23 marzo 2006

Turismo en Paterland

Fuimos mi mujer y yo a tomar un café esta mañana. Decidimos llevarnos a la pequeña Aitana. Con sus dieciocho meses de edad todavía no siente demasiado interés por los idiomas. Ni siquiera por el idioma de su país. Otras ocupaciones la cautivan.

Le gusta viajar del comedor de casa de sus abuelos hasta el parque. Es por eso que la parada para repostar en la cafetería no podía ser tranquila ni relajante. Si suelo elegir ese lugar para el diálogo con mi compañera, Aitana no pensó lo mismo. Ella no tiene demasiadas palabras para usar así que decide que nadie debe entregarse al lenguaje por mucho tiempo. Ni al lenguaje, ni al croissant ni a nada que no sea ella.

Intenté distraerla dándole algo de mi bollería pero ella la rehusó tras convertirla en repulsiva pasta blanca que recogí, a pesar de todo y amorosamente, con una servilleta de papel. Le presté el móvil pero este arriesgaba su tecnológica vida en tan peligrosas y destructivas manos. Aitana deseaba lanzarlo lejos como si fuera una piedra de esas que le gusta arrojar a los niños que no le caen bien en el parque. Intenté aficionarla a la música de mi MP3 pero su afición también pasa por mordisquear el cable de los auriculares. Mejor. Así no dañaremos su pequeño y todavía frágil oído. Después de todo, yo sólo quería entretenerla con la luz de la pantalla del aparato.

También le subvencioné un viaje en esos automóviles que funcionan con un euro y que puedes encontrar en múltiples lugares del paisaje urbano. Me sentí como el contribuyente de una hucha ajena pero lo importante era la niña.

Mi mujer decidió llevársela en el carrito a mirar tiendas mientras yo me apuraba con el café. Pero Aitana luchaba y gritaba y trataba de convencer mediante llanto para ser liberada de esa prisión móvil. No quería viajar en carrito. Desde que ha descubierto la utilidad de sus piernas, le gusta ejercitarlas y perdonarles sus errores(esas caídas habituales por tropiezo no le duelen tanto que no quiera seguir caminando o corriendo). Pero lo más importante era no dejarla abandonar su “vehículo” hasta llegar al parque. Las carreteras cargadas de coches son un peligro para ella que todavía no conoce el código de circulación. Ni siquiera el código de cómo portarse bien en una cafetería.

Decidí distraerla, ya entregado a ella y con el café olvidado en algún lugar de mi estómago, empujando el carrito con fuerza y haciendo giros de automovilista suicida. A ella le gustaba esa conducción temeraria. Le gustaba tanto que me pedía con insistencia una segunda parte, y una tercera y una cuarta… Así hasta llegar a la parte en que la lengua se me escapaba labios abajo y el corazón me recriminaba el uso excesivo y la imposibilidad inminente de bombear oxígeno a su debido tiempo.

Aitana se lo estaba pasando en grande gracias a mi fuerza animal. Pero mi fuerza animal no es grande.

Ya en el parque decidimos jugar en los columpios. Ella, futura alpinista, se subía a las alturas más inaccesibles y yo trataba de usar mis brazos en su socorro y tratar de acceder hasta lo difícil de esos lugares. Aitana, además, disfrutaba de un columpio con el cuerpecito pero a la vez ya estaba poniendo su mirada en el siguiente. A pesar de que es rica en tiempo parece querer beberse el mundo a tragos más que a sorbos. Nada la satisface durante más de un minuto. Bueno, puede que el terreno de grava y revolcarse en él hasta alcanzar el grado de suciedad que la satisfaga(justo ese grado que causa tanta insatisfacción a los mayores que le han de limpiar la ropa). Su mejor juguete no suele ser nada que haya creado el hombre.

No tardé en pensar en llevarla a su parque preferido. Otro más multitudinario, con más gente. Yo amo la soledad pero en bien de la niña, no puedo dejar que ella se aficione a mis gustos. Mucha gente sufriría un disgusto.

Ella se negaba a subir al cochecito así que tuve que alternar el cogerla y pasearla de la mano junto a la otra práctica, más agotadora, de llevarla en brazos. Ese es su medio de transporte preferido. Extiende sus extremidades superiores hacia ti y no necesita decir nada con su boca. Ya sabes que quiere viajar en persona y reservar sus piernecitas en perjuicio de las tuyas y de tus esforzados brazos y no menos esforzada espalda. Pero… ¿Cómo decirle que no a esa pequeña seductora? Esa carita encantadora es el único argumento sin argumentos. Creo que en beneficio de su educación y para que el día de mañana no se vuelva una engreída, debería ser menos bonita de lo que es pero… el bien ya está hecho. Y ella sabe que en el mundo en que se mueve todos son débiles y vulnerables a su canto de sirenita de aguas urbanas.

