08 enero 2014

Despedida

 


"Henry quedó a solas en el pequeño vestíbulo, pensando que ni con la edad adulta se nos pasa, que seguimos creyendo, como niños, que la muerte es una especie de truco, que no es enteramente la muerte, que los muertos están y no están en sus cajas, que pueden esconderse detrás de la puerta y aparecérsenos de un salto gritando: "¡Has picado!" o que pueden seguirnos por las calles"
La contravida. Philip Roth 



Por lo que he leído en otros blogs la experiencia no es única. Recibí el mensaje como se empiezan a recibir ahora estos mensajes, por whatshapp. Acepto sin problemas el nuevo soporte. No así lo que se me decía. F, un amigo de infancia, de los de toda la vida y de los que has visto frecuentemente salvo ocasionales temporadas(pero a los que luego has vuelto a ver y saludado como si no hubiera pasado ni un segundo en el intermedio), un amigo de los que no puedes pasar por la calle y saludar y a otra cosa como si nada sino que tienes que pararte un buen rato a charlar con él, darle la mano, un abrazo(era muy de contacto físico pero en este caso no molestaba porque había confianza) inevitables bromas blancas sin ánimo ni posibilidad de ofender... Un amigo con mayúsculas en definitiva... había muerto. Era el uno de Enero y yo estaba aburrido viendo la vida pasar en el trabajo, picoteando aburrido un libro y dando vueltas en mi jaula soñando con festivos o con empezar a cambiar nuevamente mis planes para el año.
Como ya habíamos teorizado sobre el tema y J. me había dicho meses atrás que esto iba a pasar me pareció una de sus bromas. No podía creer que la realidad imitase esas bromas. Pero si hay algo que imita es el humor negro. Acostumbrado a perder gente lejana o familiares con los que no había establecido muchos lazos(y a mí la sangre no me basta, tiene que haber algo más que eso y se forja de manera espontánea no premeditada) nunca había sabido muy bien de la parca. La conocía como abstracción ajena a mí. Sólo eran mortales los demás y ajenos. Mi gente más cercana y yo éramos inmortales. Pero este F. es mi bienvenida y batacazo contra el mundo real. Alguien de mi generación y sin perspectivas de desaparecer tan pronto... Así que me costó un rapapolvo de J. y una llamada a mi hermana antes de entender que F., efectivamente, ya no me pararía por la calle con un "¿es que ya no saludas?" y una palmada en la espalda.
Durante los últimos meses se había apartado de nosotros. De todos sus amigos. Se había retirado a su piso y había hecho algunos últimos intentos de buscar pareja o una ilusión. Cuando le creíamos inmortal (me permito admitir con la culpabilidad correspondiente que conlleva recordar a un muerto cercano) bromeábamos con lo que le ocurrió en Canarias. Como conté aquí mismo hace meses se fue ilusionado buscando una mujer y vino con excusas y explicaciones fugaces y probablemente con una ilusión rota. Años de paro forzoso desde que salió de su empresa, un piso por pagar, unos amigos que se iban colocando o no o que iban encontrando su pareja, su eterna vergüenza por sólo él sabe qué y ese poco amor a sí mismo... Nunca insinuó que quisiera desaparecer. El suicida real y con posibilidades suele ser reservado. Los que avisan son suicidas de fogueo, Emos, gente que quiere llamar la atención. El que ya tiene la muerte instalada en su cerebro procura no avisar no se la vayan a estropear. No es cierto que la depresión sea la ausencia de ilusiones. Existe la ilusión de morirte.
Pero me cuesta aceptar y casar la imagen afable y noble de F. con lo que he sabido después. Esas catorce puñaladas que se autoinfligió en Julio. Ese miedo a que la gente supiera que había hecho eso y su desaparición del barrio para no tener que responder ante los amigos(pero no sabíamos nada).
Ese espantoso final. La policía descubrió que había visitado una página de Internet para saber de los efectos del anticongelante en la sangre. Cómo dejó el agua del perro drogada para que se durmiera y no le molestase, cómo debió durar la agonía mientras los órganos iban dejando de funcionar de uno en uno, la sangre en la bañera que descubrió su hermana al llegar, el perro desesperado que llevó a la misma hermana hasta el cadáver en la cama de su amo... Una historia de horror auténtica. Yo no la conocía y apenas dormí la primera noche mientras sentía que una bola de acero subía y bajaba de mi estómago hasta la garganta(debí tener alguna crisis de ansiedad, en cualquier caso algo relacionado con los nervios). Pero la pena llegaría después. Primero estás entero y simplemente vives de la incredulidad. Luego le ves en las fotografías abrazado a ti o recordándote anécdotas más o menos divertidas con él y te llega el verdadero dolor, este va apareciendo cuando ya se han cumplido los trámites y él ya ha demostrado que no regresará. Y aún así es difícil creer en ese absoluto tan real. Creo que no aceptamos bien el nunca más.
Si en algo coincidimos el grupo de amigos es que nos quedamos en el recuerdo sólo lo bueno con él. Yo sin querer no recuerdo la última vez que le vi algo desilusionado por su aventura en Canarias. Le recuerdo en la penúltima. Una mañana de sol dónde le acompañamos a comprar ropa, perfumes y luego tomamos algo en el bar. Cierro los ojos y le veo cogiéndonos a J. y a mí del cuello y sacudiéndonos fuerte mientras le grita a la chica oriental que atiende en el bar: "¡Pago una ronda de lo que quieran! Estos son mis amigos.... ¡Mis amigos!"