15 enero 2017

Pensamiento mágico



Estaba ojeando y hojeando un comic en “La casa del libro” del centro de la ciudad. Me di cuenta que lo tenía por una escena que recordaba. Difícil de olvidar. Un carnicero montaba una mujer frankenstein hecha con salchichas y demás carne de su empresa y se enrollaba con ella. Este Garth Ennis, qué guionista tan elegante.
Para aliviar toda esa carnalidad la suerte me plantó una conferencia gratuita allí mismo sobre Kabbalah. Me acerqué a ver qué aprendía. Especialmente porque una organizadora me dijo que traerían más sillas y podría sentarme. Había bastante público. Todos pendientes de un esquema con el árbol sagrado de la vida judío proyectado en una pantalla al fondo. Podía ser algo esotérico. De hecho lo era. Toda religión tiene su lado oscuro. Los musulmanes tienen a los sufíes. Los judíos tienen esa Kabbalah. Los católicos imagino que a los gnósticos. Los jedis tienen el lado oscuro de la fuerza. Esta lo exotérico que sigue casi todo el mundo (dogmas y liturgias) y está lo esotérico, el camino alternativo a las reglas. Dos caminos distintos para llegar al mismo lugar. Los humanos intentando superar una realidad que se les queda pequeña o triste o gris mediante el pensamiento mágico. Yo tengo mi propio camino que es el del arte pero imagino que cualquier modelo es bueno siempre que no te laven el cerebro, te violen, te obliguen a explotar en un mercado lleno de gente o te vacíen la cuenta del banco y te hagan querer vaciar la de tus familiares. Esta teoría de “todo es un modelo” que por el camino equivocado o no, te puede llevar a un resultado aceptable hizo que en la comida del post anterior quisiese practicar un ritual de sigilismo de magia del caos con mi sobrina. Yo no creía en eso pero sí creo en la autosugestión. Le quería extirpar los miedos nocturnos. Convencer a su subconsciente de que dejase de temer a lo que su imaginación creaba en mitad de la oscuridad. Le dije que apuntase el deseo en la servilleta y luego crearíamos un sello que blah, blah da igual. Cuando vi que su deseo no era dejar de tener miedo si no conseguir un permiso de armas me mosqueé y dejé de hacer magia. La devolví a su pantalla. Eso sí que es diabólico pero me faltaba energía para sacarla de la tablet o del móvil. Y además hay que tener en cuenta que no es huérfana, tiene padres. Le regalo la responsabilidad a sus dueños. Sólo espero que los deseos fascistas de mi sobrina no se cumplan. Con ella no funciona la magia de mentira o la verdadera.   
