22 diciembre 2008

El día que conocí a Houellebecq


En 2002 Michel Houellebecq publicó en Anagrama “Plataforma” y mi pareja llamó a la editorial para averiguar dónde harían la rueda de prensa. Yo admiraba tanto a Houellebecq que empezaba a dudar de mi orientación sexual (esto es irónico). Pero la admiración suele equivocarse bastante. Después de buscar durante un buen rato el Instituto Francés y perder el tiempo preguntándole a los barrenderos por la calle más inaccesible que nunca he conocido en Barcelona (ni ellos que la suelen recorrer y limpiar sabían decirme por dónde caía), llegué a mi objetivo. Cansado, sudoroso y algo mosqueado porque llegaba tarde me dispuse, como Dante en el “Paraíso”, a ver a mi objeto amado. Anoté después mis impresiones. Son estas:

“Yo me dirigí allí más calmado y al abrir la puerta sentí que todos se volvían a mirarme. Houellebecq dirigió una vaga y creo que molesta mirada hacia mí. Yo me sentí halagado por sentir sobre mí su atención aunque esta fuera despreciativa.

Estaba sentado entre el editor Jorge Herralde y la chica que le mutaba su francés en castellano. No reconocí al otro francés que se sentaba junto a Herralde pero debía ser alguien muy cercano al escritor, un amigo o un relaciones públicas o un agente o un parásito de su fama... ¡Y a mí que me importa!

Había muchos periodistas jóvenes e idiotas que por las preguntas no conocían demasiado bien al escritor. Las mujeres lo hicieron mejor, desde luego. Una señora argentina le lanzó varias preguntas certeras que le hicieron responder algo más interesante que los habituales “gui, gui”.

Yo le observaba desde las escaleras, a un metro sobre el nivel de su cabeza. A él se le veía bien, algo bronceado por unas vacaciones que había pasado en España. No quiso fotos. Leí al día siguiente en los periódicos que esa era la prerrogativa que expuso al llegar, junto a la de no sufrir preguntas sobre el juicio al que le habían sometido por atacar en sus escritos al Islam. También leí que nada más llegar a la sala, dejó su mochila en el suelo y dejó su mirada como perdida hasta que dio comienzo el evento.

No tardó en decepcionarme. Largas pausas entre las preguntas que le hacían y sus respuestas. A veces se quedaba callado, como un ordenador que se cuelga al que debes teclear para desatascar (Control+alt+Supr). Para aumentar la exasperación debíamos esperar la traducción y tener fe en ella para desentrañar sus mensajes remotos. Claro que la joven que nos desvelaba su discurso era muy eficiente, rápida, con una agilidad mental que ya quisiera para sí Houellebcq (al menos en público que la página escrita requiere otro tipo de habilidades, ojo). Le hablaba al oído estableciendo una intimidad con él que le envidié. Pero la espera tiene también sus compensaciones. Conseguí uno de esos momentos que no escriben los periódicos y que si lo hicieran no explicarían debidamente, un instante que pude arañar para mi galería de recuerdos entrañables.

Una señora airada por algo que no escuché (el aburrimiento me desorientaba, me había despistado del sendero que tomaba la conversación) le dijo muy sucintamente:

- ¿No considera dramática la prostitución infantil en Tailandia?-

Hubo una pausa seguida del bisbiseo de la joven junto al oído de Michel. Él respondió con celeridad y con más brevedad si cabe:

- No.

Todos quedamos impregnados de silencio de circunstancias. Solo la señora airada, más airada si cabe, apuntó en su cuaderno la respuesta, como el niño que dejan controlando una clase y anota en la pizarra el nombre de un compañero ruidoso al que denunciará a su profesor cuando regrese. Imaginé cómo iba a quedar Houellebecq en su reportaje del día siguiente. Herralde no alteró ni un milímetro la expresión de su rostro. Su media sonrisa no dejó entrever sus sentimientos y creo que en ese momento le admiré realmente. La joven que traducía sí sonrió un poco más pero durante esos segundos la conversación quedó suspendida, como si los cerebros que la construían en esa sala no supiesen continuarla. La situación era una eternidad en sí misma. Un poco como la historia de un novelista que no sabe como continuar su obra. Un poco también como las pausas de un Houellebecq que no sabe o no quiere contestar.

Pero continuó. Se habló de todo un poco y alguien deslizó con suavidad lo del Islam a pesar de las advertencias en contra. No ocurrió nada. El escritor lo despachó todo con otro de sus “gui, gui”.

Se le veía incómodo. No le gustan las ruedas de prensa. Creo que a nadie realmente inteligente le pueden gustar.

