio de favores dentro de un grupo lo hacía funcionar mejor. A veces se hacían favores entre diferentes grupos y el provecho era todavía mayor. El altruismo era indiscutiblemente provechoso.

Pero en estos tiempos caóticos el problema viene de recordar a nivel instintivo ciertas conductas pasadas y no saber adaptarlas a nuestro entorno.

Yo le diría a mi amigo que no se enfadase con el tipo que le enseñaba guitarra y hasta que le hiciera esos favores laborales que el otro le pedía. Sobre todo teniendo en cuenta que hay profesores de guitarra que le cobran 150 euros la hora. ¡Qué estafa! Su compañero sólo ha recordado al yo primitivo que ofrecía favores y que sabía que a la larga eso le beneficiaría. ¡Pero si eso lo hace cualquiera! Un millonario que ofrece grandes sumas de dinero a la beneficencia sabe que eso le reportará cierto prestigio en la comunidad en la que vive y futuros beneficios, debe publicitarlo. Según vi en un reciente programa del Punset a eso se le llama altruismo competitivo. Se favorece al prójimo para que en un futuro el prójimo te favorezca a ti. Es como repartir muestras gratis de un producto para que luego te lo compren.

Conozco a otro tipo que hace favores y te ayuda todo el tiempo con el trabajo y te presta cosas para ganarse tu confianza y luego, cuando estás confiado, te da la puñalada. A eso lo llamo yo altruismo hijo de puta.

Nos guste o no nos guste los favores, de un modo atávico, tienen una intención. Se hacen con la secreta intención de que en un futuro se te retribuyan. Hay un cuento sobre un león y una espina muy conocido que habla del tema (no me apetece contarlo ahora, leed a Esopo). La moraleja es que seáis agradecidos con los que os hacen favores. Aunque yo detesto especialmente a los que hacen favores que no has pedido o a los que no hacen más que pedirte favores a ti, también conocidos con el apelativo de gorrones.

Mi salomónico comportamiento es el de dar a quién me da. Por más que la frase me quede homosexual.

Y por cierto, de todos los favores posibles me quedo con los que me puede prestar una mujer.

Por estos me pierdo.

03 noviembre 2008

Un día de cólera


Hay libros que se me caen de las manos. Otros ni siquiera debieron llegar a ser tocados por mis dedos. El desgaste de ojos y pestañas ha sido infructuoso. Me han encolerizado como reza el título de este libro.

Llegó a mis manos en la biblioteca. Lo vi casualmente. Iban a hacer un libro-forum (varios clientes de la biblioteca leen el libro durante un mes y luego lo comentan). Yo nunca me apunto a esas movidas. El pudor y sobre todo el hecho de que yo no elijo lo que se lee me llevan a dejarlo de lado (tal vez gane el pudor pero me da redundante vergüenza admitirlo).

El libro explica los levantamientos del Dos de Mayo en España y contra los franceses. Es un homenaje al pueblo que se levantó en armas (escasas y toscas) contra unos gabachos que aquí, por más que Pérez- Reverte intenta disimularlo en algunas páginas, son malos, muy malos. Los españoles son heroicos, muy heroicos.

Yo detesto el nacionalismo. En Alatriste suelo hacer la vista gorda porque me gusta y porque admito que es la mejor franquicia española que se me ocurre de los últimos tiempos. Pero ya está. Hasta aquí llega mi perdón.

En “Un día de Cólera” vemos episodios aislados de matanza y guerra. Cada página o dos páginas tenemos una anécdota, la aparición de un personaje al que nunca volveremos a ver (sólo repiten los importantes y esto es lo poco que cohesiona algo el conjunto) y ya está. Acumulación de personajes. Si ya es difícil seguir la novela rusa del XIX con todo ese montón de personajes con nombres exóticos y largos no digamos la novela de este escritor con nombres muy de aquí pero que se cuentan por centenares. Si quería hacer una “La Colmena” de Cela, le ha salido mal. En el clásico de Cela no había redundancia. Aquí, pasadas las primeras escenas de bayonetazos, gente sujetando sus intestinos y franceses quedando en ridículo, todo comienza a ser repetición.

¿Quería un homenaje a esta gente? ¿Quería citarlos a todos? Dos segundos después de leer sobre un personaje ya lo he olvidado. Y aún saber sobre un nombre no creo que sirva de mucho. Y de todos modos no le doy más importancia a su muerte que a la de un francés, lo siento. Todos me parecen muertos innecesarios al servicio de intereses inescrutables. Y ya puestos ¿Por qué no sigue homenajeando gente y escribe una novela de dos millones de páginas con los muertos de La Guerra civil? Claro, aquí necesitaría tomar partido por alguien pero siempre serían españoles (buenos y malos). ¿Y sobre los españoles antes de que España fuera España? ¿Esos no merecen homenaje?

Que haga lo que quiera pero este libro no me vale ni el tiempo que le he dedicado.

No pretendo decir que Arturo Pérez-Reverte sea un mal escritor.

Sólo creo que aquí se ha equivocado. Esto se vende como novela pero no lo es.

Sólo es un listado de bajas.

La novela no debería ser burocracia.