18 septiembre 2016

El bañista apolillado



En agosto trabajé y sudé mucho pero no por el trabajo. En septiembre, este año, he vuelto a hacer vacaciones. No es fuera de temporada pero tampoco estoy en su meollo. Es un “entremedio” que me gusta bastante. Mucha gente ya está regresando a esa parte de su vida a la que normalmente solo se regresa por dinero. A “asesinar las horas en un trabajo de mierda”, como diría el viejo y muerto Bukowski. Suerte los que como una tal Rita de profesión política tienen un trabajo por el que cobran un pastón y solo tienen que ir cinco minutos a agradecer a sus allegados de partido lo que les ama (aunque a veces hay que ir a juicio y la prensa y esas cosillas pero  si no tienes conciencia tampoco tienes algo que te amargue la vida y duermes igual de bien).    
Así que yo estoy en septiembre. He pasado sus primeros quince días de playa. Nadando y dejando que mi compañera que le teme a las olas me guardase la ropa. Sólo conseguí convencerla de entrar en el agua un día pero estaba muy tensa. He visto gatos más dispuestos a bañarse conmigo que ella. Así que desistí de torturarla más y la dejé en la arena con mi revista de Historia. Mi relectura del viejo Buk estaba en la bolsa esperándome pero yo a la que toco agua, ya no salgo. Por fin he descubierto algo que me quita el mono de leer y es bañarme en una playa semivacía.
De todos modos, en mi primer día no le perdía el respeto al mar. O eso creía. Mientras nadaba o hacía que nadaba, no soy Mireia Belmonte (lo mío es más como mantenerme como un perrito y bracear y simplemente dejarme mecer por el oleaje cuando me canso de mantenerme a flote),  me inventé algunos temores para no alejarme mucho de la orilla. La sincronicidad siempre está ahí para molestar. Casualidades buscando al supersticioso que lleva dentro incluso el más escéptico (yo soy ese, el más escéptico y sin embargo…).  
Había visto la noticia de que tiburones habían mordido a un tipo en una playa española. En el programa de Íker Jimenez que tan bien mezcla realidad con fantasía, dijeron que les llaman tintoreras en lugar de tiburones para que la gente se siga bañando y favorecer el turismo (como en las películas)  y porque tintorera es una palabra que no da tanto miedo, Spielberg no le metió mano a ese tipo de bicho.
Y había visto “El arrecífe”, “In the Deep” o “Infierno azul” más un par de intentos de ver “Sharknado” pero no podía con este último. Los tiburones son siempre los malos en el cine. El que haga uno bueno se lleva un Oscar al más original. También llevaba esa semana una buena ristra de documentales en la 2 con fauna marina y no toda amable con los humanos.
Por si fuese poco la casualidad y sus horrores, recordaba que en esa playa, hacía años, entré diciéndole algo a alguien y de pronto sentí una bofetada inmensa que me cogía desde la cara hasta los pies, un guantazo totalitario por todo mi cuerpo. Una ola traidora que apenas era hija de la bandera amarilla me lanzó contra el suelo y luego, en la retirada de ese pequeño tsunami, me arrancó el bañador y de no ser por la fuerza con que lo agarré a la altura de los tobillos, me hubiese dejado en muy mala situación. Y esa playa de mi recuerdo sí estaba muy concurrida. El mar no es como para tomárselo a broma. Al menos si estás dentro.   
Así que respeto le estaba teniendo al agua. Pero nada. Que a mí o me la ponen verde o nada. Bandera amarilla otra vez, para mí tan mala como la roja. Me puse a nadar o algo así y cuando quise darme cuenta ya estaba alejándome de la playa. Veía de lejos la toalla con mi compañera leyendo. El socorrista vete a saber dónde, bajábamos tarde y al lugar menos transitado, sobre las seis de la tarde. Empecé a notar el calambre característico de alguien que se esfuerza mucho y se quiere hacer el duro pero ni está entrenado, ni ha hecho calentamiento previo ni tiene el cerebro necesario para pensar esas cosas a tiempo. Pero no era calambre. Era inicio de calambre así que respiré profundamente, me hice el muerto para evitar acabar ídem por negligencia. Dejé que se ahogase primero el miedo o la angustia. Mi compañera me había contado que su sobrina una vez había subido hasta un árbol muy alto en una montaña solitaria y que al llegar arriba se quedó sin fuerzas. Sintió que era su fin. Luego encontró la manera de bajar muy lentamente, en plan koala, resbalando de culo de rama en rama y en unas horas llegó abajo tras haber saludado a la muerte (no sé, esa historia me fallaba porque si no te quedan fuerzas no te quedan fuerzas ni para ir lento pero en fin, más agujeros tienen los guiones de Hollywood).
El calambre no se desarrolló y luego, tranquilamente, me fui acercando a la playa. Dejaba que una ola me acercase y solo me resistía y nadaba en su retroceso para ahorrar energía. Llegué a la arena extrañamente feliz. Parece que la vida solo te importa lo suficiente cuando vienes de estar a punto de regalarla. Mi compañera levantó la vista de su revista:

