28 enero 2008

Sofía


Necesitamos a V de Vendetta pero sólo es un cómic y una película


“Dios os ha construido de forma diferente. Algunos tenéis el poder del mando, y en la composición de estos ha mezclado oro, por lo cual también disfrutan del mayor honor; a otros, los ha hecho de plata, para que sean auxiliares; otros, a su vez, los que han de ser agricultores y artesanos, los ha compuesto de latón y hierro…”

- Platón, La república, siglo IV A.C.

Estaba tomando un café con Mari. Un descanso en la jornada laboral. Un descanso en mitad de una jornada dónde bien poco había trabajado, la verdad. Pero incluso el no hacer nada cansa y hay que buscar nuevas formas de hacer el vago. Entonces vino Sofi.

Ya sabía por su cara de hacia unos minutos que no había pasado la prueba. Lo imaginaba desde mucho tiempo atrás. No daba el perfil por más que su perfil y su frontal sean perfectamente atractivos y no se trate de una cuestión estética ni el tema vaya por ahí. No daba el perfil laboral. Sencillamente. La empresa necesita otro tipo de persona.

Sofi vino a despedirse de aquellos de los que quería despedirse. Decía que no lo sentía por el trabajo, que lo sentía por nosotros. Yo me levanté a darle dos besos sin saber muy bien como rendirle mejores honores. Si la hubiesen renovado o la hubiesen hecho fija le hubiese sugerido que nos invitase a todos a cenar aprovechando la alegría del momento(esperando que no lo hiciera, por supuesto). Pero ayer no era día de milagros.

En Navidad Sofi se rebeló ligeramente contra el dictamen de cierto encargado pirata que tenemos. Fue simplemente tomarse un día libre porque lo necesitaba. Un día en mitad de seis meses de puntualidad inglesa y de no faltar al trabajo y de trabajar en su puesto y de adaptarse a las normas de la empresa y del pirata. Pero estaba esa rebelión. Una pequeña rebelión en mitad de un mal momento. Las aguas corrían tempestuosas en nuestro puesto de trabajo y el dictador ya no quiere que la gente tenga contratos fijos. Si pudiera evitarlo evitaría que se dijeran hola entre ellos porque puede haber mensajes o códigos cifrados en un saludo que promuevan la revuelta. El tirano tiene miedo y si antes era un peligro ahora es peor. Del mismo modo que lo es un perro con la rabia.

Mari le dio también dos besos a
Sofi. Apenas hablamos mucho más. Yo no quería hablarle sobre lo mal que nos sentaba que se fuera ella precisamente. A veces es peor tener que enfrentar las miradas compasivas de los compañeros que el mismo despido. He vivido algunos despidos en primera persona y detesto los ánimos de la gente, la forma en que tratan de decirte que lo sienten y buscan torpes excusas para que te sientas bien cuando ellos mismos podrían llorar si los despidieran. Creo que si hay que hablar con Sofi es cuando regrese con una sonrisa y el convencimiento de que fuera estar mejor que dentro. Y yo de eso estoy seguro desde hace mucho tiempo. Necesito ese empujón del pirata que me expulse. Fuera es mejor porque fuera será diferente y en el cambio está el progreso. Yo al menos lo necesito así… Y lo quise pensar mientras la vi marchar con cierto desánimo en el cuerpo por mi parte. Sentí que perdíamos más de lo que ha perdido ella.

Sofi tiene un nombre adecuado como pocos. Del griego. Significa sabiduría. Rousseau la consideró la compañera ideal en su “Emilio”. Siempre he pensado que los nombres son aleatorios y no hacen a la persona. Pero Sofi es una excepción. Joven, inteligente, con carácter en el buen sentido de la palabra, con mucho sentido común, inconformista. Evidentemente, el opuesto del perfil de la empresa. En la empresa se requiere otro perfil: lameculos o chupamedias (como diría en su bonito argentino Sofi), tonto, ignorante de sus derechos, de fácil manejo, absolutamente borrego. La plantilla es cada vez más el sueño del tirano. Su pueblo se parece cada vez más a lo que quiere. Si tiene que haber disputas que las haya entre ellos por cotilleos, rencillas de patio de colegio o cualquier estupidez semejante. Él está a salvo y puede manejar los hilos a su gusto. Sofía es de un rango superior. En el mundo ideal de Platón Sofi es oro y el pirata necesita una plantilla de latón o de hierro.

