29 septiembre 2012

Primeras notas de un verano negro


A veces no puedes saber con certeza cuando será la última vez que haces algo. La vida interna de una pareja está llena de disputas por faltas leves, graves o muy graves. El tamaño de cada falta acelera el fin de la unión. La acumulación de las leves también conduce hacia un final pero más agónico, más largo. Y luego está la cantidad de peso que carga el que lleva la mochila de la responsabilidad de ambos. Siempre hay uno-a de los dos que que aguanta al otro-a y un otro que se hace más y más pesado cuanto más lo cargan. Pero lo peor es la resaca del enamoramiento. Cuando pasa, queda la realidad.
Los últimos aniversarios nos pillaron con poco que celebrar. Yo tenía la flecha de la culpabilidad apuntando hacía mí todo el tiempo pero ella... bueno, ella estaba especialmente sensible a lo que siempre he sido. Últimamente le molestaba más mi Yo que antes. Cuando mi Yo siempre ha sido el mismo. Me preguntaba dónde estaba el Sergio que conoció. Supongo que dónde sólo existió, en su imaginación. Y luego está ese lenguaje que hablamos los hombres y ese otro que hablan las mujeres. A veces parece que nos entendemos pero es la ilusión de los primeros fuegos artificiales. Luego, después de haber estado exiliado un tiempo en ese mundo femenino como el que se va a otro país, a Alemania por ejemplo, me sentía integrado pero extraño a la vez y salía más con mis amigos masculinos(amigos en el exilio para hablar con alguien en mi lengua materna, esa en la que hablamos los hombres). No nos quejamos ya de la patria de acogida, nuestras respectivas mujeres, pero es cierto que nos entendemos mejor entre copas. Claro que si nos viéramos todos los días...
Sea como sea todo tiene un final. Y más que nunca lo he sopesado. Hacía tiempo que vivíamos como hermanos y ya me iba bien. A ella no, claro, ella es de verdad supongo. Pero yo me notaba cansado. Tenía que detectar si de ella o si de mí. Yo digo que la culpa la tiene el tiempo.
Aquella semana estábamos frente al mar y yo miraba la carátula del DVD sobre cierta película infantil que ya comenté en este blog y que acababa de comprar. La leía por no leer sus gestos cuando me dijo "He estado una semana fuera, con mi hermano, ¿me has echado de menos? Yo a ti no". No sé si era una prueba pero yo esos tests siempre los paso a la mala: "No, la verdad es que he estado muy feliz y libre y me he sentido inmensamente contento de estar solo y sin que nadie me molestase, ojalá te fueras más veces". Luego se hizo el silencio y no hablamos ni frente al mar, ni al salir de la ciudad, ni durante el metro de regreso, ni en casa dónde tomamos los caminos separados habituales: ella el del comedor y su televisión, yo el de mi habitación y el ordenador. Y así fue unos días. Luego me dirigió la palabra, se la devolví y todo siguió como si nada.
Y al cabo de un mes la disputa fue por alguna tontería, por algo nimio, pero yo desaparecí. Aproveché la ausencia de mis padres de su piso para instalarme allí en un colchón en el suelo, como Assange en su embajada(cerca del suelo hace menos calor), acogido por la gran casa familiar pero sin nadie que hiciera preguntas.
Y el tiempo del que tanto hablo separándonos más que ese kilómetro que puse yo en medio.
Es malo no decirle la verdad a la gente pero peor es mentirse uno mismo. Pensar que me molestó su comentario frente al mar y obviar que a lo mejor (y es lo más probable) es que no me atrevía ni a decirme en voz baja que se me agotó el amor y que no sé de dónde, pero me viene culpa y tristeza y la incapacidad de decirle nada. Cientos de palabras sobre el papel o la pantalla que no verbalizo cuando tenemos que hablar como adultos.
Es triste pero esta puede ser la última discusión. Es triste que no sé ella, pero yo es que ya no sé que hacer con lo nuestro. Prometo que me he contado un montón de mentiras para seguir pero al final parece que no sé engañarme. Lo peor es mirar hacia el futuro y no saber qué hacer con él.

