29 octubre 2008

Guillotina a traición



Fue durante las horas de fragilidad. Por la tarde, sobre la merienda. Yo había salido a tomarme algo con P.. Lejos del tumulto de los compañeros y de los ojos de los que la pudieran ver estando de baja. Después de esa tranquila media hora una compañera me dijo que A. me buscaba. Y me encontró.

- Ven a la sala, por favor- me dijo A., compañero reciente.

Allí me lo expresó rápidamente. “Han echado a F.” Yo le pregunté si era una broma. Siempre preguntamos si es una broma aunque el instinto nos dice que no lo es. La cara de un compañero que anuncia el despido de otro deja poco lugar a dudas.

Otro compañero en la sala lo confirmó. Nuestro Judas había acertado en un cincuenta por ciento. La oposición bicéfala había sido semidecapitada. F., mi compañero de guerra (quién el piloto o el copiloto da igual). Tres años en el trabajo con él. Yo llevo más tiempo en la empresa pero en este centro, desde que se había inaugurado (con F.).

El tirano le hizo por instinto que no por cultura histórica lo que hacen todos los tiranos taimados y cobardes. Llevarlo al despacho en el momento más inesperado. La sorpresa desorienta y no deja actuar con inteligencia. Te aturde y te deja a expensas del que te ha emboscado. Recordé cómo en “Archipiélago Gulag” de Solzhenitsyn, los estalinistas cogían a los supuestos opositores al régimen en la noche, cuando dormían. Estos, todavía débiles como solo un despertar brusco te deja, salían como corderitos hasta el matadero o en ese caso a un incómodo puesto de condenados a trabajos forzados en Siberia. Pero nuestro jefe no necesitaba leer todo eso. Al parecer, los genes tienen cultura suficiente. En su sangre de trepa ha sabido cómo llegar hasta dónde esta sin necesidad de diccionarios o cultura napoleónica. También recomiendan leer el Quijote para ser un buen escritor y como se dice “Cervantes no necesitó leerlo para ser grande en la literatura”. Él ha salido así de fábrica.

Al salir de la sala vi a mi compañero expulsado junto a su novia. Ella también estaba en la calle. No se pueden dejar posibles vengadores en potencia en la empresa. Ahora sé que el destino de P. está ligado al mío. Si me echan y sigue conmigo, ella me hará compañía en la cada vez más larga cola del paro. Las parejas suelen entrar en el mismo pack a la hora de hacer finiquitos. Nunca se sabe si el novio-a que se quede puede hacer de las suyas y vengar al compañero afrentado.

Mientras charlábamos sobre lo ocurrido vimos cómo A. salía del vestuario y nos comentaba que también estaba en la calle. Dos fijos y un temporal, resumen de bajas del diario de guerra. La profecía de una comentarista de este blog se hizo cierta. El encargado más fuerte asentó su autoridad y los compañeros débiles asentaron su debilidad.

Unos minutos después de que despidiéramos con besos y apretones de manos a los despedidos, llegó el traidor. Quería regocijarse con su obra.

Yo ya tenía un par de venganzas en mente.

Desde antes que ocurriera esto.

Otro tema es el capo. A ese es más difícil tocarle. Pero no hay nada imposible.

Ciertos versos de un antiguo poeta argentino son como un bálsamo en estos casos. Vaya este fragmento de Almafuerte para mis compañeros caídos. O para el que sepa apreciarlo:

No te sientas vencido, ni aún vencido

No te sientas esclavo, ni aun esclavo

Trémulo de pavor, piénsate bravo

Y arremete feroz, ya malherido

27 octubre 2008

Primer enfrentamiento real



¿Sólo las grandes tiranías se merecen un Garzón?


Hicimos una reunión en el despacho. Los chivatos ni siquiera necesitaron participar de la reunión o disimular asistiendo a ella. Judas nunca será popular, ni ahora ni hace dos mil años. Si lo buscas, lo encontrarás bajo las piedras como a las serpientes.

