19 noviembre 2017

La importancia de la sanidad pública en nuestras vidas



Empecé a ver extraños símbolos en mi ojo izquierdo. Fabricados con hilos y moscas. Como me paso la vida leyendo, mi pseudomédico subconsciente me avisó que podía tratarse de un desprendimiento de retina. Como no me dolía, me lo tomé con algo más de calma de lo necesario. Lo justo para que en el ambulatorio la doctora me sacase la tarjeta amarilla por acudir dos días tarde. Añadió un extra de miedo psicológico hecho de silencios frente a la pantalla del ordenador, de mover la cabeza en negación callada, de decir “uy,uy” sin aportar nada más, de añadir un inútil “debió venir usted antes”(¿Se puede ir atrás en el tiempo y arreglar ese tipo de torpezas?), de…:
-      No quiero asustarle pero esto no me gusta nada- me dijo intentando no asustarme mediante el efectivo método de aterrorizarme.
Me estudió el ojo. Meneó la cabeza, me vi necesitando un Lazarillo de Tormes para hacer revival de la picaresca española. Volvió a preocuparse con esa extraña manera de no alarmarme. Finalmente me hizo un volante para urgencias y me deseó suerte como el que sabe que envía a alguien a una segura muerte. También me recordó que existen las analíticas y el maravilloso mundo de la medicina preventiva. Se quejó de que casi no tenía datos sobre mí. Será porque voy sólo al médico en caso de urgencias.
En urgencias, tras la burocracia de una recepcionista y una sala de espera me enviaron a la sala que me tocaba. La de los ojos enfermos. Rodeado de historias oculares para no dormir o por lo menos para hacerlo con la vista en muy mal estado. A una señora le bailaban los ojos en las órbitas, a un señor se le había llenado de manchas el mundo casi como a mí, un joven apretaba los dientes dolorido como un mártir de lienzo antiguo y miraba hacia arriba con los ojos cerrados mientras su pareja le daba besos en el cuello intentando sanarle con amor.
Y el tiempo se detuvo. La sanidad no tiene recursos para hacer que las urgencias sean verdaderamente urgentes.
Entré en el dulce coma del tedio. Quería entretenerme pero el móvil no es para mí y twitter estaba poco interesante, no me gustaban las tendencias del día. Cuando ya hacía el tonto con el buscador de voz de Google Chrome y le decía cosas como “biribiribiriri” a ver qué pasaba (nada), me llamaron. Vi la envidia en los insanos ojos de los que dejaba atrás.
Una joven muy guapa me echó unas gotas para dilatarme la pupila y ver mejor en detrimento de que lo hiciera yo, y comenzó a trastearme en los ojos. Que los moviera a derecha, izquierda, etc.:
-      Uuuummmm. Oh si…. Sigue así…. Lo haces muy bien… Oh, sí, sigue…
Esto que puede parecer el doblaje de una peli porno me pareció el nuevo tono amable para evitar irritar mas al paciente que tal y como dice su nombre, viene de al menos un par de horas de espera y ha perdido esa paciencia que se le supone por sustantivo. También he leído por ahí que se denuncia menos a los médicos que nos caen bien que a los que no. Independientemente de su competencia.
Me dijo que no me veía nada. Que estaba aprendiendo y tal. Llamó al médico que parecía capitanear el equipo. Un tipo joven y no menos amoroso que ella. Saltó desde su lado de la consulta como un simpático duendecillo y me lanzó un “¿Qué tal?” tan meloso que me recordó al modo paternalista con el que tratamos a los niños, los abuelos y los retrasados para que se sientan menos niños, abuelos o retrasados. Aunque yo un poco tonto sí me sentí. Ese amor de fiesta infantil no me acababa de convencer.
El tipo se puso con mi ojo. “Ummm, oh, sí, lo haces muy bien”, más de lo mismo. Me debieron tocar ese día los pervertidos. Aunque ahora la barba del tipo no me motivó tanto como para regresar a una erección. Pero su compañera ya se había ido a comer.
-      Creo que es un pequeño desgarro. No podemos dejarlo así. Si tengo libre la sala de operaciones te lo cierro ahora.
-      Si quiere vuelvo otro día- dije yo repentinamente preocupado.
-      No, espera fuera y ya te aviso.
Así que me devolvió al infierno de la sala de espera. Mucho más rato. Pendiente de una operación como el que espera una guillotina. Esto no entraba en mi guión, la vida te da sorpresas y no necesariamente buenas.
Regresé a molestar a Google Chrome y su búsqueda por voz: “trrrrrrrriitttpizzzz”. Nada, sin resultado. No busca sonidos sin sentido.
Finalmente salió el duendecillo saltarín. Con otro saltito. Que le acompañase a la operación. Tan contento como si fuésemos a celebrar mi cumpleaños con pastel de chocolate.
Pasamos los entresijos de un laberinto de pasillos, camillas y gente que corría por todos lados. Ya en la sala la operación debió durar cinco minutos. También tuve que hacer gimnasia de ojos y mirar para donde dijera mientras me jaleaba:
-      Oh, sí, lo haces muy bien, sigue así… Ahora sentirás un pinchazo en el ojo que te dolerá pero no pasa nada y… ya casi está, ooooooh, sí.
Me dijo que ya estaba y algunas indicaciones como que no moviera la cabeza como un loco durante unos días.
Ya en la calle me dirigí por un mundo distorsionado por las gotas dilatadoras de pupila. Un planeta plagado de sombras amenazadoras. La mayoría inofensivas salvo las que rugían como el motor de un coche o un autobús y amenazaban con aplastarme bajo sus ruedas.

Me moría de hambre. Había perdido medio día. Me metí en un local que olía a comida y pedí un kebab. Por el sabor parecía serlo pero no puedo asegurarlo. Como he dicho, no veía muy bien. 
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