Con el día tonto

Llevo unas cuantas mañanas escapándome de los espejos. Mi reflejo no me echa de menos pero de vez en cuando vendría bien una ayuda para que el afeitado no me quede tan picassiano. Pero es que no tengo ganas de enfrentar unas cuantas verdades y si me miro a los ojos me acabaré diciendo lo que pienso. O se lo acabaré diciendo a los demás que todavía es más grave.
La mayoría de las culpas que rodean mi vida son en primera persona y no es que tenga buena o mala conciencia es que la tengo en busca y captura y con el subtítulo de armada y peligrosa. Pero pecados aparte sé que hago lo correcto. Según le decía Nabokov a sus alumnos más o menos: “Todos los que estamos aquí hubiésemos sido quemados en una u otra época de la historia porque la moral y las leyes han cambiado dependiendo del tiempo o el lugar”. Yo sin ir más lejos no hubiese pasado el examen de
Me levanté sin nada mejor que hacer que contemplar pero por más que la gente diga que para estar completo necesitas serle útil a la sociedad a mí no me importó rascarme un buen rato el ombligo y más abajo, que pica más. Puedo estar en algún tipo de crisis emocional pero sigo las consignas de Pere Calders, escritor catalán al que traduzco como buenamente puedo: “Si el hombre conociera su capacidad para procurarse momentos de placidez en las grandes crisis, no tendría tantos miedos y sería más feliz”. Muy cierto. Yo me procuré unos minutos de placidez con unos comics, una revista de historia y media copa de tinto como gustaba de hacer Oscar Wilde que al igual que yo, amaba el no hacer nada y lo defendía así: “Para Platón y Aristóteles la inactividad total siempre fue la más noble forma de la energía. Para las personas de la más alta cultura, la contemplación siempre ha sido la única ocupación adecuada al hombre” A lo que digo amén, tomo un sorbo más y trato de vivir mi desesperado Carpe Diem. Después me paso el refrán “una ley vino de Roma: que quien no trabaja, no coma” por dónde me paso las normas, la moral y hasta la conciencia ajenas y me preparo algo en una sartén(pero prepararse algo ya es trabajar… ¿No?). Intento pensar que si este no es el mejor de los mundos como decían en el “Cándido” de Voltaire si puedo hacer caso de aquella frase de “El crepúsculo de los dioses”: “Quién desprecia la vida que posee en beneficio de otra merece ser privado de la que ya tiene”. Difícil de seguir y difícil no desear estar en otro lugar o ser otro mientras friego los platos. Pero luego vuelve la placidez. El televisor del comedor tiene las pulgadas necesarias para inventarme sueños cuando no se me ocurren a mí.
Hace ya tiempo que estoy refugiado del trabajo, del amor y hasta de algunos amigos. Pero me tengo que sacudir el polvo y hacer algo y reinventarme como el superhombre de Nietzsche, David Bowie o el capullo del Dalai Lama. Tengo que hablar con mucha gente sobre muchos temas. Aunque no tenga nada que decirles. Yo no tengo la suerte de Wilde o Platón ni me puedo poner debajo de un árbol a ver el mundo pasar. Si pudiera lo haría, por supuesto. Pero es que el mundo, a la que te quedas quieto, te coge del cuello y si no te mueves te da collejas para que lo hagas.
Hoy no me apetecía nada. Tampoco me apetecía nadie. Y luego llegó la página en blanco y mis dedos con inquietudes.
También sé que si no sabes beber, lo mejor es el agua y no publicar un post hasta que se te aclare el entendimiento. Pero eso lo sabré mañana porque suelo llegar tarde a casi todo.
Comentarios