29 mayo 2009

Bucay II



Debe ser cosa mía pero me recuerda a un jabalí


El siguiente artículo tiene alguna redundancia respecto al anterior y se escribió antes pero es que en el título del pasado post puse Bucay uno. Eso significa que ahora tengo que incluir al menos un dos. Y bueno, nunca está de más darle palos al ayudador personal.




Ojeo y hojeo la revista de ese reconocido escritor de autoayuda. En la portada y en el editorial veo su fotografía. Se le ve tranquilo y satisfecho. Aparenta felicidad. También prosperidad. No le vemos el resto del cuerpo que en la época en que se hizo la foto era grueso (ahora y por lo que me han contado en su reciente visita a Barcelona para Sant Jordi ha perdido unos kilitos). No es muy diestro en el tema de la dietética pero alguien le debe haber asesorado. En sus artículos habla de sentimientos, de respeto, felicidad… Puede que algún articulista inconsciente de su cantera hable sobre el colesterol y le ofenda pero ese tipo de artículos son para otro tipo de publicaciones Nueva Era.
No importa. El tipo parece estar ayudando a mucha gente. Su religión llega hasta el camarero exheavy de la cervecería alemana dónde tomo el café con hielo pre-jornada laboral. Sus motivos para leerlo: “Sus libros son buenos, buenos, tío, tienen las letras bien grandes y gordas como me gustan a mí”. No haré chistes sobre esa frase y lo que evoca además de letras.
Conozco muchas personas que gustan del ayudador personal metido a escritor prolífico.
Escribe cuentos con moralejas “profundas”. En su sencillez está su éxito. No le habla al cerebro, le habla a sus carencias.
Yo suelo extraer una media de diez frases interesantes por artículo de Montaigne, un francés de hace cinco siglos. Algunas de sus verdades son arcaicas pero el ser humano lo es más así que siguen funcionando como si las hubiese escrito ayer mismo Bucay. El maestro de la autoayuda sin embargo, no me convence tanto. A veces es más obvio que un amigo borracho a las tres de la madrugada en un lugar infecto diciéndote con un brazo sobre tus hombros “el mar está lleno de peces, hombre”. Pero Bucay, haciendo casi lo mismo que ese tópico amigo, arrasa.
Parece que muchos disfrutan de él sólo porque se entiende. Exclusivamente por eso. Y porque sus libros se leen rápido y “de una sentada”. Pero decía Kapuncinsky que un libro no se debe acabar rápido. Muy por el contrario te ha de invitar a reflexionar en cada página o por lo menos en cada capítulo. ¿Hay una plaga de dislexia en el mundo o una epidemia de pereza mental? Todo lo no sencillo se deja a un lado. A menudo lo noto en mi entorno cuando un gran cartel anuncia a lo grande una promoción y todavía un cliente me pregunta: ¿Y esta promoción de qué es? Todo por no leer un par de frases en letras más grandes que su cara. La escritura para algunos es casi tan indescifrable e ignota como una lengua desconocida.
El escritor de autoayuda triunfa porque es un escalón más bajo en la escala evolutiva del intelecto.
Su paso a las revistas supone un ingreso mayor y un nuevo descenso para el desafío de la mente. Es inteligente. Sabe que dónde no lleguen sus libros con letras “grandes y gordas” llegarán sus revistas ya que estás, además de letrazas, ¡Llevan fotografías!

26 mayo 2009

Cosillas sobre Bucay I


Su niño interior estaba fuertote



He leído un cuento del “ayudador personal”(tal y como le gusta ser definido)Jorge Bucay. Está escrito y resumido en cursiva. Yo soy el otro, evidentemente. El de la no cursiva.

Un perrito callejero es atropellado. Dos amigos que pasan por allí ven el perro herido. Al intentar ayudarle el perro gruñe y muestra los dientes. Cuando intentan ayudarle de nuevo, el perro muerde a uno de ellos. Este se queja del animal. El otro le disculpa: “No ha intentado morderte por maldad ni por falta de gratitud. Muerde porque está herido”

El cuento es el preludio a uno de los artículos de esa revista con la que se saca un sobresueldo Bucay. Dice que las vejaciones de las que hemos sido víctimas en la infancia se traducen en ese comportamiento del perro.

