20 octubre 2014

La paja en el ojo de la cajera



En las colas de ciertos supermercados pienso en la concepción pesimista sobre la especie humana de Hobbes. Y en más sitios también, casi en cualquier lugar, la verdad. Debería ser más tolerante pero no sé cuáles son las ventajas de esa tolerancia. A veces le toleras algo a la gente para que la gente se aproveche y saque algo más de ti. Pero vamos a uno de mis escasos casos en los que no hice absolutamente nada por gritar ni pegarle a nadie. Solo me dejé llevar por la observación y la calma aparente.
Hace unas semanas y cuando empecé este post estaba en un supermercado. En su cola. Éramos dos. Una señora de más de setenta y yo. Yo tenía prisa porque se me echaba la hora del trabajo o por lo menos de sus preparativos. Yo llevaba cuatro cosas. Ella un carro cargado con suministros para acondicionar un búnker antes de una guerra nuclear. Aún así no me sugirió que pasase yo primero (yo lo hago siempre si el caso es el opuesto aunque cada uno tiene la educación que puede o le han dado). Pero lo malo es que se puso a explicarle a la cajera con la que debía tener confianza, los problemas de su hija. Empezaba con infidelidades y la trama hubiese sido interesante para otro día pero como he dicho, yo llevaba prisa. Y las dos botellas de leche, los cereales y el pan pesaban un poco más que cuando los cogí.
La señora, con ese egoísmo tan perfecto en el ser humano que sólo alcanza su mayor refinamiento en la jubilación, seguía dale que te pego con su charla mientras los minutos se me morían en el reloj.
La señora se puso a buscar unas monedas en su monedero. Era la hora de pagar en céntimos. Hay gente que cree que ahorra mucho así pero el tiempo que se te va haciendo el idiota con los céntimos no tiene precio. Especialmente si tu compra es grande y pagas así más de la mitad. Todo eso sin dejar la charla, hoy le iba hacer huevos con patas fritas a la hija y al nieto.
Gracias a mi gran expresividad facial la cajera no necesitó más de un vistazo a mi rostro para entrar en pánico y buscar con su mano una botella de leche pero la señora le detuvo el movimiento con la voz: “No me has hecho el descuento este ¿Verdad?” Le acababa de sacar un papel arrugado de no sé qué parte de su bolso. Y la susodicha nena lo cogió para estudiarlo sin reconocer muy bien esa oferta, a veces pasa pero no sé por qué, los supermercados hacen ofertas que sus cajeras desconocen, otro misterio para el programa de las noches de los Domingos. La cajera llamó por el micrófono a su encargado. Mi compra ya estaba sobre la cinta pero no resolvían ese asunto, el tiempo era una opresión a la altura de mi corazón. Pero al fin se arregló, le pasaron algunos productos otra vez por la pistolita del código de barras y la señora comenzó a pagar o terminó de hacerlo con sus monedas pequeñas e inofensivas. Ya estaba mi leche a punto de pasar por caja cuando la señora dijo: “Nena, creo que no me has devuelto bien el cambio
Volví a ver a la señora dos semanas después. En el mismo súper. Corrí para ponerme delante de ella y lo conseguí. Esta vez éramos varios y la señora estaba atrás pero yo no podía vengarme porque las venganzas en las que la víctima no aprende nada ni es consciente son tontería y porque los demás no tenían la culpa.
En un momento dado la cajera tuvo un problema con otra señora. Otro descuento apócrifo. Otra llamada al encargado. Y fue entonces cuando oí la voz de la señora a mi espalda:
-          Nena, espabila un poco que no tenemos todo el día.

18 comentarios:

Nueva dijo...

Hola, soy Nueva por aquí :)
Normalmente vivir estas situaciones me hacen solidarizarme con el personaje de Michael Douglas en "Un día de furia", pero contado así, me ha hecho reír. Un saludo!

