26 enero 2015

La chica de la mirada triste

Conocimos casualmente a E. la de Jaén. En persona. Después de aquellos dos posts míos en los que era personaje de oídas y escritas ahora se hacía carne por casualidad.
L., mi compañera y yo llamamos a mi amigo un Sábado por la mañana. L. le estaba llevando un asunto con Hacienda a mi amigo. La fecha límite para enviar un recurso contra sus malas e injustas resoluciones fiscales era ese Sábado. Y al mediodía cerraban correos. Por eso era urgente que mi amigo T. viniera. Y lo hizo aunque con algo de retraso.
L. se miraba el reloj preocupada porque hace suyos los problemas ajenos. Yo sabía que esa tardanza respondía a una matemática íntima. T.+ la llegada de E. desde Jaén= retraso para cualquier otra cosa que no fuera el sexo.
Pero aparecieron. Entramos L., mi amigo y yo en correos y E. se quedó fuera con la excusa de que la estaban llamando. Yo deduje que era la timidez la que la sacó del grupo. Pero antes T. nos la presentó brevemente, claro.
Apenas me dio tiempo a verla. La primera impresión no llegó a impresión.
Dicen que bastan cuatro minutos para que sepamos si alguien nos cae mal o bien. Yo con E. pido tiempo extra.
Alta y delgada me parecía más pequeña que su talla. La timidez acobarda y disminuye. Apenas nos aguantaba la mirada y aunque correcta se la veía seria (otra desventaja del tímido es que no resulta simpático). Tal vez estaba preocupada por el exceso de ojos a los que estaba expuesta cuando ella solo quería continuar la noche de pasión con T.. Demasiado pronto para socializar con sus amigos quizás. En fin, todo eso son teorías mías.
Ni siquiera percibí su mirada Bowie (tiene un ojo de cada color) pero sí que era lo más bonito de su rostro.
Enviamos el recurso a las justas, fuimos los últimos clientes de la semana. Luego nos despedimos. Yo alegué prisa por ir a comer para que los tortolitos siguieran con lo suyo.
Ya nos veremos otra vez ¿No?” le dije a ella entre beso y beso en las mejillas.
Eso espero”, me dijo ella mientras su mirada bicolor se le iba interrogadora al despistado T.. Luego ellos se fueron a lo suyo y nosotros a lo nuestro.
Después de aquel fin de semana ella ha comenzado a ahorrar dinero para regresar otra vez a Barcelona. En realidad para regresar a mi amigo, la ciudad es secundaria.
Cada día le envía por whatsapp sus problemas a T. Y sus proyectos.
La sugerencia es venir hasta aquí y buscarse un piso. Con sus dos hijos. El mayor de doce y la pequeña de no sé, apenas dos semanas atrás se hizo mujer. Le queda a mi amigo decidir si caminan hacia algo más serio y acepta el pack o la cosa no pasa de ahí. No es una decisión fácil. Es pasar de soltero y sin hijos a todo lo contrario en cuestión de un par de meses. Todo cambio de situación exige su precio en problemas.

Pero todo lo anterior es irrelevante y depende de una única cuestión. ¿Hasta qué punto le importa ella a él?  

07 enero 2015

Molestando a Depeche Mode

Hace muchos años casi derribé a Dave Gahan del escenario. Lo he contado muchas veces a mis amigos. Actualmente más que un recuerdo, parece la historia de otro.
Me había pasado diez horas esperando al sol que tocaran Depeche Mode en el Palau Sant Jordi de Barcelona. Me sentía como aquel militar inglés interpretado por Bowie en “Feliz Navidad Mr. Lawrence”, enterrado hasta el cuello para morir de hambre, sed y luz solar (de hambre lo dudo porque antes de eso ya la sed te acaba antes). Puedo estar exagerando pero diez horas a la intemperie y con ropa negra eran un infierno merecido. La estética oscura lucía mejor en los video clips del grupo que sobre mi cuerpo sudoroso.
Estaba sentado en el suelo junto a una francesa. Supe que lo era cuando me lo dijo, no sé identificar franceses a simple vista ni en general ninguna nacionalidad.
Entonces ella me preguntó algo y yo le respondí. Como si mi tono afable le hubiese dado un secreto pistoletazo de salida o hubiese roto el hielo que con ese sol no podía existir, comenzó a hablar sin parar. Las frases le salieron a borbotones. Subtitulada por ella misma al castellano para que la entendiera. Nuestra media hora de tímido silencio casi la había matado, era de las que necesitaban hablar como otros respirar. Llevaba años en Madrid y se manejaba con la lengua muy bien. Había venido a Barcelona después de ver al grupo en el centro porque quería repetir. Con esa lógica, pensé, pronto acabaría en Estocolmo o Sudamérica y hasta en Marte si Depeche tocasen allí.
No recuerdo mucho más de ella salvo que compartimos aquel sol asesino y ella su agua conmigo.
Por la tarde abrieron las puertas del Palau y todos entramos al estilo elefante, aplastando. Éramos en realidad dos tipos de bestias. Los que pisaban a los caídos y los que saltaban sobre ellos en plan toro de San Fermín. Yo era toro.
Conseguí una honrosa segunda fila contra las vallas. A veces me pregunto quién era el idiota aquel que se pasaba todas esas horas para ver ídolos y no me reconozco. Me gustaba estar allí. Sólo me preocupaba que saliese el grupo, el principio del concierto. La primera canción era mortal. Toneladas de huesos y carne admiradoras aplastándote contra las vallas o la gente que tuvieras delante o sus culos (no siempre femeninos).
Antes del concierto, sin embargo, aún quedaban un par de horas sueltas. La francesa encontró unos compatriotas y me dijo “au revoir”.  Se acabó la charla.
Afortunadamente tenía delante una chica que había venido de Asturias en autocar con su hermana. Pasamos todo ese tiempo de charla. Y todavía fue mejor porque esta me dejaba hablar un poco. Nos caímos tan bien que incluso Depeche Mode pasó de ser el tema estrella y nos comenzamos a intercambiar un poco la biografía. Por aquella época yo apenas era mayor de edad y ella era directamente ilegal. Pero un par de años de diferencia le parecían a ella el colmo de la madurez.
Su hermana permanecía callada y apoyada contra la valla. Ligeramente molesta a juzgar por su expresión. Intentamos integrarla en la conversación pero sus monosílabos “sí” o “no” daban poco juego. La callada era la mayor pero por la personalidad parecía la hermana pequeña. O autista. Y claro, la hermanita que hablaba conmigo decidió que tenía hermana para el resto de la vida así que se centró en mí. O eso, o ambas habían discutido.
Esa noche me las prometía muy felices. Y empezó el concierto. También empezaron a caer las desmayadas (la deshidratación por el calor más la alegría por ver a tus ídolos producen muchas bajas en los primeros compases de cualquier evento así).
La hermana mayor cayó en la segunda canción. Creo que de un modo subconsciente nos quería arruinar la noche.
La última imagen que tengo de la chica asturiana es su encogimiento de hombros y su cara de pena. Luego, los servicios de emergencia me las borraron de la vista y de la vida. Pero no de los recuerdos.
Y entonces fue cuando conseguí el primer puesto junto a las vallas. Y toqué la bota del cantante Dave Gahan. Le hice tropezar un poco, casi perder el equilibrio. Luego él se echó hacia atrás. Tal vez lo hice por admiración.
O quizás solo estuviera enfadado por algo.