Él está hecho de una materia que no contempla Platón.

Sólo es un tirano de mierda más.

21 enero 2008

Bajón en las rebajas


No encontró nada en las rebajas


Los centros comerciales me deprimen. Lo he comprobado hace poco. Antes pensaba que el bajón era casual pero no. Son esos centros de consumismo. El tiempo que paso en ellos suele ser obligado. Si no estoy trabajando es que alguien me ha llevado a comprar ropa o algo así. Normalmente mi compañera.

Ella llega al centro comercial con alguna excusa como “hay que comprar cacao en polvo para el desayuno en el supermercado del centro” o “no tenemos mantequilla Irlandesa de esa que sólo venden aquí”. Después de haber cubierto esa necesaria misión llega la verdad, los datos desclasificados. Ella quiere mirarse algunas “cositas”. Un reguero de tiendas de ropa para mujer se extiende ante mi futuro inmediato. El aburrimiento que se prevé es sobrecogedor. Veo mi entorno como una recreación de los mundos de H.R. Giger. El ambiente me da algo de miedo, la verdad. Y los aliens llevan faldas.

Camino con la cadencia rítmica y la gracia de un preso con grilletes en mitad de un desierto a cincuenta grados a la sombra y tirando de una carreta. Al menos el preso lucha por la vida. Yo sólo pienso en perderla atándome un cinturón de Zara al cuello y descolgarme desde el tercer piso, junto a la multisala llena de idiotas que confunden el cine con un comedero de palomitas. ¡Que se les quiten las ganas de maíz!

Pero no. Me voy al aparcamiento de hombres junto a una tienda y la dejo entrar a mirar sus telas. Allí, otros zombis de aspecto deprimente esperan a sus respectivas. Algunos se quedan con el niño o la niña, otros se sientan en un banco y miran la baldosa más cercana, también miran otras mujeres que piensan en vestirse mientras las desnudan con los ojos… Una nueva idea para los infiernos de “La Divina Comedia” del Dante. Allí podrían ir los que por ejemplo han pecado de comprarse muchos comics de superhéroes mientras miles de niños morían de hambre en África.

Yo escucho el MP3 o leo un libro o las dos tareas a la vez. Ya noto el bajón en mis entrañas. Empiezo a pensar en lo inútil de la condición humana. ¿Por qué existimos si tenemos que pasar una tarde en un centro comercial? Esos minutos podrían utilizarse para dar vueltas sudorosas y jadeantes sobre una sábana. La ropa no hace más que alejarnos de una bonita visión. En algunos casos defiende de un adefesio, es cierto. Y no es menos cierto que un regalo bonito si va bien envuelto gana pero… No puede dedicarse una tarde de día festivo a eso. Es muy triste.

Ella me llama en mitad de mi canción preferida. Me quito los cascos de la oreja y camino hasta la siguiente parada. Allí hay unas blusas muy bonitas. Hay que contribuir a remover esos montones de ropa. Que trabajen las chicas que dedican su vida a doblar lo desdoblado. Esas dependientas deben estar hasta el coño de la ropa. Debería liarme con alguna. Seguro que prefiere que le golpee con un cazo en la cabeza antes que ir de tiendas o a centros comerciales.

La tarde pasa y resisto mis ganas de lanzarme desde la terraza junto al restaurante Mexicano. Hay treinta metros de caída hasta el suelo. Un final digno para toda esa angustia. Ese mundo es antinatural. Hay que salir de una vaina de las de “La invasión de los ultracuerpos” para sentirse a gusto de esa manera.

Bajamos por las escaleras mecánicas con esas gentes que me parecen tan tristes. Tal vez porque yo me siento así. Y de pronto lo veo. Hay una tienda dónde venden discos, libros y ¡ja,ja,ja la venganza es dulce! un buen montón de esos cómics que tanto odia ella. Le digo de entrar conmigo pero dice que prefiere quedarse fuera. Especialmente alejada de los cómics. Yo entro, repentinamente aliviado de mi bajón. Mi estado de ánimo se recupera. Conseguimos algo de altitud, el avión esta fuera de peligro, la montaña está por debajo nuestro. Y miro hacia atrás.