-       -Tú sí que te lo pasas bien. Toda la tarde en el agua. Cómo me gustaría saber nadar como tú.

Desde luego que poco sabia es la envidia.  
Cogí mi libro con los escritos del viejo indecente y zapatero a tus zapatos, regresé a lo mío.

Actualmente, a pesar de lo poco que me gustan las banderas, ya lo sabéis, siempre busco la de color verde para bañarme un poco. Es la única cosa ondeante y en asta de la que me he hecho amigo.  

02 septiembre 2016

Retrasos en un tren



Al igual que le sucede a mi amiga Dorotea Hyde, pienso que el transporte público es como una buena vitamina para escribir historias. Te cruzas todo el tiempo con gente. La mayoría no es exactamente gente viva, más bien zombis atapados por una pantalla. Pero algunos supervivientes a la epidemia de muertos vivientes respiran normalmente entre nosotros, interactúan, permiten que ponga mi oreja a hacer horas extra y de paso el cerebro.
Era sábado. Yo iba a trabajar pronto muy pronto, en una hora donde se mezclan los pringados como yo con los que acaban su fiesta. Hacemos mal equipo. Los ceñudos contra los que todavía ponen música en el móvil o van borrachos o cantando o gritándose las últimas anécdotas de discoteca o los planes de futuro inmediato en un “after”.    
Y oigo a dos tipos. Me giro. Dos individuos que representaban mi idea de idiota de manual: gorra con visera en la nuca, edad adolescente y móvil con reggaetón a volumen pernicioso para la salud (no muy alto pero los altavoces de un Smartphone son molestos a cualquier volumen, la cumbre del estropicio auditivo, ni Mozart sonaría bien ahí, así que lo otro…).  
Escuché esta inquietante conversación:
-      Le voy a matar, hermano, te juro que lo mato. Cojo una pistola y me lo cargo…- me giré para ver si había peligro inminente pero solo vi dos gorras y dos nucas más los respectivos respaldos.
-      ¿Pero tú te escuchas? ¿Eso que estás diciendo? Es una locura- al parecer uno de los dos gorritas no era tan estúpido como pensaba. Esto es un nuevo revés a los prejuicios, la apariencia no lo es todo. Entre los dos sumaban un cerebro pero solo estaba en la cabeza del segundo interlocutor.
-      No, te lo juro, hermano, le mato. Me ha dejado en ridículo porque estaba con todos y haciéndose el gallito con su novia pero te juro que le mato. El viernes que viene voy y ¡pum,pum! Un tiro. 
-      ¿Te oyes? ¿Y tu madre? ¿Qué dirá ella?  
-      Me da igual.
-      Vas a ir a la cárcel.
-      Me da igual. Le mato. Ese tío se creía muy gallito- es repetitivo, lo sé, pero el discurso de alguien que va bebido es esto, puro bucle sin solución de novedad y este había ahogado sus penas en la mitad del alcohol de su local, tenía esa dicción emborronada y gangosa de los excesos etílicos.
-      Estás loco. Cuando duermas y se te pase ya lo dejarás pasar.
-      Que no, el Viernes que viene, tío, te juro que…
Y así todo el tiempo. Eran cuatro pinceladas de una historia. Yo veía ahí como al borracho hablando con una chica, luego el matón acompañado de la pandilla arropadora dejándole en ridículo o calentándole el cuerpo a base de golpes, la chica pasando a manos del chulo (vete a contarles a estos que las mujeres no tienen dueño y van por libre o que la prehistoria pasó y ahora ya estamos en lo siguiente), el resentido desahogándose en su cerebro con una pistola que dispara en su agenda de los propósitos del mes siguiente. Puro género negro del cutre. Del de andar por un vagón de metro.
Me alegró pensar que el escenario anunciado para la presunta matanza sería la semana siguiente en un lugar que yo no frecuentaría. Que se realizaría entre idiotas y eso es puro Darwinismo, una matanza entre atontados no puede hacer daño a nadie(o sí, quién sabe, pero yo no estaría para verlo). Lo cierto es que mi intuición me dice que al día siguiente tendría una buena resaca y la certeza de que las armas de fuego no las venden en los quioscos así que el viernes siguiente nada de lo anunciado sucedería.
Salí al amanecer y caminé hacia mi trabajo. Recordé las tragedias de mi propia adolescencia, tan grandes en su momento y tan ridículas ahora.
También pensé que esos tiempos de juventud no son tan buenos como los recordamos. Aunque yo nunca llevé gorra con visera en la nuca. Pero pude ser tanto o más imbécil que ellos.
El trabajo me pareció un mal menor, en cualquier caso.
Gracias, mi joven y triste amigo asesino. Sé que en algún lugar de un viernes futuro sigues tan borracho como siempre y no has matado a nadie. Con suerte crecerás para reírte de lo cretino que eras. Y para darle las gracias a tu amigo. Algunos hasta se salvan de la edad del pavo.