- ¿Se considera usted un provocador?- le preguntó alguien.

El más o menos aseguró que no. Que suelta lo que tiene que decir en un momento y en un tiempo dado y cada cual lo recibe como quiere o como puede. Dijo que hace tres años revolucionó Francia por estar a favor de la clonación pero que hoy en día, diciendo lo mismo, no hubiese levantado el más mínimo revuelo. Y después de eso, continuó con lo que para mí fue la joya de esta entrevista:

- A veces soy polémico cuando respondo por cansancio a los periodistas. Por ejemplo, antes dije que no me parecía dramática la prostitución de menores en Francia. Lo dije por decir algo, por aburrimiento, porque estoy harto de que me hagan ese tipo de preguntas. Pero lo cierto es que en Tailandia casi no hay prostitución de ese tipo. Es un mal lugar para los pedófilos. De todos modos los periodistas reciben mi respuesta, la anotan y luego... La polémica.

Creo que más de uno suspiró aliviado. Se puede ser políticamente incorrecto y caer simpático pero si tus pensamientos rozan el nacismo y agarran la pedofilia te condenas a ti y a tu editor al fracaso y puede que a nuevas demandas judiciales. Pero Houellebecq es más inteligente de lo que nos quiso dar a entender. Leyendo la coherencia interna de sus novelas y de su discurso, pude comprobar que “La Mente” estaba allí. Siempre ha respondido lo mismo a la dichosa pregunta de Tailandia. De todos modos tengo la impresión de que decir que en Tailandia no hay buena prostitución infantil es como salir por la tangente. ¿Si la hubiese le parecería bien? Creo que una persona tan enamorada del amor mercenario y de la transacción comercial que supone cambiar carne por dinero... Pero no quiero opinar sobre él.

La conclusión que extraigo de todo esto es que a los escritores hay que leerlos. Lo demás es accesorio. Claro que al día siguiente había una performance... Tenía que verla.

¡Que bonita invitación de cartulina color burdeos con el motivo de una mujer desnuda y sugerente grabada a un lado!”

La Performance terminó de convencerme de la inutilidad de conocer a los escritores. Lo mejor suele estar en sus obras y si no es así, no son escritores, son presentadores de televisión o showmans.

17 diciembre 2008

Antes del verbo, el gesto


Hay como un lenguaje no verbal en él que indica que liga poco


Mónica me contaba que una noche salió de marcha sin su novio. Nada extraño si no conoces a su novio. Tienen un contrato verbal por el cual ella tiene que llamarle tarde y de noche para que él sepa que ella no está de fiesta. Esa acción de Mónica era temeraria. Él la llamó y supo que Mónica no estaba con sus padres. ¡Traición! Al poco, el aprendiz de moro se presentó dónde estaba ella con el coche y le dijo que se subiera. Mónica en principio se negó. Ella me lo cuenta riéndose por más que escrito parezca el preludio a una tragedia de telediario sensacionalista:

- Y empezó a tocarse el pelo y a echarselo p´atrás. Cuando se toca el pelo y se lo echa p´atrás ya sé yo que está nervioso y supercabreado. Fue cuando le vi así como dando vueltas y mirándome y diciéndome de mala hostia que me subiera al coche y tocándose el pelo que me dije: “Mónica, no le cabrees mucho más que la lía”. Y me subí al coche y me llevó a casa de mis padres y allí quedó la cosa pero no veas el cabreo que se cogió. Es que mi novio me tiene muy controlada. Claro que yo a él también lo quiero así y que no me entere yo de que sale de fiesta que se la corto.

No me apetece hoy hablar sobre relaciones tormentosas o posesivas. A mí me llama la atención el cómo pequeños lenguajes no verbales del prójimo nos informan mejor de lo que piensa que sus palabras. Ese echarse el cabello para atrás de él es como un preludio a la rabia y sólo Mónica lo sabe así de bien.

A mí me ha descubierto mi pareja que cuando pongo el brazo de un modo determinado sobre el respaldo de su silla es que me voy a levantar en medio minuto de la silla y voy a decir que nos vayamos. Yo no suelo pensar en mi brazo derecho cuando hago eso que dice ella. Ni siquiera pienso que soy una persona con brazos traidores. Pero al parecer mi brazo y los gestos que hace comunican algo. Mi pareja me estudia todo el tiempo. Si muero antes que ella estoy seguro que se pedirá ella la disección para ver qué tengo dentro.

