28 abril 2009

Trío de infieles


Cuando se me abrazó entre sollozos diciendo “mi marido me pone los cuernos”, sólo se activaron en mi cerebro las áreas relacionadas con el olfato (el olor a su champú despegando desde su melena oscura) y el sistema límbico. Por lo demás, no supe cómo reaccionar. Sólo con un amasijo de consuelos tópicos y prefabricados de alguna teleserie que se me habían incrustado en el subconsciente. Realmente no sabía cómo calmar su dolor. Y ella estaba francamente mal. El agua de sus ojos me dejó una mancha húmeda con forma de murciélago a la altura del pecho.

F. había descubierto detalles reveladores sobre su marido. Llevaba una vida sexual alternativa. Puede que única. A ella sólo la tocaba a fondo o incluso superficialmente una vez al mes.

Él era subdirector del Magazine cultural de un importante periódico catalán. Hacía muchos viajes a Madrid para asuntos de trabajo. Ella era venezolana. Tenía veintitantos años menos que él. En otros tiempos hablaba con mucho cariño de J. pero ahora le salían más logrados los insultos.

Los principios habían sido buenos. Todos suelen serlo porque si no, es que ni se empieza. Ella llegó por mediación de una amiga a España y le presentaron a este hombre. Un tipo con clase y una buena parte del mundo corrido o navegado o sobre todo volado en aviones pagados por la empresa.

Cuando decidieron vivir juntos ella comenzó a traer familia desde Venezuela. Primero sus dos hijas y luego la madre aunque esta última fue devuelta a su país en poco tiempo (las suegras son veneno para la convivencia conyugal).

Llevaban cuatro años juntos y los dos primeros habían sido buenos, a decir de ella. Pero él ya estaba comenzando la paulatina danza del desapego y el acomodamiento masculino en las relaciones estables.

A mí el tipo no me caía mal. Compartíamos el amor por los libros (mención especial a sus relecturas y las mías de “Lolita” de Nabokov), por el arte y por el cine en versión original. En una ocasión me llevó a la redacción de su periódico para que cargase una maleta con los libros sobrantes que les enviaban las editoriales para las recensiones.

Mientras le iba gorreando toda esa lectura que él aseguraba que de no ser por mí, acabaría en el contenedor, los periodistas acudían a preguntarle de todo y sobre todo y él, con tono airado, les respondía a todos peor que mal, muy estresado. El ambiente era frenético, casi no podíamos hablar. El móvil y los teléfonos fijos sonaban todo el tiempo para interrumpirnos cualquier conversación (quedó mutilada aquella en la que me hablaba sobre unas cartas de Kafka a una de sus novias que habían publicado y que estaba buscando para regalarme aunque al final no pudo ser). Yo me entretenía mirando las fotografías que rodeaban su mesa y en las que estrechaba manos célebres de personalidades de la cultura y la política internacional. Recuerdo una dónde más joven y con menos canas, apretaba feliz la mano de Arafat.

Cuando salí del periódico descoyuntándome el hombro por el peso de la maleta cargada de libros gratuitos, ese hombre era mi ídolo.

Mi amiga decía que su “marido” (lo llamaba así pero no se habían casado, sólo vivían juntos) había vivido quince años en Francia amancebado con dos lesbianas en un menage a trois que le había marcado las pautas de su felicidad sexual. De vez en cuando le había pedido a F. algún numerito de ese estilo pero mi amiga rehusaba el lesbianismo. Se preguntaba si eso es lo que su “marido” había buscado fuera de su relación.

En fin, no iban demasiado bien. El tipo ya parecía llevarse solo bien con las hijas de ella que viajaban con él a Madrid muy a menudo( y eso me hacía tener pensamientos extraños y acusatorios dónde mi calenturienta mente unía factores como “demasiado queridas niñas de mi amiga” con “amor obsesivo por la Lolita de Nabokov” y dónde mi ídolo se deslucía un poco y se transformaba en un crápula, en un libidinoso y pervertido Humbert mucho menos entrañable que el personaje literario con el que yo le comparaba). A menudo también, discutían. F. era más su secretaria que su amante. Y su gestora.

Apenas dos o tres meses después de consolar a mi amiga con un abrazo, la comencé a consolar con unos cuantos polvos. Y un poco más tarde, ya consolada del todo y con la autoestima por las nubes y reparada, se fue con otro. O con una multitud, qué se yo.