Pero volviendo a la conferencia no saqué gran cosa. Casi todo pretende hacer que el ser humano salga de su rutina. El deseo de la mayoría de la gente es abandonar una realidad que le imponen. En la Edad Media por ejemplo, tenían poco tiempo para reflexionar. Su preocupación era no morir antes de los treinta. Ahora nos preocupamos más por asegurarnos de que no nos pasamos muertos casi toda la vida, caminando como zombis por una semivida en la que difícilmente nos sentimos vivos, solo a ratos. Yo he descubierto que muchas veces me he sentido vivo cuando montaba un pollo en algún lugar y me iban a dar una paliza o yo, con suerte, la iba a devolver. Pero no os preocupéis. No levanté la mano para compartir mi “sabiduría” guerrera. Tal vez por eso medran estas filosofías que quieren devolver al ser humano al centro de poder. En esta conferencia se trataba de devolver a hacerte dueño de ti mismo, despertar tu conciencia y decirte que tú eres tu propio Dios. Que tu eres causa de tu destino y que debes dejar de vivir a salto de mata, de manera casual. "Causal contra casual" era el lema. Pero no olvidemos que también era sobre sacarte veintidós euros para comprar el libro de la ponente y hasta apuntarte a sus cursillos de kabbalah. Nada que objetar. Tenía que ganarse la vida de alguna manera. Nadie me detuvo cuando acabó la conferencia y me fui a buscar un tren a casa.    
Y a partir de ahí se empezaron a dar sincronicidades.  Vi la kabbalah mencionada en la televisión de esa noche, en una página web donde decían que el Big Bang ya lo conocían los judíos porque en el primer sefirot (esfera) del árbol de la vida se habla de una gran explosión que creó la realidad tres mil años antes de nuestras teorías al respecto, me encontré con un anuncio de una película llamada así “El árbol de la vida” en un periódico. Y si yo tuviera pensamiento mágico relacionaría pensando que el universo quería introducirme en ese tema. El pensamiento lógico es similar. La inteligencia es eso, relacionar conceptos. Lo que ocurre es que en el pensamiento mágico se relacionan los conceptos solo porque están cercanos en el tiempo pero no se tienen en cuenta muchas más variables (apruebas un examen con tu suéter amarillo y crees que el suéter te ha dado suerte y olvidas que otras veces has suspendido con el mismo suéter, el pensamiento mágico se centra en el lado supersticioso y se olvida cuando este falla). La mente mágica es muy perezosa. Cuando no entiende algo, lo achaca a seres imaginarios o al destino. No piensa mucho, con la fe ya lo tiene todo hecho.
Y eso está bien si te convence de perder el miedo o hacer algo bueno con tu vida. También te puede llevar a asuntos más siniestros. Yo me alegro de ver pocas señales en el aire. Esa noche descubrí que tenía entre mis comics el de Garth Ennis y abrí uno por la página del sexo del carnicero. Si creyera también en esto podía haber pensado que el universo quería que descongelase las alitas de pollo o las hamburguesas y les diese una vida sexual. Pero no. Ya he dicho que yo la magia la encuentro cuando abro libros o comics. Y luego los cierro y vuelvo a pisar la realidad. Tampoco es que no tenga sus buenos y amables momentos.