23 septiembre 2012

El apocalipsis también puede ser un asunto privado

Las galaxias se están alejando unas de otras a velocidades enormes y para siempre. Esto lo pienso cuando miro el horóscopo. No se pueden hacer predicciones si ninguna estrella está dónde la dejaste la última vez y además la que vemos es la que fue hace uno, dos o trece mil millones de años.
En la tierra tengo divisiones más cercanas. En mi país llevo una semana de políticos que luchan entre seguir siendo dos en uno o uno para cada lado. Secesión. Ni las galaxias se rompen sin que haya choques de estrellas ni los países se rompen sin que la división no genere otro tipo de conflictos.
Y las parejas se rompen también y en la distancia que va de la primera discusión hasta el último acto, el del divorcio o la mera separación de bienes hay también mucho gasto de economía, humor, se consumen en una larga agonía de reproches y durante un tiempo quedan dos sombras de humanos dónde antes estaban Romeo y Julieta
Las moléculas del cruasán en mi estómago generan energía al separarse y desechos, se disgregan a la suya y la bollería se disipa en los gástrico.
El átomo de uranio al ser bombardeado en su núcleo da mucha energía pero se desarma. La energía se va y el átomo se divide, ya nunca será otra vez un atomito de uranio.
En el universo todo tiende al desorden. Es mejor no comentárselo a los niños cuando juegan pero el desorden es el estado natural de la realidad. Los científicos lo llaman entropía porque queda más... eso, científico.
Todo se parte y nosotros estamos en medio luchando contra la entropía, barriendo calles, educando niños o practicando sanos ejercicios sexuales sobre una cama o el capó de un coche pero todo ese aporte de coherencia y organización al que aspiramos se irá algún día por el desagüe, todo es perecedero. El universo conspira para que todo esté separado. Nosotros buscamos pegamento porque si no hacemos nada sería muy aburrido. Woody Allen tiene razón cuando dice que hace películas porque si no estaría en casa pensando precisamente en lo que he dicho al principio sobre las galaxias y se deprimiría. Mi querido Houellebecq dijo el otro día que la militancia es para la gente feliz. Cierto. Si crees en algo, ya sea una religión o un país ya tienes en qué distraerte. El resto es un desasosiego con el que no siempre me puedo enfrentar.
Así que cuando entra un viejo gruñón y con prisa de viejo en la panadería donde tomo café y leo el periódico, llamo a la panadera a la que conozco y me deja confiada al cargo del local. El viejo va a decir algo negativo porque se lo veo en los ojillos de odio solitario contra el mundo y porque ese tío cada día viene más cabreado y la lía más. Yo ese día me levanto , me acerco y le digo: "como vuelvas a gritar de buena mañana(es muy pronto) y me vuelvas a molestar con tus quejas de viejo de mierda te juro que saco la navaja que llevo en el bolsillo y te corto el cuello". Estamos solos él y yo y yo no levanto la voz pero lo miro como sólo yo sé, le hago entender que no hay duda de que lo haré(y sí que la hay porque no pienso llegar al extremo de hacerle nada a ese desgraciado que podría ser yo mismo en unas décadas o antes pero si cuela, cuela). Tengo suerte y se lo cree. La panadera sale sofocada de los hornos, me agradece con una mirada que la llame al mostrador y le atiende y yo me quedo al lado del viejo mirándole y tocándome en el bolsillo en el que sólo llevo la cartera. Ese día estoy muy cabreado pero no le haré nada, sólo dejo que las feromonas del odio actúen y hagan su trabajo y asustar hinchando pecho pero sin actuar.
Absolutamente ninguna batalla se dirige hacia ningún lugar. Y estas tan pequeñas menos. En la última perderemos y los gusanos nos seguirán dividiendo. De todos modos me mojo y tomo partido hoy por la panadera. ¿Por qué? Precisamente porque nada importa y tengo una absoluta crisis existencialista así que me invento batallas que me importen. Aunque importen durante dos minutos.
Qué suerte los que tienen fe en un futuro mejor y que cuando cumplan sus deseos no se van a cansar en dos días de haberlos logrado. O los que ven algo más que un trapo en una bandera o un destino generado por dioses del amor en un rollo casual de verano.
Yo, a tragar con mi entropía, a malvivir con mis desórdenes a varias bandas.

15 septiembre 2012

Lo que diga de ti...

Salía del piso de mis padres. Me encontré con C.. No nos veíamos desde la noche en que conocí a Imbécil(Imbécil, parece ser, tenía un nombre pero lo he vuelto a olvidar,lo siento, hasta que lo recuerde seguirá siendo Imbécil). C. estaba junto a su coche o el de Imbécil y charlábamos afablemente. Ella también estaba. Daba vueltas como un satélite alrededor del vehículo ocupada en su rotación, afanosa... ¿Nerviosa?
Terminé de de hablar con C. y apretón de manos, tenemos que quedar y adiós. No hubo intercambio de impresiones ni saludo cordial entre Imbécil, a la que apenas vislumbré, y yo.
Barajé varias opciones:

a- Imbécil era otra chica a la que confundí con ella pero me consta que C. sale con Imbécil, me lo dijo su primo J.

b- Imbécil estaba incómoda por nuestro último encuentro.

c- Imbécil ha leído mi post anterior o sabe de él de un modo indirecto y me odia con razón.

Sólo me preocupaba la c..
Escribo como el que piensa en voz alta, no para que me lean o escuchen los objetos de mis ataques, sólo para aliviar tensiones. A Imbécil ya le dije lo que pensaba de ella de un modo más leve. El insulto suele ser para mí algo privado, para descargarme sobre la pantalla o el papel, no para apalear a alguien salvo en caso de extrema necesidad(mis vecinos son un ejemplo de esto último). El insulto es bueno si te libera pero no si hunde a nadie. Sé que este concepto mío es raro pero si hay dudas siguen abiertos los comentarios.
Me pasó con una chica con la que tuve algo más íntimo y a la que ni siquiera insulté pero me pilló en flagrante delito bloguero y se enfadó(lo expliqué por aquí hace años).
Y P. recibía halagos pero algunos, leídos o malinterpretados no le gustaban o eran más de lo que necesitaba ver publicado.
Leer sobre ti es como escuchar detrás de una puerta a dos personas que te mencionan. Yo preferiría no hacerlo porque seguro que no escucharé todo lo que me guste escuchar.
En mi cine, un tocayo mío entusiasta de mi blog, leyó varios posts seguidos hasta que llegó a uno dónde atacaba cruelmente a un tal Sergio que trabajaba conmigo pero no era él(era un tipo que duró dos semanas allí). Sergio reconoció pronto que no hablaba de él pero antes de eso, mientras lo pensó, me confesó que había sentido “que se le volcaba el corazón”. Y pude entenderle. Es duro soportar descalificaciones a tus espaldas. Debe ser como el rey que descubre que confabulan contra él para asesinarlo incluso sus familiares y amigos. Así que escribo semiescondido y con antifaz pero no puedo controlar todos los modos de que lo escrito no llegue a quién no quiero que llegue. Siempre ha pasado y volverá a pasar. Lo que haces te acaba acusando más tarde o más temprano. ¿Debo entonces dejar de contar “mis” verdades por aquí o por allí?
Ah, no, la cabra tira al monte y si está medio loca se suele arrojar desde la cumbre.