13 abril 2015

La sabiduría de estos perdedores





A mi hermana se le ocurrió que teníamos que vernos más a menudo. Con la excusa de que tenemos los mismos padres. Es por eso que algún que otro Sábado hemos quedado y accedido a ir a ver uno de esos partidos de baloncesto de mi sobrina. Y no es tarea fácil. O te llevas una distracción alternativa o el espectáculo es un desierto de aburrimiento. Hasta los padres se enfrascan en sus pantallitas táctiles para no agotarse con sus propios hijos maljugando en la pista. Y es que son un equipo de lo peor. Mi sobrina es muy mala. Le tiene miedo a la pelota y cuando se la pasan se aparta no vaya a golpearla. Las pocas veces que la tiene en las manos es para perderla en segundos. Salta mucho pero más allá de eso… nada. Nunca a alguien se le dio tan mal algo que le gustase tanto.
Los partidos no tienen más intriga que ver si al menos consiguen marcar una vez. La canasta de la vergüenza. A veces ni siquiera eso ocurre. Además estas ligas infantiles están desproporcionadas y se enfrentan niños grandes y mastodontes a peques como los del equipo de mi sobrina.  
Por supuesto, al salir, siempre les decimos que lo importante es participar o mentiras piadosas de ese estilo.
Aunque son un equipo bastante feliz. Les ves salir del vestuario después de un 120 a 0 en contra gritando “yupiiiii”  y gastándose bromas entre ellos. A mí desde luego me hacen reflexionar sobre la felicidad o la tolerancia al fracaso. Estos chicos son maestros contra el infortunio. Y mi sobrina la primera. Siempre nos recuerda esa jugada buena que hizo en tal momento que (aunque decimos que sí) no vimos.
Todo el equipo sufre las derrotas más humillantes, llevan un par de años así, y no tienen más aspiración que ver a la crack del equipo (una niña de nueve años no demasiado desarrollada pero con una media máxima de dos encestes al mes o 0,5 por partido) conseguir un tanto. Si la crack consigue dos puntos lo celebran como si hubiesen ganado. Si por el contrario pierden 200 a 0(lo he llegado a ver) los ves igual de contentos a la salida. Sólo ves un poco de tristeza en los padres.
Cuando llego a casa observo las estanterías de mi habitación. Un rincón para la autoayuda de L. y el resto de la biblioteca que es mía. Entre esos volúmenes hay algunos de mis queridos libros de filosofía o clásicos griegos y romanos. Esos sabios antiguos son como el germen de la moderna autoayuda (esta no es más que un refrito simplificado de la sabiduría clásica). Todos ellos escribieron pensamientos muy sabios sobre cómo se debe vivir. Yo disfruto especialmente con los estoicos (Marco Aurelio, Epicteto, Séneca) y los subrayo a menudo (también los hedonistas como Epicuro). Adoro lo moderno de Michel de Montaigne… Casi postmoderno a pesar de haber vivido en el siglo XVII.
Y sin embargo no somos capaces de llevar a la práctica esas doctrinas tan sabias.
Una vez trabajé en un cine y teatro. Pedro Ruiz presentaba un monólogo que finalizaba con el famoso poema de Rudyar Kipling, la carta a su padre, un buen montón de consejos de vida ideales. Como Pedro en persona era un cretino al que una vez casi estuve a punto de golpear en puro ataque de rabia por algo que no viene al caso, le pregunté no sin maldad: “¿No crees que es difícil seguir los consejos de esa carta al padre?” Me miró con sus ojillos de comadreja y me respondió: “Imposible, absolutamente imposible”. Bueno, como persona era insoportable y rigurosamente hostiable pero el tipo era y debe seguir siendo muy inteligente. Y consciente.
Pues eso, que enunciar o leer sabiduría parece más o menos posible. Lo difícil es llevarla a cabo. Mi sobrina y sus compañeros no han leído nada de esos libros pero son más estoicos, hedonistas y en general felices que los que los escribieron, que nosotros. Eso es lo que pienso cuando les veo tan ajenos a sus derrotas.
El próximo Sábado les toca enfrentamiento contra un rival dos cursos superiores y bastante profesional, líder de grupo. Les aplastarán a lo grande. Y ellos volverán a salir contentos del vestuario. Se lo pasarán muy bien.      