27 diciembre 2016

Felices fiestas




Mientras escribo escucho a George Michael. Este año la música se ha centrado más en sus funerales que en su regeneración. Mi cadena de música no gana para homenajes. Si no es uno de los míos, es uno de los de mi compañera, hace poco Leonard Cohen también cantaba desde el más allá a través de mis altavoces. Ni qué decir tiene cómo empecé el año, con mi ídolo Bowie dando una de cal y otra de arena. No sé cual es cual pero la buena es que sacaba disco, la mala es que se había muerto. Se fue dejando un premio de consolidación para los fans.
La realidad también me ha hecho visitar algún que otro tanatorio con gente de verdad, de la que he tratado en mi día a día. Cuando ves esas cosas piensas que tienes que aprender algo sobre el carpe diem. Pero no sé. Algunos somos duros de mollera y parece que seguimos como si la cosa no fuera con nosotros. El mismo trabajo de mierda, los mismos comportamientos y enfados… Y hasta aquí mi capacidad para resultar profundo o ponerme serio. No doy para más.
Estuve en San Esteban por casa de mis padres. Como el plato del día no me gustaba llegué el último y ya comido, a la hora de los postres. Ya me conocen, contaban con que hiciera algo así y nadie se echa las manos a la cabeza ni me dice nada. Mi compañera ya estaba allí como los seres humanos normales. Yo, más divo que mis divos hago mi actuación fuera de hora pero la hago. Que no se diga que no aprovecho las oportunidades de reunirme con la sangre mi sangre (incluso aunque nuestro cuerpo se regenere  en gran medida y el Sergio de partida no sea exactamente el actual y su sangre casi sea otra que la que heredó).
Así estuvimos haciendo una sobremesa cansina. Esta vez tocaban fotografías de la vieja caja de metal. Temas de debate a partir de imágenes congeladas para hacer historiografía de los antepasados o de nosotros mismos. Pero la memoria es una ficción que montamos para darle sentido al caos de nuestro pasado. Las historias fueron más o menos así pero no pretendas que haya una verdad absoluta. Cada uno las recuerda a su manera. Y todos llevan un novelista dentro que encaja a su manera las piezas.
El caso es que se empezaron a animar todos con temas cada vez más banales. Mi madre decidió que yo era más guapo que mi padre, mi hermana que mi padre era más guapo que yo. Mi compañera estuvo diplomática para halagar a mi padre pero no ofender a mi madre que estaba de mi lado (aunque en el fondo a mí que me zurzan, entendí entre líneas). Mi sobrina dijo de sus padres que “los dos igual” pero la presionaron mucho y al final se decantó por su padre. Si hiciéramos un diagrama se podrían hacer ciencias exactas con nosotros. La dosis más que correcta de Edipos y Electras que requiere la vida. Los hijos con las madres, las hijas con los padres, nada sorprendente. Aunque mi hermana salió escaldada, su hija le estropeó el café y la obligó a un cigarrillo extra en el balcón con el diagnóstico de vanidad herida y de orgullo tocado y hundido. Yo intenté concentrarme en el documental de canguros. Mi sobrina se puso triste por haber hablado más de la cuenta y sobre todo juzgado y se buscó un sofá y un cojín con el que taparse la cara y llorar a su gusto. Mi compañera siguió mirando fotos para entender mejor a mi familia ya que a mí tampoco me entiende mucho y a lo mejor así…
La reunión duró un poco más. Luego hubo dispersión. El grupo que ya había cumplido con la tradición de reunión a toda costa se fue disgregando. Alguna cara crispada, alguna niña en riesgo de que le quitasen el móvil para que dejase de jugar, los canguros todavía saltando en la pantalla, la gente en la calle que parecía salir de las casas como si todos nos pusiéramos intuitivamente de acuerdo a la hora de concluir nuestras visitas…
En casa me puse algo de George, el bueno de George, tan filántropo él. Estos muertos célebres me parecen más manejables.
Pero no voy a extraer más conclusiones. Da igual. Seguiremos igual hasta que esas bombas que decía el sabio que suenan cada vez más cerca de nuestra trinchera caigan en la nuestra (así vemos a los que van desapareciendo, como gente que se va y estrecha el cerco a nuestro alrededor). Sintiendo que somos sabios y comportándonos un par de días o tres como si supiéramos vivir cada minuto de nuestra vida. Y luego a despistarnos otra vez. Y algún día recordaré o recordarán lo bien que lo pasamos durante aquella comida de San Esteban y mi mente o la del que sobreviva tal vez se olvide de la letra pequeña de los morritos y el cigarro airado en el balcón o las lágrimas de una sobrina. Recordaremos los grandes éxitos y obviaremos los grandes cabreos. A lo mejor no es tan mala la memoria que nos engaña. Por lo menos es más piadosa que nosotros.  

