27 diciembre 2007

¿No quiero o no puedo?

Una heroína en lo más alto de la parra


Paco, el operador de mi cine, suele contar mucho este cuento con moraleja. O al menos lo hace cuando la ocasión lo requiere. Es la de las zorras y las uvas. En dicha fábula de Esopo una zorra que se muere de hambre quiere zamparse unas uvas que cuelgan de una parra. Al final no lo consigue. Se va de allí murmurando para ella misma que si hubiera querido las hubiera tenido pero que estaban muy verdes y no le interesaban. Además de zorra, la bicha es hipócrita. La fábula asegura que las uvas estaban maduras.

En la realidad hay personas con la mentalidad de la zorra. Conozco alguno que después de no haber podido conseguir los ya maduros melones de cierta persona se dedica a renegar de ellos y asegurar que dicha persona le da asco. También otro tipo que asegura que las mujeres le parecen insoportables y que no se deja seducir por sus fáciles sonrisas ni porque se contoneen seductoras frente a él(pero el caso es que no lo hacen y si lo hicieran seguro que se tiraba de cabeza hacia ellas). No sé de qué sirve esta actitud. Supongo que es un modo en que el cerebro se autoengaña para no sufrir por lo que no se puede tener. Tal vez una forma retorcida del budismo dónde para no sufrir por culpa del deseo insatisfecho se intenta renunciar a dicho deseo. Y eso estaría bien. Siempre y cuando no se dañe a terceras personas que poco o nada tienen que ver con dicha insatisfacción. Se trata de no desear las uvas. Nunca de incendiarlas junto a la parra.

Todo esto es a propósito de lo siguiente. El italiano sobre el que ya escribí hace un tiempo sigue atendiéndome solícito en su cafetería. Cada día está más agobiado. Además de amor necesita un trabajo nuevo. No hay día que pase por su local y no me diga algo así como “no puedo más, estoy muerto de las piernas”. Pero siempre se puede más. Si pasa meses asegurando que no puede más debo entender que la primera vez que lo dijo mentía. Todavía podía funcionar todo este tiempo. Algún día tendrá razón. De momento sólo se queja.

Pero en su vida surgió una posible chispa de esperanza no hace mucho. Llamémosla Ms M..

Yo visito esa cafetería con una compañera de trabajo. Sin importarle la relación que a mí me pudiera unir con esta compañera intentó ligar con ella durante mucho tiempo. Moviéndose a su alrededor le proponía a diario salir a cenar, ir al cine, quedar para tomar algo… Ella tenía excusas varías. La última de ellas verdaderamente curiosa: tenía que bañar a su perra y eso le impediría confraternizar con él. Creo que es evidente que mi compañera no quería la compañía del siciliano Mario. Pero él lo siguió intentando hasta hace poco. Las técnicas de marketing se hicieron más agresivas. Y es que llevar en coche a casa a una persona que tarda casi dos horas en llegar mediante el transporte urbano es todo un caramelito. Pero no, ni por esas surgió el amor. Ni siquiera surgió cuando el azar quiso que se encontrasen en un día festivo cerca de la casa de mi compañera. Supongo que a ella le debió parecer poco serio un tipo que se la quería ligar y que en su tiempo libre pasea con su mujer y con su hijo (un niño anormalmente gordo a decir de mi colega). Supongo también que mi amiga busca relaciones más serias que esas en las que sólo eres el segundo plato que complementa al primero. Puede que ni eso, que sólo llegues a postre.

Y entonces fue cuando por cortesía le pregunté a Mario que qué tal le iba con mi compañera. Y él me dijo lo siguiente:

- No, bueno… Ma… no me interesa ya… Es que tiene perro… Estas chicas con perro les dan besos, duermen con sus animales… Yo… Bueno… me da asco este tipo de gente… Seguro que ha tocado el perro y sabe Dios qué microbios tendrá… No me interesa… Es que pienso en el perro y me dan arcadas.

