23 julio 2008

Bienvenida húngara de un taxista otomano


Plaza de los héroes en Hungría. La primera vez que la ví me caía de sueño.


El tren me alejaba de Praga y me llevaba a Budapest. Me sentía feliz. La República Checa no había sido un desastre pero ya me estaba aburriendo esa gente tan arisca. De lejos escuchaba las voces llenas de vida de los argentinos que me acompañaban en ese viaje. Me hacían sentir muy acompañado. Buena gente.

El vagón era confortable. Una cama con litera (dormí o intenté dormir abajo). Baño con ducha y hasta un enchufe para la maquinilla eléctrica. Agua en dos vasos de plástico cerrados por una tapa como si de una tarrina se tratase, jabón, servilletas… ¡todo gratis! Bueno, ya había pagado el viaje (mil y pico de coronas más unas setecientas más por el suplemento del vagón con cama).

Las luces de los trenes, los edificios y las estaciones que pasábamos se filtraban fugazmente por una parte de la persiana que no había bajado del todo. Pero no importaba demasiado. Fuera estaban de juerga y yo con el traqueteo del tren tampoco estaba por dormir demasiado. Escuché algo de música, leí el libro de la berlinesa que se me solía caer de las manos, un poco de la revista de historia con el demonio en portada… El sueño debió ser tan fugaz que tuve la sensación de haber pasado toda la noche despierto.

Sobre las seis treinta de la mañana sonó un pitido insistente. Pulsé un interruptor dónde se veía el icono bien evidente de un reloj despertador. Cesó el suave pitido innecesario. Yo ya me había despertado con la luz del sol que se filtraba por la rendija de persiana mal bajada. No sé por qué no me quise precintar de la luz por completo. Supongo que no quería quedarme dormido demasiado profundamente.

A los pocos minutos llegó un señor que me avisaba que en breve llegaría a Budapest-Keleti, mi estación. Si seguía en ese tren podía acabar en Brasov o Bucarest, ciudades de Rumania que ya he visto y de las que por cierto, tengo muy buen recuerdo. Pero en esta ocasión tocaba Hungría. El revisor que me avisó era muy dulce y amable, tal vez la oveja negra de los checos.

A las siete y tres minutos de la mañana ya estaba pisando el suelo húngaro.

La estación tenía un punto de información fantástico que sin embargo estaba cerrado. No pude agenciarme un mapa.

Como tenía cambiada algo de moneda del lugar decidí coger un taxi. Un tipo oscuro y de aspecto otomano se me acercó “¿Taxi?”. Yo dije que sí e introduje mi equipaje en su maletero. Luego entré en el coche. Antes de arrancar sorprendí una mirada de lagarto astuto en los ojos del otomano que miraba a sus compañeros como diciéndoles “ya veréis, a este pardillo lo timo yo”.

El tipo no puso el taxímetro y eso tampoco me gustó. Sabía que no me cobraría lo justo ni mucho menos lo legal. De todos modos estaba cansado. Tampoco quería discutir con el tipo. Él sólo me hablaba en un inglés con fuerte acento húngaro para que yo no pensase demasiado como hacen todos los timadores. Simpático como solo puede serlo quién quiere algo de ti me advirtió contra los carteristas en Hungría, me dijo que llevase la cartera en el pantalón por la parte delantera, que no sacase la billetera cerca de nadie, luego me preguntó si yo era inglés y cuando le dije que español me hizo la pelota y dijo que todos los húngaros estaban con el equipo español que ese día jugaba contra Alemania. ¡Pues qué bien!

Me dijo que el taxi me costaría seis mil y picos florines húngaros (HUF). Yo ya sabía que cada euro son doscientos y pico florines así que tampoco me pareció desacertado pagar unos veintitantos euros por el traslado de la estación al hotel. ¡Pero es que ese traslado no fue ni de diez minutos! Con el cansancio no puedo asegurarlo pero apostaría que apenas fueron algo más de cinco minutos. En fin, pagué sabiendo que lo hacía por un timo. No quería discutir aunque normalmente sí quiero hacerlo, es mi deporte favorito.