Felices fiestas. 

28 noviembre 2016

Amigos y ficciones



Hace poco comentaba con J. lo poco que sabemos de la gente. Amigos que conocemos de toda una vida. Los vemos al cabo de años y aunque en un estudio preliminar nos parezcan los de siempre, un dato que no sabíamos de ellos nos sorprende. Altera lo que sabíamos de ellos. 
Un vecino nos cuenta que X., al que creíamos un tipo tranquilo, ha salido corriendo de un bar dónde los parroquianos querían molerle a palos ¿Qué hizo? A otro que destacaba por ser tímido y buen estudiante lo coge la policía por exhibicionista. Sorpresas. Pero no deberían serlo. No sabemos nada sobre el prójimo. Tengo vecinos que son “hola” y “adiós” durante años. Conozco mejor la vida íntima de un bloguero que conocí ayer que la de estos vecinos tan cercanos. No conocemos a nadie. Aunque vivas con ese alguien. Tenemos una somera idea de los demás pero siempre faltan datos. Los otros siguen siendo constructos de nuestra mente. Son personajes que nos montamos en la cabeza con lo poco o mucho que nos dejan ver o nos cuentan sobre ellos. Si hacen algo terrible nos olvidamos de lo mucho bueno que hicieron. Si hacen algo bueno, dejan de ser tan terribles como creíamos. A veces el prójimo vale por la última noticia que tenemos sobre su vida. En cierto sentido las personas que conocemos son personajes de fantasía no menor que Sherlock Holmes o el monstruo de Frankenstein. Incluso nuestros familiares.
Llevo semanas siguiendo la evolución culinaria en facebook de un viejo amigo que siempre ha destacado por su seriedad y su poca disposición a hacer el payaso. Siempre sobrio. Poco dado a hacer chistes o buscar situaciones ridículas. Pero cada Lunes nos enseña su última tortilla de patatas. Yo miro las fotografías y me muerdo la lengua por no decirle que no entiendo el sentido de que nos muestre siempre el mismo plato. Bueno sí, que no sabe hacer otros. Y que este le debe enorgullecer. Pero que no se flipe que solo con eso no le van a llamar de MasterChef.
Recuerdo una época en la que estuve de monitor de comedor. Había niños normales  (la mayoría), niños traviesos (unos pocos), niños pelotas y algún que otro delincuente en potencia al que agarré de la solapa en un rincón y amenacé de modos que no necesitáis conocer. Pero una de las niñas me llamaba siempre la atención. Cada vez que terminaba su plato corría a enseñármelo para que aprobase lo limpio que lo dejaba. Cuando se lo celebraba se sentía realizada. Se iba sonriendo y feliz a su mesa dispuesta a encarar el postre con no menos alegría. Espero que no haya crecido así, dependiente de la aprobación ajena para ser feliz. Pero el caso es que mi amigo el “tortillero” me parece que enseñándonos su plato en Facebook busca el mismo tipo de aprobación. Es el mismo tipo de “busca-me-gustas” que pulula por esas redes sociales. ¿Y a quien no le gustan los "me gusta"? Pero él vive colgado de la aprobación ajena. Para mí ha dejado de ser un ser humano para convertirse en una tortilla semanal. Ocasionalmente hace aportes no menos interesantes como las nubes que se ven a través de la ventana de su cuarto o la lluvia que ha caído. También fotografía una estatua delante de su casa y el estado en que la dejan las palomas o los viandantes. Minimalismo informativo, podríamos llamarlo. Y después de poner todo eso me lo imagino esperando la limosna de los clics en “like”, los pensamientos positivos de las amistades que nos tenemos que sentir fascinados por esa vida tan interesante. Yo la última vez, aprovechando que vivo cerca casi le digo que me invitase a su última tortilla. Que enseñase menos y aportase más. Al menos que sirva de algo tanta publicidad. Nunca me ha gustado ser un tipo de escaparates. O me dejas probar o comprar o no me lleves de tiendas. Para mirar cosas bonitas ya tengo mi ombligo o… da igual, tampoco necesitáis saberlo.
Hace una semana se acabó su sueño. Alguien le dijo que si era tan independentista por qué hacía tortilla española. Él dijo que no era de patatas, que era de judías y se liaron en una discusión casi surrealista. Una que a mí me hizo volver a morderme la tecla por no decirles que me costaba trabajo saber cuál de los dos era más gilipollas. Que pasar de tortillas a tortas era de tontos. Pero ya sabemos cómo acaban estas conversaciones. Te cogen de enemigo común y ellos se arreglan. En facebook es mejor callarse.
Sé que todos somos personajes en la mente de otros. Incluso yo que os dejo meteros de modos verdaderamente impúdicos en mi mente (últimamente no tanto pero no os confiéis, yo sigo teniendo la misma falta de vergüenza con mis cosas). Incluso yo soy por dentro diferente a cómo me veis por fuera. Es cierto que lo más profundo de la gente es la piel, lo dijo Oscar Wilde. Sólo somos superficies. Y es por eso que me trabajo mucho mi personaje de facebook. Allí me muevo entre personas reales que siempre me han conocido. Para ellos sigo siendo el fan de Bowie, de los cómics, friki de la literatura o de la televisión… cosas así. No me salgo mucho del papel. No participo casi nada, es fácil equivocarse y acabar en una polémica sobre tortillas o lo que sea.

No importa que seas un personaje en la mente de los demás. Verdadero o falso da igual, es lo que hay. Lo importante es que ese personaje no sea uno al que quieras cruzarle la cara por la calle cuando lo veas. Especialmente por temas tan banales como los ingredientes de lo último que has cocinado. 

