08 mayo 2018

Pasado sin nostalgia




Me fui a una biblioteca del centro que tenía un par de libros de los difíciles de encontrar. Mi más sincero agradecimiento a la red del catálogo catalán de bibliotecas. Lo encuentro casi todo. Y a veces casi todo me encuentra a mí. Hay hallazgos interesantes en el camino.
La biblioteca tenía una guardería encima y vi como los niños de preescolar jugaban. Uno iba en un pequeño triciclo y me saludaba con la mano. Las criaturas son muy educadas, lo saludan todo. Recuerdo que mi sobrina no sabía hablar y se lo pasaba en grande diciéndole adiós a los trenes.
El niño seguía saludando a pesar de que yo ya le había devuelto el saludo y al final se chocó contra una columna de la guardería, se calló y empezó a llorar. No sé objetivamente si el responsable de ese accidente de tráfico fue él o fui yo pero como vi que la profesora se acercaba corriendo a recogerle del suelo hice lo más adulto que se me ocurrió, salí corriendo para que no me vieran.
Por detrás del edificio estaba la salida de lo que era un colegio con más clases aparte de esa guardería(o no era una guardería, sólo una clase de P-4, como no tengo hijos ni mucho interés en los niños calculo con imprecisión sus edades). Y allí es donde quedé impresionado por la sorpresa. Había muchos padres. Los suficientes como para bloquear la calle y no dejar pasar a nadie. Pero en Barcelona el bloqueo es ya parte de nuestra vida así que eso no es lo que me llamó la atención. Lo que me sorprendió es que vi a F. después de, no sé, ¿Diez años?
F. fue una venezolana compañera de trabajo y durante un mes de fluidos corporales. Hace mil años que hablé de ella por aquí(bueno, más bien los diez que he mencionado pero mil en tiempo subjetivo).
Cuando la conocí tenía dos niñas de maridos distintos y un nuevo marido español al que le fuimos construyendo unos cuernos maravillosos que le debieron horadar profundamente el cráneo pero es que el tipo se los merecía. Ella me dijo que su marido estaba liado con al menos dos chicas en los viajes que hacía por motivos de trabajo, era director de un magazine cultural de un periódico muy importante en Cataluña. De la sección cultural. A los dos nos encantaba Buckowski y Nabokov y las veces que hablé con él descubrí un alma gemela. Le gustaba mucho escribir en su tiempo libre. A veces le decía a F. en broma que a nivel personal casi debería haberme enrollado con su marido antes que con ella por eso de que éramos más compatibles.
Pero luego F. empezó a enfriarse. Por lo que supe estaba buscando su tercer hijo para permanecer en España sin tener que trabajar. Mi objetivo, ya lo he dicho antes, no son los niños. Me interesa algo el proceso pero no el resultado. Así que no tardó en liarse con alguien que le dio su tercera criatura. Un tipo de su tierra totalmente asqueroso y con el pelo pintado de un naranja lamentable. Aunque lo de asqueroso puede deberse a que hablo desde el despecho.
Así que ahora estaba allí. Esperando ver salir a alguien del colegio. ¿A su hija de nueve años o a una cuarta? No lo sé. Pero no me apetecía hablar con ella. La perdí de vista hace mucho tiempo y no teníamos nada en común. Sólo lo que pueden tener en común un hombre y una mujer con los genitales operativos. Pero más allá de eso me costaba mucho llenar sus eternos y casi místicos silenciosos (una compañera nuestra no perdía la oportunidad de decirme que sus silencios no eran místicos, más bien los propios de una retrasada mental).
Así que regresé sobre mis pasos.  El niño del accidente ya no estaba.
Regresé a mi presente. Menos glamouroso pero sin complicaciones.
Y sin niños de conveniencia.
Lo que son las cosas. En su momento me disgustó ver marchar a una persona a la que ahora no me acerco ni para saludar.  

07 abril 2018

Detrás de lo que se ve




Hace un tiempo nos juntamos un grupo de amigos y conocidos en un bar. Yo iba con J. (que por cierto me ha dicho que si vuelvo a contar historias humillantes sobre él le va a dar al mundo su propia versión de lo retrasado mental que soy yo, un saludo J., best wishes). Eso significa que un alto tanto por ciento de la mesa era del grupo social de J. pero no del mío. Me senté porque no tenía otra cosa que hacer pero se me dan mal los desconocidos. No tengo nada contra ellos. Pero como tampoco tengo nada a favor no sé de qué hablarles. Y lo del tiempo climatológico solo da para trayectos cortos del tipo ascensor. Y es muy patético. Así que me limité a estar. Si salía algún tema de interés en el que pudiese meter la cuchara ya participaría y si no, nada, a poner cara de tonto y sonreír como un idiota o como un buen chico educado.
A M. sí le conocía. Una infancia a tope rompiéndonos la cara por cualquier tontería y luego juntándonos para romperle la cara a otro amigo y así todo el tiempo pero siempre sin perder la amistad. A X., un tipo de aspecto huraño que no gastaba sonrisas de educación no le conocía. Estaba frente a M. y le miraba con recelo. Aunque eso me lo parece ahora que tengo más datos. En ese momento sólo nos tomábamos algo mientras yo me reía de algo que no me había hecho gracia.  
M. contaba alguna de sus batallitas en el autobús. Una anécdota irrelevante sobre la dureza de conducir un autobús con entrada libre a cualquiera, incluso a los viejos locos que quieren que los pares en la puerta de su casa como si fuesen con Uber. 