La veo a ella mirándome agobiada desde la barrera de cristal. Veo los primeros síntomas del aburrimiento en su lenguaje gestual.

Por un momento siento que ella es yo y que yo soy ella.

10 enero 2008

Un feliz recuerdo privado



Quedamos en la estación. Ella salió del tren y le indiqué que volviera a un vagón porque “ese” era nuestro tren. Estaba muy guapa. En realidad no había dejado de verla así desde que me había enamorado de ella. Antes sólo me gustaba. Ahora todo había cambiado para mejor. La oxitocina estaba haciendo su trabajo. La hormona del enamoramiento me hacía mirarla como si no hubiera otra mujer en la tierra. Sus manos de aire acondicionado de vagón calentaron las mías, frías de intemperie y espera.

Habíamos quedado en ir a un restaurante oriental. Internet nos ayudó a encontrar el adecuado. Aunque nos costó algo llegar entre la lluvia y mi femenino sentido de la orientación, dimos con el lugar. Muy acogedor. Espacioso. Elegante a su manera oriental.

El camarero nos dejó una esquina. Adoro las esquinas de los restaurantes y cafeterías. Adoro la intimidad incluso en los lugares públicos. Adoré a mi acompañante mientras se quitaba la chaqueta y me mostraba un vestuario inédito para mí. Había rebuscado en el armario para no repetir modelito. Me halagaba saber que se había arreglado sólo para mí. Yo también había buscado una camisa que ella no hubiera visto y que pudiera gustarle rodeando mi cuerpo.

Llevábamos tonteando semanas, sabíamos que esa primera cita tenía pocas incertidumbres. Sólo ciertos miedos por su parte, sólo cierta dudas por la mía. Aunque si algo tenía claro es que la quería como se puede querer estar vivo cuando te levantas por la mañana. Mi única incertidumbre era saber si quería seguir derrochando oxitocina y acabar loco por ella, un poco más loco de lo que ya lo estaba por mi propia cuenta. Había entre nosotros ciertos obstáculos para que lo nuestro funcionase. Sin entrar en detalles diré que "no era lo adecuado seguir con lo nuestro".

Todo fue a más. En los rollitos con salsa de naranja sus manos no querían soltar las mías, en el segundo plato de fideos de arroz picantes hablamos sobre la vida y la muerte y temas profundos para no hablar de lo nuestro, en el tercero, unas gambas con salsa de tamarindo o algo así, ya conversábamos sobre nosotros. ¡Por fin! Yo no tenía otra cosa en mi mente que hacerle el amor o follarla. Las dos modalidades me venían bien en este caso.

Estuvimos mucho tiempo en ese lugar. Casi cerraron el restaurante con nosotros. Lo peor de trabajar cara al público son los enamorados. Pesados para todo el mundo menos para sí mismos.

Fuimos a un “Il café di Roma” de los muchos que hay por Barcelona. La lluvia nos quería en algún sitio caliente y recogido. Y lo encontramos en esa cafetería. En la segunda esquina del día. Un banco donde nos sentamos juntos. Ella con su pierna izquierda encima de las mías. Cada vez más juntos, más imantados por algo superior a nosotros. La naturaleza no te deja pensar. Hace lo que quiere contigo.

Yo pedí un cortado y ella un capuchino. Hablamos un poco más de lo nuestro. Ya su cuello me estaba lanzando ciertos mensajes. O tal vez sus feromonas me estaban estimulando más de la cuenta. Sentí los efectos de una borrachera. O los de una raya de cocaína de las que ya no se fabrican. Sentí que yo no manejaba ya la nave. La besé en el cuello, en la cara. Ella hizo lo mismo conmigo. Después le toqué los pechos. Los más bonitos que han descansado sobre mis manos. Sólo el tacto de sus pezones ya merecía un libro erótico y otro de amor.

