19 marzo 2017

¿Y a ti qué tal te va?



Llevo algunas semanas bajo algún tipo de maldición o mal de ojo. Pequeños asuntos burocráticos o kafkianos me vienen a molestar por las mañanas. En mis horas de calma o “relaxing coffee”.
Es coger un libro o un cómic y piiiiip, timbre de la calle, unos policías. Les abro la puerta. Dicen que vienen a por mí o el vecino pero que no lo saben seguro porque la dirección de la puerta no está clara. Admiten que buscan que sea dominicano y yo no lo parezco. Aún así les confirmo que soy autóctono. Luego me hacen unas preguntas. Buscan a la familia que estuvo viviendo de alquiler en el piso de al lado hace dos años. Ahora están en paradero desconocido que es un lugar dónde la policía no puede llegar con sus notificaciones del juzgado. La policía me agradece la información sobre la familia (les he informado que ya no viven allí) y me aseguran que no me volverán a molestar. Yo les aseguro que lo dudo.
Otro día me encuentro una notificación de Endesa. El cartero ha escrito que yo no estaba en casa. Siempre dice lo mismo. Pero yo siempre estoy a esas horas. Creo que es él el que tiene sobrecarga de trabajo y no quiere pulsar el timbre de mi casa y entregarme los envíos en mano. Por suerte su compañera de Correos es muy amable y no me hace esperar al día siguiente a recibir la notificación y por la tarde la coge del montón de cartas no entregadas sobre su mesa y me la entrega. Las mismas cartas que dejó el mentiroso de la mañana que no entrega nada porque no le da la gana.
Endesa me dice que la ley obliga a cambiar los contadores y yo me estoy rezagando bastante en dejarles hacerlo. El límite es el año 2018. Pero ellos dicen que si no cambio en dos meses el contador pasarán a cortarme el suministro eléctrico. Supongo que su ley es diferente a la que escribe el gobierno. Claro que como son amigos da igual. Se lo perdonan todo entre ellos.
Esto es más bien una lucha entre mi compañera contra la eléctricas. En la asociación en la que está le han dicho que no la pueden forzar a cambiar al nuevo contador antes de tiempo y así vamos. Yo digo que si lo vamos a hacer por qué no hacerlo ya. Pero ella lo lucha todo. Hace poco la llamaron de TV3 para entrevistarla por lo de la asociación esa. No le gustó la experiencia televisiva:
-      Uy, qué mal me veo. Y se me ve enfadada.
-      Estás hablando de las estafas de las eléctricas en este país. Es normal que se te vea enfadada. Hasta yo me estoy cabreando un poco.
-      Pero he salido fea. ¿No?
-      No, qué va, pero claro, en la realidad estás mejor.
-      Pon otra vez el vídeo.
Y así veinte veces. A ver si en una de esas visualizaciones cambiaba el vídeo y se veía tan guapa como deseaba.
El asunto eléctrico sigue por ahí rondando.
Al día siguiente pensaba que ese día me dejarían en paz con las notificaciones pero apareció la señora Teresa en la puerta de mi piso. En bata y zapatillas de estar por casa. Despeinada de almohada. Sabía que era ella antes de verla por esa forma tan cabreada que tiene de pulsar el timbre.
Lo de siempre. El aire ha vuelto a soltar los cables de los que tenemos internet y estos golpean en la chapa de la fachada y hacen ruido. Le digo que pase a mi casa y lo solucionamos allí mismo. Ella duda. Mi compañera y ella no se pueden ver y teme algún enfrentamiento pero estoy solo.
-      Pero no le digas nada a tu mujer- me pide.
La observo. El mechón alzado detrás de su cabeza la hace parecer un pajaro carpintero. Uno de andar por casa. Ella es así, puro glamour. En mi escalera el único que sale a la calle con ropa de… calle soy yo. Todo lo demás son pantuflas, batines, batas, remolinos capilares de recién levantado y en general moda de geriátrico. Todos tienen muy superada la mirada del prójimo.
Soluciono el asunto más o menos. Quedo atrapado durante días en casa esperando que mi compañía envíe un técnico para solucionar los problemas. La primavera se queda fuera y yo me quedo en casa. Expuesto a más notificaciones y llamadas de bancos que intentan robarme más y mejor. En fin, la maldición de la que hablaba.   
Así que ayer, en pleno fin de semana y libre y en el campo me puse a lo final de “Lo que el viento se llevó” y con tierra en la mano alcé mi puño al cielo prometiéndole al dios que estuviese de guardia que no iba a dejarme avasallar por ninguna maldición.
No mucho después me caí por un terraplén que no vi bien y conseguí un par de esguinces de segundo grado en los tobillos. Uno por tobillo, muy bien repartidos.
Actualmente estoy de baja. Esperando que mañana por la mañana alguien venga a buscarme y demostrarme que la mala suerte o las maldiciones, contra lo que siempre he pensado, sí existen.       

