25 febrero 2008

Strangers in the bus


Espero el autobús de noche. He quedado con alguien. Lo importante es que tengo un libro en la mano. Pero hace frío así que espero a que llegue el autobús para abrirlo. Leer en la calle sin guantes se me antoja difícil. Sólo me queda resignarme y darle al “on” del Mp3. Soy un hedonista. Si no se me permite un gusto me busco otro. Un segundo sin placer es un segundo perdido.

Y entonces llega él. Un tipo de unos cuarenta y tantos, pelo canoso, de complexión media… Si doy más datos sobre su físico más que una descripción será una mariconada.

El tipo me pregunta a mí, que odio las preguntas sobre situaciones geográficas, por dónde cae el camping de “La ballena alegre”. En realidad me pregunta si esa parada de autobús es la adecuada. Le digo que no lo sé. Yo sólo espero el N16. Sólo quiero llegar hasta Castelldefels porque he quedado y el autobús se resiste a pasar. El paso del diurno al nocturno debe ser duro. Hace tres cuartos de hora que estoy al fresco. El lento proceso de congelación ya me dibuja esa sonrisa mortal de los moribundos por bajas temperaturas.

El tipo no me hace mucho caso. Comienza a hablar. Es como si hubiese entrado en un escenario y tuviese la obligación de monologar. Aparece y comienza a explicarme irritado algo sobre un compañero inútil de su trabajo(un rápido vistazo a su chaqueta me hace entender que trabaja en “Porteros y Seguridad”). También intuyo por jirones de conversación que una “zorra” que tiene de compañera va de lista con él y ha decidido dejarla en la calle. Está muy indignado pero habla muy flojo, vocaliza mal, salta de un tema a otro y lo hace muy rápido. Creo que va hasta las cejas blancas de cocaína. Necesita hablar con alguien y me ha tocado a mí. Y el autobús que no llega.

Después de un cuarto de hora más o veinte minutos llega por fin el precario transporte urbano. Nos subimos y el tipo me vuelve a preguntar por el dichoso camping en el que alguien le espera para trabajar doce horas más. Yo le digo honestamente:

- No sé si este autobús pasa por ese camping. Pregúntale al conductor.

- Vale, vale da igual. Seguro que sí.

Yo no le digo nada. No me dejaría. Y comienza de nuevo su monólogo. Con el ruido del motor del autobús se pierde el hilo de lo que dice. Es muy difícil. Estamos de pie y el tipo, ya irremediablemente, me ha condenado a no abrir mi libro. Los cuentos de Woody Allen tendrán que esperar otro momento. En esos instantes, mi chiste es otro.

El tipo me mira, me cuenta algo y se ríe a carcajadas. Yo le sigo el juego y me río. Él piensa que realmente me está divirtiendo y sigue con la juerga. Y así todo el rato. En esa conversación voy a ciegas. Observando sus gestos trato de adaptar yo los míos. Si se indigna me indigno con él, si sonríe sonrío con él, si niega niego con él…. En fin, no puedo ser más falso. Una cosa es ser empático y otra ser como el reflejo del cristal en el que se mira. Pero bueno, ya llegaremos. Y su conversación es fascinante. Son pedazos que te dejan imaginar historias. Tú pones las piezas que faltan:

- Aquí en el Prat tuve una de mis ocho esposas… las cosas en la calle… Un guantazo a la muy guarra…. Porque ellas son así y me entiendes? Somos así… Porque si me entiendes de lo que es… y eso y tal… porque yo de eso nada de nada… y a mí tampoco me va que digan así o asa… Pero… ¿Me entiendes? Y yo a ese pardillo a mi lado no lo quiero… Porque si no sirve para esto tampoco les vamos a dar facilidades para lo otro… Y la farola estaba ardiendo… ¿A quién le digo yo eso? Somos responsables todos. Pero la culpa es del pardillo. ¿Cargo yo con el pardillo o le suelto una bofetada? Y esas zorras…. ¿Me entiendes? Van de guays, de yo soy la jefa aquí pero a mí eso no me va. A mí los aires no me van. Porque yo tengo una experiencia y unos años y… Sí, son muchos años ya. Aquello fue muy gracioso con el tío que no sabía que cara poner y los compañeros… ja,ja,ja. Pero a mí no me engañan. ¿Me entiendes? Y… ¿Hemos pasado el camping de “La ballena alegre”?

- No sé. El conductor…

- Da igual.

Al final llegamos a Castelldefels. Hay un tumulto de gente que se baja en esa parada. Es casi el fin del trayecto. El tipo se inquieta. Descubre que algo pasa. Me pregunta, me encojo de hombros. Por fin se dirige a preguntarle al conductor. Yo me bajo por la puerta de atrás mientras la gente se distribuye entre las dos puertas. Son todos unos desordenados. Pero yo aprovecho ese desorden para esquivar a quién ya sabéis.

Al recuperar el frescor de la noche en mi rostro se me activa la sangre. Salgo de allí apresuradamente y sin mirar atrás. Buenas noches, soledad. Te adoro.

Voy al encuentro de la persona con la que he quedado y cuando la veo nos saludamos y nos vamos caminando hasta el puente, de regreso a otra parada para ir hacia otro destino. Para mí es la noche de los autobuses ausentes. Sé que esperaré de nuevo al N16 y que tendré que rezar por no tener compañías inapropiadas. Pero ahora no estoy solo y eso ayuda a que no se te cuelguen colgados(valga la redundancia).

Desde el otro lado del puente y con una carretera en medio un tipo me interpela a gritos:

- ¿Se va por aquí a Gavá?

Alguien me ha visto cara de punto de información.

- No lo sé. No soy de aquí.

- Ah, pero si eres tú…. ¡Hijo de puta! Si cruzo la calle te mato, desgraciado….

No le consigo ver bien pero decido que apresuremos el paso. Mi compañía opina lo mismo que yo. Al cabo de un rato creo que el tipo que me insulta es el que ya conocemos de esta historia. Pero no quiero averiguar mucho más sobre el asunto.

La noche parece llenar las calles de personas que deberían estar en un psiquiátrico.

O en un centro de rehabilitación.

O de personas que me hacen preguntas sobre puntos geográficos y no me escuchan cuando digo que no tengo ni idea.

En la noche nos sentimos tan perdidos…

3 comentarios:

Ozymandias dijo...

Bwhahahah...las nuevas aventuras del hombre GPS...

MEME dijo...

Te tengo envidia sana,me refiero a como escribes, igual si te sigo leyendo mucho aprendo algo,
Saludos.

Houellebecq dijo...

Eso sí que es un bonito comentario de los que inspiran. Pero no tienes much que envidiar.