Últimamente yo también rastreo rostros y gestos. Observo el malhumorado pasear de mi gerente, su cara de “soy malo de cojones así que no me toques los ídem”, su esfuerzo en buscarnos tareas para que no tengamos tiempo de hablar ni montar nuevos e incómodos motines, la forma en que se despidió ayer sin decir ni adiós obligando a ensuciar mi paladar con la expresión “puto maleducado de mierda” o a reprimir las siempre incipientes ganas de matarlo a collejas. ¿Qué muestra su lenguaje verbal? ¿Tendrá que ver su actitud gansteril con el hecho de que tiene que mantenerse firme para que la gente no se le eche encima ante la última noticia, que la empresa ahora nos pagará más tarde por culpa de la crisis? Mi verdadera crisis es existencial.

¿Significa su lenguaje no verbal que en tiempos de crisis o de crecimiento económico del veinte por ciento él sigue siendo el mismo hijo de puta?

Yo que le conozco de siempre creo saber también la respuesta.

12 diciembre 2008

Víctor Valdés la lía ¡Exclusiva!


Para entender por qué yo, que paso del futbol, pongo a este en la foto terminar de leer el post



Entraron seis parejas en la sala de cine. Como en la literatura de serie negra se iba a dar un caso de “habitación cerrada”. Pero este era fácil de resolver. Los testigos lo explicaban desde el principio. Al cabo de unos minutos de comenzada la sesión una mujer salió gritando de la sala: “¡Llamen a la policía, se están peleando dentro!” Pero dentro se convirtió en fuera. Un joven de veintitantos acompañado de su pareja salía de la película mientras un matrimonio de cuarentones les seguía de cerca pidiendo que se les detuviera, que querían retenerles mientras se esperaba a la justicia para poner una denuncia. ¿El crimen? Había comenzado en la pareja joven. Ella había fumado. El hombre del matrimonio maduro le había dicho que no se podía fumar (no sé en qué términos lo haría) y el joven había saltado por encima de una butaca rompiendo su respaldo y partiéndole también la nariz al no fumador. Ahora no sólo le contaminaban el tabique nasal sino que se lo fracturaban o por lo menos se lo lastimaban de algún modo ya que la sangre era prueba de que el puño de alguien se le había paseado por el rostro. Mientras el encargado del cine aseguraba que él no podía retener a nadie ni estaba autorizado para eso, el señor maduro se lanzó como un jugador de rugby contra el agresor para detenerlo a la desesperada y lo derribó. En el suelo, el joven se revolvió soltándole un revés al otro en el ojo que le inflamó la cara y se la terminó de mutar en francamente horrible y honestamente preocupante. Yo fui a mover algo del brazo del joven que por el tamaño y la rigidez de una buena musculatura me hizo sentir como cuando en los cómics Spiderman se pelea con el increíble Hulk. Menos mal que este Hulk no estaba al máximo de poder y los muchos testigos que se iban aglomerando le acobardaban y le rebajan el modo gallito. Sólo quería salir de allí antes que llegarán los de seguridad. Pero estos ya aparecían corriendo cuando vieron que la pelea de la que se les avisaba continuaba en el vestíbulo del cine.

Se llamó a los Mossos d ´Escuadra. Todo estaba casi controlado. Y entonces comenzó la ristra de acciones humanas que me resultan tan mezquinas y que me hablan de los hombres y las mujeres como de algo pequeño por encima de grande. Como en la película de Clint Eastwood, “Sin Perdón”, hasta los héroes son villanos. Sólo que en esta realidad no veo como en la ficción ningún villano que demuestre heroísmo.

Ejemplos de mezquindad en ese pequeño desastre:

- La pareja que podía testificar a favor de los agredidos decidió salir corriendo de allí para no meterse en líos que solo consistirían en dar un testimonio y sólo eso. Veredicto: Cobardía.

- La pareja agredida no tenía derecho a retener a nadie ni mucho menos a, posiblemente, insultar a la fumadora en la sala. Con salir a quejarse a un acomodador se hubiesen ahorrado ese mal rato de gritos, insultos y sangre en la nariz más hematoma en el ojo. Veredicto: leve estupidez y mal cálculo de las fuerzas propias.

- La pareja agresora no tenía por qué agredir cuando no llevaban ni la razón ni el derecho a soltar tanto los puños. Él, además, era el portero titular del Barcelona, Victor Valdés. Lo supe porque me lo dijeron. Cuando lo vi sólo pensé que era un garrulo más con su novia igualmente gárrula. Los dos iban algo bebidos. Veredicto: Culpable él de famosismo y de creer que se puede hacer lo que le venga en gana por salir en televisión y culpable ella por guarra.

- El resto de espectadores más interesados en el espectáculo que en ayudar. Veredicto: culpables de morbosidad.