07 noviembre 2016

Cuerpos Danone



Este verano leí un interesante artículo en el blog de Pilar Vaquero, Abalorios, dónde se hablaba de la imposición social de lucir cuerpos perfectos en la playa. Allí ya dejé clara mi postura. Si no es legal, no es imposición. De hecho, pienso que si un anuncio te muestra cuerpos Danone y tú te avergüenzas de no tener ese cuerpo pasado por el photoshop y la vida de placeres culinarios restringidos de un modelo profesional, la culpa es tuya por borrego o borrega. Creo que mi amiga Pilar se refería además a la mujer como la más obligada a lucir perfecta on the beach. Y al respecto de esa imposición aviso que ya afecta a borregos machos. Déjame, Pilar, que te cuente una fábula a lo Esopo, con animalitos y moralejas (y el aliño de mis tonterías que no falte, claro).
Este pasado pero largo y cálido verano, como lo son todos para mí, cuando todavía mi santa me tenía abandonado y estaba de viaje, iba de compras por un centro comercial con mi hermana y mi cuñado. En esos asuntos mi cuñado es difícil de seguir. Literalmente. Mi hermana y mi sobrina caminábamos rezagados mientras él, a modo de sherpa del shopping, se avanzaba y guiaba. Entraba en una tienda, miraba a gran velocidad toda la ropa disponible que le interesase, lanzaba algunas preguntas a mi hermana y esta, entre aburrida y agobiada, le daba su asesoría. Luego mi cuñado salía y se metía en la siguiente tienda. Mi hermana me confesó que no le apetecía probarse nada ese día, que hacía calor para ir de tiendas pero mi cuñado, infatigable, seguía desatado y buscando todo el vestuario que iba a lucir este verano en las vacaciones (y que cuando le llene el armario intentará infructuosamente endosarme a mí).
Al salir de un probador hizo un mal gesto y mi hermana tuvo la escasa delicadeza de decir:
-      ¡Uala, qué barriga!
Mi cuñado se giró. Con ira africana en su rostro. Yo diría que odio. El comentario le sentó tan mal que parecía mirar a mi hermana con repudio, a la musulmana, que te dicen que ya te puedes largar y el divorcio se consuma sin más papeleos.
Mi hermana intentó recular diciendo que era el gesto que había hecho, que sólo era por ese mal gesto, por un punto de vista que le había marcado michelines pero que no le había llamado barrigón ni nada así pero él ya le había dicho eso tan maduro de “¿Y tú qué?”.    
Debo decir que mi hermana se conserva bien, tiene un buen cuerpo todavía pero aún en caso contrario, si fuera gorda como una ballena, sería su problema (salvo si eso le ocasionase problemas de salud).
Lo que te digo, querida Pilar, es que esa auto imposición es ya totalmente bisex. No sé cómo andará por los madriles en que te mueves (aunque tú no paras y viajas más que Marco Polo). Lo que sí sé es que por aquí, por Barcelona, esa auto imposición de la belleza es para hombres y mujeres. Pero es auto. Significa que la sigues o no la sigues pero si lo haces es culpa tuya. Mi muy mencionado amigo J. se arregla más que mi compañera para salir, aspira a ser el gallo alpha del gallinero, tengo otro amigo J. que se cuida por motivos deportivos y otro que lo hace porque su novia no se acuesta con él estando gordo. Esto es lo que hay. Yo mismo reduzco azúcares y grasas en la dieta pero más por sentirme bien que porque me importe ya algo lo que piensen los demás, esa época del prójimo y “su opinión me interesa” se acabó muriendo después de mi primera juventud.
El único punto de madurez que puedo alegar a mi favor es precisamente este, que en la playa me pongo en bañador incluso aunque mi piel venga de trabajar en un zulo y parezca el hermano gemelo de los de la saga “Crepúsculo”. Si me miran más de la cuenta puede pasar que me pillen de buenas y yo los mire a ellos descaradamente. Si me pillan de malas me verán montando un pollo de esos que me salen tan naturales y que me fluyen tan fácilmente. Aunque lo normal es que yo viva tranquilo y feliz en las civilizadas playas que frecuento. La gente no vive pendiente de nosotros-as. Te miran unos segundos y luego pasan a otra cosa siempre y cuando no seas el monstruo de Frankenstein.
Para terminar a mi manera costumbrista diré que esa noche cenamos la familia unos bocatas en el bar. Mi cuñado estaba mosqueado porque mi hermana no le había pedido algo mientras él estaba haciendo un recado. Al salir de allí descubrimos que el mosqueo no tenía nada que ver con mandarle a recados, no pedirle en el bar ni nada de eso:
-      ¿Por qué has dicho antes que tenía barriga? ¿Te parece que estoy gordo?
Las ciudades civilizadas son eso. Que las mujeres cojan los problemas de los hombres y los hombres asuman como propios los que tenían antes las mujeres.
Pero lo que yo quería decir antes es que no hay imposición de la publicidad ni de nadie para estar en forma. Como mucho influencia. Tú aceptas o no. Todo depende del grado de miedo que te dé la mirada del otro. Sé que no siempre es fácil saltarse a la torera la cara de repugnancia del prójimo que nos mira pero uno siempre está a tiempo de rompérsela de pasar de esta.
Estaría bien empezar a imponernos nosotros mismos-as sobre nuestro cuerpo. Es el único del que estamos al mando. 