- Sabes que no debemos…

Claro que no debíamos. Pero queríamos. Estábamos rodeados de gente mayor que tomaba sus cafés y hablaban animadamente sin hacernos mucho caso. ¡Gloriosas esquinas! Sólo una se levantó y puso cara de asco cuando me vio con cara de salido salir del cuello de mi compañera mientras mi mano derecha se iba detrás, justo al inicio de su tanga.

- Lo siento… Estoy muy cachonda. Me estoy poniendo muy mal- mi mano quería ir hasta su entrepierna por dentro del pantalón pero había límites y los ponía ella, claro.

Le expliqué cerca del oído lo que le haría si estuviéramos en el lugar y en el momento adecuados. Ella cerraba los ojos para imaginarlo mejor y hasta me hizo alguna puntualización sobre cómo podría salir mejor. La polla se me quejaba dentro del pantalón. La estaba haciendo sufrir para nada. Las horas pasaban y el pegamento que hubiera entre nosotros no se disolvía ni con toda el agua de lluvia que estaba cayendo fuera. Recuerdo que entre toda esa borrachera no dije una sola palabra de amor o deseo que no fuera cierta. Y desde luego, mi erección hablaba por los dos.

Pero teníamos que salir de allí. Yo tenía que irme. Obligaciones cortarollos. Una auténtica lucha entre el yo, el superyo y el ello froidianos. Una encarnizada disputa entre el reptil y el mamífero. Pero al final me pudo el reloj y la razón y dije que saliéramos de allí. De todos modos no podíamos resolver nuestro deseo de ningún modo.

Ella fue al servicio y luego salió preguntándome si se le notaba mucho la humedad en el pantalón. La fuente de jade de la que hablan los orientales había fluido con generosidad.

Yo le dije que estaba bien y fuimos hasta el tren.

Nos separamos con pocas palabras. Usamos las miradas tristes para decirnos adiós.

Yo estaba enamorado.

Lo sé porque cuando llegué a casa seguí pensando en ella con música en los oídos.

Lo confirmé cuando ni siquiera tuve necesidad de masturbarme.

Creo que estaba en un estado de conciencia superior.

Justo ese que hace que los demás te vean como un idiota.

04 enero 2008

Veneno en la sangre (que sale por la boca)


Sonríe porque tiene vida sexual


“Es la última vez que nos lo hace. Se acabó. Deja de ser amiga nuestra. Tanto de mi hermana como mía. La última fue la gota que colmó el vaso. Ya la tenía entre ceja y ceja. Cuando llega la hora de pagar se hace la sueca y disimula y hasta con una risa tiene la desfachatez de decirle a mi hermana que pague ella o me lo dice a mí… Pero es que la última vez… ¿Sabes qué hizo? Te vas a reír. Pero no lo hagas. No te rías. A mí no me hizo ninguna gracia. Pues va la tía y dice que será encargada de un lugar super-cutre que todo el mundo sabe que es para perdedores y te hacen encargado para que no te des cuenta de lo perdedor que eres, me responde la muy guarra que para mierda mi trabajo y que aquí estaré yo hasta que me haga vieja y que eso sí es de perdedores. ¿Te lo puedes creer? Se mete con mi trabajo cuando ella se hubiese quedado aquí si no la hubiesen echado hasta que se hubiese hecho más vieja que yo. ¡Y no la quisieron! Pero ya te digo. Esta se acordará… ¿Y te hace gracia? ¿Porque tú que harías? ¿Dejarlo correr? No, yo no soy así. Esa tiene que pagarlo. Cuando alguien se me cruza… Yo no lo dejo pasar. Tiene que pagarlo. No pienso dejar que se salga con la suya. ¿Cómo que no ha hecho nada del otro mundo? Me ha dicho que me voy a quedar en este trabajo de mierda hasta que me muera. ¡Pero si su trabajo es peor! ¿Y qué, que yo me metiera primero con el suyo? ¿Es mentira que ser encargada de ese sitio es para perdedores? Ahí sólo van los idiotas. Pero tengo mi venganza preparada. A medias con mi hermana. Le haremos algo por el Messenger. Nos haremos pasar por alguien para averiguar sus debilidades y más tarde… Ya se verá. Conozco sus puntos débiles. Le diré por qué no la quisieron en este trabajo que ella dice de mierda. Le diré lo que pensaban todos de ella mientras ella se creía que la apreciaban. ¿Qué si ya no seremos amigas? ¡Pues mejor! Yo no sé si alguna vez me puedo haber considerado su amiga. Total, una tía que no paga nunca, que sólo habla gilipolleces, que… ¡viste tan mal! ¡Porque eso no te lo he contado! Salió el otro un día con un modelito que ni una mendiga, vamos…”