El infierno de Dante se pondría las botas con todos ellos o nosotros (que yo también andaba por allí y reciclo el hecho en post para mi beneficio).

No es segura una especie como la nuestra.



P.D. Los hechos son de antesdeayer.

08 diciembre 2008

Crepúsculo




En los cómics de superhéroes, tras cuarenta, cincuenta o setenta años de historia es muy difícil hacer algo nuevo con el personaje o mito que toque renovar. Los guionistas se las ven y se las desean intentando aportar algo nuevo al personaje respetando su esencia a la vez que haciéndolo evolucionar. A pesar de todo siempre aparece un escritor que consigue hacerte creer que lo que lees es nuevo. No es fácil pero sucede. Cada cierto tiempo aparecen genios.

Con el mito del vampiro también resulta difícil aportar algo novedoso. Ya hemos visto vampiros que se resisten a los ajos. También los ha habido ateos y que pasaban de las cruces. O cómo los de “Soy leyenda” (el libro me interesa más que la película) que sólo temían a su credo religioso y apestaban a muerto viviente (y los canes a perro muerto). O cómo en Blade estuvieron cerca de lograr un suero para defenderse del día.

El mito nunca se puede dar por agotado si hay imaginación para sostener la nueva vuelta de tuerca que le quieras dar. Pero Stephenie Meyer no puede sostener ni la faja que seguramente necesita para contener su humanidad. Porque esta mujer ha copiado de todos y no ha hecho guiños a nadie. No es homenaje lo suyo, es plagio. Su mayor aportación es que ha convertido el mito del vampiro en cuento para niños con síndrome de Down. Sus vampiros tienen las prestaciones de los de Anne Rice. Pero Anne Rice, que no ganará el premio Nobel de literatura, los escribe con bastante más profundidad y gracia que esta Stephenie Meyer. La Stephenie también ha visto la cazadora televisiva Buffy o cualquier película ochentera adolescente como “Noche de miedo” y hasta puede que se haya leído el “Drácula” de Stocker (y después lo ha olvidado del todo porque a este no lo copia en absoluto, por suerte). Pero todo lo recrea quitándole el lustre de las pocas o muchas virtudes que pudiera tener el producto original. Su libro es un tocho de cuatrocientas páginas vacías de contenido o interés. Le interesa tanto la historia de amor gilipollas entre Bella y Edward que se olvida que es un libro de vampiros(yo pensé que un vampiro de la edad de Edward no se enamoraría tan fácilmente y estaría algo más curtido, tendría más picardía, pero no). Como no tiene nada que contar puedes pasar páginas y páginas viendo cómo el vampiro quiere morderla y se contiene porque la ama y porque es más bueno que el pan. Ella, que no tiene miedo o está más caliente que el palo de un churrero no hace más que calentarlo a él que seguramente anda frío por eso de estar muerto. Y nada más. Cuando has leído trescientas páginas de libro pueril, los vampiros juegan a béisbol y ves lo poderosos que son y aparecen tres malvados en mitad del partido de los que sólo será relevante uno. Los otros dos se reservarán para otras entregas. El clímax final dónde el malvado querrá morder a Bella sin ningún remordimiento te será arrebatado de la vista. En un simple Flashback te cuentan que los vampiros buenos se encargaron del malo. Ya está. Y la película… más de lo mismo. Aunque aquí si te dejan ver algo más de acción, pero no mucha, no te vayas a estresar en la butaca. Una fiel adaptación de la peor saga vampírica que he visto en mi vida y el peor largometraje que he visto este año (antes era High School Musical). Una película de chupasangres sin sangre y con un vampiro con la cabeza de un chupa chups de veinte euros. Aunque esta vez le gana el cine a la literatura. Te ocupa menos tiempo que leer las páginas del libro y en este caso se agradece.

¿Que es literatura y cine para un público juvenil? Pues no sé. Mi primer libro fue “Drácula” de Stocker con unos nueve o diez años. Y “El principito” de Saint-exupery. Y Stevenson o Julio Verne también me entraban. Y con once años me fascinaba Edgar Allan Poe cómo me sigue fascinando ahora. La condescendencia de la literatura y el cine actual para con los niños y adolescentes me parece insultante. No es lógico que haya cómics más adultos que ciertos libros. Pero claro, las viñetas se están desfasando y quedando relegadas a los treintañeros nostálgicos. En cualquier caso, ya es preocupante que el bodrio de “Crepúsculo” triunfe tanto. Parece que la sociedad demanda productos cada vez más simplones.

Recomiendo “Madagascar 2” o “Bolt”. O los cómics de “Los pitufos”. Muchísimo más adultas y adultos todos. Y complejos.

