18 julio 2016

Encuentro




Mientras bebo de mi refresco tengo la primera punzada de arrepentimiento. No debí decir que sí. Tomar algo. Pero estuve muy expuesto en aquella esquina. Como no soy tan paranoico doblo esquinas sin pensar en lo que hay al volverlas. Y allí estaba él, una vez más. 
Cuando está en el barrio se nota. Acaba cruzándose contigo en algún lugar del camino. Es inevitable como las cucarachas en verano. 

- ¿Qué pasa, gilipollas? 

- ¿Qué tal, retrasado de los cojones? - le respondo para ponerme al alto nivel de diálogo que me trae. 

- Ja,ja, cómo eres- me da la mano o la agita más bien, eso se le da bien como se verá. 

Me pregunta si le puedo acompañar al supermercado. Luego me invita a algo. Que así nos ponemos al día con nuestras vidas. No me parece algo de primera necesidad lo de explicarnos la biografía pero me cogió en los últimos días de Rodriguez hace un par de semanas. El ocio es un cheque en blanco para hacer cualquier estupidez que se te pase por la cabeza. Es por eso que ahora estábamos en una terraza. Protegidos por una sombrilla pero por poco tiempo. El sol se reacomodaba y nos gastaba la broma de movernos la sombra de lugar. Yo tenía que cambiar todo el tiempo la silla para que mi piel, nivel vampiro de tolerancia al sol, no se deshiciera. 
Él le pegaba al Red Bull, yo a un refresco light. De pronto sacó una lata de anchoas del bolsillo:

- Para eso hemos ido al super. Me encantan las anchoas. ¿A ti no?

- Pues no te he visto comprarlas. De hecho creo que salimos sin hacer ninguna compra. Pensé que no habías encontrado lo que querías. 

- Ja,ja, me las he llevado escondidas, hombre, las anchoas son caras. 

Genial. Me imagino la vergüenza si nos hubiesen pillado. El mal rato. Me empiezo a mosquear. 

- La próxima vez que vayas a robar al supermercado podrías llamar a tu padre. A mí llámame raro pero prefiero comprar las cosas si puedo y si no, me jodo. 

-Ja,ja cómo eres. Pero si no te has dado cuenta ni tú. Tómate una, hombre. 

No, no quiero ninguna. No tengo apetito bajo los efectos del calor y la mala leche. Pero él sigue con lo suyo. Le hacen gracia mis cabreos. Soy su payaso serio preferido. 
Me ofrece un resumen vertiginoso de su vida. Habla con el mismo pudor que muestra en el super, ninguno:

- Me dejó la novia, ya te lo dije desde el coche- ver pasados episodios- Decía que se había cansado de mí. Luego yo me lié con otra y lo dejamos. Volví con la primera pero me dijo que estaba más gordo y ya no la atraía sexualmente así que me dejó otra vez.   

Es difícil responder a historias tan surrealistas así que no digo nada. Aún me queda refresco. Él sigue. Lleva las alas que le presta su bebida alta en excitantes:

- Pues ya ves, tío. Ahora estoy todo el día dale que te pego. Como siempre. Yo es que siempre he sido muy pajero. Me la casco a todas horas. 

Estoy por recomendarle aquel huevo masturbador del otro egregio onanista que salió por el blog pero el tema empieza a preocuparme. Le he dado la mano. Conozco sus hábitos higiénicos que consisten en no tenerlos. 

- Ahora con el veranito lo que apetece es playa. Conozco una nudista dónde se ven unas tías... Podríamos ir a ligar allí. 

- No lo creo. No es bueno que se te vean tanto las intenciones y allí es difícil. 

- Ja,ja cómo eres. Te lo pasarás bien. 

- Lo dudo- "ni siquiera me lo estoy pasando bien ahora y estoy vestido", pienso. Los dos paseando desnudos por una playa sólo ligaríamos con otros hombres y yo tampoco he manifestado ninguna intención romántica, no sé por qué este hombre me incluye en sus fantasías veraniegas. Y yo que pensaba que había perdido mi vieja capacidad de atraer gente extraña.  

Nos acabamos despidiendo. Pasará mucho tiempo antes de que vuelva a pasar por esa esquina. 
Justo antes de irse, parece recordar algo:

- ¿Sigues con la misma?

-Sí...

- ¿Y que haces para durar tanto? Porque macho... A mí no me duran nada. 

- No sé, casualidad, a veces son cosas que no están en nuestra mano. Tal vez no has tenido suerte. 