Sí, claro, pensé yo. Las uvas están tan altas…

18 diciembre 2007

¿Por qué no te callas?


Ella habla y yo me la trajino

Un momento desagradable en la vida es estar con alguien a quién no conoces demasiado y tener que hablar con él(o ella). Una amiga me lo confesaba así hace poco. Tenía que ir cada día en autobús con una conocida del centro comercial dónde trabaja. A la susodicha la conoce de vista y de saludarla cada vez que pasa por delante de su puesto de trabajo. Al coincidir con ella en el autobús se ven “obligadas” a ir juntas y entonces comienza el suplicio. Comienzan esos tiempos muertos en los que algún imbécil decidió que “ha pasado un ángel” o cualquier simpleza similar. Lo único que pasa es la corriente del desconcierto. La angustia y la desesperación del ridículo. ¿Y de qué hablo con esta?

En ese tipo de conversaciones con desconocidos siempre nos sentimos obligados a decir algo y cargamos con la responsabilidad sin pensar que al prójimo le puede estar ocurriendo lo mismo. Y entonces usamos alguna coletilla para ganar tiempo como “bueno…” “pues…” “¿Y qué tal te va?” o algún carraspeo o tosecilla incómodos más producto de los nervios que del inexistente resfriado de esos momentos. Son momentos dramáticos en los que no encontramos qué decir y sin embargo nos vemos obligados a llenar el vacío con algo. Olvidamos que cierto sabio García cantaba “si lo que vas a decir no es más bello que el silencio, no lo digas”. O algo así. Que cierres el boquino, que no abras el buzón. Pero no. Hay que romper el delicioso silencio. Y entonces se recurre a los clásicos y se hace el parte meteorológico de rigor: ¡Vaya tiempo que hace! Y esto me hace gracia. Recuerdo cierto concurso televisivo muy freak llamado Smonka dónde su presentador, Ernesto Sevilla, recomendaba lo siguiente: “Normas de diplomacia: Si tu vecino en el ascensor te habla del tiempo respóndele ¡Cállate, hijo de puta! y quedarás muy bien”. En fin… Divertido en televisión pero impracticable en la realidad. Eso si quieres que algún día que tengas un accidente y dependas de tu vecino y de su coche para llevarte al hospital aspires a su ayuda. El problema que ofrece hablar sobre el tiempo, además, es que sólo sirve para los ascensores. Es un tema que se agota fácilmente. Si hace frío haces gesto de que tienes frío y si hace calor haces gesto de que tienes calor. Si el piso al que vas está muy arriba es posible que ni siquiera la climatología te deje mucho margen. Para trayectos largos como el de viajar en autobús habría que buscar temas más jugosos. Quejarte de algún compañero de trabajo y hacer un parte con todos sus defectos siempre da para un buen rato de entretenimiento. Con el tiempo y si la desconocida comienza a serte más familiar ya puedes comenzar a preguntarle cosas como “¿Y a ti que te pone cachonda?” o “¿Alguna vez te lo has montado con otra tía?”

Y no es que lo de no saber de qué hablar se dé solo con desconocidos. A veces por fatiga mental, por aburrimiento o porque tienes ganas de ir al servicio puede ocurrir que con algún conocido se dé ese vacío también. La conversación pierde presión, los puntos de simpatía y contacto que te unen a esa persona ya se han agotado ese día y en ese instante te apetecería callar. Menos mal que soy generoso con las palabras y egoísta y egotista y pertenezco a ese género de personas a las que no les importa romper la hermosura del silencio con la primera estupidez que se le pasa por la cabeza. Y se me suelen pasear una medía de diez por segundo. El abastecimiento está asegurado. Cómo admiro a esa gente que nos descarga de la responsabilidad de hablar mediante sus entontecedores monólogos. Gente que no te conoce de nada y te explica su vida de un momento al otro como si tú, el que le escucha, no fueses más que una pequeña parte de un cerebro mayor, el de la humanidad. Si te vas y aparece otro tío en tu lugar ni se darán cuenta. Ellos seguirán hablando como si su interlocutor fuese el mismo. ¿Qué importa? Sólo necesitan un espectador. No importa quién sea.