06 marzo 2017

Teatro interactivo



Hace un par de semanas fuimos al teatro. Estaba Alberto San Juan  presentando su versión perroflauta de la historia de España. Aunque me gustan los perros y las flautas, sin ser mi instrumento preferido, tampoco me disgustan, los perroflautas no me agradan demasiado. La película que me hago en la cabeza incluye este atrezo: cabello descuidado y pintarrajeado o rapado de la forma más horrible a los lados (o con el flequillo cortado a lo bocado de burro que diría el otro actor, Dani Rovira). Filosofía de la vida contra el sistema pero que no le hace ascos a ponerse ropa comprada en tiendas del sistema con dinero mendigado a personas que trabajan en el sistema, con ordenadores hechos en el sistema y wifi robado de compañías del sistema. No les entiendo, por eso les juzgo menos de lo que parece. Si alguno de ellos, alguna vez está pirateando la banda ancha de su vecino y me lee, por favor, que me explique su rollo a ver si lo entiendo. Si todos vivimos de tocar la flauta y de pedir… ¿Quién nos dará las monedas? Es como el modo de vida de los vampiros y zombis que van mordiendo y convirtiendo gente sin tener en cuenta la estadística que dice que de esa manera exponencial se quedarán pronto sin sustento. O como las enfermedades que te devoran el cuerpo y luego mueren ellas también. Que el sistema es una porquería ya lo digo yo. Pero en vez de romperlo vamos a ver si lo mejoramos. Y si lo tiráis abajo al menos ponedme un plan mejor que vivir como antes de la revolución industrial. Está demostrado que los radicalismos nunca han sido mayoritarios. Claro que a lo mejor ya les va bien ser unos pocos pedigüeños. Quejarse de algo es un modo de vida. A veces te quitan al enemigo y te quedas sin objetivos en la vida.
Pero yo estaba antes de divagar con Alberto San Juan. Su espectáculo parecía perroflauta por la batería de poemas de izquierda acompañados por Fernando Igozcue a la guitarra. Y por los insertos de historia de nuestra península que hablaban en contra del rey, de Franco, del PP. Vamos, que ahí entraba Marhuenda y la liaba.
Yo iba por mi compañera y porque ambos nos hemos reído con “Al otro lado de la cama” “Días de fútbol”, etc. El hombre nos caía bien y hasta nos parecía talentoso. Y porque la ideología que vendía no era intrusiva, parecía razonable, comulgábamos bastante con casi todo lo que se decía y el humor se sirvió durante casi buena parte del espectáculo (al final esa es mi verdadera bandera, si el tipo se pone serio lo dejó solo con su guitarrista en el escenario y abandono el barco).
A mi lado había un tipo que estaba rememorando su pasada incursión en el teatro, algún espectáculo con Carmen Machi en el que se quedó dormido. Debo decir a favor de la actriz que en este espectáculo el tipo ya cabeceaba a los quince minutos. Hasta el punto de que temí que su cabeza cayese sobre mi hombro. ¿Cómo despiertas a un desconocido que se acurruca en tu hombro en el teatro? Pero afortunadamente, en uno de los cabeceos se despertó al dar su barbilla con el pecho y asustarse a sí mismo. Abrió los ojos como si hubiese visto a la virgen María y luego tras girarse a un lado y otro y ya repuesto gracias a su minisiesta le fue cogiendo el gusto al actor. El poema de García Lorca en Nueva York y contra el capitalismo ya había pasado. Ahora Alberto nos contaba que iba a cometer dos temeridades, cantar porque no sabía cantar y hacerlo en catalán porque tampoco sabía catalán.
En algún momento de la obra sonó un móvil, esa peste de los espectáculos en vivo y de los espectáculos en diferido. A ciertos actores les he visto encolerizados con esto. Más que yo. Y ojo que yo cogería el móvil y se lo rompería a golpes a la gente que los usa y luego los sacaría a patadas del teatro. Pero este actor sólo preguntó si la llamada era para él y nos hizo reír. Luego alguien se animó con eso de la interactividad del directo y gritó cuando Alberto San Juan citó a uno de sus poetas preferidos. Y más tarde el ambiente lúdico hizo que la gente empezase a soltar sus ideas, pensamientos y demás hasta el punto de que temí que la obra se estropearía irremisiblemente. Pero este actor encauzó muy bien a los espontáneos. La obra era suya y se la quedó él hasta el final. No sé si otro con menos experiencia o peor talante hubiese podido. Esto es ya una epidemia. Ya nadie entra en un espectáculo público con la idea de suspender lo que quiera que deje fuera del local ni un minuto. No entran para dejar sus miserias atrás, se las traen consigo. Le doy un premio especial “al más gilipollas” a uno que veía un partido de fútbol en su móvil. Pero no voy a empezar a tratar este tema porque ya hay quejas por ahí que lo tratan más profundamente que yo.
A lo mejor en el mundo preindustrial que nos venden los perroflautas los espectáculos serán más tranquilos y respetuosos. Lo dudo pero por desear que no quede.