- En la mano te digo yo lo que tengo siempre, ja,ja

Me largo con esa nueva imagen en la mente. Es raro que un hombre con tanto ingenio no tenga novia. Un poeta como él. Que le obliguen a tener tanto entre manos y lo traten como si no tuviera nada en la cabeza.   

03 julio 2016

Adicción



Y te miré, y luego miré el reloj y volví a hacer un cálculo mental, unas veces seis minutos, otras tres, muchas veces cuatro y alguna que otra excepcionalmente siete pero eso poco, excepción es que es poco. En cualquier caso, cogías tu móvil con frecuencias que ofrecían una media de cinco minutos de descanso entre bocanada y bocanada de whatshaps o red social. Sonaba el cacharro, más bien vibraba y zumbaba como una abeja sobre la mesa, seguía un “disculpa” que casi no incluía ni una mirada hacia tu interlocutor, luego tu ceño concentrado sobre la pantalla del móvil desentrañando los secretos del mensaje recibido como el que abre un regalito de cumpleaños, finalmente un tecleo furioso que me daba la envidia sana de cuando era adolescente y en aquella academia de mecanografía todos-as tenían más pulsaciones que yo y los dedos más despiertos. Luego tú y yo retomábamos la conversación como el que retoma su película o su serie o su salsa rosa acribillado de la publicidad que le ha interrumpido y ahora no sabe muy bien en qué estaba, hay unos segundos de duda muy parecidos a despertarse y recuperar el yo que anoche se fue a dormir, un aturdimiento, las interrupciones atontan, hay que volver a colocarse en el lugar del que te desplazaron. Y entonces yo pensé que para eso mejor haberme quedado en casa que yo poco me aburro. Porque no sabía ni entendía la importancia de los mensajes que recibías. Mensajes que no se podían aparcar en un lado de tu teléfono más inteligente que tú ni durante una hora. ¿Qué podía haber tan importante que te tenía de guardia todo el día sin descanso ni contemplación del paisaje ni charla tranquila libre de zumbidos y ruido y furia digital? Era algo que te hacía interrumpir incluso un sorbo de café con leche a la mitad, relamerte el labio, otras veces apretarlo como si te hubieras puesto pintalabios pero con tanta crispación que al final se fruncían y parecías una criatura enfurruñada. Debías tener complejo de Superman. Pensabas que alguien estaría en peligro de muerte en algún lugar y si no atendías su mensaje escrito (ni siquiera su llamada, era una persona en peligro que escribía en lugar de hablar), moriría sin remisión dejándote un hipotético dedo culpable señalándote. Una persona que tal vez solo te tenía a ti en su agenda de contactos o sólo le quedaba batería para un mensaje y que había pensado en ti antes del apagón celular o era alguien que iba a ganar cien millones de dólares en un gran concurso y tú podías ser su comodín del público pero sólo se podía comunicar contigo mediante mensajes. Alguien al que de no responder en menos de un cuarto de hora abandonaría su amistad contigo, cesaría su relación de pareja, borraría vuestra consanguinidad. Y mientras tecleabas el último mensaje de nuestra sesión y a mí solo me quedaban los posos del segundo café y a ti el café con leche tibio, pensé que tenía ganas de romperte el móvil en la cabeza porque hablar solo es de locos pero con alguien que no te escucha es de idiotas. Pero tu regresabas ya al café cada vez más frío y a mí, cada vez más caliente y a punto de gritar y de empezar con un “vete a la mierda” o “que te den por el culo” o cualquiera de las posibilidades del manual del grosero indignado que luego, cuando pasase un rato y me quedase solo me harían sentir mal, me dejarían mal cuerpo, ya repensadas me producirían arrepentimiento y hasta me harían maldecir los impulsos de la testosterona que siempre me la lía o hace que la líe. Así que me entretuve con los vaivenes de la clientela y de cazar conversaciones al vuelo de las que a veces sacaba algo para algún personaje de ficción que alguna vez escribiré y no querré que suene a novela sino a verdad. Luego llegó el adiós sin haber justificado el “hola” y el “qué tarde se nos ha hecho”  o el “tenemos que vernos más, hay que repetir, no podemos dejar tanto tiempo sin vernos” y el “qué bueno habernos visto ¿no?”y yo respondiendo “sí, mucho, ha estado bien”, con premio de Oscar a la mejor sonrisa falsa y contento de que no hubiera wifi de cerebro a cerebro. Pero alargando un poco el adiós porque acababa de vibrar otra vez el móvil, ceño, tecleo furioso.

Y luego, ya solo, con cara de tonto. Merecida. Sin derecho a réplica.