Recuerdos de mi último concierto (y II)

Sobre las dos de la madrugada comenzaron los compases de la introducción al concierto. Todo estaba a oscuras. Todo sonaba muy fuerte. Éramos pretenciosos. Éramos idiotas.
El teclista que salió el primero entre aplausos tuvo que regresar corriendo porque se había dejado la memoria con algunas pistas grabadas de las canciones.
Solventado el asunto salieron los otros dos y el cuarto componente, yo, tiene una bonita fotografía dónde se le ve acompañado de alguna chica que no está nada mal y parece estar relacionada con nosotros pero que pasaba por allí y que a lo mejor no sabía ni que estaba en mitad del camino de uno que salía a cantar.
Yo mismo cerré la valla de contención antes de salir al escenario. Lo hice con pena. Yo quería ser como Morrissey y que todos se me lanzasen al escenario emocionados para abrazarme y besarme (esto último solo mujeres).
Empecé algo nervioso. Me dí cuenta porque las piernas me temblaban y sólo me sostenía en pie gracias a que me agarraba al micrófono. No ayudaban algunos fallos técnicos que destrozaron la primera canción y la llenaron de extraños ruidos. ¿Para eso contratamos a dos tipos que decían saber sobre esos temas y controlaban el sonido desde una mesa cercana? No recuerdo si les habíamos pagado por adelantado a esos retrasados. Debimos descontarles la impericia y la canción que convirtieron en un montón de ruidos de acople, ultratumba y chapuza castiza.
Pero cuando acabó la primera canción y recibí los aplausos de los incondicionales ya se me pasaron los nervios. ¿Por qué aplaudían? ¿Lo hacían al cantante o al payaso cómico? No importaba demasiado. De todas formas no veía a nadie. Los focos me deslumbraban y sólo alcanzaba a entrever la primera fila con un amigo que me hacía todo el tiempo la señal con el dedo gordo hacia arriba de que todo iba bien y a su prima que estaba muy buena y que me sonreía todo el tiempo.
Para la segunda canción que dediqué a mi hermana y que fue muy bien recibida por todos ya que era la de letra más ridícula y pueril y eso parece gustar más, ya supe que ella no iba a renunciar a su hermano. Me llegaron gritos de emoción desde dónde ella estaba. Esta vez incluso admitió nuestra consanguinidad a una chica que aplaudía cerca de ella: “Ese de ahí que canta es mi hermano”. Esta vez no necesitó ruborizarse ni salir a escondidas de la sala porque yo había salido drogado al escenario y se me notaba. Hoy todo estaba yendo bien. Hasta el sonido defectuoso del principio dejó de serlo para esa segunda canción y las piernas se me movieron a voluntad y no por los nervios. Dejé de apoyarme en el micrófono para no caerme. El miedo se evaporó.
Empecé a soltarme en el escenario. Algunos gestos obscenos leves, algún baile de los míos, animar al público… Creo que ahí supe lo que significa disfrutar de un escenario. Una experiencia única cuando ha desaparecido el miedo aunque no el respeto a ese lugar. Por un momento me creí el mesías de algo. La oxitocina me corría por la sangre más y mejor que en el mejor de los polvos. ¡En serio!
En una canción que le dediqué a Anne Rice aplaudí tan fuerte con el micrófono que no vi que se le había caído el cable al micro. En la filmación de P. se ve como miro al suelo y me arrojo nervioso a cogerlo e intentar colocarlo en su sitio. Casi medio minuto de esfuerzos. Eso hizo que no pudiera darle el mordisco vampírico a uno de los teclistas para reforzar la teatralidad de la canción (él lo agradeció, me miraba asustado mientras me acercaba hacia su cuello con la cara de demente que se me puso durante el concierto).
La única pega es que los nervios me secaban la boca cada dos minutos y me bebí todas las botellas de agua del escenario. Pero peor hubiese sido que me hubiesen dejado una garrafa de ginebra o cerveza o cualquiera de los líquidos que me suelen arruinar como artista.
Al final fue tan bien que nos dejaron tocar dos canciones extra y yo hubiese podido seguir un par de horas más así o toda la noche. No hay mejor estupefaciente que tu propia euforia.
Acabamos los cuatro componentes abrazados y saltando en el vestuario.
Aquel amigo de la primera fila intentó localizarme porque su prima quería conocerme como fuera. Y por supuesto yo quería que me conociera y me conoció.
Mis amigas me aseguraron que para el siguiente concierto sí que me darían mi buena ración de bragas y sujetadores. “Usadas y sudadas”, les rogué.
Mi hermana llegó afónica de gritar. Pero esta vez para bien, sin insultos.
Aquella noche fue perfecta.
Y algo más tarde me dio una neura rara y dejé el grupo por un enfado pueril.
Supongo que siempre me ha gustado más escribir.
Comentarios
aunque yo te hacía más de rock, sigo diciéndolo... bueno, hago de rock a todo el mundo, vale...
a mí poe me salió de la estantería de la biblioteca de mi cole nuevo. no tenía demasiado claro quién era (para mí era poeta y punto, con lo poco que significa ser poeta a los nueve años) y a saber por qué, entre todos los libros que sí me podrían sonar, saqué a poe...
porque mi única referencia era de uno de los libros de los tres investigadores (sí, tener hermanos que te sacan quince años tiene ese tipo de consecuencias) que en mi cole nuevo (por eso sé que fue a los nueve: fue el primer libro que saqué de esa biblioteca) sí se podían sacar antes de octavo (gggggrrrrrrr para el otro, por esos, por los cinco y por todo lo que no sea marcelino pan y vino y tres o cuatro más que fueron lo único memorable que leí sacado de esa biblioteca -y lo de memorable es exagerar-)
en fin!
es una historia que empecé a contar muchas veces en el blog y que siempre terminé borrando
estás ya con pastoral americana?
beso
Me quedo con la cita que incluyes porque da que pensar. Y si me permites añadirle algo te diría que es intercambiable infeliz por feliz, tanto da. Aunque imagino que decir infeliz es más positivo, te ayuda a relativizar lo malo que para minimizar lo bueno ya nos pintamos solos.
Creo que eres más eufórica que yo. A mis periodos de euforia le siguen grandes periodos de lo contrario. Suelo sentirme muy cómodo en el punto medio. O eso creo si seguimos al pie de la letra tu cita.