23 marzo 2015

Un día cualquiera



Recibo varios ataques informáticos desde el Domingo por la tarde hasta el Lunes por la mañana. Un virus me bloquea el ordenador con una supuesta página de la policía. Me acusa de pederasta, violador y me pide cien euros para saldar esas “faltillas”. No me doy por culpable y consigo desbloquearlo y limpiarlo. En la policía me dicen que la próxima vez haga una captura de pantalla para localizar a los estafadores (porque de eso se trata). Pero durante la mañana del Lunes veo que los duendes la han liado más. Mi polvorienta cuenta de twitter que no uso casi nunca envía spam a todo el mundo en mi nombre. Bueno, a los cinco twiteros que tenía agregados. Un mal menor pero en fin, todo esto con el ordenador me deja  algo mustio y desconfiado. -1

Además de esos asuntos tengo que ir a las oficinas de mi empresa a “no se sabe qué”. Esta incertidumbre nunca es bienvenida por mí. Nunca espero nada bueno de alguien que me paga por trabajar. Sé que en mis superiores y jefe-as no voy a encontrar el amor verdadero. Pero al llegar me recibe un tipo sonriente al que no conocía y que dice encargarse de… me quedo en blanco, estoy esperando el chaparrón y no recuerdo más allá del saludo. Me lleva a su despacho tras avisarme de un escalón mortífero en el camino. Allí me dice que si quiero un cheque por 200 euros sobre unas horas extras del año pasado que se habían quedado sin pagar. Que si quiero coger el cheque y cobrarlo. Ja,ja, nos reímos los dos. Claro, hombre, tú trae para aquí y los dos tan amigos. Intento no dar la impresión de que había olvidado que me debían ese dinero. Podrían acabar ellos olvidándose algún día de lo que me deben si me ven así de descuidado. Mi ánimo se eleva un poco.+1

En un transbordo del metro, ya camino del trabajo, hay una redada de revisores que casi nunca suelo ver. Miro mi bono y “¡Oh,nooo!”, es el de L. que llevo en la misma funda que el mío. He marcado el suyo que es personal e intransferible. La multa puede ser del tamaño de la deuda nacional no solo por no pagar el metro sino por substituir a otra persona. Pero ya me han visto. Solo puedo escapar hacia delante. Son quince tipos. Yo he quedado atrapado en ese río de gente y quedo entre dos sonrientes hombres con el logotipo de “Transportes públicos de Barcelona” a la altura de su corazón. “¿Me permite el billete, por favor?” Claro. Les sonrío yo también como un atontado y les saco el bono de L. Uno de ellos lo pasa por su maquinita de control que suena bien, aprobadora y el hombre ni siquiera lee la pantallita dónde debe decir que yo tengo nombre de mujer, un DNI que no es el mío y que bueno, que el bono no me pertenece. “Gracias”, me dice. No hay de qué, le digo apresurando el paso. +1

Ya en la cafetería, antes de entrar al trabajo, descubro que el día no ha terminado con sus juegos. Me lo está poniendo difícil y yo tengo metido el torpe dentro. No sé cómo, derramó el café solo sobre el croissant. El hojaldre, así rociado, sabe mojado y amargo. No lo recomiendo. También me cae algo en el pantalón.  -1 

Dos puntos a favor y dos negativos me dan un día muy compensado. Pero no sé si tengo suerte o no la tengo. Enfrentados los pros contra los contras la cosa no está mal.
De todas formas los puntos negativos pesan mucho, se notan más, se recuerdan mejor, en ocasiones borran lo bueno que pueda haber pasado. Es por lo que mucha gente dice que le ha caído la negra y habla de mala suerte aunque no todo en su vida sea negativo.
Yo he tenido días mejores pero casi nada de lo ocurrido tiene más culpables que un despiste, un olvido, unos estafadores o cosas así. El mundo no está contra mí. Tampoco a mi favor. Sólo le agradecería que se guardase las sorpresas para los cumpleaños.