De momento tenemos el buen sentido del humor. San Juan no lo sabe pero su comportamiento me enseñó incluso más que su espectáculo “España ingobernable”. Hizo honor a sus ideas y convenció sin insultar o amenazar. Hizo del desastre un anexo de su espectáculo como si estuviera ensayado. Bien por él. Si hubiera más gente como él yo me quitaba de misántropo. 

19 febrero 2017

La vida hace bullying pero...



Cada vez que veo a G., pocas veces y por casualidad, me cuenta la vida y milagros de alguien que “se ha jodido la vida” por vete a saber qué pecado o tontería. Su última historia era sobre un amigo suyo que destruyó su vida por tener relaciones extramatrimoniales y no se lo han perdonado. “Está acabado”, me dice con más ánimo vengativo que tristeza. Es como si la gente que comete alguna debilidad mereciera ese final tan espantoso. Joderse, destruirse, arruinarse la vida… ¿Pero realmente existe una vida que se arruine así para siempre y sin esperanza?
Yo no le quiero contar mis aventuras porque le daría una excusa para poner esa cara tan desagradable de santón que ha venido a redimir a la humanidad de sus pecados. Pero tengo unas cuantas para él.
La vida te la puedes arruinar o se te puede arruinar sola. De hecho el bullying escolar no es nada comparado con el bullying existencial. Te levantas una mañana más contento que unas castañuelas, sales a la calle dispuesto a comerte el mundo y en el buzón de casa te notifican un gasto de más de quinientos euros en gas (absolutamente imposible porque apenas has estado en casa tres días ese mes pero es un error y una gestión a realizar y ya lo supo Kafka, la burocracia es el infierno). Y ya vas menos feliz pero continua hasta que te llama alguien de tu trabajo. A mí que me llamen de mi trabajo ya me molesta en cuanto que esa llamada solo es suciedad en mi tiempo libre, llenar mi mente con imágenes de un lugar al que solo voy porque me pagan y creo que no lo suficiente así que debería irme o hacer algo para que me echaran (aunque me han dicho que bajarme los pantalones y cosas así supone expulsión sin derecho a paro porque está justificado el despedirte si eres un guarro).  Y como decía te llama el compañero de tu trabajo, te pide unas horas de trabajo que no estaban en tu esquema mental, te fastidia. Pero solo son ejemplos de bullying vital. Reales o no cada uno tiene los suyos.
En cuanto a lo de arruinarte verdaderamente la vida, sí tengo verdaderos momentos estrellas ocasionados por una mala gestión de mi libido (hace tiempo de esto, ya puedo contarlo con humor), de mi mal humor o de mi tendencia a sacudirme el aburrimiento metiéndome en algún problema.
Una vez perdí un trabajo que me gustaba y de años porque metí la polla en la olla y me la quemé. Allí me arruiné la vida. Y luego empecé de nuevo.
En otra ocasión casi perdí mi relación de casi años por el mismo asunto y luego pasó el tiempo y no perdí nada pero si lo hubiese hecho hubiese reiniciado de cualquier otro modo en algún otro lugar con cualquier otra persona.
La otra noche veía en el programa de Risto Mejide a Mariscal, un tipo que se arruinó tres veces por arriesgarse más de la cuenta con los proyectos que emprendía. Estoy seguro de que la última vez se lo tomó mejor que la primera. Uno se acostumbra a todo. Me lo dice otro amigo, “no puedo castigar a mi hija de la misma forma porque se acostumbra y ya no es castigo”. A nuestra manera somos casi tan adaptables como las cucarachas.
Lo que quiero decir con todo este divagar es que el fin de una vida no lo marca una mala situación vital. Ninguna vida está realmente arruinada hasta que no te caza una enfermedad terminal.
Pero este conocido me sigue contando un par de cuadros más de amigos suyos que por su mala cabeza han fracasado en la vida. Escuchándole parece que no suele buscar amistades a las que les vaya bien. Debe ser de estas personas que se crecen con las miserias ajenas.
Cuando le pregunto por el trabajo me cuenta que le despidieron hace un año. Pero que está buscando algo. Claro que no me engaña. Yo sé que en el fondo ya ha tocado fondo. Está muerto, su vida está acabada para siempre jamás. Hay personas cuya filosofía de vida no incluye ponerse las pilas y empezar de nuevo.
Por si acaso le recomiendo que tome magnesio y que reduzca el azúcar en la alimentación. También le voy a recomendar que disfrute haciendo ciertas cosas agradables pero me dice que no se quiere arruinar la vida. “Claro, claro, lo entiendo” le digo antes de irme por donde vine.