24 octubre 2016

El poder del amor (III y ya está)



Por fin Francisquillo llegó con su bicicleta hasta donde estaba yo (lo he dejado montado en esas dos inseguras ruedas un par de semanas).
Me preguntó por J.. El protocolo habitual. Solo que esta vez Francisquillo no tenía el guión de siempre. Antes de que le dijera algo sobre el susodicho J. me soltó a bocajarro desde su boca nueva (se la había arreglado y tenía dientes) una información que le quemaba dentro y tenía que dar a todo el mundo, incluso a los meros conocidos como yo:
-     -                Me he echado novia.

-    -                ¿Qué?- hay sorpresas fingidas y luego están las auténticas. Esta era de las segundas. ¿Había funcionado lo de la página seria de contactos?

-     -              No, me hiciste una mierda de foto. Esa página no me sirvió de nada. Fue en un chat. Ya me iba a dormir una noche que estaba en uno de esos foros y empecé a tener una conversación interesante con una chica. Nos pusimos a hablar y hablar durante horas… Nos decimos de quedar y ya ves. Es mi novia. Estoy enamorado. ¡ES EL AMOR DE MI VIDA! La quiero. Es de Perú y tiene dos niños pero me da igual. Ahora está arreglando unos papeles pero en cuanto vuelva, bueno, no sé, no puedo esperar a que venga. Ya veremos qué hacemos.


-    -       Parece que… vas en serio- yo pensaba en varias cosas. Pero scammer no era. Al parecer era real y la había tocado y ella le había tocado a él. O eso se intuía, tampoco me dio detalles.

-    -               Sí, sí, voy en serio del todo. Aunque mi madre es muy  mala. No la acepta. Dice que tiene dos hijos y es puta.

No le aconsejé nada sobre eso. Su madre era curiosa. Ella también tenía dos hijos, Francisquillo y su hermana. ¿También era puta? ¿O el puterío era por otro tema? No sé, si me dan tan pocos datos tampoco puedo juzgar a la señora. Especialmente si no es mi problema.

-   -                A ver si le dices a J. que tenemos que quedar.

Ya me había dicho lo que me tenía que decir. Yo mismo tenía ganas de contárselo a J.. Así funciona la divulgación de las historias. Ciertos hechos piden a gritos contarse y extenderse y viajar como… claro, los virus. Especialmente las historias dónde se pueda criticar negativamente a los personajes (sé perfectamente lo que muchos van a decir sobre la historia de Francisquillo pero me lo reservo). No creo que él esté como para que le importe mucho. Después de todo aceptaba bastante bien las duras críticas de su madre. ¿Por qué no las del resto? Se alejó de mí. 
Ya había cumplido su misión de extender la palabra. Por lo que he oído los enamorados tienen la necesidad de contarle a todo el mundo que lo están. Con lo que me gusta a mí hacer las cosas en privado… (para luego contarlas en público, claro).
Pero Francisquillo se iba en una bicicleta que ahora podía sostener. Más fuerte y entero y menos diminutivo. Parecía una historia de amor y superación. Frente a la frutería. El barrio parecía mejor esa mañana.
Al menos si la terminamos aquí. Y si no escarbamos más. Dicen que no hay finales felices y si son felices es solo porque no son el verdadero final.
Pero vamos, que para eso escribo ciertas historias. Para hacer corta y pega de la existencia y dejarlas dónde mejor me parezca. Cuando todavía va bien. Como en la ficción. Antes de que las perdices sean el plato más aburrido del día. Así que ahí estoy yo, de pie, esperando en un exterior frutería. Música romántica en el mp3 (bueno, de esa tampoco uso pero como si fuera que sí). Así que música, fundido a negro y The End.                  

17 octubre 2016

El poder del amor (II de III, acabo de darme cuenta)