20 abril 2009

Memorias de África


Este misterio no llegué a resolverlo. Fue hace años. Me llegó una carta desde Malabo en Guinea Ecuatorial. Era escueta. Una joven africana de 13 años quería mantener correspondencia conmigo. No había razones en ese pequeño fragmento de papel substraído a una libreta de anillas. Sólo me pedía palabras manufacturadas a bolígrafo y en papel. Correspondencia epistolar a la vieja usanza y con los antiguos sudores de tinta emborronando y mostrando lo mucho que se equivoca una mente humana hasta llegar a lo que considera un texto acabado (hay blogs dónde el texto definitivo es tan precario que parece un borrador pero esa es otra historia).

Yo, más por averiguar cómo había viajado mi dirección o la de la casa de mis padres en la que entonces vivía hasta África sola y sin mi permiso, respondí.

La siguiente carta llegó un mes después. No resolvía un misterio. Lo continuaba. Al parecer mi dirección se la había dado una amiga. Una amiga catalana suya pero no mía porque no me sonaba ni su nombre ni su apellido. En su carta además, se mostraba eufórica porque yo le había respondido. No recuerdo lo que le escribí pero seguramente fue mucho ya que si en algo soy generoso es en palabras.

Le volví a responder a ver hasta dónde me llevaba pero sin presionar con lo del tema “¿cómo ha llegado mi dirección hasta la tuya?”. Ella me respondía con una carta mensual. Algunas veces incluía el Bonus de una postal dónde me preguntaba si me había gustado el cocotero de la fotografía, en otras con una instantánea dónde disculpaba su delgadez por una enfermedad que estaba pasando y en casi todas terminaba escribiéndome refranes salidos de la cultura española que allí, en ese rincón africano, parecía más preponderante que la autóctona de la que yo apenas vislumbraba algo cuando le preguntaba sobre sus costumbres y ella me respondía que no hacía nada más que ir al colegio o pasear por las fábricas de Guinea buscando zapatos a buen precio. Cuando le volví a preguntar por su amiga catalana que no era común, desaparecieron sus misivas. Al cabo de un tiempo me llegó una carta algo molesta porque yo no le había escrito. Eso no era cierto. Y al cabo de dos o tres cartas más y un regalo que me envió (un pequeño cuerno de marfil que lucí ese verano en playas de Cataluña y de Murcia y que aparece en muchas de mis incestuosas fotografías con primas dónde me abrazo a ellas en bañador y no sé, como que el cuerno me hacía sentir más atávico, más animal, ni un ápice más subnormal de lo que ya era sin él, eso sí) llegamos a la conclusión siguiente: algunas de nuestras cartas, las que llevaban postales o pequeños presentes podían “perderse” en las oficinas de correos guineanas.

En las últimas cartas me hablaba de una enfermedad que la postraba en cama y no la dejaba ni escribirme pero me pedía ya palabras y frases con desesperación. Decía que mis cartas le daban vida y las necesitaba y me pedía casi suplicando que “nunca, nunca” dejase de escribirle. Pero algo debió pasar. Siempre he sospechado que ya no se perdieron más mis cartas sino que ella perdió la vida por culpa de esa misteriosa enfermedad que tanto la afectaba y de la que me hablaba en sus escuetas epístolas.

Constancia se llamaba. Y su desaparición me dejó una pequeña herencia: un pequeño montón de cartas con ruegos y refranes, una fotografía que le debió robar el alma y un pequeño cuerno africano.

Lo que más me recuerda a ella es el cuerno. Juro que cuando lo toco recupero su historia. Y aquel verano salvaje de hace años.

También pienso en las gigas de memoria y en las neuronas que puede activar un objeto con solo mirarlo o tocarlo.

Ese cuerno es mi magdalena de Proust.

07 abril 2009

La lié durante seis segundos en el centro de Barcelona


Yo no hubiese quedado así bajo las piernas de tanta gente



Este domingo iba camino del Mercat De Sant Antoni para comprar literatura y viñetas. Había quedado con un amigo a la hora de siempre. El problema es que la rutina está reñida con la realidad. Siempre hay algún imponderable que te rompe los planes. Creo que fue en una novela de John Steinbeck, Al este del Edén, dónde leí que cada vez que los hombres hacen planes, dios se carcajea.