Corría, volvía a por mí ante el obstáculo de una acera muy alta, se volvía a alejar impelida por su flamante y casi recién estrenada curiosidad. No entiende que los demás nos fatiguemos porque ella no conoce el cansancio tan de cerca como sus adultos.

En el parque jugaba con los niños, intentaba besar a un perrito que trataba de eludirla completamente aterrorizado(su naturaleza y su instinto funcionaban a la perfección y le avisaban del peligro que entraña un niño), intentaba atrapar no menos espantadas palomas, gritaba indignada cuando tratábamos de coartar sus carreras, se volvía a revolcar por el suelo pero ahora no era de grava sino de sucia arena, deseaba jugar al borde de una fuente con agua embalsada y hacer equilibrismos a un paso del chapuzón, volvía a practicar las alturas dónde los otros niños no llegaban y poner su bandera allí dónde los otros temían poner la suya, trataba de hurtar los juguetes que le gustaban a los niños que no le gustaban… En definitiva, no nos dejaba un solo segundo para el reposo. Sabemos que un segundo de mirar para otro lado es la diferencia entre una mañana idílica y un drama.

Al final la llevamos hasta la casa de su abuela no sin antes sufrir sus forcejeos, su llanto.

Sólo la convencí de abandonar el parque llevándola en brazos y explicándole mentiras que no lo eran tanto si tenemos en cuenta que no las entendía. Lo que importaba era lograr el adecuado y convincente tono de voz que la apaciguase.

Al dejarla en casa de su abuela, mi madre, todavía quería seguir jugando pero la prisión de mediana seguridad que supone la cuna la detuvo un poco. Todavía intentaría con bastante éxito que la sacase de allí y que jugásemos a la pelota un rato. Es una embaucadora.

Desde luego, para no ser padre, tengo mucha paciencia.

Y desde luego también, he disfrutado mucho de mi mañana con la niña. He cuidado mucho de todos los detalles referentes a su seguridad y hasta a su salud, vigilando incluso que no moquease ni medio segundo y ofreciéndole asistencia higiénica inmediata con un kleenex.

Debo decir que es mi sobrina, la hija de mi hermana, quién me ha permitido este viaje al mundo de la paternidad. De vez en cuando me paseo con él con la seguridad que da ser sólo el tío. También he afianzado más si cabe mi no necesidad de tener hijos. Dos horas con Aitana son lo máximo que puedo aguantar con un niño como Jekyll o como Bruce Banner antes de convertirse en su lado más oscuro y romper la postal de felicidad científica en que viven. Más tiempo con un niño me resulta difícil hasta lo utópico y toma para mí, tintes de pesadilla producida por intoxicación de mariscos.

Con Aitana he comprendido lo difícil y necesario que es cuidar de una niña. Dos padres me parecen pocos padres. Necesitas un pequeño ejercito de progenitores para cuidar debidamente al retoño. Aitana es como un emperador que tiene sometida su corte. Sólo que su corte la adula por voluntad propia.

En fin, estoy satisfecho con mi ejercicio paternal.

Para disfrutar de los hijos, lo mejor es no ser padre. Cuando estás con ellos, puedes estar al cien por cien, cogerlos con ganas, muchas ganas… Todo lo demás es exceso. Como conducir un coche, demasiado tiempo conduciendo a un niño te puede hacer perder atención y no poder evitar el desastre. No debemos conducirlos ni bebidos ni a desgana ni más de dos horas.

En fin, Aitana, creo que mañana te paseará tu tía.

Literalmente.

5 comentarios:

Houellebecq dijo...

Muy bien, Imlaris, me has pillado. Escribí el texto sin pensar en sus posibles lectores, como siempre. y así me va... En fín... Nunca pedí tener hijos pero es imposible evitar tener sobrinos. Yo sigo fiel a mis principios aunque no lo parezca.

Houellebecq dijo...

Y si no ves tu comentario es porque he corregido una palabra mal escrita de mi blog y eso ha borrado también tu comentario. No sé como hacer para corregir mi post sin alterar tus comentarios. A lo mejor no se puede.

Imlaris dijo...

No pasa nada... mi comentario venía a ser que me lo pasé pipa leyendo tus anécdotas como papa de reemplazo. Nunca vi un Houellebecq tan humano.

Ozymandias dijo...

Snifff...snifff...qué tierno. Se me caen las lagrimas al imaginarlo a usted corriendo cual Woody Allen tras un bebe. De risa, of course. No es tan fiera la béstia como gusta de pintarse...

Houellebecq dijo...

Está visto que aquí uno ha de dar caña todo el tiempo. Un poco de orden en la sala, por favor. A la que uno deja de hablar del tema musulmán ya lo tachán de blandengue y afeminado. El mundo es algo más que escupir a la cara de todo
el mundo. ¿O no?