El tirano estaba nervioso o como mínimo inquieto. Algunas palabras no le salieron con la fluidez habitual. Miraba la carta que le habíamos escrito pidiendo derechos y la leía entre regular y mal. Ya no escribimos epístolas a los reyes magos pero nos ilusionaba hacerlo con el tirano. Sólo eran tres pequeñas y justas peticiones. Y este nos leía el poema de nuestros anhelos como el que se mea en él, con desprecio, con rencor solapado, mirando de reojo a empleados transformados en enemigos:

- Si envío esta carta a la empresa os jodéis vosotros y me jodo yo. Aquí pedís derechos de mala manera. Esto me lo tomo como algo personal- alguien quiso objetar que no había mala intención pero le cortó sin miramientos- Sí, esto sí está hecho con mala intención. Pedís vuestros días de convenio y esto no es cosa mía, se lo enviaré tal cual a la empresa. El segundo punto, el de consultaros si os va bien hacer horas extra y el de daros vuestros horarios con un mes de antelación ya me interesa más…

Siguieron explicaciones que resumían muy bien su personalidad. Del mismo modo que un escritor o un director no tiene más de cuatro novelas (el resto son variaciones sobre sus obsesiones), las personas tampoco tenemos demasiadas alternativas de comportamiento. Los que le conocíamos veíamos y escuchábamos más de lo mismo. El teatrillo del tirano sólo sorprendía a los neófitos y puede que algún pardillo de alma cándida, escasas neuronas y valor a la fuga (una de las chicas pidió salir del despacho y fuera se desmayó).

Resumen del discurso del sátrapa: Os he defendido hace tiempo frente a una empresa que no para de recortar por culpa de la crisis(harto estoy de oír esa palabra que a veces provoca el “de ansiedad” a su lado), muchos de vosotros hacéis peticiones que pisan los derechos de vuestros propios compañeros(ya lo dije hace muchos posts, como los viejos conquistadores el tirano ya sabe que el “divide y vencerás” es una trampa que siempre funciona), también nos dijo que el horario nos lo podía dar con dos semanas de antelación en lugar de cuatro y claro, sujeto a cambios(los mercados de Turquía o El Cairo te permiten trueques más satisfactorios y justos, más humanos). Cada objeción era interrumpida por la apisonadora de su mala educación. El momento en que yo quise decir algo y le dediqué una sonrisa irónica y un resoplido que no le gustaron me dijo que no sabía que qué hacía yo allí y que prefería hablar conmigo a solas. A mí me vencería en sesión privada mediante el halago que como todo el mundo sabe, también debilita. A cada cual lo suyo. A los cobardes dureza, a los fuertes adulación y palabras de falso cariño más palmadas en el hombro, a los intermedios las rutinarias mentiras de corta y pega y su actuación de Goya (otras veces lo he visto mejor en su papel, el Oscar o los Globos de Oro tendrán que esperar). La reunión estaba dominada. Un nuevo tanto entre tanto tonto. Especialmente risible la desesperación de una compañera cuando el tirano dijo que enviaría la carta a la empresa y eso sería terrible para todos nosotros y ella, asustada, le pidió casi suplicando “no la envíes, no la envíes”. Divina candidez. La envidio viendo películas. Si es capaz de creer tanto en lo que le dicen no quiero pensar lo que debe sentir cuando vea una película, cómo la vivirá y creerá en lo que ve en la pantalla como si fuera cierto. Su detector de mentiras mental está más muerto que la confianza en mi empresa.

Salimos con una sensación agridulce de allí. Parecía que a pesar de todo, algo habíamos conseguido. Pero era una sensación falsa. El enemigo sólo estaba ganando tiempo.

Lo peor estaba por venir.

