02 enero 2018

Instagram



Escribo esto desde el día dos del nuevo año. No le he pedido nada al 2018. Sólo noto que cambiamos de año porque suben los precios pero parece que no porque nos ilusionan cinco minutos con las rebajas. Por lo demás el 2018 no es un señor que me vaya a dar nada que le pida si no me pongo a buscarlo por mí mismo. Salvando las distancias soy como el personaje Conan el bárbaro de Robert E. Howard, un tipo que tenía un dios que pasaba de sus creyentes para que sus creyentes se sacasen ellos mismos las castañas del fuego. Para que pidieran menos y obrasen más. Me identifico entonces con los cimerios (aunque donde vivo los mossos me tienen prohibido arreglar las cosas a espadazos).    
Soy tan poco supersticioso que ni siquiera empiezo el año con la cara de Hámster que te dejan las uvas. Ni con lentejas ni con nada. Las campanadas me importan tanto como el vestido de la Pedroche, cero patatero. Pero como excusa para quedar con la familia ya va bien. Con todo lo malo que conlleva necesitar excusas para eso.
Aproveché para mirar mi Instagram desde el móvil de mi sobrina. Yo no soy capaz de encender el mío más de dos horas seguidas así que tampoco tengo un modelo que permita cargar esa aplicación. Me falta memoria. Lo tengo desde el PC pero desde ahí no me dejar colgar nada. O no sé. Tengo 23 seguidores de todos modos. Gente conocida y gente extraña que no conozco y que me sigue sin tener ni una sola publicación. ¿Por qué? Mi Instagram es tan divertido como ver crecer la hierba u observar a un muerto. Incluso aquello es más divertido. El muerto se corrompe y hay cambios, algún tipo de novedad. La hierba termina por hacerse más alta. Pero mi Instagram sigue igual, no aporta nada. Estoy viendo que en ciertas plataformas el término seguidor está sobrevalorado. Por lo demás es un mundo maravilloso.
De momento sólo encuentro valiosos los que aportan una buena foto o un buen texto con la foto. Los otros… Bueno, hay de todo. Tengo un amigo escritor que se ha liado con una chica que podía ser su hija. Se ha hecho un Risto en toda regla. No me parece mal pero ella siempre sale con la lengua fuera o poniendo morritos y él desde que está con ella también. Hasta el punto que si los veo por la calle y no deforman su cara de alguna forma voy a ser incapaz de reconocerles. Se han metido en el mundo de posar a cámara con cara de tener algún problema mental pero en plan divertido y ya no sé quiénes son. El resto es más de lo mismo de Facebook. Un álbum de fotos que antes te sacaban en las visitas ahora lo tienes a vista de propios y extraños. Nuevos sobrinos, hijos, familiares sonrientes, comidas de fin de año, sonrisas a cámara (eso a mí no me pasa porque es muy difícil captar una foto mía en la que no salga con un zapato en la mano a punto de tirárselo al que me quiere hacer una imagen “robada”), los platos cocinados que fotografiaron y que son como luz de las estrellas muertas que llega a la tierra, agua pasada, platos que ya no existen más que en el tracto digestivo de sus creadores…
Pero terminé el año con una seguidora razonable. Mi “querida” P. estaba por allí y la descubrí en el móvil de mi sobrina. No pude evitar mirar con la malsana curiosidad que sólo un ex puede desarrollar por esa relación que quedó incompleta. Hacía algunos años que no tenía imágenes suyas nuevas. Al menos en no mostrarnos mucho al mundo, P. y yo éramos y somos parecidos. Pero sólo descubrí que en su Instagram fotografía uñas postizas y cosas así. Tenía un par de fotografías más interesantes con sus pies, una de las cuales sobre el salpicadero de un coche frente a un mundo de autovías con escasa circulación y otra en Sitges, disfrutando del pasado Julio en una tumbona. Otra me mostraba su melena de espaldas. Me lo estaba poniendo muy difícil y mi sobrina ya había aguantado más de dos minutos sin su móvil y amenazaba con ponerse más violenta que yo que ya he dicho que soy un bárbaro cimerio. Pero entonces la vi. Tenía dos fotografías con su cara. Una en blanco y negro y borrosa con un perro en la que ponía un poco de morritos ¡Vale ya con las caritas estúpidas en los posados! ¿Somos niños o somos gilipollas? Pero en la otra fotografía posaba de modo relajado en una probable selfie. Era la nueva P., la que es ahora. Una imagen de pocos meses atrás. Con ocho “me gusta” reales y uno apócrifo y reservado, el mío. Una versión mejorada de la que conocí. La observé poniéndome de lado instintivamente, protegiendo el móvil, con lo que ya desperté como mínimo la curiosidad de mi “sobri” que dijo “¿escondes algo, tito?”. Le dije que estaba viendo el Instagram de David Bowie. Pero no pareció muy convencida. Me dijo que estaba muerto y no entendía por qué me estaba girando tanto en el sofá. “Es que estoy más cómodo en esta posición y los cantantes muertos, por cierto, tienen gente que les coloca fotos en su Instagram, dame un minuto más, sólo un minuto”, zanjé el tema. Y luego se lo robé como dos minutos hasta que mi sobrina intentó quitármelo de las manos, forcejeamos, le dije hola a alguien invisible detrás suyo, ella cayó y miró, le conseguí quitar el móvil me fui corriendo al cuarto de baño y allí cerré la sesión para terminar devolviéndoselo. Todavía no me lo ha perdonado y me hace preguntas incómodas. La curiosidad de los adolescentes es de un nivel infernal.  
Pero me había quedado fascinado por ese rostro. El de P..Más guapa que nunca. Aunque eso sí, luchando conmigo porque lo sé. Los males parecen mayores cuando se ven de lejos, decía Julio César. Los ex pueden parecer mejores también en Instagram, añado yo. Mucho mejores si no hay que tratar con alguien con quién sabes que hay química, pero de la que mezcla elementos y explotan y mueren todos. Por favor, tengo que recordar de una maldita vez que lo de ex fue por algo.

Feliz año.    
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