John Bradshaw, el más didáctico de los terapeutas contemporáneos, llamó a estos aspectos el niño herido interior. …Se trata de la represión de los sentimientos ligados a esos episodios los que condicionan esa conducta agresiva.

Claro, cuando el niño de aspecto más bien abominable iba a la escuela y los amigos se reían de él, el pobre se tenía que reprimir para no romperles los dientes porque ellos eran más y más fuertes. El psicólogo no analiza aquí un nuevo concepto poco tratado por la psicología pero si por las novelas de por ejemplo William Golding: el niño hijo de puta interior. Está bien curar al herido pero no olvidemos que también hay que colgar a los que lo hirieron.

La fantasía del desamor o del abandono crea un vacío que se intentará llenar después con actitudes inadecuadas, adicciones, autodestrucción, manipulación de los demás…

Esas conductas son tan abundantes que esto me confirma una vieja teoría mía sobre no permitir tener hijos a los padres antes de sacarse un carnet de buenos progenitores, hacer varios test psicotécnicos y estar dispuestos a pagar con la vida y la hacienda cualquier conducta vandálica del hijo.

Reconozcamos al niño interior. De estos cinco modos. 1- Volver a conectar con ese niñito para que confíe en él mismo. 2-Nuestro adulto interior debe reconocer a ese niño3-Tratar con cariño y permisividad a ese niño.4-Debemos respetar la forma en que el niño pretende enfrentar sus problemas 5-reconocer todo eso sin forzar al niño.

Vale, yo entiendo que hay que comportarse como un retrasado mental en la vida real. Si tenemos ganas de patalear por una tontería, pues hacerlo. Si hay que pagar una factura y el niño interior quiere solucionarlo haciendo un barquito de papel en la bañera y convertirla en papel mojado, pues también. Debemos conectar con aquel niño que fuimos y dejarlo salir al exterior. Como Tom Hanks en “Big”.

De todos modos yo creo que con ese niño ya se conecta demasiado. Nuestra sociedad es infantil, tiende a la simplificación y es de trauma fácil. Berrea con asiduidad.

Cuando podemos llevar adelante estos pasos, nos relacionamos saludablemente con ese niño vulnerable y le permitimos salir a la superficie. .. nos guste o no la vulnerabilidad y entrega del niño interior es lo que posibilita la intimidad, el encuentro de las almas…

Este hombre vive en Disneylandia. Pero entiendo que triunfe. Si la gente que odia leer literatura necesita “Crepúsculo”, la gente que odia leer psicología o filosofía necesita leerle a él. Consejos simplones, en algunos casos fantasiosos, que producen un alivio inmediato pero fugaz y que probablemente no pasan más allá de una hora en la cabeza del retardado que los aplaude. La autoayuda es muy eficaz para cierto tipo de gente. Dónde antes hablaban los filósofos ahora hablan estos “ayudadores personales”. Pero eso es como cambiar un buen entrecot a la pimienta por una papilla de niño.

Hay gente que necesita más que autoayuda. Con asistir a clases de adultos para volver a sacarse la educación básica sería suficiente. Además de poder detectar nuestro niño interior debemos alfabetizarlo. Eso es primordial.