24 octubre 2008

Infancia jodida




Hace tiempo que moldea su cuerpo en el gimnasio. No se le ha notado nada todo el esfuerzo que le dedica hasta que ha decidido comer menos y sobre todo saquear la tienda de golosinas del cine. Yo solía decirle cuando nos llevábamos mejor: “¿De qué te sirve hacer deporte si luego comes toda esa basura?”. Él adoptaba su mejor pose de chulo y me respondía que él comía lo que le salía de los huevos porque podía y porque estaba muy bueno de todos modos. Después me enseñaba su asqueroso vientre peludo y me decía que le tocase las inexistentes abdominales. Había que buscarlas y a mí me faltaban las ganas. Tengo homofobia. Me da asco tocar o ser tocado por un hombre. Pero el tío, que más bien parece tener homofilia me cogía la mano y me la restregaba por su barriga sudorosa. “Mira, mira qué abdominales… ¿Notas el cambio?” Después se echaba un buen montón de frutos secos salados a la boca y cuando terminaba se iba por chocolates variados. “El chocolate me quita las penas, ¿Sabes? ¡Y es afrodisíaco!”

Supongo que mi tercer encargado necesitaba el afrodisíaco para combatir el aburrimiento de sus largas tardes en el despacho meneándosela como un mono. Porque novias conocidas a lo largo de su vida, ninguna. Todas soñadas e inventadas.

Una vez me dijo que le comentase a la gente que yo le había visto besarse en el centro de Barcelona con una chica. “A ver qué pasa, a ver qué opinan las chicas al saber que estoy con alguien. A ti te harán caso, confían en ti”. Y le seguí el juego. Me daba un poco de pena.

Se pasó dos días preguntándome por las opiniones de las compañeras. Lo cierto es que nadie me creía o me miraban con extrañeza. “¿Seguro que le has visto a él con una chica?”

Y luego esa manía suya de tocar a todo el mundo y de hablarle de temas íntimos que le llevó a ciertas acusaciones por acoso. Un tema delicado que casi le cuesta la carrera.

Después de aquello lo pasó mal, estuvo un tiempo distante. Siguió la máxima que leyó en cierto libro que me hizo comprarle sobre autoayuda para hombres que quieren ligar: “mantén el misterio, no te ofrezcas a ellas del todo, ten un carácter…” Él lo resumía todo en ser borde. Y así le iba.

Lo tiene casi todo para ser feliz: un buen piso propio, un buen coche, un trabajo que le gusta y salud (y ha conseguido adelgazar y perder la afición por las chucherías a todas horas). Sigue necesitando una novia. No es feliz por esta carencia.

El niño marginado y apaleado de la infancia sigue en él. Nunca se mueve sin mirar hacia atrás. Hay un miedo instintivo continuo a que alguien le pegue en la cabeza cuando se gire.

Creeré en la psicología cuando esta consiga que la infancia de un individuo no le destruya el resto de la vida.

21 octubre 2008

Heaven knows I´m miserable now



Morrissey: ahora o en los Smiths mi letrista de cabecera



En la canción de los Smiths “Heaven Knows I,m miserable now” hay una frase que me obsesiona: “In my life why do i give valuable time to people who don,t care if i live or die”. Eso, ¿por qué darle mi valioso tiempo a gente que no le importa si estoy vivo o muerto? Se lo suelo dar a un tanto por ciento la hora. En cuestiones laborales es terrible ya que no sólo le doy el tiempo pactado si no que le doy un tiempo que en principio no se me paga: cuando miro el reloj porque llego tarde, cuando camino o espero el tren o autobús que me llevan hasta mi puesto, cuando duermo mal porque algo me ha afectado en la jornada laboral, cuando me han dado unos horarios de pena, cuando pienso en la madre del encargado por dicho motivo… Mi tiempo está dedicado en ese momento a tareas no lucrativas pero ofrendadas a unas personas, mi superior o superiores, a los que si muriera saldrían con cara de afectación disimulada a dar la noticia de mi muerte a mis compañeros mientras su mente pensaría modos rápidos de sustituirme. Al menos si a ellos les pasase algo yo no me quedaría tranquilo ni callado ni silencioso. El tema me afectaría sinceramente. Haría una fiesta y me gastaría un buen dinero de la nómina para alquilar una de esas chicas que salen de las tartas y que, yo que no soy dado a despedidas de soltero (mis amigos son muy inteligentes), nunca he visto.