01 diciembre 2008

El "sub" que llevo dentro


"Los psicólogos son los únicos supuestos científicos que no saben que no saben casi nada" Manuel Vazquez Montalbán


Hace poco leía que el subconsciente prácticamente lo hace todo. Nuestra parte consciente no sólo es precaria sino que vive en el pasado. Recibimos señales visuales y sonoras y en una décima de segundo, después de procesarlas, las tenemos fabricadas en el cerebro. Pero lo que ocurre fuera, en la “realidad”, ya es pasado. Vivimos en el recuerdo. Para nosotros no existe ni el presente ni el futuro. Y además el que mantiene casi toda la nave es el subconsciente, un otro yo que es como el mejor de nuestros amigos con tendencia a traicionarnos. Nuestras ideas no se nos ocurren a nosotros, son el producto de un trabajo en la trastienda de nuestra cabeza que al dar su fruto nos aparecen en la parte consciente de súbito. Según el neurocientífico David Eagleman, "nuestra vida es como un show televisivo en directo con un ligero retraso". Ahora sí que no sé nada, como Sócrates.

El libro “Inteligencia intuitiva” de Malcolm Gladwell explica esto de un modo simplón pero efectivo. Yo hacía tiempo que sabía que con la almohada no consultamos nada, trabaja nuestro subconsciente que de “sub” tiene bien poco.

Ahora sé que tengo nuevas excusas para disculpar mis faltas. Si he dicho algo de lo que me arrepiento ya puedo decir que ha sido mi subconsciente que no soy yo y además, a eso, le puedes añadir la atenuante de que llegó al receptor una décima de segundo después de que hubiese ocurrido o el se formó la idea de lo que dije cuando yo ya me estaba arrepintiendo de haberlo soltado. Esto me importa bastante porque hace años escribí una de esas novelas cuyo único lector soy yo dónde salían tres personajes perfectamente diferenciados: el yo, el ello y el superyo de un tipo, los tres conceptos fundamentales de la teoría psicoanalítica de Freud (de la que nunca dejo de reírme como de la estúpida psicología en general). En mi novelita un individuo vivía por separado la experiencia de sus tres personalidades como entidades perfectas de un esquizofrénico al cubo. Se peleaba consigo mismo todo el tiempo, claro. Yo disfrutaba con el más guarro de los tres, el Ello y me fastidiaba un poco darle la razón al más puritano superEllo. De todos modos no creía mucho en nada de eso. Cómo siempre, me dedicaba a la comedia facilona. Y el ello no paraba de follar.

Pero todo esto reafirma que en una cultura judeocristiana como la nuestra dónde la gente se sentía culpable hasta por derramar un poco de helado en su camiseta, se está transformando gracias a la ciencia, en todo lo opuesto. Cada vez que veo un programa científico o un artículo descubro nuevos argumentos para defender mis cada vez más flagrantes delitos (aunque flagrante debe desaparecer del diccionario penal en cuanto habla de un delito que se produce en el momento actual y como he dicho, nuestro cerebro sólo es consciente de lo que ocurre en diferido y en pasado). La psicología es la ciencia por la que disculpas cualquiera de tus comportamientos. Houellebecq dice en una novela que su mujer volvía del psicólogo echa una perra egoísta. Si yo mando a mi novia y esta le dice que no tenemos mucho sexo, el psicólogo le recomendará que me ponga los cuernos y que esto no tiene nada de malo. Y tal vez no lo tenga si no la pillo. O si ella no me pilla a mí. Pero sí la tiene en un mundo dónde vivimos con reglas morales judeocristianas y reglas científicas. Razón y fe se pueden unir con pegamento pero del malo y de un modo precario. Todas nuestras disputas vienen del hecho de que cada uno practica el mismo juego con reglas distintas.

En fin, después de estas digresiones que no son mías sino de mi subconsciente que las acaba de pasar a las manos que teclean el ordenador, voy a usar a ese extranjero de mi cerebro para temas útiles. Hace poco veía un vídeomontaje de una amiga sobre la relación Lois y Clark en Smallville. Una imagen me chirriaba: Lois en un sofá al borde del desnudo. En una serie tan conservadora y puritana como esa, me cuadraba menos esa Lois que las escenas de dibujos animados sacados de “La muerte de Superman”. Y no me equivocaba. Esa escena estaba sacada de otra película. Cuando lo ví noté algo raro pero no pensé sobre el tema en ese momento. Más adelante una señal de alarma me dijo que debía preguntar sobre esto a mi amiga y me confirmó que el subconsciente había hecho un buen trabajo.

Mi “sub” sí que se preocupa de los temas realmente relevantes de mi vida.