Mis planes se partieron literalmente cuando llegué a uno de los semáforos y una de las calles imprescindibles para llegar hasta el mercado del ocio. La Onceava Cursa de Bombers de Barcelona hacía que al menos diez mil hombres en trajes de deporte y alguna que otra mujer de rasgos casi tan masculinos como los mismos hombres cerrasen los accesos más inmediatos a mi cita. Un río sin puente de humanidad deportista y algo siniestra corría bajo los ocasionales aplausos de los “quiero y no puedo” más aburridos, gordos o vetustos que aplaudían desde las aceras. El ejército de zombies al trote parecía un único y horrible animal de muchas patas y brazos que de vez en cuando se manifestaba mediante el golpe de las botellas de agua de plástico que arrojaba de su vientre a los lados. “Plaf, plaf, plaf” la calle era un vertedero exclusivo para el plástico del agua embotellada. “Plas,plas, plas” respondían los descerebrados que sólo hacían de voyeurs del deporte(eso es todavía más aberrante que correr por el centro de una sucia ciudad).

En España hay al menos 200 pruebas deportivas al año. Las pequeñas son promovidas por clubs pequeños. Las grandes las promueven firmas comerciales y sirven para hacer publicidad de sus productos. Estás últimas son las que me tocan las narices por no mentar lugares más íntimos. Estas son las que cortan calles y accesos. La de Bombers me pareció efectivamente una auténtica idea de eso, de bomberos. ¿Os gusta correr? ¿Os gusta la vida sana? Estoy de acuerdo. Pues quiero que sepáis que en el centro de Barcelona, uno de los lugares más contaminados del planeta solo ingerís pulmonarmente cientos de toxinas procedentes de los humos de los coches y autobuses que os rodean. El parque automovilístico en esta ciudad es más que excesivo debido a la precariedad del transporte público. ¿Os gustaría además que formase una coalición de escritores cuando fueseis a correr y taponásemos vuestras pequeñas maratones diarias? Claro que la coalición de escritores sería mucho menor que la vuestra debido a la creciente incultura de la ciudad condal. Incluso en eso tenéis suerte, desgraciados.

Me quedé observando cinco minutos a los corredores. Unos viejecitos pasaron la riada y les abuchearon espectadores y corredores que apenas tuvieron que hacer un leve esfuerzo para apartarse. Recordé cómo en otra cursa que pasó cerca de mi querido mercado en cierta ocasión alguien gritó desde la masa de corredores “¡dejad de comprar libros que eso jode el cerebro!”. ¿Y a él quién le había jodido el cerebro? ¿Los anabolizantes? Recordé otras mañanas de calles cortadas. Recordé que todo lo que se te impone es tiranía. Por más que te lo vendan como algo bueno.

Recordé por último que aún nos queda la cursa del Corte Inglés, creo. Un montón de gente rindiendo pleitesía al capitalismo que tanto nos está haciendo llorar.

Como un loco me lancé al río. Decidí morir como Ofelia. A mí me arrastrarían los corredores y además no me pintaría ningún prerrafaelista. Y además no quedaría tan entero como la ahogada pintada pero sí mantendría mi entereza.

La masa galopante comenzó a abrirse a mi alrededor mientras yo gritaba “me cago en dios” todo el tiempo. Unos Mossos D´Escuadra me miraron aburridos desde el fondo. Algunos corredores lanzados estuvieron a punto de resbalar y caer para no chocar conmigo o con uno de mis puños que se movía a un lado y otro. Nadie me abucheó. Me miraban raro. Tal vez porque miraban algo verdaderamente extraño y se les quedó la cara así por mimetismo. Llegué al otro lado de la acera y luego hasta el mercado y hasta la cita y hasta un regalo de cumpleaños rezagado que en nada tenía que ver con los regalos de lata que les daban a los estúpidos corredores. ¡Ese inmenso libro de “Watchmen” y una serie de televisión! Premio honorífico al más capullo “voy a mi bola” de Barcelona.

Me sentí bien como singularidad. Me sentí bien dejándoles correr, correr, malditos.

Sigo yendo a contracorriente.

De momento no me ahogo.