Qué malo es ver patalear a la gente en frío. Como si a falta de padres que les resuelvan los problemas el universo se fuera a apiadar de ellos porque son buenas personas, signifique eso lo que signifique. Pero no sé donde he leído que pensar que la vida te recompensará por ser una buena persona es como creer que un toro no te corneará por el mismo motivo. No digo que se tenga que ser malo, eso pasa factura a la larga. Digo que hay que hacer algo. Algo más que la pataleta, se entiende.           

30 enero 2017

Amigotes



Últimamente lo de tener amigotes me está costando pasar por ciertos exámenes previos para conseguir autorización. Es como si mi compañera hubiese instalado una nueva burocracia entre nosotros para dejarme salir tranquilo a tomar algo con básicamente J.. Cada vez que salgo tengo algunos comentarios que quieren pasar por graciosos pero que mal disimulan cierto rencor:

-      -¿Otra vez con J.? ¿Vais a ir de la manito en el autobús?

-     - ¿Ya te ha llamado tu novia? ¡Sales desesperadito en cuanto te llama J.! Para salir conmigo no te das tanta prisa.

Le comenté esto a J. y me dijo que por su parte su compañera tenía comentarios alternativos. Al parecer en su pueblo llaman “Pelé y Melé” a todos los individuos o individuas que pasean juntos a menudo. Proviene de la voz francesa  pêle-mêle  y de una revista gabacha (información gratuita de internet). Otro comentario de la compañera de J. es que siempre estamos en “Mediamarkt”. No es cierto. A veces también visitamos una Rambla con artículos de segunda mano. Pero en cualquier caso para ella somos Pelé Y Melé o los tontos del Mediamarkt. Para mi compañera en cambio, somos el par de retrasados del barrio que pasearemos en el futuro de la mano (eso también nos convierte en moñas pero por suerte esto último ha dejado de ser un insulto, solo se trata de dónde metemos o dejamos que nos metan la polla).
No sé si somos dinosaurios de otra época que todavía creen en la palabra amigote o amigacho. A diferencia del amigo, el amigote es el compañero poco recomendable. Por supuesto los amigotes son más un estado mental o una opinión que una realidad. J. es tan recomendable como cualquier amigo estándar. Lo que le convierte en amigote es que salimos más veces juntos y eso genera la polémica.
He crecido toda la vida pensando que las mujeres maduraban antes que los hombres. Pero veo que para el asunto de tener que ser el centro de atención (como los niños) las que he conocido no son mucho más maduras que yo. A la que ven desplazada su atención por un amigo, solo para salir un rato a tomar algo o ser el idiota del Mediamarkt, nuestras mujeres convierten en centro de sarcasmo un hecho tan irrelevante como el de no quedarse una tarde entre semana y de día laborable en casa. Una tarde en la que no tenían más plan que quedarse en el comedor viendo televisión. En la que no les importaba lo que hicieras hasta que decidiste salir a hacer algo por tu cuenta y riesgo con otro ser humano que no fueran ellas. ¡Bienvenida por segunda vez, mi querida adolescencia, con lo que echaba de menos una madre que me recriminase salir con los colegas! Obviamente eso anima a mi alma libre a salir más. 
Que no se diga que soy una persona que rehúye las discusiones. Si hay una posibilidad de hacer que todo sea tranquilo y apacigüe el ambiente yo siempre elijo el lado contrario. No siempre de manera consciente o voluntaria. Es que creo que algún tipo de retraso sí que tengo en ese sentido. Últimamente le echo la culpa de mi beligerancia al azúcar pero da igual. Si las discusiones son hostias yo me las como todas.  