25 febrero 2015

Celebrando, confesando, saludando, recordando, gerundeando...



Todo esto para escribir durante diez años. Casi se me va Febrero sin recordar que este blog cumple años. Una década. Es acuario como yo. Tal vez Piscis, creo que empezó acabando el mes. Y nunca le he regalado nada. Todo me lo ha dado el blog a mí. Nunca le mencioné el post número cien o le aplaudí el primer año de vida virtual. Será que a mí estas celebraciones no me dicen nada. Pero bueno, uno cambia o le van cambiando y son diez años. Estoy en blogger casi desde que bloguer es blogger. Por mediación de un amigo que me dijo que esto estaba existiendo. Que podía escribir lo que quisiera y editarme y publicarme yo mismo. Era lo que siempre había querido.
Así que comencé como el que empieza una libreta nueva o un bloc. Con la página en blanco pero en el buen sentido.  Viendo sus posibilidades y no sus bloqueos.
Actualmente me avisan que si tengo contenido pornográfico me dejarán sin página. Nueva política políticamente correctísima, los tiempos cambian a muy moderados. Pues vale. Creo que la pornografía ilustró mis letras un puñado de veces y lo cierto es que no he evolucionado hacia esa tendencia ni esas pulsiones. Borré la última vulva que no me habían ido tumbando ya y que se alojaba en el 2006 y listos. Estoy limpio. Creo. Espero que la política de blogger no la vaya luego a tomar con pensar un poco distinto de lo normal.  Veremos.
Creo que no soy ya tan ácido. He ganado en empatía. Ahora ya puedo releerme como si fuera otro. No me acuerdo de ciertos textos míos y parecen de otro a medias (sigo reconociendo mi estilo en cualquier post de hace diez años, admito que son hijos míos desde el primer párrafo y aunque no recuerde la letra sí reconozco la música).  Pero el título de este blog recoge mi inmenso encogimiento de hombros. Ya casi soy el estoico al que siempre aspiré. Lo bueno de que todo esto pueda ser para nada me da tranquilidad de espíritu y gracias a eso, me inclino menos al enfado, todo importa poco (no cantemos victoria, todavía tengo las zarpas al final de los brazos).
Al principio eso sí, solo escribía para el amigo que me recomendó esto y algún otro. Escribir casi para nadie te da libertad. Aquellas largas parrafadas entre el ensayo, la comedia y la tragedia, el costumbrismo y el cuento cotidiano no han cambiado mucho salvo por la extensión.
Ahora hay unos cuantos apuntados a lo de pasear por aquí. Algunos solo miran y no comentan pero dejan su huella en la estadística y aunque tal vez me odien y abominen de lo que leen me sostienen igual.
En estos diez años nunca he perdido las ganas de escribir. Si acaso el tiempo pero la fiebre estaba ahí. He escrito decenas de post con la cabeza que luego se me han muerto por el olvido o porque ya no eran actuales. Algunos los he censurado porque criticaba a quien tal vez no lo merecía o con quién me llevaba mejor que cuando lo critiqué. Otros porque rozaban lo ilegal. Otros porque alguien me pidió que lo hiciera. Pero he prescindido de muy pocos en general. Lo he dejado casi todo. A pesar de los problemas que me dio este blog hace años. Demasiada gente usó cualquier post en el que me pronuncié en mi contra. Gente que ahora ya no es ni el margen de la página. A la gente también se la puede borrar de una vida como el que borra un dibujo que no le gusta.
Hay otras personas que sin embargo me piden la exhibición voluntaria de salir por aquí como J. o T. o…
Si no me llegan la vivencias propias siempre tengo las de otros.
Pero ya me estoy extendiendo. Sólo añadir que mis post se hacen ahora verdaderamente más profundos porque se completan en vuestros comentarios que los amplían y corrigen. Los leo o los leen los protagonistas de mis historias también con un interés absoluto.
Un saludo especial a mis blogueras-os más fieles(alguna de ellas debe disculparme por no llamarla antes ya que desde hace un tiempo estoy atado en corto y solo se me dará permiso para relacionarme con otras féminas el día del Juicio final). Alguna otra me debe disculpar así, a secas, ella ya me entenderá desde por ejemplo, Galicia.
Un saludo general para los ocasionales que también valen su peso en plata.      
Supongo que estos autohomenajes aburren pero bueno, uno a la década…  