Montaigne, ese gran ensayista francés del XVI al que saqueo de vez en cuando, decía que se sentía tan tonto o tan inteligente como su interlocutor. Su conversación era chispeante e inteligente si el interlocutor lo era y si en cambio se encontraba con un asno, él mismo caía en picado hasta el nivel de ese animal. Es el problema que tenemos los émpatas. Nos adaptamos demasiado al prójimo. Así que si alguien se queja de que no tengo gracia siempre puedo tener la certeza de que la culpa es suya. Yo sólo me he adaptado a su nivel y soy un reflejo de su propia simpleza.

Hablar por hablar… El nombre de un programa dónde el ochenta por ciento de las personas son tarados-as. Y es que quién más necesita hablar más enfermo está. No tengo nada contra el diálogo. Si dialogase más a menudo me arriesgaría menos a que me rompieran las gafas pero pensemos a veces en el silencio. A veces, con Nérida en casa, ella con un libro y yo con otro no necesitamos tantas palabras. Ni siquiera música. Sólo el sonido del silencio. De vez en cuando no es malo callar o hacer bueno el verso de Neruda “me gusta cuando callas, porque estás como ausente”(buena manera del poeta de pedir que no le dieran el coñazo). A veces también hay gestos y actitudes que valen más que la mejor construcción sintáctica.

Y por supuesto, algunos de los mejores placeres de la vida se obtienen en silencio. Y es que si quieres usar la boca para hacer algo mejor que decir estupideces puedes comer o hacer el amor. ¡O chupar un bolígrafo!

13 diciembre 2007

Rose

La escuché mucho en la época de Rose

Todo el mundo lo piensa alguna vez. Si volviese atrás en el tiempo no actuaría de ese modo. Pero es más fácil teorizar que actuar. Tal vez volviendo atrás en el tiempo sólo volvería a repetir los mismos errores. El paso de los años sólo me hace ver los acontecimientos de otro modo. Como mucho, hacer algunos chistes sobre lo que en su momento me parecía un drama.

A llamémosla Rose no la quise a primera vista. Ni a segunda tampoco. Más bien llevaba tres años asistiendo a la universidad con ella cuando me comenzó el gusanillo ese del querer. Pero sin mariposas en el estómago ni porquerías de ese tipo. Me refiero al querer follar disfrazado incluso para mí mismo de un sentimiento al que llamamos amor. Pensé, creí, puede que algo sintiera que la quería. ¿Y ella? No lo sé. Con mis dotes detectivescas busqué las cartas con las que jugaba esta chica. Algo encontré. Durante todo ese tiempo ella, su amiga del alma y mi amigo del alma de la universidad nos encerrábamos en un cuarto de estudio privado(sólo nosotros parecíamos saber de su existencia) en uno de los módulos de la hoy desaparecida facultad de Pedagogía junto al Camp Nou. Allí hacíamos los trabajos que se nos pedían en común en ciertas materias. Y eran trabajos muy laboriosos. Recuerdo que escribir una sola palabra le costaba a mis compañeros horas de pensar y borrar y emborronar. Ninguno apoyaba mi metodología de “bueno, la primera palabra que se me ha pasado por la cabeza no tiene por qué estar tan mal”. Pero no. Allí nadie tenía prisa. Nos llevábamos unas tapitas, unas bebidas y de ocho horas de puesta en común de opiniones sólo se salvaban cinco minutos de trabajo efectivo. El resto era criticar a las compañeras(eso lo hacían muy bien nuestras amigas), reírnos de tonterías, comentar “Bola de Drac”, hablar del último libro o la última película que nos había interesado, tirar cosas al piso de abajo para reírnos de la gente… En fin, buenos ratos sí se pasaron en ese cuarto. Sobre todo cuando no sentía nada por Rose.