Así que salgo con mi cruny (para los ingleses que se van de tabernas) o mi Buddy (para los americanos). En esas sociedades también hay amigotes. Gente con la que sales sin todos los permisos conyugales en orden.
Imagino el cerebro de mi compañera cuando salgo con J.. Orgías con coca, putas y mucho alcohol. Tal vez J. y yo dándonos la de Sodoma y Gomorra. Su forma de no mosquearme es decir que al menos yo soy el que le da a J.. Que el muerdealmohadas es él y yo el soplanucas. En realidad prefiero no entrar en su mente cuando me ve salir y me dice que a dónde voy y le digo que me ha llamado J.. Hay cosas que ni siquiera yo dejo que se instalen en mi imaginación.  

Ella también sale. En la misma medida que yo. Pero lo suyo son amigas o amiguitas. Buscad la palabra amigota a ver si la encontráis. Normalmente le intento devolver la pelota y decirle que si se va a ir de la mano con ellas o blah, blah pero ni me escucha, ni le importa ni nada. Simplemente me dice que “hasta luego” y me deja con la sensación de que las relaciones simétricas no existen. Todo es una batalla por algo. Incluso aunque las batallas sean tan estúpidas como estas.           

15 enero 2017

Pensamiento mágico



Estaba ojeando y hojeando un comic en “La casa del libro” del centro de la ciudad. Me di cuenta que lo tenía por una escena que recordaba. Difícil de olvidar. Un carnicero montaba una mujer frankenstein hecha con salchichas y demás carne de su empresa y se enrollaba con ella. Este Garth Ennis, qué guionista tan elegante.
Para aliviar toda esa carnalidad la suerte me plantó una conferencia gratuita allí mismo sobre Kabbalah. Me acerqué a ver qué aprendía. Especialmente porque una organizadora me dijo que traerían más sillas y podría sentarme. Había bastante público. Todos pendientes de un esquema con el árbol sagrado de la vida judío proyectado en una pantalla al fondo. Podía ser algo esotérico. De hecho lo era. Toda religión tiene su lado oscuro. Los musulmanes tienen a los sufíes. Los judíos tienen esa Kabbalah. Los católicos imagino que a los gnósticos. Los jedis tienen el lado oscuro de la fuerza. Esta lo exotérico que sigue casi todo el mundo (dogmas y liturgias) y está lo esotérico, el camino alternativo a las reglas. Dos caminos distintos para llegar al mismo lugar. Los humanos intentando superar una realidad que se les queda pequeña o triste o gris mediante el pensamiento mágico. Yo tengo mi propio camino que es el del arte pero imagino que cualquier modelo es bueno siempre que no te laven el cerebro, te violen, te obliguen a explotar en un mercado lleno de gente o te vacíen la cuenta del banco y te hagan querer vaciar la de tus familiares. Esta teoría de “todo es un modelo” que por el camino equivocado o no, te puede llevar a un resultado aceptable hizo que en la comida del post anterior quisiese practicar un ritual de sigilismo de magia del caos con mi sobrina. Yo no creía en eso pero sí creo en la autosugestión. Le quería extirpar los miedos nocturnos. Convencer a su subconsciente de que dejase de temer a lo que su imaginación creaba en mitad de la oscuridad. Le dije que apuntase el deseo en la servilleta y luego crearíamos un sello que blah, blah da igual. Cuando vi que su deseo no era dejar de tener miedo si no conseguir un permiso de armas me mosqueé y dejé de hacer magia. La devolví a su pantalla. Eso sí que es diabólico pero me faltaba energía para sacarla de la tablet o del móvil. Y además hay que tener en cuenta que no es huérfana, tiene padres. Le regalo la responsabilidad a sus dueños. Sólo espero que los deseos fascistas de mi sobrina no se cumplan. Con ella no funciona la magia de mentira o la verdadera.   
