06 febrero 2009

Uri



¿Mis héroes en crisis?


El otro día vino a visitarme al trabajo un amigo que antes era compañero de trabajo, Uri. En sus tiempos se fue a trabajar a un sitio mejor y se preparó para lo que realmente le gustaba, la fotografía. Actualmente va haciendo cosas aquí y allá. Y de vez en cuando me visita. Vino con su niño de nueve meses. Un bebé guapo con los ojos grandes y azules del padre y el cabello rubio de la madre argentina. Uri es israelí.

Cuando trabajaba con él era el más inteligente del grupo, el más activo, el más divertido, el más carismático y en ocasiones el más iracundo. Se fue de su país porque no le gustaba que le obligasen a ser judío. Él es más bien ateillo. Aquí comenzó a disfrutar tanto del jamón que se ganó a pulso y a bocados un exceso de colesterol. Todos los días iba al trabajo con esos bocadillos cargados de carne de cerdo con los que parecía vengarse de todos los religiosos de su país. “este jamón vuestro está de puta madre”, me solía decir con ese acento que muchos, para su disgusto, confundían con el acento francés. Otros confunden su nombre con el diminutivo de Oriol, nombre típico catalán. Su apariencia es la de un Doctor House menos alto y con gafas. Su carácter y su inteligencia también son muy Hugh Laurie.

En aquellos tiempos aprendí técnicas de lucha y defensa del ejército israelí. Supe que nuestro brazos y nuestros dedos tienen articulaciones que si se giran en el lado contrario para el que la madre naturaleza las ha diseñado, apenas necesitas esfuerzo para vencer al enemigo. Uri me retorció muchas veces el brazo. Como no tenía palestinos cerca tenía que entrenarse con alguien. Yo aprendí lo que pude porque también tenía mis propias guerras personales (todavía estoy por retorcer el brazo de esa raza que detesto y sobre la que escupiría: la de los niñatos-as). En fin, le eché de menos cuando se fue. Pero poco porque me vino a visitar muchas veces y siempre tenía alguna noticia suya en el correo con ofertas de trabajo: “tú vales para algo mejor que para esa mierda de trabajo, estás perdiendo tu tiempo y tu talento ahí”, me decía. Yo le citaba el personaje de Kevin Spacey en “American Beauty”, un hombre que puede ser feliz sin pretensiones y trabajando en un Mcdonald. “Pero tú no eres feliz, siempre te estás quejando”, me respondía él. ¿Para qué contestarle? Demasiado inteligente y razonable como para ofrecerle mucha resistencia dialéctica.

El otro día pasaba por allí, por mi trabajo. Era mi cumpleaños. Él dijo que pasaba por casualidad pero creo que de algún modo subconsciente debió pensar en eso. Estuvimos hablando de todo un poco. Estaba un poco enfadado con las noticias que da la televisión sobre su país. Él sólo sabe que su madre no puede ir a ducharse con tranquilidad ni muchas veces se atreve a estar mucho rato con el champú en la cabeza porque puede sonar una alarma que le indique que debe salir a un lugar despejado, que hay amenaza de cohete de Hamás. La última vez que hablaba con ella por teléfono tuvo que cortar la comunicación porque sonaba una de esas sirenas que invitan a los israelíes a salir de sus casas. “Ya te pasaré un video dónde un terrorista de Hamás coge niño palestino y lo usa de escudo humano. Eso no lo veo por vuestra televisión”.

Después de casi dos horas de charla inagotable recibió una llamada de su mujer. El niño dormía fatigado de las charlas de su padre y del amigo de su padre en el carro. Se tenía que ir. En ese momento hablábamos sobre la crisis y el trabajo. Le vi preocupado. Las cosas no van bien. Dijo que cuando pierdes el trabajo no pasa nada porque tienes el paro pero cuando pierdes el paro… el miedo también le alcanzaba a él. ¡A él! Un ídolo a seguir. Un hombre sin miedo. Un héroe real contra mis superhéroes del comic. Eso me preocupó a mí. Si él perdía los ánimos ya me podía despedir yo de mi esperanza. Pero nos teníamos que despedir. Nos saludamos estrechando las manos pero nos despedimos con un fuerte abrazo. Y me quedé pensando sobre todo esto.

Ojala mi encargado cabrón le contratase de nuevo. Si estuviera en mi mano haría lo posible por ayudarle. Al menos mientras capeamos esta crisis tan inusitada e incomprensible y de la que ya es evidente que nadie sabe cómo va a evolucionar(a veces veo el fin del mundo a corto plazo, al menos tal y como lo conocemos).

Al día siguiente me envió mails como en los viejos tiempos. Me alegró. Le vi tan optimista como siempre. Sólo dejará de luchar cuando esté muerto. Y no dejará de hacer bromas ni siquiera entonces.

Hay amigos que no son de toda la vida pero es como si lo fueran.

1 comentario:

LISSI dijo...

Me encanta este post porque has conseguido que os vea a ti y a tu amigo juntos charlando y recordando y compartiendo.A veces no hace falta que pase mucho tiempo para que consideres a alguien tu amigo...la afinidad en la gran mayoria de las veces se forma en poco tiempo.
Un beso Y animo...la crisis no sera eterna.