- Pues a mí los de los autobuses me parecéis todos un buen montón de mal nacidos- lo dijo X.- Os saltáis las señales de tráfico, os saltáis hasta vuestro carril o invadís el nuestro.

M. lo miró… yo diría que preocupado. Yo seguí con mi sonrisa pintada. Como no iba conmigo, la máscara tenía que seguir. De todas formas me llamó la atención que hubiera alguien que odiase el gremio de los autobuses. A lo mejor cuando era un crío un autobús había entrado en un callejón y había matado a sus padres y desde entonces X. odiaba a todos los conductores. Pensaba que el hecho de sacarte el permiso para conducir autobuses te convierte en un ser humano diferente. Alguien que ya no es humano como tú y merece ser discutido en el mejor de los casos o apaleado en el peor. Es fácil generar diferencias irreconciliables. Aquí en Cataluña lo de generar conflicto ya es deporte de Autonomía casi oficial. M. respondió:

-      No, los que lleváis turismos sí que sabéis, que sois los que más accidentes provocáis. Y no digamos de invadir carriles porque eso lo hacéis vosotros. El otro día uno…
Y comenzó con el tema de la conducción. Yo pensé que a lo mejor si introducía el tema ciclistas tal vez no acabase aquello en una escalada de violencia con final apocalíptico. Pero nada. Decidí dejarlo. Ya sabéis, sonrisa neutra. Es vuestro problema. Y yo ni llevo vehículo propio ni uso el bus. Y tampoco sabía qué decir sobre ciclistas. ¿Qué los atropellan poco para lo irresponsables que son?
A lo mejor eran como cofradías enfrentadas con las que hay que tener cuidado. La procesión de los turismos contra la de los conductores de autobús, una guerra secreta que desconocía. A mí me sacan de lo de Palestina e Israel y Puchi contra Rajoy (por no decir otra cosa) y me pierdo.
Al cabo de un rato, cuando alguien les hizo calmar los ánimos, justo antes de que casi llegasen a las manos por culpa del código vial de circulación, le comenté a J. que todo aquello era pasarse. Por tan poca cosa. Pero J. me esclareció un poco el asunto.

-      M. se enrolló con la mujer de X.. Estuvieron un tiempo poniéndole los cuernos a X. y él la ha perdonado y tal pero parece que a M. no. Creo que la cosa va por ahí.

Eso me reconcilió con el mundo. Me empezaba a preocupar que se formasen batallas así por nada. En esa mesa no se estaban peleando por lo que parecía que discutían. Era por un entrelíneas que solo ellos se manejaban. A X. no parecía gustarle tener delante la cara del hombre que había estado un tiempo dentro de su mujer. Al final hasta me hizo gracia y me reí. Pero esta vez de verdad.   