Sylvia dijo...

jajajajaajajaa no puedo con las superabuelitas de este tipo... no puedoooooooo por eso compro por internet en cuanto me es posible :P
Yo creo que eso me ocurre desde pequeña cuando mi madre me obligaba a ir con ella al mercado a comprar los sábados... pero mi madre, no tiene la compra del mercado como subsistencia, sino como modo de relación y parloteo con el personal, y en fin... eran mañanas de sábado eternasssss.
Ahora con los supermercados en alza y la decadencia del mercadillo de barrio tradicional (al menos donde vivo) siempre les queda la paciente cajera...
ánimo! ya has subido un peldañito al cielo jaja

Pilar V dijo...

Creo que lo que más me ha llegado a sorprender es descubrir que la abuelita de Heidi es eso, un personaje de cuento.

En fin que generalizar es malo, pero esas señoras de mil y pico años delante de tí en la cola, son una verdadera prueba de paciencia.

Besos y felicidades, en una de esta levitas (carcajada...)

si, bwana dijo...

Magnífica narración de un caso corriente y de la paciencia de Job de vuestra merced. Todos hemos sufrido alguna vez experiencias similares aunque con menor grado de aguante. Por ejemplo, un servidor se hubiera largado, dejando la pretendida compra en la cinta, aunque se hubiera quedado sin desayuno.
Tampoco es raro encontrarse con un carrito lleno de compras abandonado en la cola de la caja, al cuidado de un ente invisible, mientras la dueña se ha largado a buscar algo que había olvidado. Si uno osa pasar delante del carrito aparentemente abandonado, cuando llega la interfecta recibirá un rapapolvos de categoría.

a volvo dijo...

Creo que ese día, más que un ejercicio de paciencia, estabas en tu día "a ver hasta dónde llega "esto" y cuánto soy capaz de aguantar"... A pesar de que los minutos se morían en el reloj (maravillosa frase!), conseguiste aguantar la tortura. Me encanta cómo has rematado la historia porque eso, precisamente, es lo que suele pasar con ese tipo de gente.

tD1b.

S. dijo...

Nueva: Esa película me gusta mucho en su primera hora, luego se dispersa en exageraciones. Pero tuvo éxito porque a menudo nos pasan cosas así o similares. Y casi siempre callamos. Sólo en el cine queda bien explotar. Cuando he explotado yo, algunas veces, he quedado como el malo. Muchos saludos, Nueva.

Sylvia: Mi hermana me dice que compre como ella por internet pero tengo miedo de mi wifi y su vulnerabilidad. No sé si con fibra óptica la cosa sería más fácil y no me preocuparía tanto por dejar mi tarjeta de crédito ahí. Desde luego es mucho mejor comprar como tú. Sólo por ahorrar estas desesperaciones cotidianas, ya serviría. Total, no puedo volver a escribir sobre esto porque sería redundante. No quiero vivir más anécdotas de estas.

Pilar: A mí solo me cae bien la abuela del "Cuéntame" y porque la vemos en sus mejores momentos y a lo mejor me recuerda a la mía. Supongo que esta vez puedo sacar la satisfacción de haber gestionado sin incidentes el evento. Soy un ex-agresivo anónimo. Espero.

si,bwana: Clasicazo lo que cuentas sobre el carro abandonado, lo he vivido yo también. Y ahí no he aceptado la bronca. Tengo el problema de que cuando me abroncan es cuando sí me transformo en Hulk, ahí no hay compasión. Si llego y solo hay un carro abandonado lo aparto y me lo salto y si viene alguien a gritarme por eso se arrepienten. Y en la cola todo el mundo suele darme la razón así que ni siquiera quedo mal. Como te decía, un clásico lo que apuntas que podría complementar muy bien mi post.

a volvo: Exacto, esa gente ve la paja en el ojo ajeno y no ve la viga en el propio, de ahí el título del post. Deben haber tenido una infancia o vida dónde se lo daban todo y eran los reyes de la casa, vete a saber. Pero bueno, que si hay que decirle algo a alguien sin ejercer violencia también se debería hacer. Como tu misma apuntas, era mi día de a ver dónde llegaba. Hay días que sencillamente no me apetece intoxicarme por la ira. Ni siquiera aunque esta sea "justa".

ReltiH dijo...

JAJAJAJAJAAJAJA, QUÉ LÍO!! SEÑORAS-PERSONAS- CÓMO ESAS, PARECEN QUE NUNCA FUERON JÓVENES.
UN ABRAZO

José Núñez de Cela dijo...