21 mayo 2009

Una frase, un odio


Buitre carroñero en acción

Cuando paso por delante de la puerta entreabierta y le veo allí, sentado frente a la pantalla de un ordenador y con la mano derecha sobre el ratón, haciendo movimientos en semicírculo y desplazando el puntero que no veo pero puedo imaginar sobre la superficie virtual, compruebo que a pesar de que no le veo el rostro, ni sé lo que piensa o imagina en esos instantes en los que sólo se dedica a una tarea cotidiana, parece existir como un prejuicio en mí, no sé, algo relacionado con esa ligera pose encorvada y como de buitre sobre su presa que se mantiene o se debe mantener porque no la puedo ver desde dónde estoy cuando acerca su rostro a pocos centímetros de la pantalla, algo también prejuicioso relacionado con esa amplia espalda que se encoge de un modo que tan aprendido le tengo con los años y que para mí representa su eterna pose de “estoy a la defensiva” o “me lavo las manos” o “con todo lo que me esfuerzo por ti y lo poco que tú haces por mí” y en fin, toda esa serie de mentiras y bulos que nunca improvisa y que siempre, de un modo que ya le tengo muy calculado como ciertos periódicos calculan y te anuncian la hora exacta en la que el sol saldrá hoy sobre la ciudad, suele emplear conmigo o con los compañeros o presumiblemente con cualquiera de las personas que le rodean y de las que de un modo u otro intentará sacar algo y que a mí me quema el hígado, me hace odiarle más y compararle con animales tan relativamente feos como serpientes, babosas o el ya mencionado buitre y relacionarle a él y a todo lo que le rodea con la esencia del mal en su estado más primitivo y con la esencia de lo sucio, como por ejemplo también, a esa mano izquierda suya con uñas de carbonero que descansa sobre el reposabrazos de la silla del despacho y que relaciono con la traición, siniestra que descuelga sus dedos por debajo del nivel del reposabrazos a escasos centímetros de la otra pantalla de ordenador, la pantalla izquierda, dónde aparecen imágenes robadas por las cámaras de seguridad a los empleados y debajo de la cual(de la pantalla del ordenador) se puede encontrar un pequeño montón de invitaciones de cine para clientes descontentos por causas ajenas a la voluntad de la empresa con el nombre de la misma, una petición de disculpas y la posibilidad de ver sesiones entre tal y cual período de tiempo, objetos estos que sumados al tablón frente al encargado repleto de directrices a seguir por los subordinados, nombres de compañeros subrayados por ocultos motivos o la pizarra tras la espalda del hombre que describo escrita en caracteres de grueso azul de fácil borrado, o la figurita deslucida y sin brillo del Oscar sobre el armarito de la oficina que se quiso utilizar para una vitrina que al final fue abortada por escasez de ideas o de ganas de tener ideas, o el fax al que siempre he querido enviar insultos desde el anonimato, representan en ese breve vistazo al retazo de la dependencia como la viñeta de un comic dónde en el centro se sitúa el objeto de mi odio y los fondos se montan a partir de cosas que por su relación con lo malo son también malas, horribles, un retablo pintado a partir de pesadillas goyescas, un personaje y unos objetos que en conjunto son recordatorios manchados con el esputo de las acciones del personaje entrevisto a través de esa puerta indiscreta y al que aprendí a odiar una mañana de Paintball, cuando jugábamos empleados contra encargados y los últimos fueron humillados por los primeros y entonces, en ese final de todos contra todos para agotar la munición de pintura por la que habíamos pagado y él me preguntó si me quedaban “balas” y yo dije que no, el muy cabrón me disparó a quemarropa desde cerca creando hematomas en algunas partes de mi piel y hemorragia en el gemelo de la pierna izquierda y como una excusa a su brutalidad(brutalidad que los monitores de ese juego al que nunca quise ir, no debí ir y sin embargo me convencieron de que fuera nos aconsejaron no practicar y nos aseguraron que era peligroso eso de disparar de cerca) sólo me dijo: “Soy un rastrero, ya te dije que era un rastrero y no te tiene que sorprender que me comporte como un rastrero porque me gusta ser rastrero”.

