18 diciembre 2007

¿Por qué no te callas?


Ella habla y yo me la trajino

Un momento desagradable en la vida es estar con alguien a quién no conoces demasiado y tener que hablar con él(o ella). Una amiga me lo confesaba así hace poco. Tenía que ir cada día en autobús con una conocida del centro comercial dónde trabaja. A la susodicha la conoce de vista y de saludarla cada vez que pasa por delante de su puesto de trabajo. Al coincidir con ella en el autobús se ven “obligadas” a ir juntas y entonces comienza el suplicio. Comienzan esos tiempos muertos en los que algún imbécil decidió que “ha pasado un ángel” o cualquier simpleza similar. Lo único que pasa es la corriente del desconcierto. La angustia y la desesperación del ridículo. ¿Y de qué hablo con esta?

En ese tipo de conversaciones con desconocidos siempre nos sentimos obligados a decir algo y cargamos con la responsabilidad sin pensar que al prójimo le puede estar ocurriendo lo mismo. Y entonces usamos alguna coletilla para ganar tiempo como “bueno…” “pues…” “¿Y qué tal te va?” o algún carraspeo o tosecilla incómodos más producto de los nervios que del inexistente resfriado de esos momentos. Son momentos dramáticos en los que no encontramos qué decir y sin embargo nos vemos obligados a llenar el vacío con algo. Olvidamos que cierto sabio García cantaba “si lo que vas a decir no es más bello que el silencio, no lo digas”. O algo así. Que cierres el boquino, que no abras el buzón. Pero no. Hay que romper el delicioso silencio. Y entonces se recurre a los clásicos y se hace el parte meteorológico de rigor: ¡Vaya tiempo que hace! Y esto me hace gracia. Recuerdo cierto concurso televisivo muy freak llamado Smonka dónde su presentador, Ernesto Sevilla, recomendaba lo siguiente: “Normas de diplomacia: Si tu vecino en el ascensor te habla del tiempo respóndele ¡Cállate, hijo de puta! y quedarás muy bien”. En fin… Divertido en televisión pero impracticable en la realidad. Eso si quieres que algún día que tengas un accidente y dependas de tu vecino y de su coche para llevarte al hospital aspires a su ayuda. El problema que ofrece hablar sobre el tiempo, además, es que sólo sirve para los ascensores. Es un tema que se agota fácilmente. Si hace frío haces gesto de que tienes frío y si hace calor haces gesto de que tienes calor. Si el piso al que vas está muy arriba es posible que ni siquiera la climatología te deje mucho margen. Para trayectos largos como el de viajar en autobús habría que buscar temas más jugosos. Quejarte de algún compañero de trabajo y hacer un parte con todos sus defectos siempre da para un buen rato de entretenimiento. Con el tiempo y si la desconocida comienza a serte más familiar ya puedes comenzar a preguntarle cosas como “¿Y a ti que te pone cachonda?” o “¿Alguna vez te lo has montado con otra tía?”

Y no es que lo de no saber de qué hablar se dé solo con desconocidos. A veces por fatiga mental, por aburrimiento o porque tienes ganas de ir al servicio puede ocurrir que con algún conocido se dé ese vacío también. La conversación pierde presión, los puntos de simpatía y contacto que te unen a esa persona ya se han agotado ese día y en ese instante te apetecería callar. Menos mal que soy generoso con las palabras y egoísta y egotista y pertenezco a ese género de personas a las que no les importa romper la hermosura del silencio con la primera estupidez que se le pasa por la cabeza. Y se me suelen pasear una medía de diez por segundo. El abastecimiento está asegurado. Cómo admiro a esa gente que nos descarga de la responsabilidad de hablar mediante sus entontecedores monólogos. Gente que no te conoce de nada y te explica su vida de un momento al otro como si tú, el que le escucha, no fueses más que una pequeña parte de un cerebro mayor, el de la humanidad. Si te vas y aparece otro tío en tu lugar ni se darán cuenta. Ellos seguirán hablando como si su interlocutor fuese el mismo. ¿Qué importa? Sólo necesitan un espectador. No importa quién sea.

Montaigne, ese gran ensayista francés del XVI al que saqueo de vez en cuando, decía que se sentía tan tonto o tan inteligente como su interlocutor. Su conversación era chispeante e inteligente si el interlocutor lo era y si en cambio se encontraba con un asno, él mismo caía en picado hasta el nivel de ese animal. Es el problema que tenemos los émpatas. Nos adaptamos demasiado al prójimo. Así que si alguien se queja de que no tengo gracia siempre puedo tener la certeza de que la culpa es suya. Yo sólo me he adaptado a su nivel y soy un reflejo de su propia simpleza.

Hablar por hablar… El nombre de un programa dónde el ochenta por ciento de las personas son tarados-as. Y es que quién más necesita hablar más enfermo está. No tengo nada contra el diálogo. Si dialogase más a menudo me arriesgaría menos a que me rompieran las gafas pero pensemos a veces en el silencio. A veces, con Nérida en casa, ella con un libro y yo con otro no necesitamos tantas palabras. Ni siquiera música. Sólo el sonido del silencio. De vez en cuando no es malo callar o hacer bueno el verso de Neruda “me gusta cuando callas, porque estás como ausente”(buena manera del poeta de pedir que no le dieran el coñazo). A veces también hay gestos y actitudes que valen más que la mejor construcción sintáctica.

Y por supuesto, algunos de los mejores placeres de la vida se obtienen en silencio. Y es que si quieres usar la boca para hacer algo mejor que decir estupideces puedes comer o hacer el amor. ¡O chupar un bolígrafo!

7 comentarios:

eros dijo...

- En muchas ocasiones el silencio llama a la reflexión, y esta podría ser contraproducente para todos los que te cuentan su historia presuponiendo que te interesa. Es posible que llegaran a ser conscientes de su propia estupidez.

- En mi caso, recuerdo generalmente depende que silencios más que la mayoría de las verborreas flatulentas. Suelen ser inconstantes, repetitivas y contradictorias. Un buen ¡Cállate hijo de puta! Soluciona multitud de incomodidades a la hora de encontrar asiento en un autobús.

- Como imagino que sabes dados tus gustos televisivos: "Hijo de puta, hay que decirlo más"


- Encantado de haber descubierto tu blog

Houellebecq dijo...

Pues sí, toda la razón sobre lo del silencio y por supuesto sobre mis gustos televisivos. "Hora chanante" o "Muchachada Nui", tanto monta, monta tanto.

Anónimo dijo...

Hola tio! he vuelto a ir de "señoritas" y he repetido con la misma chica que fui despues de la famosa salida de castefa. Y ha sido increible! despues de reyes repito! =)

Houellebecq dijo...

Ten cuidado no te vayas a enamorar de esas señoritas. De todas formas me gusta verte tan animado. El señor Fher ya tiene ganas de japo. En cuanto pasen estas fiestas dónde me han puteado con los horarios ya hablamos.

Anónimo dijo...

Jajajaja Ese anónimo deja de serlo cuando vemos los inconfundibles trazos de genialidad que te caracterizan Sr.P.
A ver para cuando ese japo pa contar detalles sobre esa "señorita".
A... y FELIZ NAVIDAD!

Sr. F dijo...

Bueno tios!.... antes se me olvidó firmar... sorry.

Houellebecq dijo...

Ya sabíamos que eras tú, señor f., ya lo sabíamos... Por cierto, hoy, en mi día de Navidad, he estado por ese japo y me ha sabido mejor que nunca. Los días festivos incluso mejora.