Hasta el próximo tren de cercanías, amigos-as. Pero no os lo recomiendo. La RENFE en Cataluña sigue sufriendo grandes retrasos y a ciertas horas se suben otro tipo de retrasados. 

18 julio 2016

Encuentro




Mientras bebo de mi refresco tengo la primera punzada de arrepentimiento. No debí decir que sí. Tomar algo. Pero estuve muy expuesto en aquella esquina. Como no soy tan paranoico doblo esquinas sin pensar en lo que hay al volverlas. Y allí estaba él, una vez más. 
Cuando está en el barrio se nota. Acaba cruzándose contigo en algún lugar del camino. Es inevitable como las cucarachas en verano. 

- ¿Qué pasa, gilipollas? 

- ¿Qué tal, retrasado de los cojones? - le respondo para ponerme al alto nivel de diálogo que me trae. 

- Ja,ja, cómo eres- me da la mano o la agita más bien, eso se le da bien como se verá. 

Me pregunta si le puedo acompañar al supermercado. Luego me invita a algo. Que así nos ponemos al día con nuestras vidas. No me parece algo de primera necesidad lo de explicarnos la biografía pero me cogió en los últimos días de Rodriguez hace un par de semanas. El ocio es un cheque en blanco para hacer cualquier estupidez que se te pase por la cabeza. Es por eso que ahora estábamos en una terraza. Protegidos por una sombrilla pero por poco tiempo. El sol se reacomodaba y nos gastaba la broma de movernos la sombra de lugar. Yo tenía que cambiar todo el tiempo la silla para que mi piel, nivel vampiro de tolerancia al sol, no se deshiciera. 
Él le pegaba al Red Bull, yo a un refresco light. De pronto sacó una lata de anchoas del bolsillo:

- Para eso hemos ido al super. Me encantan las anchoas. ¿A ti no?

- Pues no te he visto comprarlas. De hecho creo que salimos sin hacer ninguna compra. Pensé que no habías encontrado lo que querías. 

- Ja,ja, me las he llevado escondidas, hombre, las anchoas son caras. 

Genial. Me imagino la vergüenza si nos hubiesen pillado. El mal rato. Me empiezo a mosquear. 

- La próxima vez que vayas a robar al supermercado podrías llamar a tu padre. A mí llámame raro pero prefiero comprar las cosas si puedo y si no, me jodo. 

-Ja,ja cómo eres. Pero si no te has dado cuenta ni tú. Tómate una, hombre. 

No, no quiero ninguna. No tengo apetito bajo los efectos del calor y la mala leche. Pero él sigue con lo suyo. Le hacen gracia mis cabreos. Soy su payaso serio preferido. 
Me ofrece un resumen vertiginoso de su vida. Habla con el mismo pudor que muestra en el super, ninguno:

- Me dejó la novia, ya te lo dije desde el coche- ver pasados episodios- Decía que se había cansado de mí. Luego yo me lié con otra y lo dejamos. Volví con la primera pero me dijo que estaba más gordo y ya no la atraía sexualmente así que me dejó otra vez.   

Es difícil responder a historias tan surrealistas así que no digo nada. Aún me queda refresco. Él sigue. Lleva las alas que le presta su bebida alta en excitantes:

- Pues ya ves, tío. Ahora estoy todo el día dale que te pego. Como siempre. Yo es que siempre he sido muy pajero. Me la casco a todas horas. 