Pero el tiempo no sólo se gasta en ese tipo de personas. En Annie Hall, Woody Allen mira a un tipo que le está soltando un rollo terrible mientras sonríe falsamente aunque quiere salir de allí. ¿Cuántas veces nos ocurre eso? Hablamos por educación y hasta le reímos la gracia que no nos hace a alguien con quién nos cruzamos y al que conocemos de vista porque aquel año, en tal lugar, estuvimos haciendo un cursillo de informática subvencionado por el estado. Apenas recordamos su nombre pero el tipo es un pesado profesional que no se apuntó al cursillo para aprender sino para hacer de parásito mental de gente que como yo le aguanta el rollo.

Y luego está el tiempo que le dedico a tareas que en mi índice de intereses están justo al nivel de que me acaricien con una pluma la palma de los pies o me lleven de compras a tiendas de chicas. Tareas como pasar la aspiradora por la casa o hacerme la cama o lavar los platos o… vestirme. No me importaría quedarme todo el día en pijama. Si la ley o el buen gusto lo permitieran saldría a comprar el pan (otra tarea de esas que abomino) en pijama e incluso sólo con la parte de abajo y en plena mañana (con lo escandaloso que puede ser salir así para un hombre cuando se acaba de levantar).

Como no tengo perros ni gatos a los que entregar mi amor me ahorro regar o sacar a pasear. Pero hablando de sacar a pasear no puedo esquivarlo por completo ya que tener pareja me obliga a esas pequeñas rutinas para mantener una cierta estabilidad con ella, conseguir que no cierre el grifo de las relaciones sexuales(uno de los pocos trabajos pesados que no desprecio), explicarle algo interesante que la haga reír como el idiota de “Postdata: te quiero” por si algún día me encuentran un tumor en el cerebro y puedo dejar un buen recuerdo de mí a esa persona que dice que me quiere. Y claro, por lo menos a esta sí le importa si vivo o muero. Al menos de momento.

Gracias al doctor House he aprendido que no vivimos para siempre. El lupus puede matarnos aunque se suele presentar más en mujeres y en africanos. Entonces… ¿Por qué seguir regalando mi tiempo a todo el mundo?

Una vez hice el experimento de no quedar con nadie ni hacer nada ni siquiera vestirme durante un día. Todo el tiempo para mí. En realidad creo que lo hice durante más días, creo que una semana.

¿Conclusión? Al principio bien pero luego llegó el aburrimiento.

A ver si es que no estoy contento con nada.

15 octubre 2008

Llegó el gran hombre


¿Habrá fusilamientos?



Por fin llegó el tirano. Aunque no lo supe al entrar, me lo contaron luego, saludó a dos trabajadores, sólo a dos. Una era la taquillera que no ha participado en la nota reivindicativa y lo hizo cuando todavía no le habían informado debidamente sobre la revolución. Estaba contento, me dijeron. Luego fue a por otro, a por la serpiente chivata y traidora del equipo. Le preguntó que qué tal y todo eso. No sé lo que hablaron porque hace tiempo que no tengo tratos con el chivato. Sólo sé que éste va diciendo que nos hemos pasado con la carta pidiendo nuestros derechos, que la hemos liado, que los dos cabecillas nos vamos a la calle y todo eso. Todo me hace confiar en él: confío que se habrá chivado de que otra persona y yo hemos movido todo el motín y que somos los únicos responsables del levantamiento (siempre puedo alegar que quería celebrar a mi manera el 2 de Mayo que se conmemora este año). Claro que esto se parece más a una guerra civil. Nuestro Efialtes (ver “300”) me odia. Nuestro simpático Judas, ya agredido por mí cuando intentó ligar (una vez más, no se la quita del pensamiento) a mi P., siempre había odiado a mi otro compañero de revolución, no a mí. Por culpa de mi ciclotimia y mis pequeños impulsos destructivos he conseguido atraer toda su atención sobre mi persona. Tal vez no debí lanzarle aquella lata de refresco ni cogerle del cuello y llevarlo contra aquella pared ni básicamente humillarlo pero cuando consiguen cabrearme de verdad, y eso no es tan fácil, las palabras me salen por los puños en lugar de por la boca. Claro que estoy divagando.

