Frente a una balsa de aceite

Estoy en el puerto observando barcos y unas aguas francamente sucias. Los pocos peces que veo deben ser una rama mutante y acuática del cerdo capaces de respirar basura. Como los pesque alguien hoy, muere el que se coma ese pescado. Me los imagino con los tres ojos del que vive cerca de la central de Springfield.
Me entretengo pensando en lo divertido que sería arrojarse a esas aguas oscuras y pestilentes. No me gustaría morir ahogado pero en ese océano de contaminación no duraría mucho. Las gaviotas vuelan alto para que no les salpique esa porción de Mediterráneo aceitoso y repleto de combustible más otros diversos elementos de la tabla periódica incompatibles con nosotros, con el carbono del que estamos hechos. Y ojo que estas aves no me parecen nada higiénicas y me preocupa su peligroso vuelo y evoluciones sobre mi desprotegida cabeza. Por lo demás, la gente que me rodea parece feliz. Claro que yo para ellos tampoco debo parecer muy infeliz. No he venido a echar unas lágrimas aquí, sólo a que me de el aire. Se sientan en los bancos junto a mí y si me descuido o dejo de esconderme detrás del libro que utilizo ocasionalmente como escudo, son capaces de buscarme conversación. Por eso voy a los bancos dónde hay gente acompañada y no dónde hay solitarios de pega que se equivocan buscando la compañía de uno que realmente quiere estar sólo.
Me entrego a mis placeres. ¿Los estoy recuperando? Pienso maneras cómodas e indoloras y mejores de suicidio pero ninguna me va. Y además estoy traicionando al hedonismo,
Me giro. Veo en cuclillas a un tipo con el que trabajé hace años y que se ganó mi desprecio por motivos que expliqué en un viejo post y que no vienen al caso. El tipo, Ricard y su cara de mongólico es inolvidable y el tiempo apenas la ha cambiado. Se le ve incluso más joven. Esta gente debe hacerse mayor de otra manera.
Ahora está filmando unos barcos que entran en el puerto. Su estulticia facial se acentúa. Por la edad que le recuerdo debe tener unos cuarenta y pocos y lo único a lo que se dedica en este momento es a hacer el capullo y filmar aburridos vídeos privados de cargueros en el puerto de Barcelona. Es como el perro de Houellebecq, capaz de ser feliz jugando toda la tarde con una pelotita. Ja,ja.
Lo he conseguido. La primera risa que alguien me saca este verano. Breve pero sincera. Y sin pastillas.
De todos modos Ricard parece muy feliz con sus barquitos en video digital. Es para verlo. El hombre fluye tanto con esa tarea que ni me ve.
Comentarios
Escribes de puta madre.
Y yo que pensaba que nada podía sorprenderme ya. Igual esperaba que se transformaran en mega barcos por eso del agua contaminada. ¡Quien sabe!
Un beso.
vivir de forma interesante es muchísimo más importante siempre. y rima
beso