Pero volviendo a la conferencia no saqué gran cosa. Casi todo pretende hacer que el ser humano salga de su rutina. El deseo de la mayoría de la gente es abandonar una realidad que le imponen. En la Edad Media por ejemplo, tenían poco tiempo para reflexionar. Su preocupación era no morir antes de los treinta. Ahora nos preocupamos más por asegurarnos de que no nos pasamos muertos casi toda la vida, caminando como zombis por una semivida en la que difícilmente nos sentimos vivos, solo a ratos. Yo he descubierto que muchas veces me he sentido vivo cuando montaba un pollo en algún lugar y me iban a dar una paliza o yo, con suerte, la iba a devolver. Pero no os preocupéis. No levanté la mano para compartir mi “sabiduría” guerrera. Tal vez por eso medran estas filosofías que quieren devolver al ser humano al centro de poder. En esta conferencia se trataba de devolver a hacerte dueño de ti mismo, despertar tu conciencia y decirte que tú eres tu propio Dios. Que tu eres causa de tu destino y que debes dejar de vivir a salto de mata, de manera casual. "Causal contra casual" era el lema. Pero no olvidemos que también era sobre sacarte veintidós euros para comprar el libro de la ponente y hasta apuntarte a sus cursillos de kabbalah. Nada que objetar. Tenía que ganarse la vida de alguna manera. Nadie me detuvo cuando acabó la conferencia y me fui a buscar un tren a casa.    
Y a partir de ahí se empezaron a dar sincronicidades.  Vi la kabbalah mencionada en la televisión de esa noche, en una página web donde decían que el Big Bang ya lo conocían los judíos porque en el primer sefirot (esfera) del árbol de la vida se habla de una gran explosión que creó la realidad tres mil años antes de nuestras teorías al respecto, me encontré con un anuncio de una película llamada así “El árbol de la vida” en un periódico. Y si yo tuviera pensamiento mágico relacionaría pensando que el universo quería introducirme en ese tema. El pensamiento lógico es similar. La inteligencia es eso, relacionar conceptos. Lo que ocurre es que en el pensamiento mágico se relacionan los conceptos solo porque están cercanos en el tiempo pero no se tienen en cuenta muchas más variables (apruebas un examen con tu suéter amarillo y crees que el suéter te ha dado suerte y olvidas que otras veces has suspendido con el mismo suéter, el pensamiento mágico se centra en el lado supersticioso y se olvida cuando este falla). La mente mágica es muy perezosa. Cuando no entiende algo, lo achaca a seres imaginarios o al destino. No piensa mucho, con la fe ya lo tiene todo hecho.
Y eso está bien si te convence de perder el miedo o hacer algo bueno con tu vida. También te puede llevar a asuntos más siniestros. Yo me alegro de ver pocas señales en el aire. Esa noche descubrí que tenía entre mis comics el de Garth Ennis y abrí uno por la página del sexo del carnicero. Si creyera también en esto podía haber pensado que el universo quería que descongelase las alitas de pollo o las hamburguesas y les diese una vida sexual. Pero no. Ya he dicho que yo la magia la encuentro cuando abro libros o comics. Y luego los cierro y vuelvo a pisar la realidad. Tampoco es que no tenga sus buenos y amables momentos.


