24 junio 2013

El formador

-¿Te importa que fume?

-No.

-No se puede fumar pero a mí me da igual.

Tiene unos sesenta años. Y ha aprovechado bien el tiempo. Tiene una mirada astuta.
Debe instruirme en mi nuevo puesto de trabajo.

-Aquí lo más complicado es bajar la basura. Pesa. Pero ahorita te enseño cómo bajarla en el ascensor para ir más rápido. No se puede bajar en ascensor por los olores pero a ciertas horas no te ve nadie. Apúntatelas. Si no te ven bajando es como si no lo hubieras hecho. ¿No? Hacemos el recorrido y volvemos a nuestra garita.

Me pide que me siente pero sólo para hacerlo él también. Dice que está viejo y no quiere pasear más. De pronto algo le llama la atención en un monitor de vigilancia:

-Mira, mira, mira... ¡Importante!- es un rugido que le sale del pecho- No pierdas eso de vista. Mira, mira, mira qué niña más bonita. Aquí verás muchas mujeres lindas. Es lo mejor del puesto. Porque los monitores casi nunca los miro. Pero si pasa alguna niña linda...

Suena un sensor y se enciende un piloto verde en el cuadro de luces.

  • Otra cosa. Si alguien abre una puerta aquí suenan sensores. Esto es ideal por si estás jugando con el ordenador, escuchando la radio, dormido o tocándote la cosita. Los sensores están para eso, para que no te pillen.

  • ¿Y los inspectores?

  • Sí, claro, los porculeros esos. Aquí lo peor que puede pasar es que te sientes en el váter a dormir un poco con la puerta entreabierta y llegue el inspector. Entonces te sonará el móvil de la empresa que siempre debes llevar contigo. Te lo tomas con calma. Te lavas la cara y sin prisa. Que esperen los tocapelotas. Al cabo de unos minutos, cuando estés en condiciones y se te vea fresco como una rosa te presentas dónde esté el inspector, esperando en su coche frente al garaje suele ser, y le dices que estabas en mitad de una ronda y te pilló al otro lado del edificio. Yo una vez tuve a uno esperando como veinte minutos al frío del invierno. Pero bueno... Ahora te explicaré lo de los puntos de control...

Así me gusta. Que lo primero sea explicarme lo esencial de una faena y luego ya, si queda tiempo pero al final, lo que realmente debo hacer... aproximadamente bien.



Nit de Sant Joan

Les veo en un portal. El hombre está desnudo. Aún así le arropan tres cuerpos femeninos de edades que oscilan entre los dieciocho y los veinte. No estoy seguro de que tengan todas la edad legal pero quiero pensarlo(aunque la naturaleza parece que tiene otras normas).
Ellas están muy apretadas las unas contra las otras, asardinadas. Dos están de frente, aplastándose mútuamente los pechos, la tercera se abraza a la de en medio. Miran hacia donde estoy yo observándolas y se ríen como si les gustase provocar o causar algún tipo de estupor o, por lo que ocurre después, como si me invitasen a la fiesta. Pero allí hay un hombre ya. Un hombre desnudo del que apenas vislumbro el cabello negro y fragmentos de carne blanca o pálida por el fresco de la madrugada y en un flash muy rápido, la polla que se agita y se acelera con el movimiento que le brinda la mano de una de las chicas. No sé cual de ellas es pero le están masturbando. Tampoco sé si se alternan en ese juego porque deben estar así como media hora y el asunto parece que va para largo. Yo sólo veo una parte pero sé que llevan más tiempo porque alguien me ha avisado de que estaban en ese portal y yo he salido para constatar lo que me han contado. Y sí, así es. Un hombre con tres. Un afortunado en amor o en dinero o en ambas cosas. Imagino en principio que ha pagado por ellas pero no tienen aspecto de putas, sólo actúan como si lo fueran. En cualquier caso no sé que tipo de carisma masculino puede llevar a que tres mujeres se disputen la polla de un hombre desnudo en un portal y no aspiren a nada más que eso, a aplastarse las unas contra las otras para cubrir el cuerpo desnudo del macho y pasarse tanto tiempo jugando con sus genitales sin recibir ningún orgasmo a cambio porque él apenas las toca.
Ellas van vestidas de verano, y combinan blusas con minifaldas y algún que otro tacón pero nada especialmente ostentoso ni colorido. No consigo solucionar el crucigrama de ese acto. ¿Qué ha hecho ese hombre para tener a tres? ¿Y dónde se ha dejado la ropa? También pudiera tratarse de una cámara secreta para alguna web pornográfica.
Pasan otras personas por la calle y todas pagan el peaje del voyeurismo. Y los-as exhibicionistas siguen con su "ji,ji,ji" mirando a los que pasan y a su vez los-as miran. Alguno, más atrevido, se acerca a una de las chicas y restriega sus genitales por sus nalgas, ella se deja y siguen con la risita. Otro animal hombre ve al primero y juega al mismo juego. Dónde comen dos ya casi que puede comer cualquiera que no tenga vergüenza. Todas las características que nos hacen tímidos o extrovertidos están en unas células del tronco cerebral llamado sistema reticular ascendente de activación. El cortex nos inhibe o no, depende como hayamos salido de fábrica. Mi cortex sólo deja de inhibirme con el alcohol. Y nunca tanto como para ir a refregarme contra las primeras nalgas que me encuentro por la calle. Pero tampoco juzgo al que hace ni a la que se deja. Eso ya lo hará el juez como a la policía les dé por detenerlos por escándalo público.
Yo finalmente decido que tengo sueño, que he terminado mi turno y que mirar no es más divertido que pegar la cara al cristal de una pastelería sin dinero para comprar.
También, mientras me alejo, pienso que después de doce horas de aburrimiento monitorizando la nada de un portal vacío ya podrían los del espectáculo haber empezado antes.
El compañero que me releva se frota las manos y se queda absorto en su faena y en su monitor.
Mañana que no me dé la mano.

