Variaciones atmosféricas en el alma

El Lorenzo pega sin tregua este verano
Me despierto con sueño por culpa del calor. En mi caso se trata de algo ideal para el malhumor. ¿Por qué no cedí anoche a la tentación de las píldoras del sueño? Las drogas son buenas. Huxley o de Quincey, dos grandes, estarían de acuerdo conmigo. El mejor de los mundos posibles, incluso desde el punto de vista epicúreo, sería uno dónde los estupefacientes no creasen adicción o tuviesen desagradables efectos secundarios.
Pero el malhumor apenas le deja movimiento a mi pensamiento. Me viene una filosofía de lo macabro. Pienso en alguien que me desagrada y disfruto imaginándole con una bala en las tripas, una muerte horrible donde puede pasar dos horas de agonía mientras sus miserias intestinales se mezclan con la sangre, la infectan , va viendo cómo la vida se le va, es consciente de que es así y le duele mucho…
Con el café me despejo. Un RedBull sería ideal pero mi sistema nervioso es fácilmente influenciable. Tal y como voy se podría llenar mi ciudad de crímenes. Algo me dice que salir en la sección de sucesos del periódico es menos satisfactorio que salir en la de cultura por alguna novela. Me entretengo con esa imagen. ¿No hay que atraer los pensamientos positivos? La cafeína me despeja y el mal rollo me cambia de canal. Ahora me veo haciendo lo que realmente me gusta: escribiendo y viviendo de ello. En apenas unos minutos y con el estómago más amueblado gracias al croissant de la cafetería cambia toda una filosofía de vida. El aire acondicionado del local ayuda bastante. El mundo es ahora acogedor.
Pero luego salgo al sol sin tregua de las dos últimas semanas. Todo el optimismo se me evapora junto al sudor. No puedo con el calor. Me sube la tensión que ya es alta de por sí por culpa de
Junto a la sección de carne del supermercado me regresa la felicidad. Sé que no queda bien que un tipo observe durante tanto tiempo unas salchichas envueltas en plástico de la nevera pero es que la temperatura me devuelve el amor por el género humano. Pienso en mi futuro y lo veo perfecto. Creo que paso por una situación envidiable. Casi me saco el móvil para charlar con la persona que quiero para explicarle que lo tengo todo claro y que ahora sí, nada puede ir mal en nuestra vida. Me cambio a la nevera de los helados, eso sí. Los congelados me terminan de arreglar el ánimo. A este paso comenzaré a besar a todo el mundo, incluso a los asquerosos niños que berrean junto a su no menos asquerosa madre.
Salgo a la calle y el calor me asfixia. Respiro un poco peor. Me empiezo a sentir definitivamente deprimido. Al llegar a casa, con la insuficiencia del ventilador no me sube el ánimo. Intento solucionarlo viajando en pantalón corto y a pecho descubierto por las habitaciones del hogar pero el calentamiento global parece haberse vuelto individual y particular o haberse reunido en mi casa. Paso el día, bastante perruno, sin dirigirme la palabra ni a mí mismo. Desprecio el rostro sudoroso y como acabado que me muestra el espejo.
Por la noche el somnífero me aleja de una realidad demasiado caliente y antes de irme con Morfeo, cuando las menores temperaturas de la noche me dejan tranquilo, una sonrisa y algunos pensamientos optimistas me regresan.
El citado Nietszche tenía razón cuando decía que la mente es esclava del cuerpo.
Yo no puedo ser feliz en Agosto. No sin aire acondicionado.
Comentarios
Adoro tus textos.
Un abrazo.
A mí no me funciona ni la pasta de dientes. He tenido que diseccionar varios órganos plásticos para que saliera un horrible grumo de rayas -azules-.
"El tocador de mi madre tenía un práctico mirador asomado a la calle Morskaya en dirección a la plaza Maria. Apoyando los labios en la delgada tela que velaba el cristal, saboreaba gradualmente el frío de su superficie a través del visillo. Algunos años más tarde, cuando estalló la Revolución, vi desde este mismo mirador varios combates, y también, por primera vez en mi vida, a un muerto: se lo llevaban en una camilla y, de la pierna que le colgaba, un mal calzado compañero intentó repetidas veces arrancarle la bota a pesar de los puñetazos y empujones que le daban los camilleros, y todo esto sin dejar de avanzar a un buen trote. Pero en la época de las lecciones de Mr. Burness no se veía nada más que la oscura y callada calle, y su hilera de farolas suspendidas en torno a las cuales pasaban una y otra vez los copos de nieve con movimientos graciosos y casi deliberadamente desacelerados, como si pretendieran mostrar cómo hacían este número y qué fácil era realizarlo. Desde otro ángulo se divisaba un flujo de nieve más generoso a la luz de una farola de gas más brillante y dotada de un nimbo violeta, y llegaba un momento en el que el recinto saledizo donde me encontraba parecía remontarse despacito hacia arriba, como un globo. Hasta que por fin, uno de los fantasmales trineos que se deslizaban por la calle se detenía, y con desgarbado apresuramiento Mr. Burness, envuelto en su shapka forrada de zorro, corría hacia la puerta de casa"
Avanzo a buen ritmo por Alan Pauls. Ahora que estoy de vacaciones todavía más. Saludos muy,muy calurosos.