27 diciembre 2016

Felices fiestas




Mientras escribo escucho a George Michael. Este año la música se ha centrado más en sus funerales que en su regeneración. Mi cadena de música no gana para homenajes. Si no es uno de los míos, es uno de los de mi compañera, hace poco Leonard Cohen también cantaba desde el más allá a través de mis altavoces. Ni qué decir tiene cómo empecé el año, con mi ídolo Bowie dando una de cal y otra de arena. No sé cual es cual pero la buena es que sacaba disco, la mala es que se había muerto. Se fue dejando un premio de consolidación para los fans.
La realidad también me ha hecho visitar algún que otro tanatorio con gente de verdad, de la que he tratado en mi día a día. Cuando ves esas cosas piensas que tienes que aprender algo sobre el carpe diem. Pero no sé. Algunos somos duros de mollera y parece que seguimos como si la cosa no fuera con nosotros. El mismo trabajo de mierda, los mismos comportamientos y enfados… Y hasta aquí mi capacidad para resultar profundo o ponerme serio. No doy para más.
Estuve en San Esteban por casa de mis padres. Como el plato del día no me gustaba llegué el último y ya comido, a la hora de los postres. Ya me conocen, contaban con que hiciera algo así y nadie se echa las manos a la cabeza ni me dice nada. Mi compañera ya estaba allí como los seres humanos normales. Yo, más divo que mis divos hago mi actuación fuera de hora pero la hago. Que no se diga que no aprovecho las oportunidades de reunirme con la sangre mi sangre (incluso aunque nuestro cuerpo se regenere  en gran medida y el Sergio de partida no sea exactamente el actual y su sangre casi sea otra que la que heredó).
Así estuvimos haciendo una sobremesa cansina. Esta vez tocaban fotografías de la vieja caja de metal. Temas de debate a partir de imágenes congeladas para hacer historiografía de los antepasados o de nosotros mismos. Pero la memoria es una ficción que montamos para darle sentido al caos de nuestro pasado. Las historias fueron más o menos así pero no pretendas que haya una verdad absoluta. Cada uno las recuerda a su manera. Y todos llevan un novelista dentro que encaja a su manera las piezas.
El caso es que se empezaron a animar todos con temas cada vez más banales. Mi madre decidió que yo era más guapo que mi padre, mi hermana que mi padre era más guapo que yo. Mi compañera estuvo diplomática para halagar a mi padre pero no ofender a mi madre que estaba de mi lado (aunque en el fondo a mí que me zurzan, entendí entre líneas). Mi sobrina dijo de sus padres que “los dos igual” pero la presionaron mucho y al final se decantó por su padre. Si hiciéramos un diagrama se podrían hacer ciencias exactas con nosotros. La dosis más que correcta de Edipos y Electras que requiere la vida. Los hijos con las madres, las hijas con los padres, nada sorprendente. Aunque mi hermana salió escaldada, su hija le estropeó el café y la obligó a un cigarrillo extra en el balcón con el diagnóstico de vanidad herida y de orgullo tocado y hundido. Yo intenté concentrarme en el documental de canguros. Mi sobrina se puso triste por haber hablado más de la cuenta y sobre todo juzgado y se buscó un sofá y un cojín con el que taparse la cara y llorar a su gusto. Mi compañera siguió mirando fotos para entender mejor a mi familia ya que a mí tampoco me entiende mucho y a lo mejor así…
La reunión duró un poco más. Luego hubo dispersión. El grupo que ya había cumplido con la tradición de reunión a toda costa se fue disgregando. Alguna cara crispada, alguna niña en riesgo de que le quitasen el móvil para que dejase de jugar, los canguros todavía saltando en la pantalla, la gente en la calle que parecía salir de las casas como si todos nos pusiéramos intuitivamente de acuerdo a la hora de concluir nuestras visitas…
En casa me puse algo de George, el bueno de George, tan filántropo él. Estos muertos célebres me parecen más manejables.
Pero no voy a extraer más conclusiones. Da igual. Seguiremos igual hasta que esas bombas que decía el sabio que suenan cada vez más cerca de nuestra trinchera caigan en la nuestra (así vemos a los que van desapareciendo, como gente que se va y estrecha el cerco a nuestro alrededor). Sintiendo que somos sabios y comportándonos un par de días o tres como si supiéramos vivir cada minuto de nuestra vida. Y luego a despistarnos otra vez. Y algún día recordaré o recordarán lo bien que lo pasamos durante aquella comida de San Esteban y mi mente o la del que sobreviva tal vez se olvide de la letra pequeña de los morritos y el cigarro airado en el balcón o las lágrimas de una sobrina. Recordaremos los grandes éxitos y obviaremos los grandes cabreos. A lo mejor no es tan mala la memoria que nos engaña. Por lo menos es más piadosa que nosotros.  

Felices fiestas. 