No sé lo que el traidor diría ni el alcance de lo que habrá hecho. Si ha seguido en su línea estamos vendidos. Sólo sé que ayer por la tarde se reunieron los tres encargados en el despacho. Apenas salieron. Las empleadas que entraron a pedir cambio o cualquier otra cosa hablaron del rostro enfadado del tirano.

Después de cinco horas de despacho e incertidumbre en una tarde sin trabajo y con aburrimiento, el gran hombre salió por la puerta. Yo miraba unos monitores en el vestíbulo. El jefe, después de sus vacaciones y de tres semanas de estar fuera y debiendo algunas explicaciones a sus empleados (no solo a las babosas) paso a mi espalda sin decir adiós. Nada. Estoy castigado. Cómo en el patio del colegio de mi olvidada infancia “no me ajunta”. El señor jefe pasa de hablarme. Me hace el vacío por malo. O porque otro amiguito le ha dicho que he sido malo.

¡Qué gran encargado! Todo un profesional. La madurez llevada al liderazgo.

Conociéndole ni debe haber dormido.

No conozco a nadie más vengativo que él.

Bueno, tal vez sí.

Yo mismo.

13 octubre 2008

Festival de cine y hechos paranormales de Sitges




El Viernes desperté algo asustado. Soñé que estaba en una casa dónde unos sádicos desollaban vivo a un ser humano con una cuchilla. A la vez que veía esa tortura sentía que esta se proyectaba en una pantalla de cine y que aún como película, me parecía excesiva y me obligaba a mirar para otro lado. En los sueños todo es posible. Lo que veía era real y ficticio a la vez, me ocurría a mí y era una imagen de cine. La casa la tomó prestada mi subconsciente de la reciente película “Los extraños”.

Esa tarde fui a Sitges. Estaba el famoso festival de cine fantástico pero ya daba casi por hecho que todas las entradas estarían agotadas. Decidí pasar la tarde con P. en una cafetería muy acogedora, con sillones y decoración algo hippy (no me gusta tanto por la decoración como por el ambiente de calma que te deja pasar horas allí hablando de lo que sea con la música al nivel justo y las voces de la gente tan bien repartidas por el local que no se pisan las unas a las otras ni hay sensación de tumulto). De todos modos decidimos probar suerte con alguna película. Nos fuimos al Auditori, el cine más importante y dónde se presentan las películas de la sección competitiva y nos pusimos en la cola de lo que pasasen sobre las ocho de la tarde. Era una película española independiente, “Prime time”. Había posibilidad de conseguir entradas. Tratándose de cine español…

Salí de la cola para buscar unos diarios del festival en el vestíbulo del hotel que hay al lado del cine. Al regresar P. hablaba con una chica que le mostraba unas entradas. Pensé que le quería revender dichas invitaciones. Pero no. Decía que le sobraban a ella y su novio y nos regalaban dos. Luego, incluso, nos llevó hasta la cola por la que debíamos pasar con esas invitaciones. ¡Perfecto! Justo cuando estaba leyendo un libro que dice que las buenas vibraciones atraen la buena suerte y las malas vibraciones el infortunio. P. y yo estábamos vibrando adecuadamente esa tarde.

Pero la película comenzó media hora más tarde. La presentaron sus actores. Uno de ellos eran un guaperas de una serie que no he visto nunca llamada “Un paso adelante”. P. lo reconoció emocionada. Le comenté que no es de buena educación calentarse con otros cuando tu pareja está delante. Ella me abofeteó ofendida y comenzó el espectáculo.