15 mayo 2009

El pedagogo juega con su sobrina


Coge sus juguetes y los arroja en cascada desde la bolsa, que hagan ruido y molesten a la vecina de abajo o a la abuela que trabaja en la cocina. Me siento en el suelo junto a ella y trato de ordenar ese desastre. No sé muy bien qué se puede montar con personajes de distintos tamaños, colores, ideologías y hasta de materiales. A pesar de todo ella quiere jugar conmigo y hay que improvisar. Monto infraestructuras. El pequeño trenecito saldrá desde la urbe bajo la mesa del comedor representada por una carroza invertida y con la portezuela abierta que será la única casa de esa ciudad (tenemos pocos medios). Allí sólo cabe un muñeco de escasos centímetros que regalaban en una pasada promoción de McDonals por la película “Ratónpolis” y que me recordaba en la vestimenta, la pose y la personalidad a la de cierto encargado mío en otros tiempos. El ratón dormirá en esa ciudad de escasa o nula densidad mientras se me ocurra algo mejor que hacer con él. Paralelamente hago subir al tren otros dos ratones: Mickey y Minnie (las ratas de ficción son muy queridas por los niños, en la realidad en cambio se suelen exterminar con productos químicos). Marco algunas pautas geográficas a seguir. El apartamento en la playa está a dos baldosas de la ciudad, la playa es otra baldosa muy bien delimitada junto al mueble de la televisión y el DVD más el TDT y los límites de este pequeño y surrealista ecosistema están junto a la puerta de la cocina. Ninguno de los juguetes de este “Toy Story” en vivo puede entrar allí y el castigo por introducirlos como espaldas mojadas o inmigración serán los gritos de la abuela que cocina o una cachetada en el culo de mi sobrina por pasarlos ilegalmente del lugar dónde han de permanecer al lugar dónde no deben pasar. El país dónde han de permanecer es el comedor. También está prohibida la carrera espacial (que es como decirle a mi sobrina que no arroje juguetes contra la lámpara de araña).

Volvemos a los habitantes de esta nación. Hay que darles trabajo en estos tiempos de crisis. Donald llama mi atención. Para mí siempre ha sido como el gandul de hamaca precursor de Homer Simpson. Decido ocuparlo antes de que aparezca su tío Gilito y le ofrezca otra tarea. Le hago revisor del tren dónde Mickey viaja con Minnie. Estos dos, por cierto, han olvidado pagar el billete y tienen que abonarle 30 euros de multa. Mi sobrina quiere ver el dinero. Yo también pero como no es posible recurro a la mímica. A ella no le convence mucho pero se resigna.

El apartamento de la playa al que llegan los ratones está ocupado por los Lunnis y Epi y Blas(dos tipos estos, francamente sospechosos). Hay algunas discusiones entre ellos. Las arreglan golpeándose un poco y acaban venciendo los personajes de plástico frente a los de tela y blando relleno de algodón.

Donald se ha bajado del tren y mi sobrina quiere liarlo con Minnie pero le digo que la reproducción entre un pato y una rata es más bien difícil, si quieren descendencia tendrán problemas. De todas formas en el mundo de las aves sólo los anátidos (patos,cines, gansos) tienen órganos sexuales externos. Esto significa que Donald y Minnie pueden pasar un buen rato y sin necesidad de preservativos.

Una de las Winx está tomando el sol representado por una lámpara de mesa con bombilla de bajo consumo junto a la baldosa que representa la playa pero llega una Nancy pija, le dice que el sitio es suyo y al final lo acaban arreglando con un pequeño soborno. La Winx se va volando de allí aprovechando que tiene alas. Pero la Nancy no ha hecho un buen negocio. El resto de juguetes masculinos no dejan de importunarla y decirle guarradas, incluso el cornudo de Mickey se apunta a los piropos soeces. Los juguetes libres mientras tanto, venden helados, alquilan sombrillas y tumbonas que improviso con periódicos y revistas o roban carteras(a la Nancy le roban la ropa mientras se baña).

Sigo sin saber qué hacer con el ratón dormido de la ciudad así que hago que se suicide.

El comedor es surrealista, parece un cuadro de Dalí. Y sin embargo, mi sobrina y yo le encontramos un sentido.

Al día siguiente la televisión anuncia sofisticados y caros juegos que mi sobrina no necesita. Poco a poco la estoy haciendo inmune a la Navidad (que está lejos pero nos amenaza igual y acabará llegando).