Francisquillo estaba acabadillo, resumiendo lo de la semana pasada.
J. le dejó una bicicleta para que cambiase de hábitos pero casi no podía sostenerla ni llevarla a casa. Casi no podía sostenerse él. Arrastraba los pies como un anciano de hospital o asilo y bajo cuidados especiales.
Cuando aparecía con sus movimientos al ralentí intentaba ser el de siempre. Pero se notaba el esfuerzo. Aunque seguía con su humor gamberro y sacaba a relucir la homosexualidad del padre de J. no porque fuera cierta sino por faltarle al respeto y ahí parecía el de siempre (debo decir que esto lo hacemos todos, nuestros padres son muy mencionados entre nosotros para insultarnos, la madre en cambio es como el último límite de la confianza que nos podemos tomar y la dejamos tranquila, los barrios todavía respetan ese pequeño reducto casi sagrado que es la maternidad, no hay más que ver los tatuajes en los brazos de los tipos duros de extrarradio).
Pero Francisquillo a pesar de sus gracias era más “illo” que nunca, el diminutivo se había convertido en profecía. Estaba reducido a ser muy poca cosa como persona.
Así durante dos años.
Esta primavera sin embargo, alguien volvió a sacarme de la lectura en un parque del barrio. Sigo buscando el banco perfecto donde no me conozca nadie pero coger el metro para ir a leer fuera de mis lugares habituales me parece excesivo. El que me molestaba ese día era Francisquillo. Me enseñó su móvil y me dijo sin perder el tiempo con esos estúpidos trámites del “por favor” y el “si eres tan amable” que le hiciera un par de fotos de cuerpo entero. Eran para colgarlas en una página de contactos de internet. Una de “relaciones serias”, me aseguró. Como si a mí me tuviera que importar que fueran serias o informales o de cinco minutos y “ups, esto nunca me pasa, te lo prometo”.
-    -          ¡Pero sácame bien, mamón!
Yo no quise decirle que milagros a Lourdes. Ni tampoco explicarle que de cuerpo entero seguía pareciendo de cuerpo a medias o de cuerpo un cuarto de hombre. Que fotografiar una sombra de persona y pedirle que pareciera un hombre de verdad era cosa del photoshop y esa es una disciplina que no domino por principios, porque mentir con imágenes es lo mismo que mentir con palabras. Tampoco le dije nada porque solo quería acabar el encargo y que no me molestase. Y porque hay verdades que nadie quiere que le cuentes. La sinceridad es a veces otra forma de tortura.
Le hice un par de fotografías sin pensarlo mucho. Afortunadamente cerró la boca para que no se viese lo peor de su rostro. Pocas piezas le quedaban ya. Tal vez cuatro.  

-     -            ¡Pero qué cabrón! ¿Y por qué sacas a estos viejos detrás de mí?

-    -               Estaban ahí, no podía sacarlos del plano.

-    -                Pues me pongo en este lado y me haces otra.

Había más viejos. Todos los segundos planos estaban invadidos por un geriátrico matinal. Estábamos en el parque y a esas horas los jubilados buscaban sol, pasear a sus nietos, qué importa, a mí no me molestaban. Y a él tampoco le tendrían que haber molestado tanto. A lo mejor es que no quería que le confundiesen con esa franja de edad antes de tiempo.  

-    -           ¿Y qué más da? Tú sales centrado. Olvídate de los viejos. No hacen nada. Nadie se va a fijar en ellos, la fotografía te destaca a ti.    

-     -            No sé, todavía se fijarán antes en ese de ahí- señaló un señor canoso que salía en una esquina de la fotografía y que efectivamente tenía mejor aspecto que él.

Y sí, era cierto que alguno de esos abuelos le comía el plano incluso teniendo menos espacio. Pero no soy fotógrafo. Centrar, disparar y listo.
Se llevó el material que le dejé y ya no lo volví a ver.
Hasta que llegamos al principio del post anterior.
Pero de momento lo dejo aquí por última vez. En la frutería de un pakistaní. Esperando a mi compañera y viendo llegar en bicicleta a Francisquillo. Sabiendo que nunca se te acerca si puede evitarlo. A no ser que quiera que le hagas una fotografía.
Pero vino directo hacia mí.

Esta semana que voy peor de tiempo me lío con un post tan largo. Continuará muy pronto y acabaré ya esta historia de amor en la que sigue sin haber nada de amor. 

