10 enero 2013

Una cita en Barcelona(VI)


Su madre y su hijo estaban en casa de su hermana y su cuñado. No sé si lo sugirió ella.
Su casa estaba en un recinto de chalets adosados con aparcamiento privado. Bonito lugar para vivir. Y muy tranquilo.
Le envidié el vecindario. Era un lugar en el que podía soñar con estar en paz con todo el mundo y no escuchar a los miserables que tengo encima y me suelen alterar el ánimo y puede que hasta el carácter. Pero a la altura de mi experiencia ya sé que la envidia sólo es estar especialmente desinformado. Una persona sin mis problemas es una persona con sus propios problemas (y no eran los de Lali como para desearlos).
Aún así no pude dejar de seguir apreciando el silencio sobre nuestras cabezas dónde solo había un techo y no unos muebles arrastrándose o piezas metálicas cayendo al suelo.
Ni gritos en la calle de niños en horario adulto, ni la música salsera de los vecinos de al lado a la que yo ataco con la mía no menos salvaje. Aquel lugar era un perfecto armisticio para mí.
Me ofreció y acepté una copa de vino y brindamos por el encuentro y por la cena y nos reímos de algo que no recuerdo pero que seguro que no era tan divertido como nos parecía por culpa del alcohol. A partir de aquí descarrilo un poco por la memoria, el tren se ha salido de la vía y sólo recuerdo vagamente que hacíamos chistes con doble sentido que llevábamos al terreno sexual.
Fui al servicio y aproveché para lavarme un poco la cara que falta me hacía. Me empezaba a sentir medio idiota por el embotamiento del alcohol. Al salir descubrí que no había nadie en el comedor, sólo esa gran pantalla de televisión con aspecto de mini-cine, sus muebles de madera sólida y noble y una mesa de centro con dos copas de vino vacías en el centro. Ni me molesté en curiosear sus retratos de familia, probablemente colocados por toda la casa por su madre.
Busqué a Lali por una casa de al menos ciento veinte metros cuadrados. Buena casa para sus padres, ella y su hijo pequeño pero no tan grande como para no localizarla pronto. Estaba al fondo de un pasillo largo con una habitación al fondo. Fui hacia allí sin pensarlo dos veces.
La descubrí en bragas. Se acababa de quitar casi toda la ropa y los dos pechos me resultaron repentinamente excitantes. No percibí anquilosamiento alguno. Todo lo contrario.
Me acerqué a ella. O nos acercamos el tinto y yo. Muy contentos. Tal vez el último vino había sido incluso vasodilatador.
Ella me esperaba tranquila.
Llevábamos cinco horas de cita, salgo a post por hora, y ahora por fin podía decir que ocurría algo interesante.
Nos besamos mientras mi mano se deslizaba hacia sus nalgas sin pensar ni por un segundo que se las iba a dejar puestas mucho tiempo.
Creo que fue divertido. Sin las inhibiciones habituales de la primera vez. Aunque tal vez sea más divertido ahora que lo recuerdo mientras lo escribo y porque a mí me divierte narrarlo, porque pienso como Joan Didion eso de que “nos contamos historias para poder vivir”. Y en mi caso para encontrarlo todo más divertido. Aunque honestamente lo recuerdo vagamente, sólo me vienen como flashes de estar sudando desesperadamente sobre ella y pensando que Lali encima estaría mejor porque una mujer, a diferencia de un hombre(si este no tiene el tamaño viril de un caballo), al ponerse encima se puede sentar y estar más cómoda que el compañero que en cambio tiene que apoyar su propio peso sobre los antebrazos además de no perder el ritmo sexual y realizar una serie de esfuerzos extra que no ayudan a que sea divertido(aunque es un deporte magnífico). En cualquier caso no había confianza para sofisticados recursos sexuales, no recuerdo haber aportado litografías de especial relevancia al Kama Sutra.
Sobre las tres de la mañana la función terminó y se bajó el telón(y dónde digo telón puedo decir otra cosa). Y yo no quería quedarme en ese teatro o mejor dicho, en cama ajena. Me estaba “despertando” de las brumas del alcohol.
Así que me fui con ganas de irme y con esa prisa tan masculina cuando no hay otra cosa que sexo. De pronto quería desaparecer de su vida. Hasta tenía el arrepentimiento de haber entrado. Y por algún motivo y a pesar de los sudores todo me parecía muy frío y lo frío me suele deprimir.
Pero en la calle recordé que mi libro seguía en su bolso. No es la primera vez que me pasa. Los hombres deberíamos tener una alternativa a los bolsos femeninos.