Estoy por recomendarle aquel huevo masturbador del otro egregio onanista que salió por el blog pero el tema empieza a preocuparme. Le he dado la mano. Conozco sus hábitos higiénicos que consisten en no tenerlos. 

- Ahora con el veranito lo que apetece es playa. Conozco una nudista dónde se ven unas tías... Podríamos ir a ligar allí. 

- No lo creo. No es bueno que se te vean tanto las intenciones y allí es difícil. 

- Ja,ja cómo eres. Te lo pasarás bien. 

- Lo dudo- "ni siquiera me lo estoy pasando bien ahora y estoy vestido", pienso. Los dos paseando desnudos por una playa sólo ligaríamos con otros hombres y yo tampoco he manifestado ninguna intención romántica, no sé por qué este hombre me incluye en sus fantasías veraniegas. Y yo que pensaba que había perdido mi vieja capacidad de atraer gente extraña.  

Nos acabamos despidiendo. Pasará mucho tiempo antes de que vuelva a pasar por esa esquina. 
Justo antes de irse, parece recordar algo:

- ¿Sigues con la misma?

-Sí...

- ¿Y que haces para durar tanto? Porque macho... A mí no me duran nada. 

- No sé, casualidad, a veces son cosas que no están en nuestra mano. Tal vez no has tenido suerte. 

- En la mano te digo yo lo que tengo siempre, ja,ja

Me largo con esa nueva imagen en la mente. Es raro que un hombre con tanto ingenio no tenga novia. Un poeta como él. Que le obliguen a tener tanto entre manos y lo traten como si no tuviera nada en la cabeza.   

03 julio 2016

Adicción



Y te miré, y luego miré el reloj y volví a hacer un cálculo mental, unas veces seis minutos, otras tres, muchas veces cuatro y alguna que otra excepcionalmente siete pero eso poco, excepción es que es poco. En cualquier caso, cogías tu móvil con frecuencias que ofrecían una media de cinco minutos de descanso entre bocanada y bocanada de whatshaps o red social. Sonaba el cacharro, más bien vibraba y zumbaba como una abeja sobre la mesa, seguía un “disculpa” que casi no incluía ni una mirada hacia tu interlocutor, luego tu ceño concentrado sobre la pantalla del móvil desentrañando los secretos del mensaje recibido como el que abre un regalito de cumpleaños, finalmente un tecleo furioso que me daba la envidia sana de cuando era adolescente y en aquella academia de mecanografía todos-as tenían más pulsaciones que yo y los dedos más despiertos. Luego tú y yo retomábamos la conversación como el que retoma su película o su serie o su salsa rosa acribillado de la publicidad que le ha interrumpido y ahora no sabe muy bien en qué estaba, hay unos segundos de duda muy parecidos a despertarse y recuperar el yo que anoche se fue a dormir, un aturdimiento, las interrupciones atontan, hay que volver a colocarse en el lugar del que te desplazaron. Y entonces yo pensé que para eso mejor haberme quedado en casa que yo poco me aburro. Porque no sabía ni entendía la importancia de los mensajes que recibías. Mensajes que no se podían aparcar en un lado de tu teléfono más inteligente que tú ni durante una hora. ¿Qué podía haber tan importante que te tenía de guardia todo el día sin descanso ni contemplación del paisaje ni charla tranquila libre de zumbidos y ruido y furia digital? Era algo que te hacía interrumpir incluso un sorbo de café con leche a la mitad, relamerte el labio, otras veces apretarlo como si te hubieras puesto pintalabios pero con tanta crispación que al final se fruncían y parecías una criatura enfurruñada. Debías tener complejo de Superman. Pensabas que alguien estaría en peligro de muerte en algún lugar y si no atendías su mensaje escrito (ni siquiera su llamada, era una persona en peligro que escribía en lugar de hablar), moriría sin remisión dejándote un hipotético dedo culpable señalándote. Una persona que tal vez solo te tenía a ti en su agenda de contactos o sólo le quedaba batería para un mensaje y que había pensado en ti antes del apagón celular o era alguien que iba a ganar cien millones de dólares en un gran concurso y tú podías ser su comodín del público pero sólo se podía comunicar contigo mediante mensajes. Alguien al que de no responder en menos de un cuarto de hora abandonaría su amistad contigo, cesaría su relación de pareja, borraría vuestra consanguinidad. Y mientras tecleabas el último mensaje de nuestra sesión y a mí solo me quedaban los posos del segundo café y a ti el café con leche tibio, pensé que tenía ganas de romperte el móvil en la cabeza porque hablar solo es de locos pero con alguien que no te escucha es de idiotas. Pero tu regresabas ya al café cada vez más frío y a mí, cada vez más caliente y a punto de gritar y de empezar con un “vete a la mierda” o “que te den por el culo” o cualquiera de las posibilidades del manual del grosero indignado que luego, cuando pasase un rato y me quedase solo me harían sentir mal, me dejarían mal cuerpo, ya repensadas me producirían arrepentimiento y hasta me harían maldecir los impulsos de la testosterona que siempre me la lía o hace que la líe. Así que me entretuve con los vaivenes de la clientela y de cazar conversaciones al vuelo de las que a veces sacaba algo para algún personaje de ficción que alguna vez escribiré y no querré que suene a novela sino a verdad. Luego llegó el adiós sin haber justificado el “hola” y el “qué tarde se nos ha hecho”  o el “tenemos que vernos más, hay que repetir, no podemos dejar tanto tiempo sin vernos” y el “qué bueno habernos visto ¿no?”y yo respondiendo “sí, mucho, ha estado bien”, con premio de Oscar a la mejor sonrisa falsa y contento de que no hubiera wifi de cerebro a cerebro. Pero alargando un poco el adiós porque acababa de vibrar otra vez el móvil, ceño, tecleo furioso.