En ese momento quería entrar ya en mi nueva y última habitación en tierras eslavas y me fui a la recepción del hotel. Allí una mosca gorda y horrible zumbaba y se golpeaba insistente contra una cristalera que no la dejaba pasar. ¿He dicho lo mucho que odio los insectos?

El recepcionista del hotel apenas sabía inglés pero sí sabía el justo para entender mi nombre y darme la llave de la habitación que me tocaba. También le dio instrucciones a un joven con aspecto de ser víctima del voo doo y no estar allí más que de cuerpo presente que me hiciese de porteador hasta el primer piso dónde me alojaba.

El zombi me llevó las maletas hasta la habitación.

Allí, al ver que no le daba propina regresó al mundo de los vivos y comenzó a explicarme detalladamente los servicios de la habitación:

-Tienes televisión, tienes servicio dónde si tiras de la cadena sale agua, tienes un grifo para lavarte las manos, la cama tiene una sábana, la ventana tiene unas cortinas que puedes correr y descorrer, hay un cajón en esa mesita que se abre, si le das a ese interruptor se enciende la luz…

Yo estaba de mal humor por el cansancio y el timo del taxista. Tampoco tenía monedas sueltas, sólo algunas monedas minúsculas que no había podido quitarme de encima en Praga. Tuve que soportar esa tensa situación que se produce entre un cliente y un botones cuando este espera que le paguen algo por sus servicios y el cliente no puede hacerlo.

Afortunadamente duró poco y se fue. Cuando conseguí monedas le dí propina con retraso para que se comprase algo o pagase al responsable del voo doo que le estaban haciendo y se liberase de ese aire ausente que llevaba todo el tiempo por recepción.

Esa mañana no podía estar peor. Timado, cansado y de mal humor. ¿Podía ser peor?

Bueno, al entrar en la bañera puse el agua caliente hasta el punto de convertirla en un baño turco con el que sudé incluso debajo del agua. Cuando más relajado estaba se me ocurrió mirar hacia el techo y entonces ví que toda situación es digna de empeorar siempre. Por más que pienses que no es así.

Había una cosa verde. La cosa verde estaba viva. La cosa verde era un insecto. El insecto era un grillo aunque lo mismo daba que fuera una mosca o un mosquito.

¿He dicho lo mucho que odio los insectos?

7 comentarios:

LaLongoria dijo...

Pues si que empezamos bien....
Yo si el insecto es verde todavía, si es una cucaracha casi prefiero encontrarme un león.

Nai dijo...

Por muy cansado que estuvieses... te dejaste timar. Mal! mal!! muy mal!!!
Le monto un pollo al tío.... ay madre no se le vuelve a ocurrir intentar timar a nadie, boh, boh, boh

Al próximo viaje me llevas contigo?? soy buena compañía te lo aseguro xD

Respecto a lo de las religiones... estoy con Marx "la religión es el opio del pueblo" si le prometes a alguien la salvación de algo... se vuelve loco. Nunca entendí las religiones.

Beso!

Houellebecq dijo...

Ja,ja, lalongoria. Si el insecto hubiese sido una cucaracha hubiese sufrido una lipotimia y me hubiese ahogado en el jakuzzi que yo mismo improvisé. El grillo sin embargo se portó bien y salvo un cric, cric ocasional no dió mucho la lata ni se movió del espacio de techo dónde lo encontré. Y el último día me abandonó. Tal vez se le había agotado la reserva del hotel o se le habían acabado las vacaciones.

Nai dijo...

Yo le monto pollos a quien haga falta y en el idioma que sea preciso que sé insultar en todos los idiomas xDDDDD

Tomo nota eh... al próximo viaje me llevas, ¿dónde vamos a ir querido houellebecq? ¿dónde me llevarás?

LaLongoria dijo...

¿grillo verde? mmmmmm,no sé yo con qué has compartido habitación.

Houellebecq dijo...

Pues sí, Lalongoria, creo que era el saltamontes Flip de la Abeja Maya.

Nai dijo...

oh oh oh oh eres un pervertido!!! cuándo quedamos??? xDDDDDDDDD

Vé pensando destino eh...

Beso!