02 junio 2013

Buscándome la vida para perderla un poco

El papel y lo que leía en él me hipnotizaba, me abstraía, ya no veía el entorno. Pagas prorrateadas, sueldo en bruto, sueldo base y pluses incluidos... Aún así ni se asomaba a una paga que hubiese considerado decente ocho años atrás. Un sueldo al nivel de un insulto. Pero no me podía permitir más días viviendo sin ingresos. Entre una llamada del Ayuntamiento y otra. Cada vez más distanciadas. Esperando la resolución de un error administrativo.
Me llamaron para un puesto de conserje y de auxiliar de vigilancia en dos lugares distintos. Un par de puestos de trabajo o “servicios” en uno(el verbo servir suena a esclavitud y se ajusta muy bien a lo demandado, un aplauso por la sinceridad de los contratistas). Y yo no podía seguir jugando al cortesano real. Me gusta no hacer nada y no soy de esos que dicen que no pueden vivir sin trabajar. Con dinero podría vivir perfectamente el resto de mi vida de vacaciones y llenando el tiempo con libertad. Pero los sueños no suelen ir más allá de las neuronas salvo en contadas ocasiones.
Aún así miraba angustiado el papel. Si el sacrificio de trabajar ni siquiera tiene el premio de vivir con una cierta holgura económica algo terrible estaba fallando.
Pensé que si después de la entrevista me aceptaban lo cogería a falta de algo mejor.
La faena no parecía muy dura y además me dejaba tiempo para leer o escribir. Ya me veía como Roberto Bolaño generando mundos en un camping de Castelldefels . Encerrado pero libre a la vez. Claro que aún no me habían seleccionado.
Salí a la calle con un vigilante profesional con título y todo, más ancho que alto, que me acompañó hasta la parada de metro y un par de estaciones. Sólo hablaba yo. Él parecía autista. Pero escuchaba. Se interesó por mi trabajo en la biblioteca. Le orienté algo sobre las “áreas de promoción económica del Ayuntamiento” y si llevaba el tiempo suficiente parado y no le cogían de este trabajo tal vez pudiera usarlas. Y tanto le interesaba mi orientación que me pidió dirección de correo electrónico y hasta número de teléfono. Pero a mí no me gusta entregar mis datos de contacto en una “primera cita”. Hice como que apuntaba su móvil y le dije que si sabía “algo sobre algo” ya le llamaría. Una mujer muy cotilla a mi espalda veía cómo hacía que marcaba números en el teléfono sin realmente marcarlos y me miró con dureza hasta que yo la miré con más dureza y descaro y se limitó a sus propios asuntos.
Salí del vagón de metro con varias preocupaciones. ¿Ese hombre barrigón y silencioso era mi futuro?
Debo decir que no tardaron en llamarme y acepté para probar. A mis antiguos trabajos de peón de fábrica, administrativo, todos los trabajos de un cine, bibliotecario, canguro, profesor de “inmersió llingúítica”, de controlador de accesos en el Camp Nou, introducción de datos, etc. ya podía añadir uno nuevo. O en eso estoy.
Pero aún recuerdo esos ojos perdidos de zombi y esos silencios incómodos del obeso vigilante. Ese mundo interior tan grande que se había comido el de fuera.
Como un aviso de lo que me esperaba si dejaba que un trabajo me devorase.