Coge sus juguetes y los arroja en cascada desde la bolsa, que hagan ruido y molesten a la vecina de abajo o a la abuela que trabaja en la cocina. Me siento en el suelo junto a ella y trato de ordenar ese desastre. No sé muy bien qué se puede montar con personajes de distintos tamaños, colores, ideologías y hasta de materiales. A pesar de todo ella quiere jugar conmigo y hay que improvisar. Monto infraestructuras. El pequeño trenecito saldrá desde la urbe bajo la mesa del comedor representada por una carroza invertida y con la portezuela abierta que será la única casa de esa ciudad (tenemos pocos medios). Allí sólo cabe un muñeco de escasos centímetros que regalaban en una pasada promoción de McDonals por la película “Ratónpolis” y que me recordaba en la vestimenta, la pose y la personalidad a la de cierto encargado mío en otros tiempos. El ratón dormirá en esa ciudad de escasa o nula densidad mientras se me ocurra algo mejor que hacer con él. Paralelamente hago subir al tren otros dos ratones: Mickey y Minnie (las ratas de ficción son muy queridas por los niños, en la realidad en cambio se suelen exterminar con productos químicos). Marco algunas pautas geográficas a seguir. El apartamento en la playa está a dos baldosas de la ciudad, la playa es otra baldosa muy bien delimitada junto al mueble de la televisión y el DVD más el TDT y los límites de este pequeño y surrealista ecosistema están junto a la puerta de la cocina. Ninguno de los juguetes de este “Toy Story” en vivo puede entrar allí y el castigo por introducirlos como espaldas mojadas o inmigración serán los gritos de la abuela que cocina o una cachetada en el culo de mi sobrina por pasarlos ilegalmente del lugar dónde han de permanecer al lugar dónde no deben pasar. El país dónde han de permanecer es el comedor. También está prohibida la carrera espacial (que es como decirle a mi sobrina que no arroje juguetes contra la lámpara de araña).

Volvemos a los habitantes de esta nación. Hay que darles trabajo en estos tiempos de crisis. Donald llama mi atención. Para mí siempre ha sido como el gandul de hamaca precursor de Homer Simpson. Decido ocuparlo antes de que aparezca su tío Gilito y le ofrezca otra tarea. Le hago revisor del tren dónde Mickey viaja con Minnie. Estos dos, por cierto, han olvidado pagar el billete y tienen que abonarle 30 euros de multa. Mi sobrina quiere ver el dinero. Yo también pero como no es posible recurro a la mímica. A ella no le convence mucho pero se resigna.

El apartamento de la playa al que llegan los ratones está ocupado por los Lunnis y Epi y Blas(dos tipos estos, francamente sospechosos). Hay algunas discusiones entre ellos. Las arreglan golpeándose un poco y acaban venciendo los personajes de plástico frente a los de tela y blando relleno de algodón.

Donald se ha bajado del tren y mi sobrina quiere liarlo con Minnie pero le digo que la reproducción entre un pato y una rata es más bien difícil, si quieren descendencia tendrán problemas. De todas formas en el mundo de las aves sólo los anátidos (patos,cines, gansos) tienen órganos sexuales externos. Esto significa que Donald y Minnie pueden pasar un buen rato y sin necesidad de preservativos.

Una de las Winx está tomando el sol representado por una lámpara de mesa con bombilla de bajo consumo junto a la baldosa que representa la playa pero llega una Nancy pija, le dice que el sitio es suyo y al final lo acaban arreglando con un pequeño soborno. La Winx se va volando de allí aprovechando que tiene alas. Pero la Nancy no ha hecho un buen negocio. El resto de juguetes masculinos no dejan de importunarla y decirle guarradas, incluso el cornudo de Mickey se apunta a los piropos soeces. Los juguetes libres mientras tanto, venden helados, alquilan sombrillas y tumbonas que improviso con periódicos y revistas o roban carteras(a la Nancy le roban la ropa mientras se baña).

Sigo sin saber qué hacer con el ratón dormido de la ciudad así que hago que se suicide.

El comedor es surrealista, parece un cuadro de Dalí. Y sin embargo, mi sobrina y yo le encontramos un sentido.