Antes de la película había un par de cortometrajes. El primero de ellos centró mi atención. Un tipo mira la televisión de madrugada y ve decenas de anuncios y pornografía que le venden aparatos para abdominales, bicicletas, pesas, culto al cuerpo… La música se vuelve ensordecedora y cambiamos de imagen. El tipo se desnuda por completo (ni siquiera tiene pelo) y se sitúa frente a una cámara que empieza a grabarle. Coge algo afilado y comienza a rajar su brazo. Se arranca el trozo de piel y lo tira al suelo. Luego sigue con la piel del abdomen, con la de la cabeza… P. hacía dos minutos que se había refugiado en mi hombro para no mirar. Muchas personas miraban hacia otro lado para no ver el horror autodestructivo en la pantalla. Yo tenía también el deseo de mirar hacia otro lado que no fuera esa pantalla y el horror que mostraba (pero nunca lo hago ni en las peores circunstancias, la curiosidad me puede y me deja los ojos bien abiertos). La sensación era la de mi sueño. El hombre en este caso no estaba siendo torturado por otros pero sentía que esto era algo más que Deja Vu. Yo le había contado mi sueño a P. hacía un rato, no se trataba de una sensación. Hace años soñé la portada de un disco de Bowie en el rincón exacto de la tienda de discos dónde al día siguiente estaba, tal cual, con los mismos colores en tono sepia que había visto en mi sueño. Y eso lo dice un escéptico confeso como yo. Pero que yo sepa no soy el único. Nabokov, mi primer escritor preferido, cuenta en sus memorias una experiencia similar, haber soñado con algo que al día siguiente era igual que en su sueño y se queda tan ancho(o se quedaba, que él ya está en otro sitio dónde no se respira). No sé. El subconsciente retiene información que a nosotros se nos pasa de largo. Esto no me volverá místico. Sólo consiguió alterarme unos minutos. Cuando salí de la película que por cierto, no estuvo nada mal y a la que P. y yo votamos con un cinco, la nota más alta, ya sólo estaba pensando en que esa noche no teníamos tren y habíamos perdido el autobús.

No tengo explicación para lo sucedido. ¿Se puede entrever el futuro? Lo sigo dudando.

Como siempre, cuando ocurren hechos paranormales en mi vida no culpo a la magia, sólo a mi ignorancia de sus causas.

10 octubre 2008

La incertidumbre da más miedo


¿Somos héroes o ratones?


Quedan días para que regrese el tirano. El ejército está inquieto. Los dos rebeldes más visibles hemos recibido ya el revés del desengaño en un par de ocasiones. La traición, el miedo y la estupidez se mueven entre la tropa y apenas podemos hacer frente a esos enemigos (hasta cierto punto peores que nuestro contrincante).

Una comentarista de este blog, Lalongoria, hizo una involuntaria profecía hace poco: “Madre mía los cines nido de revoluciones sin filmar.
Lo digo porque yo fui testigo indirecto de una revolución en unos multicines. Y hubo delator. Y la represión terrible, dos despedidos de los indefinidos (los cabecillas)y el afianzamiento de un encargado cabronazo.
Los delatores me provocan una profunda vergüenza ajena.”

En nuestro caso todo eso es factible. Hay dos cabecillas(uno soy yo). Hay un traidor(una serpiente rastrera que lleva inventando mentiras desde que trabaja ahí, casi siempre sus mentiras coinciden con sus deseos y siempre dice que alguien se va a ir a la calle cuando ese alguien le cae mal a él) y hay un encargado cabrón(pero eso se da en casi todo el mundo laboral por necesidades empresariales).

El otro día fuimos cinco de los trabajadores a consultar derechos y preparar estrategias al sindicato. Era un edificio del siglo XVIII cercano a la ruina y cuyo recibidor lleno de bultos daba sensación de que el camión de la basura estaba a punto de llegar para llevárselo todo. Un tablón con diversos anuncios revolucionarios incluía el aviso de una huelga de otra empresa de cines para el 2 de Noviembre. El sector de la exhibición de películas anda revuelto. No sólo nos abandonan los espectadores, también los derechos. Para eso están las crisis. Son excelentes excusas que permiten sodomizar a los empleados de más bajo rango.