17 febrero 2015

Sobre sumisiones obligadas



La sumisión no siempre es divertida. Lo digo pensando en las sombras de Grey.  
Estoy intentando no comentar la película por dos motivos:
1º La comenta todo el mundo así que poco nuevo puedo añadir.
2º No la he visto ni me apetece.
Pero tampoco debería irritar tanto que sea el estreno más cutre y penoso del año. La solución si no te gusta es la misma que sigo yo, ver otras películas. Más o menos es como decir que no te gusta Tele 5 y que deberían prohibirla. A mí tampoco me gusta esa cadena. A veces, cuando voy a casa de mi madre ella la tiene puesta y me da ardor de estómago ver algunas cosas. Pero luego descubres, si estás en casa, que hay un pequeño artefacto que se inventó hace tiempo y te evita esos malos tragos: el mando a distancia. Esa cadena y esa película están ahí porque hay mucho público que las alimenta. También hay iglesias y mezquitas porque hay gente que cree en esos seres imaginarios. Afortunadamente tenemos otras opciones. Otra cosa es que la televisión pública que pagamos metiera a Grey o Belén Esteban, entonces sí habría queja. Y ojo que es posible. Fin de la larga digresión. El post no iba sobre esto.
Quería hablar de un caso de sumisión real que me tiene impresionado últimamente. Una que no es pactada como la de esa tonta película dónde un macho alfa impresiona a una disminuida psíquica. Que ni siquiera es un juego dentro de una pareja. Una sumisión que no puede rebajar su calificación por las escenas violentas ya que la realidad es así, te llega y te la tienes que comer entera sin cortes ni paños calientes ni tijeras en el metraje.
Me cuenta T. que el fin de semana que conocimos a E., en el pasado post tuvo consecuencias. Y no por culpa del marido. Sé que en este país cuando se habla de violencia de género el culpable es el hombre. Es como el mayordomo de las viejas novelas de detectives. Siempre pagaba los platos rotos el mismo. Y no digo que no sea cierto en un ochenta por ciento de las veces. Pero luego están los casos raros. En este caso el marido acepta y casi abraza con alegría que su mujer no quiera seguir con él. En este caso quienes no lo aceptan son la familia. La de ella. Sus propios padres y hermano. Este sin ir más lejos vio el coche de E. aparcado frente a la estación y entendió que su hermana estaba de viaje. Se puso como una fiera y se acercó hasta la casa del cuñado para pedirle explicaciones y ejercer de energúmeno. El marido de E. le tuvo que echar (con dificultades) de su casa.
Los padres de E. la llamaron por el móvil sólo para gritarle puta y adjetivos similares que definen más al que los pronuncia que al que los recibe o sufre. Le ordenaron que volviera a casa con su marido y la amenazaron.
Cuando finalmente regresó, su madre la recibió con un tirón de pelos que la arrojó al suelo mientras volvía a sonar la retahíla del insulto:”puta, mala madre, zorra, más que puta”.  Todo esto a una mujer de treinta y tantos. Una independiente e independizada durante toda una vida. Cualquiera diría que hablo de un país musulmán porque estos siempre son también los malos de la película como el mayordomo y el macho nacional pero no, esta es una familia de un pueblecito de Jaén. Y esto ha pasado en esta época, como quien dice el otro día.
T. me comentaba que a E. se la ve muy sumisa. Cuando él llegaba del trabajo esos días en los que estuvo en Barcelona ella le tenía arreglada la casa, el baño dispuesto y el albornoz preparado cuando él terminaba, la comida servida en el plato cuando se sentaba a la mesa… Vamos, la envidia de una Geisha. O ya puestos de una esclava de nuestra postguerra.
Pero esto no es un pacto de sumisión. Esto es más bien sobre una mujer a la que han anulado desde muy pronto. Actualmente luchando por ser libre pero con un largo camino por delante. Incapaz de ejercer como mujer libre incluso cuando nadie la obliga.
   