10 octubre 2016

El poder del amor



Le vi venir de lejos. Haciendo giros inseguros con la bicicleta. Dudando entre caerse hacia la derecha o hacia la izquierda. Yo no aposté mentalmente porque la cosa estaba muy reñida. Lo único seguro parecía ser que tocaría el suelo con la boca.
En esta ocasión no se trata de un amigo. Se trata de un amigo de un amigo. ¿Son los amigos-as de tus amigos-as tus amigos-as? Tengo que responder con un rotundo “no sé” más un firme “tal vez” más un contundente “quién sabe, a veces”.
Tomaré como referencia para responder, a mi mayor suministro de conocidos con los que no tengo nada que ver que es J..
La cosa suele ser así. Paseamos por la calle. De pronto ve a alguien o alguien le ve a él. Se saludan y hablan o se preguntan sobre asuntos más allá de mi vida cotidiana. Permanezco a la escucha entre aburrido y fascinado, no hay término medio. El catálogo de amistades de J. incluye desde gente que trabaja en bancos hasta ex delincuentes en rehabilitación, tampoco se diferencian tanto.
Cuando acaban su charla, dependiendo de las veces que nos veamos, nuestros rostros se hacen familiares y hasta nos saludamos sin la intermediación de J.. En mi caso me cuesta más porque mi reconocimiento de caras es bajo. Según la ciencia el cerebro femenino recuerda mejor los rostros que el masculino. En ese sentido mi cerebro se corresponde bastante con mis genitales.
Recuerdo que en una ocasión uno de esos conocidos me paró una noche en que salía de un concierto. El tipo iba en moto. La paró, se bajó y me detuvo con un gesto. Como llevaba casco pasaron unos segundos de tensa incertidumbre. Debajo de ese casco podía haber alguien a punto de pedirme dinero de muy mala manera. O alguien a quien sencillamente no quisiera ver a las dos de la madrugada en que ya quería estar en casa y durmiendo. Debajo del casco había un tipo con el que J. se detenía mucho a charlar y al que solo conocía porque era un amante de las motos como él (no recuerdo la banal anécdota que les unió pero estaba relacionada con estos aparatos ruidosos y altamente inseguros). Me preguntó por el amigo común, claro. Luego me dijo que él también venía de un concierto y no me ocultó que iba algo bebido. Claro, lo mejor que puedes hacer cuando coges la moto, le dije, y se rió. Estuvo charlando un buen rato y llegué más tarde a mi casa. La noche te atrapa, sabes cuándo vas a salir pero es difícil averiguar cuando te van a dejar volver. Pero este tipo de conocido afable y comunicativo es raro. Los amigos de mis amigos suelen quedarse en conocidos que ocasionalmente saludas y que no dan para una conversación de más de dos frases en el mejor de los casos. En el peor te cambias de acera y miras con interés la primera tienda con escaparate que aparezca o incluso una papelera.
El tipo que se me acercaba al principio de este post era Francisquillo. Un conocido de los de siempre. Había sido compañero de educación básica de J.. Siempre había estado por el barrio que es un pañuelo. A este lo he visto siempre en el paisaje. He asistido a casi toda su biografía mediante estos breves encuentros y él a la mía. Pero no es mi amigo. Ambos lo sabemos.
Su vida, resumiendo mucho, incluía el abandono temprano de los estudios, una novia que le dejó el corazón “partío” tras un breve tiempo con ella, un resto de vida a medias entre el alcohol y vete a saber que otras sustancias que le fueron despoblando las encías de dientes… Quién dice vida dice algo que se le parece. A medias entre la casa de sus padres dónde pernoctaba y discutía y la barra de cualquier lugar dónde sirvieran cerveza, ocasionalmente se nos adosaba a J. y a mí. Nos ponía al día sobre sus últimas aventuras. Hacía chistes de humor negro y se reía con esa boca de piezas que iban dimitiendo, la sonrisa de los que a falta de ser felices buscan estímulos dónde todavía se amargarán más.
Estaba envejeciendo rápido. La vida intensa se quema antes.
Hasta que llegó la primera alarma. A Francisquillo le debió sonar fuerte ese toque de atención de su cuerpo.
No nos lo contó con detalles pero de un día para otro cambió la cerveza con alcohol por la 0,0. Ese tipo de susto que te vuelve abstemio de un día para otro debió ser mayúsculo. Uno de esos que te traen imágenes con salas de emergencia de hospital y la convicción de que no vas a salir de esa pero que si lo haces le darás al rewind y cambiarás tu vida.
Él salió. Aunque la tecla del Rev no suele funcionar igual en la vida. Todo deja su poso.
La nueva vida sana parecía sentarle igual o peor que el vicio.
Ya sé que de momento no hay amor en esta historia y desmiento el título pero es que continuará pronto.
Me voy a ver si el desgraciado que no devuelve la tercera temporada de “House of Cards” a la biblioteca ha hecho lo que debía. Nos vemos.


Continuará…