Recuerdo haberme reído de un corazón escrito con bolígrafo Bic, el mismo con el que hacíamos los borradores de los trabajos, dónde al lado de mi nombre estaba el de Rose atravesados por una flecha. La chica, en algún momento de esos tres años había divagado sobre una relación entre ambos. Y yo sin saberlo. Ese corazón lo vi mucho más tarde. Incluso después de que a mí me diera por salir con ella dos o tres veces e intentase algo y no lo lograse y entonces saliera con el rabo entre las piernas de esa relación frustrada antes de comenzar. Cómo no me gusta ponerme pesado decidí olvidarme de ella al primer no.

Algunos meses más tarde me llamó. Era Navidad y me ofreció unas entradas para un concierto al que decía que no podía ir porque se había quedado sola. Yo salía de viaje al día siguiente así que con amables palabras le rechacé las entradas. Y luego me olvidé de ella. En realidad ya estaba olvidada cuando ella se acordó de llamarme.

Y dos meses más tarde me llamó nuevamente por mi cumpleaños. Debía tener la agenda al día. Tuvimos una conversación animada. No esperaba esa llamada como no había esperado la de Navidad. Fue muy esclarecedora la información que me dio. En la época en que me “rechazó” estaba saliendo ya con un chico. No iban muy bien pero tampoco estaba segura de querer dejarlo. Y sin embargo esa relación terminó. Cuando me llamó en Navidad estaba triste. Justificaba su tristeza diciendo que había visto “Franky y Johnny” una deliciosa historia de amor entre dos perdedores(Al pacino y Michelle Pfeiffer) de las que me detienen el zaping si estoy cambiando canales por televisión. También me dijo con otras palabras y sin querer admitirlo del todo que necesitaba quedar con alguien esa navidad. La película la había puesto tierna. Y claro, si yo hubiese quedado con ella cuando me llamó y no me hubiese ido de viaje por Murcia dónde seguramente me lo pasé muy bien, pues hubiésemos fabricado nuestra propia “Franky y Johnny” durante esas fechas en que la gente está de un vulnerable que asusta. Pero no sé. Creo que volviendo atrás en el tiempo me hubiese comportado del mismo modo. Hubiese vuelto a decir que no.

Puedo ser un romántico pero sigo sin ser capaz de cambiar los billetes de tren que he comprado. Sobre todo cuando ya me he hecho a la idea de que quiero viajar. Total, el amor esta en cualquier sitio.

07 diciembre 2007

El cerebro tiene la culpa

Guapa y con cerebro



“Es normal que pienses que soy un monstruo
porque no he llorado y estoy tan entero,
y me dio más pena el último episodio
de Friends que lo nuestro, más pena que lo nuestro.

Créeme si te digo que no es culpa mía,
que más bien se trata de una minusvalía,
que sólo me importa lo que no me importa,
y tú claro que me importas, por eso no me importas.

Sabiendo como sabes lo que siempre le hago a la gente,
¿cómo pensabas que contigo iba a ser diferente?”

Astrud

Son algunas frases de la inteligente canción “Minusvalía”. Un individuo se descarga de toda culpa sobre su insensibilidad haciendo responsable a su cerebro. Como ya decía el marqués de Sade siglos atrás la culpa es de la naturaleza que te ha creado de un modo determinado, no de tí mismo. Es un “soy rebelde porque el mundo me ha hecho así”. Y al parecer la ciencia sigue actuando en descargo de los amorales como esos individuos o como yo mismo. Algunas muestras de ello:

- Los científicos descubren que una zona del cerebro permite decir si seremos o no seremos altruistas. Una zona llamada con el poco comercial nombre de sulcus posterior superior temporal fue analizada mediante escáner. Los científicos descubrieron que se podía predecir una conducta altruista o no leyendo en dicha zona. Gracias a esto ya sé que cuando alguien me pida dinero esta navidad le puedo decir:”No pierda el tiempo, caballero, mi sulcus posterior etc. está muerta. No soy altruista pero no es culpa mía, es que la madre naturaleza ha invertido más esfuerzo en mi sistema límbico o cerebro reptil”. Si entiende lo que quiero decir no tendré que perderme en más explicaciones.