Y luego, ya solo, con cara de tonto. Merecida. Sin derecho a réplica.         

13 junio 2016

Scammers




Recibo al menos cuatro mensajes de una tal Katya. Está muy desesperada por comunicarse conmigo. En los cuatro me dice lo mismo. Tal vez le falle la memoria y no recuerde que me ha enviado todo el tiempo lo mismo. O piense que si no leo el primero tal vez lea el segundo y si no, el tercero. Así hasta el cuarto. Tal vez piense que el quinto ya sea mucho. A lo mejor si la dejo sin respuesta seguirá encerrada en ese bucle de enviarme siempre la misma historia y yo acabe claudicando y le responda. Y no es que no responda todo lo que se me pregunta pero es que los mensajes son los que siguen y están en la bandeja de correo no deseado y con eso ya lo he dicho casi todo:

Mis saludos
Particularmente gran mensaje no se va a escribir. Voy a escribir lo que quiero presentarme contigo y hablar. Si no te importa eso, entonces me dicen. Nunca me familiarice con los hombres primero, pero queria dirigirme a tu, porque me gusto. Especialmente en Internet, creo que es mucho mas facil para familiarizarse con un hombre que la realidad. Desde que era una senorita timida. No se por donde empezar nuestra relacion. No se que mas escribir a tu, porque yo no se lo que quieres saber acerca de mi. Si tu no dejas esta carta sin atencion y me contesta, entonces le pido que me haga preguntas que tu estas interesado en mi. Voy a responder a todas las preguntas.
 
claro,tu no puedes escribir, pero no puede mostrar su deseo de presentarlo. Por lo tanto, yo os envio mi foto. Espero que me gusta. Pero si mis fotos no le gusta, entonces lo siento por las molestias. Yo espero que todavia me gustas, y vamos a seguir comunicandose.
 

Esperare su mensaje.
 
Katya


Este mensaje de la tal Katya que me imagino como un maravilloso ordenador en forma de PC o Mac enviado por un mafioso ruso que incluso pueda ser tocayo mío y se llame Sergei (que según cierto excompañero de exblibioteca debe pronunciarse “ser gay” y ja,ja,ja qué gracioso soy que nadie te ha hecho nunca ese chiste), está lleno de submensajes que me asaltan el cerebro nada más leerlo.  
Se presenta rápido y dice “que gran mensaje no se va a escribir”. Desde luego. Aunque el corrector ortográfico es tirando a regular y se come pocos acentos y solo convierte los años en anos porque en Rusia no hay Ñ,  vemos que no hay corrector gramatical con lo que sabemos automáticamente que usa un traductor automático y efectivamente, gran mensaje no se escribe.
Dice que se dirige a mí porque le gusté. Es raro porque no estoy en ninguna página de citas y no voy colgando mi fotografía en cualquier sitio (la de facebook es un acontecimiento muy comentado cuando la cambio al cabo de mucho tiempo). Pero le gusté. Aunque el correo también está dirigido a otra dirección de un tal Enrique que tal vez también le debe estar gustando y al que estará enviando el mismo mensaje infinito. Es una lástima pero uso Hotmail. Con Gmail o Yahoo puedes averiguar fácilmente si la IP es de Rusia o usa un Proxy intermediario de por ejemplo Estados Unidos para que no la rastreemos debido a que claro, yo apuesto a que Katya es un mafioso ruso que se llama Sergei. Lo he imaginado así pero vosotros-as podéis llamarle como queráis. Aunque todos sabemos que esto es timo y sobre esto no hay dudas.