28 noviembre 2016

Amigos y ficciones



Hace poco comentaba con J. lo poco que sabemos de la gente. Amigos que conocemos de toda una vida. Los vemos al cabo de años y aunque en un estudio preliminar nos parezcan los de siempre, un dato que no sabíamos de ellos nos sorprende. Altera lo que sabíamos de ellos. 
Un vecino nos cuenta que X., al que creíamos un tipo tranquilo, ha salido corriendo de un bar dónde los parroquianos querían molerle a palos ¿Qué hizo? A otro que destacaba por ser tímido y buen estudiante lo coge la policía por exhibicionista. Sorpresas. Pero no deberían serlo. No sabemos nada sobre el prójimo. Tengo vecinos que son “hola” y “adiós” durante años. Conozco mejor la vida íntima de un bloguero que conocí ayer que la de estos vecinos tan cercanos. No conocemos a nadie. Aunque vivas con ese alguien. Tenemos una somera idea de los demás pero siempre faltan datos. Los otros siguen siendo constructos de nuestra mente. Son personajes que nos montamos en la cabeza con lo poco o mucho que nos dejan ver o nos cuentan sobre ellos. Si hacen algo terrible nos olvidamos de lo mucho bueno que hicieron. Si hacen algo bueno, dejan de ser tan terribles como creíamos. A veces el prójimo vale por la última noticia que tenemos sobre su vida. En cierto sentido las personas que conocemos son personajes de fantasía no menor que Sherlock Holmes o el monstruo de Frankenstein. Incluso nuestros familiares.
Llevo semanas siguiendo la evolución culinaria en facebook de un viejo amigo que siempre ha destacado por su seriedad y su poca disposición a hacer el payaso. Siempre sobrio. Poco dado a hacer chistes o buscar situaciones ridículas. Pero cada Lunes nos enseña su última tortilla de patatas. Yo miro las fotografías y me muerdo la lengua por no decirle que no entiendo el sentido de que nos muestre siempre el mismo plato. Bueno sí, que no sabe hacer otros. Y que este le debe enorgullecer. Pero que no se flipe que solo con eso no le van a llamar de MasterChef.
Recuerdo una época en la que estuve de monitor de comedor. Había niños normales  (la mayoría), niños traviesos (unos pocos), niños pelotas y algún que otro delincuente en potencia al que agarré de la solapa en un rincón y amenacé de modos que no necesitáis conocer. Pero una de las niñas me llamaba siempre la atención. Cada vez que terminaba su plato corría a enseñármelo para que aprobase lo limpio que lo dejaba. Cuando se lo celebraba se sentía realizada. Se iba sonriendo y feliz a su mesa dispuesta a encarar el postre con no menos alegría. Espero que no haya crecido así, dependiente de la aprobación ajena para ser feliz. Pero el caso es que mi amigo el “tortillero” me parece que enseñándonos su plato en Facebook busca el mismo tipo de aprobación. Es el mismo tipo de “busca-me-gustas” que pulula por esas redes sociales. ¿Y a quien no le gustan los "me gusta"? Pero él vive colgado de la aprobación ajena. Para mí ha dejado de ser un ser humano para convertirse en una tortilla semanal. Ocasionalmente hace aportes no menos interesantes como las nubes que se ven a través de la ventana de su cuarto o la lluvia que ha caído. También fotografía una estatua delante de su casa y el estado en que la dejan las palomas o los viandantes. Minimalismo informativo, podríamos llamarlo. Y después de poner todo eso me lo imagino esperando la limosna de los clics en “like”, los pensamientos positivos de las amistades que nos tenemos que sentir fascinados por esa vida tan interesante. Yo la última vez, aprovechando que vivo cerca casi le digo que me invitase a su última tortilla. Que enseñase menos y aportase más. Al menos que sirva de algo tanta publicidad. Nunca me ha gustado ser un tipo de escaparates. O me dejas probar o comprar o no me lleves de tiendas. Para mirar cosas bonitas ya tengo mi ombligo o… da igual, tampoco necesitáis saberlo.
Hace una semana se acabó su sueño. Alguien le dijo que si era tan independentista por qué hacía tortilla española. Él dijo que no era de patatas, que era de judías y se liaron en una discusión casi surrealista. Una que a mí me hizo volver a morderme la tecla por no decirles que me costaba trabajo saber cuál de los dos era más gilipollas. Que pasar de tortillas a tortas era de tontos. Pero ya sabemos cómo acaban estas conversaciones. Te cogen de enemigo común y ellos se arreglan. En facebook es mejor callarse.
Sé que todos somos personajes en la mente de otros. Incluso yo que os dejo meteros de modos verdaderamente impúdicos en mi mente (últimamente no tanto pero no os confiéis, yo sigo teniendo la misma falta de vergüenza con mis cosas). Incluso yo soy por dentro diferente a cómo me veis por fuera. Es cierto que lo más profundo de la gente es la piel, lo dijo Oscar Wilde. Sólo somos superficies. Y es por eso que me trabajo mucho mi personaje de facebook. Allí me muevo entre personas reales que siempre me han conocido. Para ellos sigo siendo el fan de Bowie, de los cómics, friki de la literatura o de la televisión… cosas así. No me salgo mucho del papel. No participo casi nada, es fácil equivocarse y acabar en una polémica sobre tortillas o lo que sea.

No importa que seas un personaje en la mente de los demás. Verdadero o falso da igual, es lo que hay. Lo importante es que ese personaje no sea uno al que quieras cruzarle la cara por la calle cuando lo veas. Especialmente por temas tan banales como los ingredientes de lo último que has cocinado.