Al día siguiente la televisión anuncia sofisticados y caros juegos que mi sobrina no necesita. Poco a poco la estoy haciendo inmune a la Navidad (que está lejos pero nos amenaza igual y acabará llegando).

También me cuesta más y más convencerla de que quiero ver algo en televisión y que no me apetece jugar con ella.

Invento una epidemia de Ébola que los mata a todos y vemos una vez más “Peter Pan”.

11 mayo 2009

El troll anónimo


Las mayores sorpresas que me da el blog vienen de artículos del pasado. A veces algo que escribí hace dos o tres o cuatro años me salta a la cara y tengo que justificarlo como si lo hubiese dicho ayer. Suelen ser anónimos los más críticos e insultantes. Abro el messenger y veo un mensaje del blog que me dice que alguien ha escrito un comentario en “El hacedor de blasfemias”. Cuando leo que es anónimo me preparo para algún insulto. Especialmente si alguien ha comentado algo que escribí en otros tiempos (porque el presente y sus comentaristas suelen estar controlados, me los veo venir con ocasionales sorpresas). No suelo equivocarme. Ayer me encontré un comentario sin remitente que me trataba de analfabeto para abajo y en pendiente pronunciada hacia la subnormalidad profunda.

Antes tuve una época dónde hablaba de ciencia. El tono ligero que imprimo a mis historias habituales era el que usaba para aquellos temas. El comentarista anónimo que me criticaba por algo que escribí hace casi tres años sobre mecánica cuántica empezaba así su “desmontando al hacedor” :“mmmm...fracaso de la ciencia...como que el blog que estas usando para criticar vaciamente te lo dio quien sabe quien ..no sera un producto de la ciencia??ademas como burradas habla el documental igual haces tu pues blasfemas de cosas ya comprobadas de manera practica y que ironica mente estras usando para comunicarte”

A pesar de su estilo confuso, farragoso, inexacto y carente de normas básicas ortográficas y gramaticales entiendo que me está dando un palazo nada más entrar. Creo que en aquel artículo que apenas recuerdo criticaba humorísticamente a la ciencia o cierto documental que hablaba sobre esta y este tipo se ofende y dice que mi blog es ciencia y por tanto, me contradigo. Bueno, si hubiese leído más artículos vería que cuando critico algo no defiendo su exterminio. Sólo estoy contra la fe ciega en cualquier credo. Por lo demás la ciencia me apasiona y cada vez más. Las burradas que supuestamente digo en mi artículo pueden ser reales pero el comentarista parece no entender que también son voluntarias. Mientras yo juego escribiendo el tipo me toma muy en serio. Con estos trolls no sé si sentirme halagado o indignado. Mi optimismo me lleva a lo primero. Es positivo que hasta el más imbécil entienda lo que escribo (aunque lo malinterprete). Ahora sé que me puedo dedicar también al lucrativo negocio de los libros infantiles.

Mejor es su siguiente andanada: “ xD por ejemplo...y trata si vas a hacer una critica sobre cosas estupidas, q no sea con mas cosas estupidas. pues hablaste de algunos postulados como si no tuvieses sentido comun o no hubieses ido a una educacion secundaria..”

Tal vez yo escriba como si no hubiese pasado por la secundaria cuando lo hago de ciencia pero desde luego el tipo se expresa como si no se hubiese escolarizado nunca, le hubiese enseñado a escribir su padre el chatarrero y cerca de su casa no hubiera escuelas para adultos. Pero es cierto que siempre nos descuidamos más la escritura en los comentarios. La pasión por insultar no beneficia al comentarista anónimo. El tipo está indignado por el cachondeo con el que me tomo la mecánica cuántica y no entiende que yo me río de cierto documental sensacionalista que habla sobre el tema. Tampoco entiende que cómo dijo el poeta “los de entonces ya no somos los mismos” y que yo escribí eso hace casi tres años y pasa a contradecir mi idea de que los átomos no se tocan ya que sí hay enlaces entre electrones que forman moléculas, de manera pedante intenta explicarme lo que supuestamente no sé (algo que ya sé gracias a mi cuñado y a que a medida que pasa el tiempo estoy sujeto a todo tipo de refutaciones y aprendizajes nuevos para superar mis carencias informativas). El tipo sabe algo, tal vez lo único que ha aprendido en su limitada vida, y me lo malexplica en su comentario para, tal vez así lo piense, humillarme.