26 enero 2015

La chica de la mirada triste

Conocimos casualmente a E. la de Jaén. En persona. Después de aquellos dos posts míos en los que era personaje de oídas y escritas ahora se hacía carne por casualidad.
L., mi compañera y yo llamamos a mi amigo un Sábado por la mañana. L. le estaba llevando un asunto con Hacienda a mi amigo. La fecha límite para enviar un recurso contra sus malas e injustas resoluciones fiscales era ese Sábado. Y al mediodía cerraban correos. Por eso era urgente que mi amigo T. viniera. Y lo hizo aunque con algo de retraso.
L. se miraba el reloj preocupada porque hace suyos los problemas ajenos. Yo sabía que esa tardanza respondía a una matemática íntima. T.+ la llegada de E. desde Jaén= retraso para cualquier otra cosa que no fuera el sexo.
Pero aparecieron. Entramos L., mi amigo y yo en correos y E. se quedó fuera con la excusa de que la estaban llamando. Yo deduje que era la timidez la que la sacó del grupo. Pero antes T. nos la presentó brevemente, claro.
Apenas me dio tiempo a verla. La primera impresión no llegó a impresión.
Dicen que bastan cuatro minutos para que sepamos si alguien nos cae mal o bien. Yo con E. pido tiempo extra.
Alta y delgada me parecía más pequeña que su talla. La timidez acobarda y disminuye. Apenas nos aguantaba la mirada y aunque correcta se la veía seria (otra desventaja del tímido es que no resulta simpático). Tal vez estaba preocupada por el exceso de ojos a los que estaba expuesta cuando ella solo quería continuar la noche de pasión con T.. Demasiado pronto para socializar con sus amigos quizás. En fin, todo eso son teorías mías.
Ni siquiera percibí su mirada Bowie (tiene un ojo de cada color) pero sí que era lo más bonito de su rostro.
Enviamos el recurso a las justas, fuimos los últimos clientes de la semana. Luego nos despedimos. Yo alegué prisa por ir a comer para que los tortolitos siguieran con lo suyo.
Ya nos veremos otra vez ¿No?” le dije a ella entre beso y beso en las mejillas.
Eso espero”, me dijo ella mientras su mirada bicolor se le iba interrogadora al despistado T.. Luego ellos se fueron a lo suyo y nosotros a lo nuestro.
Después de aquel fin de semana ella ha comenzado a ahorrar dinero para regresar otra vez a Barcelona. En realidad para regresar a mi amigo, la ciudad es secundaria.
Cada día le envía por whatsapp sus problemas a T. Y sus proyectos.
La sugerencia es venir hasta aquí y buscarse un piso. Con sus dos hijos. El mayor de doce y la pequeña de no sé, apenas dos semanas atrás se hizo mujer. Le queda a mi amigo decidir si caminan hacia algo más serio y acepta el pack o la cosa no pasa de ahí. No es una decisión fácil. Es pasar de soltero y sin hijos a todo lo contrario en cuestión de un par de meses. Todo cambio de situación exige su precio en problemas.

Pero todo lo anterior es irrelevante y depende de una única cuestión. ¿Hasta qué punto le importa ella a él?