- Hay un científico que ha descubierto que el cerebro femenino y el masculino son diferentes. La próxima vez que vea una mujer intentando superar a un hombre resolviendo problemas abstractos y pretendiendo que su hipocampo es mejor que el nuestro la pondré en su sitio. Al parecer a ellas se les da mejor hacer cuentas y matemáticas y todo lo relacionado con los números. A nosotros leer mapas y la orientación geográfica. Yo no tengo tan claro lo de la orientación espacial. Tengo la justa para ir al cuarto de baño sin perderme y a veces mediante el uso de GPS. Según los científicos debería ser todo lo contrario. En cualquier caso las diferencias entre el sexo femenino y el masculino existen. Afortunadamente. ¿Con quién discutiríamos si mujeres y hombres fuésemos iguales?

- Buenas noticias. Puedes educar tu cerebro para olvidar malos recuerdos. Tenemos mecanismos para ir eliminando los malos rollos. El córtex prefrontal que rige nuestro pensamiento tiene modos de eliminarlos de manera selectiva. Espero que se siga investigando sobre esto. Así, si un día olvidamos felicitarle el cumpleaños a un amigo siempre nos podemos excusar: “Es que el año pasado en esa fecha se me murió la iguana y he decidido borrar la fecha de mi memoria”.

- Identifican áreas del cerebro asociadas al optimismo en el futuro. Pues sí. Las mismas partes que se activan cuando imaginas un futuro desagradable están activando partes de la amígdala y la corteza cingulada anterior rostral que son las que funcionan mal en la depresión. Es por eso que nadie tiene cojones de sacar de sus ideas negativas a un pesimista. Pero eso nos evita tratar de ayudarle. Si nos encontramos con alguien que necesita ayuda no tenemos más que pensar que tiene la amígdala bien jodida y que lo que le digamos de bien poco le va a servir. Tal vez sugiriendo un suicidio rápido le estemos haciendo un favor como el que le pega un tiro al caballo herido que no tiene solución. Desde luego, estas nuevas investigaciones dan nuevas terapias ciertamente estimulantes.

- Un hombre es capaz de vivir aún estando prácticamente falto de cerebro. Fue un francés de 44 años casado y con dos hijos. Funcionario. Se presentó en el hospital por un ligero problema con su líquido encefalorraquídeo y descubrieron que el tipo casi no tenía cerebro. La sustancia gris y blanca estaba comprimida en las paredes del cráneo. Sólo tenía un pequeño déficit intelectual. Si lo normal es tener un cociente de ochenta él tenía setenta y cinco. Tal vez se liase algo con el cambio en la panadería pero por lo demás llevaba una vida normal. Yo estoy convencido de que mucha de la gente que conocemos a la que le decimos “qué poca cabeza tienes” esconde maravillas superiores a esta. Se puede vivir con la ausencia total de materia gris. Lo sé porque trabajo con unos cuantos.

- La meditación profunda mejora el funcionamiento del cerebro. Pero en mi casa es difícil meditar. El vecino hace mucho ruido. Eso hace que mi cerebro funcione peor. Eso hace que mi ya citado cerebro reptil campe a sus anchas y la violencia lo domine. Eso me lleva a poder cometer un homicidio con el de arriba. Eso me exculpa porque si el de arriba me hubiese dejado meditar yo no hubiese tenido que matarle ni mi cerebro hubiese desarrollado ese deseo.

- El escáner cerebral ya puede detectar cuando una persona miente o no. Las áreas del cerebro que generan mentiras son diferentes a las que generan verdades. No me gusta ese descubrimiento. Si bajasen de precio esos malditos artilugios sería imposible llevar una relación estable con nadie, ni siquiera con el perro. Es imposible vivir sin mentiras. Hay veces en las que los científicos se podrían ir a descansar un rato y dejarnos en paz.