Aunque claro, si yo estuviese bajo la acción de una droga muy fuerte alucinaría y creería en las palabras de ese correo. Me dice “que no sabe por dónde empezar nuestra relación” después de comentarme que es tímida. La verdad es que yo tampoco sé por dónde comenzarla. Incluso pienso que no hay nada que comenzar. Ni siquiera soy capaz de creer que haya gente que quiera comenzar con algo así. Pero si existe este correo es porque existen primos de semejante tamaño. O como he dicho, gente que mira internet bajo la influencia de las drogas y se lo traga todo.  
Me envía fotos, espero que os gusten. A mí sí, mucho. Katya no me envía fotografías hechas con el móvil ni nada de eso. Me envía montones de fotografías de estudio, algunas de ellas retocadas. Es muy guapa. Y desde luego la cámara es muy buena (aunque ya sé que los móviles ya van haciendo muy buenas fotos). Y aunque luego dirá lo contrario (habla de un pueblo “pequenito”) vive en una gran ciudad porque su noche está llena de contaminación lumínica como por ejemplo Madrid o Barcelona así que ella debe andar por Moscú.   



Es evidente que esta chica es una scammer (o quien sea el ruso que me envía los mensajes). El timo consiste en enviar cartas a solitarios descerebrados que responden a estas tonterías. Al parecer, he leído en internet, cuando llevas un tiempo enviándole mails ya dejas de hablar con el robot y te dan una atención más personalizada, Sergei te responde a tus preguntas y hasta  te pide el teléfono para que hables con una chica, cualquiera de sus amigas. Luego, cuando quieres que venga a España, Chile o dónde vivas, Katya o Elenia o como quiera llamarse tu musa ficticia rusa, esta tiene problemas en el aeropuerto que solo se pueden solucionar con dinero. Tú se lo envías y… bueno, creo que la historia de amor se acaba ahí.
Pero dejadme deciros que el método me sigue pareciendo burdo, burdo porque yo le respondí como he indicado. Y ella me respondió:

Hola Sergio!

Te soy agradecida por tu respuesta. No estaba seguro que me

responderas. He recibido tuyo email bastante hace mucho en el sitio de

los conocimientos. Y soy contenta que me has respondido… 

El mensaje de respuesta seguía y era largo. Me cuenta que vive en un pueblecito de Rusia y que allí los rusos son un asco, muy fríos  y que busca alguien que la entienda y muchas cosas más. Alguien que le escriba cosas tan bonitas como yo. ¿Pero sabéis qué le pregunté yo en mi respuesta para que me contara todo eso? Nada. Lo primero que se me pasó por la cabeza. Nada que mereciera una carta en la que ya me declara que casi ha perdido la cabeza por mí, desde luego.  Sólo escribí esto:

Hola Katya:

¡Patatas fritas!”


