21 diciembre 2011

La última que la ví (y III)


Saqué el dedo con la yema avejentada por la humedad de entre los pliegues de su carne más íntima. Nos miramos en silencio. Pero sus ojos nunca están callados, siempre me lo dicen todo. Quería que bajásemos al servicio. Yo le comenté que éramos pocos en la cafetería y que la camarera nos miraba mucho. Que nos interrumpirían si hacíamos algo (aunque si algo nos podía interrumpir sería mi consciencia de que nos pudieran descubrir). El estrés no es afrodisíaco salvo si tienes ese problema cerebral que te impide segregar adrenalina y por eso buscas emociones fuertes, porque por dentro eres un témpano. Pero yo no tengo ese problema. Las emociones fuertes pueden ser más fuertes que yo si nos pasamos demasiado.
  • Voy un momento al servicio- lo dijo en tono neutro, no vi una invitación, especialmente cuando añadió- Ahora subo.
El servicio estaba bajando unas escaleras de caracol. La vi desaparecer por la mitad del semicírculo de peldaños. Y luego llegó una tardanza a la que no me tenía acostumbrado. Normalmente me hace esperar poco. No es que yo la obligue con gruñidos es que ella es así. Aproveché esos minutos de incertidumbre para repasar el entorno. Los rostros de la gente no me decían nada. No sabía si intuían o no intuían lo que significaba yo olisqueándome el dedo. Y luego me aburrí. Por eso me regresó el pensamiento a dos o tres momentos con ella. Uno bueno, ella se presenta con un pastel de chocolate en el trabajo y me dice: “lo he hecho para ti porque sé que te gusta”. Yo le pregunto la razón. Como el hijo de unos amigos míos cuando le ofrecí hace poco un regalo, le digo: “pero si no es mi cumpleaños”. Ella me responde que no es un premio por cumplir años, que es un premio porque me quiere (algo que debo añadir, no merece premios).
Y otro recuerdo más mientras miro el reloj extrañado y empiezo a pensar que una amiga me espera abajo, en unos servicios, desnuda y que yo no voy a bajar: estamos en su casa y llega su tía que por motivos que no vienen al caso no tiene que verme allí. Yo me escondo debajo de la cama y le presto algo de mi calor desnudo al frío suelo. Cuando salgo de debajo de la cama nos reímos y acabamos follando aprovechando que la tía se ha vuelto a ir. De todos modos seguimos teniendo testigos porque descubro que su perrita me está mirando el culo desde hace rato mientras lo hacemos.
Dos recuerdos más o menos agradables entre los muchos desafortunados que pueblan nuestra relación. Pero los recuerdos son pasado por antonomasia. Y el pasado siempre está muerto. Como dice Oliver Sacks y le agradezco esta cita a Angèline que me la regaló el otro día: Doy por supuesto que los recuerdos que tuve, especialmente los que fueron vívidos, concretos y circunstanciales, eran esencialmente válidos y fiables. Y para mí fue traumático descubrir que algunos no lo eran.” Viene a decir que creemos recordar pero nos engañamos con eso. El pasado no fue como lo recordamos. Sólo parecido. Y el presente es que yo no bajo a follar ni a que me echen de la cafetería como a un adolescente que no tiene casa ni relación estable, sólo hormonas. Esos minutos a lo final de “Los puentes de Madison” marcan la pauta del futuro. Si bajo, cambiaré mi vida nuevamente. Y al final no hago nada.
Ella sube y me pregunta si no me ha extrañado que tardase. Yo le confieso que sí, un poco. Y entonces ella, con una sonrisa me dice: “me he estado masturbando pensando en ti”. Cuando oigo estas cosas me dan ganas de mirar hacia atrás y ver si se lo están diciendo a otro. Me siento extraño con esas expresiones de amor, como si no mereciera tanto o no me lo acabase de creer. Es una desconfianza muy molesta y muy poco práctica. Sólo se disfruta de lo que no se piensa. Es como cuando me dijo, tercer recuerdo del día “llevo todavía tu semen dentro de mí” en la parada de aquel autobús y entonces el autobús se movió y el cristal desde dónde la veía agitando su mano se desplazó y la borró y me dejó pensando si de verdad era cierto todo eso. También si era cierto que tomaba la píldora. Pero cierto o no cierto ella tiene su versión y yo la mía. En su blog sigue sin desmentirse sobre las palabras de esta cita  http://amrrame.blogspot.com/
Pero ahora se acaban los recuerdos y de momento no puede ser. Quedamos para otro día y debo decir que al final “desquedamos” por mi culpa y no la volví a ver, fue la última vez que la vi, por algo titulo los posts.
A veces miro el MP3 que me dio para que le grabase canciones y sé que se lo tengo que devolver y que lo haré. Y que entonces llegará la próxima vez que la volveré a ver. Y que espero que todo vaya bien en su vida pero que no será así porque todo nunca va bien en la vida de nadie.
También que ella seguirá hablando de nosotros a pesar de que me dijo que ya no somos nada el uno para el otro.
Tal vez el pasado esté muerto pero es un muerto que afecta mucho al presente.

