04 diciembre 2006

El cuento de capezuñitas roja

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Otro retrato. La presentaré. Lo primero que destaca de ella es el culo descomunal producto de un exceso de tardes comiendo porquerías y viendo la televisión en casa(supongo que los genes también tendrán algo que ver). Después ya la ves a ella. Esas gafas que le bajan por debajo de los ojos y que le sirven para mirarte por encima como una profesora que te quiere regañar, esa nariz de puente alargado que le da un cierto aire a lo jabalí, pariente cercano del cerdo, esos ojos claros pero desprovistos de inteligencia como los de un animalillo menos inteligente que tu mascota, esos cabellos rubios, bastos, abundantes, gruesos como los de una muñeca de cuatro euros comprada en un mercadillo a una gitana sucia… El efecto general es el de una persona bonachona y más bien estúpida pero en jerga popular “buena tía”. Las apariencias siempre hacen bien su labor de timar, nos la meten bien doblada para continuar con la jerga del populacho.
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La señorita en cuestión viste bastante retro. Tiene veintinueve años pero a veces, cuando salgo del tren que me lleva a trabajar y la veo de espaldas, parece que viera a una señora mayor que mi madre(supongo que el culo hace mucho por envejecerla, por “señorearla” mucho y prematuramente). Pero eso no importa. Como si quiere vestirse como las Monjas Clarisas. Es lo que le debe gustar a su novio, un pequeño individuo de cuarenta y tantos que al contrario de ella parece mucho más joven(esto demuestra lo relativo de la edad en las personas). Su novio viene a esperarla por las noches, a la salida del trabajo. Mientras ella cuadra caja o limpia olla o mejor, hace ver que limpia olla o encarga que la limpie otra, su Don Juan charla con el primer portero que encuentra sobre lo que sea. Es un hombre rudo, tosco, muy de pueblo de otros tiempos. Alaba cualquier película tópica y comercial y denosta toda aquella de autor y que le exija pensar un poco más de la cuenta(este tipo de películas son denominadas como truño y asegura que se duerme con ellas y sus ronquidos se suelen oír en la sala de cine que tenga la desgracia de tenerle a él entre sus asientos). Lo llamamos el crítico con ironía malsana. De todos modos este individuo nos hace gracia. Pasamos un rato muy entretenido cuando viene él. Su novia no es tan divertida.
Los primeros meses que estuvimos con ella nos engañó bien. Parecía buena chica. Nos daba chuches que robaba de la tienda que ella misma llevaba, no parecía meterse con nadie y si lo hacía era con un presunto buen motivo, venía a trabajar incluso cuando otros no lo hubiesen hecho… En fin, era una de esas mujeres a las que nunca querrías tener en tu cama, ni siquiera comiéndote la polla pero muy buena tía, eso sí. Insulsa y aburrida pero redimida por no armar jaleo ni molestar a nadie. Para los jefes todavía mejor, era una de esas que “tragan”. En el buen sentido de la palabra. Algún día festivo la vi pasar por allí porque se había hecho un pedido para la tienda de chuches que "sólo ella" podía controlar.
Pero a los seis meses la hicieron fija. Y el cambio se produjo. Empezó a quejarse de todo. Al parecer le dolían los tobillos por un motivo que ahora no recuerdo. Y claro, su aspecto porcino y esa sensación que daba con la tobillera y sus zapatos derivó en uno de sus motes más célebres: “pezuñitas”. También se la conoció y conoce como Peggy.
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Los problemas con las compañeras comenzaron. Empezó a quejarse, unas veces con razón y otras sin ella, de estas. Todas trabajaban poco y se lo cargaban todo a ella que estaba muy mala. La versión de las compañeras es que la vaga era ella y además bastante gorrina(en el sentido de guarra y no en el de su aspecto físico, claro). Pezuñitas iba a llorarle semana si, semana también al sufrido encargado que la quisiera soportar. Casi siempre acompañaba sus lamentos con una increíble transformación física que la convierte en la primera mutante española, una metamorfosis que en situaciones de peligro, miedo, ira o sofoco le llenan la cara de ronchas rojas. Es el increíble Hulk pero a lo carmesí. A veces parece un extra del cuento de Poe “La máscara de la muerte roja” o una víctima de “Viernes 13” recién salida del cuchillo del bueno de Jason.
El día que se cayó por tercera vez en un supuesto resbalón muy futbolístico y muy al estilo del que busca un penalti en el área de peligro en el almacén de las palomitas, sólo engañó al encargado que apenas la conocía(o no la conocía como es debido). Consiguió una baja en el mejor momento posible para ella y el peor para nosotros. La consiguió porque se hizo daño en la muñeca. Su novio cogía las vacaciones esa semana y nosotros teníamos más trabajo que nunca por cierto estreno importante de la cartelera.
Pero… ¿Cómo no creerla? Estaba tan roja que parecía que la regla le salía por el rostro(duro como la piedra, por cierto). Imposible echarle más cuento al trabajo. Si no quieres trabajar y debes hacerlo, saca partido de la buena fe de los demás y sobre todo de nuestra magnífica seguridad social. Eso sí. Durante las siguientes semanas venía un par de veces por semana acompañada de su novio para ver los estrenos del cine en que trabajamos, incluyendo esa película importante que tanto nos hizo sudar. Si hubiese llamado estúpido al encargado, este no se hubiese mosqueado más. Pezuñitas comete ese tipo de errores pero nos consigue engañar por otro lado. Eso demuestra lo que ya aseguraba Montaigne hace unos cuantos siglos “que un tonto puede estafar a un listo”. No nos sintamos mal por ello. No puedes saber lo que hay en un cerebro. Aunque este sea del tamaño de una nuez.
Después regresó de su baja. Con una venda en la mano porque claro, ella quería venir a trabajar por más que seguía doliéndole la muñeca. Aunque no se notó mucho su esfuerzo. Lleva meses diciendo que le duele la muñeca y usando esa excusa para ir a trabajar sin trabajar nada. Pero lo peor son sus ínfulas. Cuando se fue la encargada de bar nuestro auténtico encargado le dijo que mirase qué tal lo hacían las nuevas y que las vigilase. Ella entendió eso como la entrega de poderes para ser la ama y señora del lugar. Ordena y ordena pero sigue sin hacer nada. No sabe organizar, tiene la inteligencia de un burro en el cuerpo de un cerdo, es mandona, es cotilla, saca defectos físicos a todo el mundo(por lo que no siento cebarme con ella ni con su cuerpo engordado por toneladas de chucherías hurtadas de la tienda), es rencorosa, es mentirosa, es pesada…
Pero el cuento que tiene nuestra capezuñitas roja no engaña a nadie. Sólo ha conseguido la coalición más grande de aliados contra ella que recuerdo en mucho tiempo y en este trabajo(mas conspiratorio que la corte de los Borgia). Los pocos que le sonreímos lo hacemos por educación y porque la verdad, nos cae bien su novio(o en mi caso uno de sus hermanos con el que comparto aficiones) y no queremos ponernos a malas con él(o ellos).
Ya ni siquiera puede recurrir a los encargados. La conocen tan bien como el personal. Su balance es tan negativo como el que hacemos nosotros.Hace poco le han recortado los poderes un poco, le han puesto algún obstáculo a su tiranía. Pero se acerca Navidad. Temporada muy buena para coger baja a falta de vacaciones y compartirla con su novio. Esto puede desagradar a los encargados.
Capezuñitas le verá pronto las orejas al lobo… Y es que a todo cerdo le llega su San Martín.

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