30 mayo 2016

La insoportable levedad de un Domingo por la mañana



Sigo desconectado. Esto amenaza con volverse vicio. Un artículo del periódico me informa que tengo la misma actitud frente al móvil que el siete por ciento de la población. No soy mayoría precisamente. El estudio del artículo dice que la gente (93%) vive enganchada al móvil, que este crea más adicción que desapego. El siete por ciento al que pertenezco se estudia como rareza y cuentan que gracias a no estar conectados tienen(tenemos) más tiempo para leer o hablar en persona con los demás, que nos concentramos más y que nos estresamos menos. No sé. La vida también me estresa a veces. Con o sin móvil.
Salí a la calle un domingo que tenía libre para echarle un vistazo a la mañana pero no sin antes cafetear un poco. Aunque los Domingos en el barrio huelen más a pollo al ast que a café. No tengo buen olfato y sin embargo eso me hace sentir como Lobezno-Wolverine, huelo el Austwich de las aves de corral a dos manzanas de distancia.
Sigo el paseo hasta el primer banco del parque en el que menos niños veo. Consigo media hora de intimidad con “Submundo” de Don DeLillo. Este escritor parece que hoy me ha dedicado un diálogo solo a mí:
“- Mi única sensación con respecto al teléfono… es que te da más disgustos que alegrías… Introduce en tu vida voces personales a las que no estás preparado a enfrentarte”    
Y hablando de voces a las que no me quiero enfrentar, escucho las de dos señoras de mediana edad que me interpelan y al levantar la vista observo que me apuntan con sus sonrisas. Soy el elegido para lo que quieran ellas. De momento me piden un momento de tiempo indeterminado. Casi antes de que hablen ya he detectado lo más importante. Llevan esas revistillas tan conocidas. “La Atalaya” que “consuela a la gente (supongo que a la analfabeta) y promueve la fe en Jesucristo (el alternativo Jesucristo de Jehová, no menos mitificado que el auténtico)”. También parecen llevar “Despertad” que según leo “muestra cómo hacer frente a los problemas de nuestro tiempo (ellos nos sacarán de la crisis rezando o dejando morir a la gente que necesite una transfusión de sangre)”.
Me arrepiento de haberles regalado mi momento. No entiendo como un Dios omnipotente necesita que estas dos vayan agobiando a la gente los domingos por la mañana. Si Dios todo lo puede ¿por qué no puede comunicarse conmigo de un modo más directo? ¿Por qué soy el último de la clase de las revelaciones y la fe? ¿Soy “retarded”?
-      ¿Te gustan los reportajes sobre naturaleza? ¿Qué piensas?- me pregunta una de ellas.
Ya me conozco ese rollo. Te tantean con otros asuntos para no revelar que esto es un asunto religioso. Como si no se las viera venir. Las huelo de lejos como el pollo al ast. Cualquiera lo hace. Ya son las únicas que visten de domingo los domingos. 
Y no quiero decirles lo que pienso. Eso lo último. Nadie necesita saber sobre mis fantasías, casi siempre criminales. La suerte es que solo son eso, fantasías. Afortunadamente no son planes.
Las despacho con un “no me interesa” y un claro lenguaje corporal que me parapeta en el libro. Se van. Deben conocer a muchos como yo. En esto no soy el siete por ciento de la población.
Pasa un rato. No mucho. Alguien grita “gilipollas” a mi espalda. No suelo volverme cuando la gente grita y adjetiva así. Pueden pensar que me doy por aludido. Pero esta voz insiste. Me temo que efectivamente sigo siendo el interpelado. Me giro.
Es un viejo conocido con el que compartí un trabajo de nueve meses de hace años y luego algunos bares aunque yo no iba muy convencido. Ahora regresa desde el último Red Bull que le vi beber en aquella terraza para llamarme lo primero que se le ocurre, gilipollas. Hay gente que te coge mucha confianza.
Está parado en un semáforo en rojo y con la ventanilla del coche que conduce abierta.
-      ¡He vuelto al barrio! ¡Me ha dejado mi novia! A ver si quedamos ¿Estarás por aquí?  
-      Claro.
-      Te llamo.
Es mucha información concentrada la que me da pero entiendo que los semáforos en rojo no dan para más.
Se va y me queda una duda. Cuando preguntaba si estaría por aquí… ¿Se refería al banco en el que estoy sentado? ¿Todos los días del año y a cualquier hora del día, llueva o nieve, en plan estatua viviente de las Ramblas de Barcelona? ¿O quería decir por el barrio?

Ha dicho que me llamará. Buena suerte con eso. Si se hace Testigo de Jehová puede empezar a creer en milagros como por ejemplo que yo coja el teléfono.   