Está claro que el tiempo es relativo, cuanta menos compra llevas, más lento parece pasar.
Las colas del supermercado y los diálogos con las cajeras son todo un género literario en sí mismo.
Al menos el relato de suplicio sirve como autoconsuelo, imagino.

Muy bueno!

Saludos!

S. dijo...

Reltih: A veces me pregunto si en algún momento de nuestra vida cambiamos tanto solo por cumplir años.

José Nuñez: Claro que sirve de consuelo. Cuando recuerdas te ríes. Sólo cuando lo vives es un agobio. Ahora intento vivir los momentos desagradables como si fuera a contarlos y eso puede ayudarme. Creo.

h i l i a dijo...

a mí me gustaría aprender de las ancianas/os y tener siempre esta poca prisa para todo (bueno, como en la primera parte de la historia que cuentas). Parece que como todo les resbala y ya no hay preocupaciones menores para ellos. O esa es la versión que me gusta a mi imaginar, para cuando me toque, supongo.

un abrazo.

Dorotea Hyde dijo...

Acabo de caer por aquí y me he encontrado con esta narración que todos sufrimos alguna vez. Yo suelo evitar las colas con gente mayor, dan muchos problemas. Y lo siento mucho, pero no les dejo pasar aunque mi carro esté lleno y ellos lleven dos cosas porque alguna vez la han armado sólo con esas dos cosas. Supongo que todos llegamos a eso con la edad, pero ahora mismo no tengo paciencia para aguantarlos.

S. dijo...

hilia: Es que no hay más versión que esa, hilia. Ellos no tienen prisa porque están jubilados. Solo su tiempo cuenta porque sí tienen prisa para lo suyo, porque piensan que les queda poco y pueden malgastar el nuestro como si nos sobrase. Ellos son el centro de su universo porque a lo mejor han visto que cuando las cosas se ponen en su sitio todo indica que nada importa nada. Ni siquiera ser educado.

Dorotea: ¿Te la arman con dos cosas? Ahora no caigo pero es cierto que ciertas buenas acciones son castigadas. A veces te ocurre que quieres ayudar a alguien y ese alguien no solo no agradece sino que te traiciona. Me gusta tu actitud, se nota que sabes lo que es la jungla del supermercado y cómo sobrevivir a esta.

RECOMENZAR dijo...

real y magnifico
una historia cotidiana que te salio fenomenal

S. dijo...

Gracias por el comentario. A uno le gusta escribir pero lo cierto es que casi nunca tengo conciencia clara del efecto que produce en los demas lo que escribo.

Verónica Calvo dijo...

En todos los supermercados existe este tipo de especimen. A veces, tienen más de uno.
Y llego a esta conclusión tras leerte: los supermercados son un mundo dentro de este, pero todos, idénticos.

Saludos, S

S. dijo...

Verónica: Claro, no hay nada dentro que no veamos fuera: egoísmo, cara dura, hipocresía... ¿Por qué iba a ser distinto bajo esos fluorescentes que bajo el sol?

Maman Bohème dijo...

Leí la entrada el día que la hiciste y me moría de la risa...hasta podía ver una cara de un Sergio que no conozco,pero que me imagino...¿del morado al granate? No sé...pero yo también me he encontrado bastantes veces con esa misma escena y me encanta cómo la describiste, genial! De verdad.
Y...sabes...no creo que sea un tema de edad ser así... es un tema de estupidez y de pasar de todo. Y evidentemente de no pensar ni un segundo en los demás. Pero vaya...eso está a la orden del día...y te aseguro que yo que estoy en el otro lado del mostrador...me flipo con según qué historias que debo aguantar...ah! eso si...siempre sonriente. Aguantando el tipo...y poniendo paz...NO me imagino trabajando de cajera...creo que un día acabaría con una recortada debajo de la caja...y en lugar de coger la botella de agua para beber...me pillaría la escopeta...
¿Valdría lo de enajenación mental por cruce de cables?
No sé...
Otro comentario que tela...ya te digo...que no debo escribir de noche...jiji
Un abrazo gigante!!!!

Rafarrojas Rojas dijo...

Yo odio hacer la compra. El cuento, por otro lado, me ha encantado.
Saludos