10 marzo 2006

Los éxtasis de San Hacedor de Blasfemias

No hace mucho me distrajo algo la película que pasaron por televisión “El señor Ibrahim y las flores del Corán”. En la Francia de los años sesenta un joven judío sin amigos y semihuérfano(el padre que lo cuida lo descuida mucho) se hace amigo de un señor mayor de religión musulmana que le atiende en la tienda de comestibles a la que suele acudir. La diferencia de religiones no es obstáculo para que se hagan amigos. Pero claro, esto es más sencillo cuando uno de los dos, el judio en este caso, no sigue demasiado a rajatabla la suya. O dicho de otro modo, la religión no es obstáculo cuando la religión te importa una mierda. Con perdón de los bien hablados que no de los religiosos que me importan la misma ídem que yo les importo a ellos.

Pero lo que me interesó de la película es algo que ya cautivaba mi interés en la realidad. Y es que en un viajecito que se dan el joven y el viejo por la tierra del mayor, descubrimos que el musulmán es en realidad sufí. El sufismo tiene su origen en la realidad musulmana y en el Corán pero se divide en muchas variantes y yo pienso hacer caso a muchos de sus seguidores en eso tan bonito de que “el sufismo no se puede expresar con palabras”. Bueno, algo sí que se puede. Según una parte de sus seguidores, el sufista pretende purificar el corazón para llegar hasta Dios. Digan lo que digan, me recuerda al resto de promociones que ofrecen las religiones: tienes que trascender tu miserable estado actual, tío, porque hasta la fecha eres poco más que un gusano.

En la película conocemos más cotilleos sobre los sufistas y vemos una escena con los fascinantes derviches mareándose en el ejercicio de dar vueltas y vueltas sobre sí mismos(por eso los musulmanes no necesitan alcohol para llegar a la ebriedad).

El maduro señor Ibrahim le explica al joven judío que estos derviches dan vueltas sobre sí mismos con la sana intención de encontrarse en ese movimiento alienante con Dios. Intentan hacerse los encontradizos con esa entidad más alta que ellos y una vez más… trascender.

¡Que manía con ser más de lo que somos!

Puccini decía que la música era el único modo en el que podía entender la inmortalidad y con la que podía acercarse a Dios.

En las iglesias el órgano con su música está para acercarte esa ilusión de espiritualidad, por supuesto.

Cortázar en su cuento sobre cierto músico importante del jazz le hace decir que cuando toca siente como si le diera una patada a las puertas del cielo, que el sexo, la comida y todos los placeres terrenales parecen poca cosa y que debe haber algo más. Y ese algo más está relacionado con el espíritu y en su caso con la música.

Arthur C. Clarke en “El fin de la infancia” nos hace evolucionar de la carne al espíritu.

La religión católica, más prosaica, sólo cree en la resurrección de la carne al siniestro estilo del director de cine George A. Romero. Dicen que salvaremos el alma pero sólo prometen devolvernos el envase.

El caso es que nadie parece estar muy conforme con el actual status carnal. Si hay algo que comparte el ser humano en cualquiera de sus variantes mundiales es el deseo de trascendencia(y su mala leche pero ese tema daría para otro artículo). Al parecer, somos poca cosa hasta para nosotros mismos. Yo, sin ser religioso, siempre he querido tener los poderes de superman y trascender con mi visión de rayos ópticos cualquier vestuario femenino. Básico y tópico pero a ver quién es el hombre que no lo haría.

Queremos “algo más” como el personaje de Cortázar. Pero diga lo que diga, cada uno trasciende como puede. Yo, como Santa Teresa, encuentro mis éxtasis mediante los genitales. ¿Experiencias espirituales con las que me siento muy a gusto? Las que quieran. Dadme unos labios amorosos a la altura de la cremallera del pantalón y no necesitaré hacerme Derviche para encontrarme con Dios. ¡Lástima que Dios solo conceda esas entrevistas por segundos!

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