Pero el sindicato estaba para animarnos. En una mesa de reuniones dónde me negué a dejar descansar mi revista de historia porque había demasiadas migas y mugre y posibilidades infecciosas múltiples, nuestro compañero y sindicalista experimentado número uno nos dio claves, ideas y bastante ánimo. Escribiríamos nuestras peticiones en un papel, nos lo sellaría el sindicato y se lo enviaríamos al cabrón. También se nos recomendó diplomacia y buenas maneras con él. Pero esa recomendación sirve hasta para una multa de tráfico. Ladrar suele tener mayor penalización que aceptar errores y pedir amablemente una bula.

Salimos contentos de allí. Sé que algunos tienen miedo del regreso del jefe de sus vacaciones y de la confrontación. Pero no será para tanto. Los que más arriesgamos en esto no tenemos miedo al despido. Y de todos modos ya lo dijo Julio César: “El enemigo parece mayor cuando lo ves de lejos”.

El peor enemigo, creo, lo tienen los miedosos dentro.

La ignorancia, que es muy atrevida, también ofrece obstáculos.

Ya encontraremos la manera de saltarlos.

06 octubre 2008

Ruptura


Dicen que un segundo antes de tu muerte ves pasar toda tu vida frente a tus ojos. Yo no lo creo. Aunque nunca he estado un segundo antes de mi muerte. Por eso puedo escribir esto. Aún así no creo en ese dicho. Lo dice gente que estuvo a punto de morir ahogada, o quemada o fusilada pero no los que murieron realmente. Esa persona no murió así que lo que le sucedió no le sucedió antes de su muerte si no que le sucedió antes de salvar la vida por los pelos. Pero no es el tema…

Decía lo anterior porque el final de una relación amorosa sí me recuerda de algún modo a ese dicho. La pareja rompe el contrato tácito de piropos, responsabilidades y sexo ocasional que les unía… y se separa. Una vida en común se deshace y entonces los individuos vuelven a vivir para ellos mismos o para una nueva pareja. En ese instante sí puede pasarles esa vida en común por la imaginación. Si la relación ha sido lo suficientemente larga las calles, ciertos bares, algunos cantantes o grupos musicales, retazos de ciertas conversaciones… Todo eso y más recuerdan a la pareja que ya no está contigo. Una microvida de recuerdos con esa otra persona pasan ante ti cuando se ha roto la relación. Lo bueno y lo malo que tuviste con ella te recorre el cerebro durante los primeros días. Porque por mala que haya sido esa relación, si existió fue por algo y el peso de las muchas discusiones que llevaron a que terminase no alivia de la carga del dolor de que esa persona a la que dedicaste tu tiempo y por eso es única (ya lo decía Saint-Exupery en “El principito”) no está contigo. Y tampoco importa que ambas partes estén de acuerdo en romper el contrato. Los principios de ese fin suelen ser traumáticos. Si no ha habido malos tratos, ni excesivas putadas traicioneras o si cualquiera de los dos no disfrutaba con la música folclórica o tuneando automóviles es posible echar de menos a esa persona. Aunque lo mejor para ambos sea dejar de estar juntos.

Recuerdo cómo una amiga en una de esas rupturas antes de la ruptura definitiva fue al hospital por unos antidepresivos. Allí vio a una joven que tenía la muñeca rota. Y ella deseaba tener rota la muñeca y la envidiaba porque ese problema era ridículo frente a su dolor. Ciertas separaciones equivalen en dolor al fallecimiento de una persona amada.

Los humanos nos movemos por asociación. La marca de enjuague bucal de tu pareja puede salir en un anuncio y recordártela fácilmente. Si hemos compartido mucho con la persona amada (y ahora en fase “desamada”) nos espera un largo camino de espinas, recuerdos amargos, Prozac y la seguridad de que ciertos silencios no hicieron más que fumigar el buen ambiente entre los dos. La incompatibilidad es el monstruo que mata muchas pasiones, por otro lado.

Y luego el esfuerzo de tener dignidad y no desear fracasos a la otra persona y aceptar imaginarla feliz con otra pareja, de no perderle el respeto aunque se le haya perdido la confianza, de conseguir una amiga aunque se haya perdido una amada. Difícil. Al menos a corto plazo. Pero claro, dicen que el tiempo lo cura todo.

Lo que no se suele decir es que también lo mata.