07 diciembre 2011

La última vez que la ví (II)

Me pregunta si quiere que veamos libros porque recuerda perfectamente mis costumbres. Decido no llevarla de tiendas porque ella no me ha llevado a mí nunca de “sus” tiendas. Hoy no entraremos en ninguna librería.
Pasados unos metros recalamos en un lugar dónde ella pide algo dulce. Su cuerpo necesita tanta energía como gasta que es mucha. De ahí su pasión por el azúcar.
Cuando pedimos y nos sentamos le da un bocado a su Muffin, lo deja sobre la mesa, estira sus manos hacia mí y me dice inesperadamente: “¡Te hubiese podido hacer tan feliz!”
Yo no sé qué decir. Ya dije una vez que la felicidad no nos viene de fuera. Soy el único encargado de mi felicidad. De ahí que no siempre vaya bien.
Le comento que me recuerda a la Amy Winehouse de cuando no conocía las drogas ni los moños. Que tal vez por eso escucho mucho a esta desaparecida cantante. Ella dice que sí, que se lo dicen mucho. Yo le aseguro que incluso las letras de Amy se podrían poner en sus labios. Me dice distraída que ya las escuchará. Pienso que a veces nos gustan ciertos artistas porque nos recuerdan a nuestras parejas. También nos gustan algunas de nuestras  parejas porque nos recuerdan a ciertos artistas. Podemos amar arquetipos.
Cambiamos de local. En medio varios semáforos en rojo nos detienen y recordamos que hace tiempo eran excusas para los besos.
Entramos en una cafetería dónde no nos conozcan mucho. En los viejos tiempos no nos preocupaban los espectadores. No éramos exhibicionistas voluntarios pero siempre regalábamos alguna imagen lúbrica a los que nos rodeaban.
En esta cafetería ella introduce mi mano derecha en su pantalón y coloca encima su bolso. Es como un recordatorio de que le debo algo. Nuestro último encuentro había sido en un cine. Su mano llevándome al orgasmo sin que lo pidiera pero de todos modos le estuve muy agradecido. Es cierto que al menos un clímax sí que le debía pero no pensé que tuviera que pagar esa deuda. Al menos hasta ahora.
La camarera y sus paseos  para traernos el Capuccino o el agua me inquietan. Mi mano sigue allí. El brazo está tenso e incómodo. Mi Amy no me devuelve la mano. Dice que está cachonda. También me dice en una voz más alta de lo esperado “me da igual que digan que soy una puta pero quiero que me folles”. No sé por qué dice lo de puta. Nunca la llamaría así. Nunca llamaría así a ninguna mujer. Al menos a las que no me cobrasen.
- Mira, tenemos que quedar. O podemos bajar a los servicios. Estoy muy… Bueno, ya te lo he dicho pero es que nunca me he sentido así con nadie. He tenido algunos orgasmos pero no era lo mismo. Nunca me he sentido tan a gusto con nadie. Tan “yo misma”. Contigo me siento así. Puedo ser como soy realmente.
Por un lado me alegra. Soy un hombre cómodo y confortable.
Y doy demasiadas confianzas, por lo que parece.
Mi dedo corazón derecho sigue en remojo.