La dejo hablar. Es lo mejor. Sé que luego sé sentirá mejor. Si le llevo la contraria en este clímax de su mal rollo la frustraré más y no dejaré salir el vapor por la olla Express. Eso no es nada recomendable. Me puede explotar en la cara. Ella que se desahogue. Más adelante, tal vez de aquí a dos o tres años, podamos hablar con frialdad de este tema. Y tal vez le pueda decir que no es para tanto, mujer, que la chica que la “ofendió” sólo se sintió ofendida primero por lo que dijo ella, que si le molestaba que no pagase tal vez se lo debería haber dicho a ella antes que a mí, que si viste mal sólo se perjudica a sí misma y puede que ni eso, que buscar una venganza por algo tan nimio me parece enorme… Pero de momento remuevo el café con leche descafeinado y me termino el croissant que gracias a ese torrente de palabras y mala leche(está más buena la de mi café) puedo engullir sin intermedios y sin tener que hablar demasiado. Apenas un “¿En serio?” o un “Claro, claro” de vez en cuando. En algunas partes del discurso admito que me distraen los pechos en segundo plano de una interesante mujer que pasa a pocos metros de nosotros. Después se aleja y entonces me interesa el trasero(o no) de la hembra silenciosa. Pero la hembra que tengo delante no es nada silenciosa. Sigue hablando y escupiendo el veneno o las toxinas que una mala experiencia reciente le han generado. Pongo la mano delante de mi café para que no caiga ninguna gota de ponzoña. Sólo faltaría que me envenenase yo. Y así pasan los minutos. Miro disimuladamente el reloj. No es que me aburra pero cuando el discurso ha reiniciado desde el principio para recorrer de nuevo lo ya explicado he recordado que tengo otras cosas en qué pensar. La parte en la que la ofendieron ya la he escuchado. Me la explica ahora por cuarta vez pero desde otro punto de vista: el de una amiga que iba con ellas cuando ocurrió. También me da el punto de vista de los padres de la chica que, ¡no me lo puedo creer!, ni siquiera ellos están con su hija. O ese es el punto de vista que se me expone. ¿Puedo juzgar este hecho? Lo cierto es que no. Cuando alguien nos habla tendemos a creerle a él por encima de la persona que no está allí para defenderse. Si el que nos habla es amigo o amiga nuestro, le creemos más todavía. Pero todo es un engaño muy psicológico. Sé muy bien que siempre hay que escuchar todas las versiones. Y aun así no tendremos la verdad absoluta. Está la versión que damos. La versión que ocultamos. Está la versión de nuestro subconsciente. Está el asunto de que nos podemos equivocar por una mala comprensión de dichos hechos, por una mala recepción de nuestros sentidos, por un mal razonamiento, por apreciaciones apresuradas y torpes, por escaso conocimiento del prójimo, porque ese día estamos de mal humor y no estamos nada empáticos.

Vuelvo a mover la segunda parte del café con leche. Quiero decir que ya voy por la mitad de la taza y la historia que me cuentan sigue sin avanzar tanto. Ha vuelto a reiniciar.

Cuando se nos acaba el tiempo mi amiga admite sentirse mejor. Es bueno vomitar toda esa porquería fuera.

Yo le doy un último trago a mi café con leche. Se acabó. No queda nada de lo que nos han servido sobre la mesa. Es hora de aportar alguna conclusión. Es hora de mostrar que he estado allí y que no he estado pensando en otra cosa como por ejemplo un par de gloriosas tetas o un buen culo(o no) que se alejaba en lontananza. Y entonces es cuando le pregunto, no sin cierta malicia: “¿Has pensado en liarte con algún tío? Eso distrae mucho y por lo menos follas. ”