17 mayo 2016

Vida y obra de una planta de interior



Nos despedimos en el aeropuerto. Unos problemas familiares la han cesado como habitual de mi vida por un tiempo. En nuestro piso temporalmente solo habito yo. Estoy de Rodríguez (más concretamente de Gómez). El estado de tranquilidad perfecta con el que he fantaseado muchas veces.
Mis conocidos al enterarse me dicen que “no sea malo”, sonríen ellos con maldad, echan risitas cuyo sentido se da por sobreentendido.
¿Y yo? ¿Soy malo? ¿Lo estoy siendo en gerundio? Supongo que todo el mundo cuando se queda solo piensa en serlo y por eso creen que yo lo estaré siendo. La gente informa mucho sobre sí misma por activa y por pasiva.
Yo de momento me estoy adaptando a la soltería entrecomillada.
Me ha aparecido un fantasma en el piso. Tazas, platos y calcetines aparecen en lugares extraños. Intento pillar o más bien cazar a la entidad que ha entrado en mi  hogar. Pero resulta que el fantasma soy yo. De pronto entiendo como por revelación que ciertos enredos no se recogen solos y que si los dejas en un sitio y estás solo, no se irán solos a sus estanterías o cajones, que si te vas a trabajar y dejas una cama deshecha al volver seguirá sin hacer. Qué cosas. Pero así soy yo. Pura ciencia empírica. Misterio resuelto.
Otro día descubro que hay duendes benéficos. Han ordenado y arreglado mi casa. Esto sí que es de locos. Pero luego me llama mi madre y me dice que se pasó con mi padre a “darle una pasadita al piso y echarme una mano mientras yo estaba trabajando”. Y hasta dejarme comida. Así son algunas madres, grandes fábricas de hombres inútiles y patriarcales. Menos mal que yo hago por salir de eso. Misterio de los duendes resuelto. Tampoco tengo de eso en casa.
Ya no aparecen más enredos por casa. Uso y muevo utensilios y luego los devuelvo de manera maniática a su lugar original. El orden se mantiene casi solo. Ya sé quién es el más ordenado de esta casa. Cuando ella regrese tendré una virtud verdadera que alegarle ante cualquier juicio al que me someta por cualquier cosa terrible que seguro que le ocasionaré, sin duda, está escrito en las estrellas que haré algo malo y nos pelearemos y nos recriminaremos algo, si no…. ¿Qué clase de pareja seríamos? Pero yo alegaré que soy más ordenado que ella y que puedo demostrarlo.
Y pasa el tiempo y lo tengo todo para mí. Me meto en internet y disfruto troleando un poco. Sin insultar. Me gusta el troleo inteligente y sostenible que te permite molestar a la gente sin que un moderador te banee a los dos minutos de entrar en el chat. He llegado a llorar de risa con eso pero mejor lo dejo para otro momento.
Leo más que antes. Y antes era demasiado.
Paseo más que antes. Y antes rozaba lo olímpico.
Evitaba como podía a los pesados del barrio pero ahora me dejo atrapar ocasionalmente, por hacer algo distinto. De uno de esos pájaros ya hablaré en otro momento. La gente sigue sorprendiéndome. Más de trescientos individuos-as comentados por aquí y aún tengo una nueva exclamación que soltar cuando me cuentan según qué cosas.
Sigo sin ser malo-barra- risita maliciosa.
La comunicación telefónica sigue siendo mi punto débil. No nos llevamos bien, me interrumpe cuando estoy pensando algo importante. Puede ser algo como que si Spiderman esquiva balas gracias a su sentido arácnido cómo es que no esquiva las hostias que le dan sus enemigos pero también hay temas de mayor calado en mi cerebro. Así que desconecto línea de fijo y teléfono móvil. As always    
Temo que llamen de mi empresa. El Barcelona sigue triunfando y eso, según os conté, afecta a la salud de mis compañeros y me acaban llamando para suplirles así que como no tengo contrato de disponibilidad siempre estoy “fuera de cobertura”. Me he inventado una vida paralela en la empresa en la que en mis festivos salgo a montañas alejadas del mundanal ruido y de las líneas telefónicas. Deben pensar que soy un hippy que se va a una de esas comunas a hacer el guarro por convicción o por regresar a los viejos buenos tiempos de la Edad Media cuando no te molestaba la era industrial.
Ocasionalmente enciendo el móvil a ver qué pasa o más bien qué what's up? me ha sucedido. Casi siempre alguna llamada entrante de números que si los buscas por internet están denunciados por ser publicidad pelmaza de bancos o telefonía. Lo que más whatshaps de alguien que quería que quedáramos ayer o un mensaje de voz para invitarme a un concierto que daba un amigo la semana pasada (tengo muchos amigos músicos). J. se lleva la palma de  what's up:

1-   17: 36¿Estás por aquí?
2-   17: 45¿Otra vez con el móvil desconectado?
3-   17:50 ¿Te crees mejor que los demás?
4-   18:00 ¿Y ahora que estás solo qué puedes estar haciendo, maldito pajillero?
5-   18:03 Cuando su excelencia se digne encender el teléfono decirle que hay un programa doble en los cines Phenomena el día… ¿Vendrás?
A veces respondo al mensaje número uno veinticuatro horas más tarde:

17:34 Ya no

Y J. responde:

17:45 Claro que ya no, mongolo, te lo escribí ayer para dar una vuelta o tomar algo. ¿Y ahora? ¿Estás por aquí ahora?

Pero ya eso se lo respondo al día siguiente porque he vuelto a desconectar el teléfono.
Por lo demás estoy siendo bueno.