Termina su extenso comentario así: “usted amigo es uno de esos personajes que de haber existido en la edad media y alguien les hubiese dicho que es posible crear un medio por el cual todos sin exepcion podrian comunicarce y dar sus opiniones por estupidas que fueran...hasta hacer un blog, hubiesen dicho.."mira q estupides...internet HA! HEREJES!!! QUEMENLOS!!”

Eso está escrito con el culo. Me cuesta decodificarlo. Pero el tipo me toma por un retrógrado. Yo que suelo estar metido en todo documental o revista o libro científico que puedo. Precisamente en un informe científico leí una estadística dónde decía que la incapacidad para entender la ironía denota un menor coeficiente intelectual. El tipo toma en serio un artículo en el que me río de un documental y ya puestos, hasta de mi propia ignorancia. Luego me compara con un hombre medieval en su acepción oscurantista (Meryone, medievalista comentarista mía, podría encontrar más claros que oscuros en la Edad Media) y erróneamente me toma por un detractor de Internet.

En fin. En ese mismo artículo hay un comentario de un tal Ozymandias. Ese Ozymandias, además de salir en Watchmen es un amigo mío que suele dar varapalos más inteligentes y mejor escritos en sus comentarios. Su presencia es habitualmente sinónimo de crítica destructiva pero con fundamento y con tanta o mayor ironía que la mía. El anónimo debería aprender mucho de ése crítico que le precede. O quedarse verdaderamente en el anonimato. Pero no. Mejor que no lo haga. A pesar de lo que digo no puedo ocultar una cierta coquetería intelectual.

Los emperadores romanos solían tener un tipo al lado de la oreja que después de cada conquista les bajaban el ánimo atacándoles verbalmente para que no se les subiera el éxito a la cabeza. Yo, con éxito o sin él, puedo tragar una crítica destructiva cada quince positivas.

Nunca tendré el blog que deseo sin trolls que me ataquen periódicamente.

¡Qué sería de los escritores irónicos y de los cómicos sin idiotas de los que reírse ocasionalmente!

06 mayo 2009

Vibraciones del pasado


Cuando fui aquel año a Transilvania quería olvidar. No sólo llevé el equipaje mínimo y conseguí comprimir mis necesidades de ocho días en una bolsa de mano. También decidí dejar mis preocupaciones, mis problemas y el caluroso verano en Barcelona. El clima rumano es fresco y el aire sabe mejor.

Mi intención era estar solo y ver mundo. Al menos ver una pequeña parte de él. Lo segundo sucedió del modo previsto, lo primero…

El autocar que nos guiaba por todo el país a un ritmo de dos o tres ciudades diarias cumplió objetivos sin problemas. Pero yo, no sé cómo, me vi incluido en un grupo de unas diez personas más la guía que se fue formando de un modo natural y casi sin darme cuenta. El resto eran parejas y matrimonios desperdigados y absortos en sus disputas domésticas y sobre todo en el visor de sus cámaras digitales.

Cuando llegaba por las noches al hotel derrengado por los madrugones, las caminatas y los traslados con mi bolsa de mano deformándome el hombro, todavía me golpeaban la puerta los nudillos de mis nuevos compañeros procedentes de distintos puntos de España y los de la guía, una mujer muy simpática por cierto, y me forzaban a salir del encierro voluntario para ir de fiesta con ellos. Como confundían mi amabilidad con el interés de estar con ellos pensaban que mis reticencias sólo eran producto de la timidez. “¡No vamos a dejar que te quedes aquí muerto de asco!”, parecía ser el lema de esos simpáticos aunque algo entrometidos samaritanos. Me hicieron de todo menos abusar sexualmente de mí: me llevaron a un punto cercano a la ebriedad en un agradable pub rumano y acabar casi en el regazo de la guía rumana, entraron en mi habitación varias veces con el viejo truco de usar el pie para no dejar cerrar la puerta una vez la has abierto, la guía me disfrazó de rumano típico junto a otra compañera para servirles el postre a los del grupo, me incluyeron en la cena de un restaurante donde un drácula a punto de jubilarse trató inútilmente de asustarnos con sus dientes de plástico y sobar a las chicas… En fin. Me ayudaron a crear todas esas postales amables que necesita un viaje para ser recordado con una sonrisa nostálgica mientras miras fotografías desencuadradas o mal enfocadas (mi cámara no era digital aún).

Yo buscaba vibraciones. Había leído que los lugares dónde ha habido violencia guardan esos ecos del pasado en sus paredes. Y así, acompañado de españoles que parecían buscar lo mismo recorrí los lugares dónde el verdadero conde Drácula, Vlad Tepes, le metió palos en el culo a los turcos para regocijo propio y de sus siervos.

A mi lado iba una pareja cien por cien anormal, pero no sobrenatural, más bien infra. El tipo era enorme. La naturaleza lo había invertido todo en su cuerpo y se había olvidado del cerebro. Se pasaba el día gritando en restaurantes, calles y avenidas “quiero follar, quiero follar” mientras su también anormal compañera (pero menos, detrás de un hombre subnormal hay una mujer moderadamente tarada) le pedía un poco de moderación verbal mediante suaves codazos en el hígado o agarrándole el brazo suavemente(ella no sabía que su compañero pedía a gritos una barra de hierro en la cabeza). Él daba vergüenza ajena. Ella un poco de pena. Y a pesar de todo no eran ajenos a la belleza arquitectónica de los pueblos o hasta de la capital, Bucarest, dónde no dejaron de repetir casi como un mantra “to esto está mu guapo”. Y sé que habían ido al lugar buscando el mismo tipo de vibraciones que yo. Compartíamos el deseo de recuperar la sensación de las viejas películas de la Hammer sobre vampiros en esas tierras rumanas (cuando esas películas eran bien británicas, la verdad). Yo también perseguía mis literaturas góticas. Quería hacer una adaptación a la realidad de lo que hasta el momento sólo había sido ficción o como mucho documentales sensacionalistas sobre Vlad Tepes, el conde empalador. Pero los freaks iban más allá. Ella me preguntó si era cierto que allí existían vampiros de verdad y si el conde se transformaba en murciélago. Yo les expliqué con mi habitual escepticismo lo que sabía sobre las supersticiones de la región, lo de Vlad, lo de la mezcla que hizo en su literatura Bram Stocker…

O no me expliqué bien o no me entendieron porque todavía me preguntaron si era conveniente llevar ajos para evitar vampiros. Hasta entonces pensaba que ese tipo de tontos sólo salían en las comedias americanas.

Y al fin llegamos a la cama dónde había dormido Vlad Tepes o a Sighisoara dónde este había nacido. Sentí lo mismo que cuando estuve frente a la casa de Kafka en Praga o la consulta de Freud en Viena o el los palacios dónde habían tocado Beethoven o Mozart: nada. No me vibraba ni el móvil. ¿Dónde estaban los ecos del pasado que se impregnan en los paisajes dónde han sucedido?

Miré a mis compañeros. El grandullón no parecía tan alto. Los dos estaban pálidos y se abrazaban como Hansel y Gretel viendo el cocido que la bruja prepara con ellos de ingrediente. Ellos sí sentían esas sensaciones que buscaban cuando la guía explicaba las historias de empalamientos y torturas que habían sucedido por esas calles que ahora son patrimonio de la humanidad (muy acertadamente ya que no hay mayor patrimonio de la humanidad que el de la crueldad y el salvajismo).

A ver si lo van a llamar vibraciones cuando lo que quieren decir es autosugestión para mentes débiles.

Regresé a Barcelona más sabio pero no más supersticioso.

Eso sí, en el avión intercambié miedos con los freaks. No consigo volar sobre depósitos de combustible altamente inflamables sin vibrar. Muy malas vibraciones, añado.