11 marzo 2018

Noche de tíos




A J. su mujer le dio permiso para salir esa noche. Yo en las relaciones soy más anarquista. Me los tomo aunque no me los den. Luego me quedo solo y todavía es mejor. Soy libre como los volcanes o los terremotos que te arruinan la vida. Pero es que no busco una madre en mis parejas. Tengo la de verdad y con esa basta.  
Fuimos de concierto. Mi amigo X. tocaba. Cada mes lo hace. Su hija a la guitarra y él a la voz. Sueltan algo del blues que llevan dentro en un garito y entre actuación y actuación tomamos algo y nos ponemos al día. También tiene un grupo, según me dijo. Sus actuaciones son buenas excusas para salir y hacer algo diferente.  
Hacían micro abierto por Hospitalet. Pero también hacía mucho frío. Tanto que hizo más daño que el futbol, enemigo natural de los espectáculos.
Entramos de todos modos. Era la primera discoteca a la que he ido nunca. Con el tiempo ha muerto y renacido varias veces, incluso en local para  góticos. Ahora no sé qué política siguen pero un par de veces al mes dejan que cualquiera con dotes o alma de artista nos proponga lo suyo frente a un micro, se tome los quince minutos de fama que le prometió Warhol o más.
J. y yo nos tomamos un quinto en un bar cercano mientras abrían el local. Es falso que el alcohol te caliente. Sólo funciona si te lo crees.
Luego fuimos a un centro comercial y un cartel como Spam bien situado se nos cruzó en el camino y acabamos cenando en el burguer. Dos menús al precio de dos. Allí tuve la primera situación ridícula. Intentaba servirme un refresco en la máquina pero no funcionaba ningún botón. Llamé a J. para pelearnos los dos con el aparato. Pero ni por esas. No se dejaba intimidar. Me disponía a reventar la cara de ese robot cuando un amable joven nos dijo que había que pedir que la chica de la barra la activase. Me pregunto por qué la de la barra me dio el vaso y no me la activó directamente. A lo mejor se pensaba que con el vaso de cartón ya me iba a conformar. J. lo tuvo más fácil porque la cerveza te la dan directamente.
Me serví circunspecto el refresco. No es que la vida esté llena de obstáculos. Es que a veces los obstáculos son tan ridículos que parece que haya alguien entre bastidores con ganas de reírse de nosotros.
Llegamos luego al local que estaba tirando a vacío. Pedimos un par de medianas y nos resignamos a aprovechar la noche como una salida más de charla. Aunque no hubiera espectáculo. O lo creyéramos en principio.  
De entre los pocos asistentes estaba un tipo que solía leer poesía en pasados micros abiertos. Nos temimos que si solo salía él lo tendríamos mal. La lee como el que lee las contraindicaciones de un medicamento en un anuncio de televisión, rápido y sin entonación. Normalmente nos lo tomamos a risa pero es difícil mofarse de alguien en un local casi vacío y con la jefa pendiente de que no armemos mucha bulla. Ya me veía controlando la risa por las bromas de J. que a la siguiente mediana ya me confesó que iba un “poco tostado”. Esa mezcla de ir con el punto de alegría y tener que vigilar que esta no se desborde por educación, me pone en lucha conmigo mismo.
Alguien gritó mi nombre. No la había reconocido. Era B.. La última vez que la vi fue en este mismo blog, en el entierro del padre de un amigo. Me llevó a casa en su coche y la perdí con el punto final de aquella última frase en que la rememoré. B. era un viejo amor platónico de instituto, la época de las carpetas forradas y la tontería a flor de piel. Siempre tan simpática. Ella me sustituyó en el grupo de música cuando lo dejé:
-      Así que tu eres Vicky Larraz y ella Marta Sánchez- me dijo J. para hacer la gracia y provocar que me riera al borde de los decibelios necesarios para que te echen de ese local que yo comparo con la biblioteca. Sólo que en la biblioteca no controlan tanto.
Pero hablamos algo con B.. Luego llegaron X. y su hija que a pesar de todo y muy profesionales ellos, también tocarían, y hablamos un rato de los tiempos donde todos, nos conociéramos o no, confluimos en el mismo instituto.
X. y su hija salieron a tocar. Demostraron el peso de sus más de cien conciertos a cuestas. Yo en ese momento estaba observando que B. había cambiado en los dos últimos años. Como si se hubiese activado una orden interior que la había hecho engordar hasta no haberla conocido a la primera. Sigue aparentando menos años de los que tiene pero me había confundido. Su cabello sin embargo, le llegaba por debajo de la cintura. Como siempre. Parecía tan irreal como un dibujo Manga o Anime. Mientras le observaba el final de la melena ella se dio la vuelta y me vio mirando hacia allí, debió pensar que le observaba el culo y se alejó para sentarse alejada de nosotros. Yo pensé que era la segunda situación ridícula de la noche pero me la reservé para mí mismo y la “disfruté” en silencio, concentrándome en mirar el gollete de mi botella tirando a muy avergonzado.  
El “poeta” nos estaba lanzando sus versos sin alma desde el escenario. J. se reía ya claramente de él y yo no sabía dónde meterme. Estaba jugando al “te imaginas”. Todo el rato me decía “¿Te imaginas que nadie le aplaude?” “¿Te imaginas que sales tú a cantar David Bowie con él y todos se quedan callados y todavía eres peor que el “poeta mierder” este? “ “¿Te imaginas…?” Y así todo el rato. Y lo peor es que sí. Me lo imagino todo. Soy capaz de imaginar a cualquier persona haciendo el ridículo. Incluyéndome a mí mismo.
El poeta, después de lanzar varias consignas políticas para parecer más comprometido se sentó y cada vez que tocaba alguien levantaba los brazos y hacía como que dirigía una orquesta para demostrar lo bien que se lo pasaba. Eso lo hacía más patético. Aunque a J. le hacía mucha gracia. Pero él llevaba una cerveza de más muy estratégica. Y hablando de estrategia, los frutos secos que nos regalaban para fomentar la sed no ayudaban. Le hemos perdido la costumbre a lo de beber. Honestamente, no se nos puede sacar. Es eso o dejarnos salir si solo bebemos agua mineral.
Pero fue divertido. Luego nos fuimos despidiendo todos. Muchos tenían que madrugar más de la cuenta.
Hace poco leía en el blog de una amiga que su vida es como una linealidad, una rutina que le hace ver todos sus días iguales, todo es tedio para ella.
Creo que la vida adulta es más o menos eso en nuestras sociedades. Por eso incluso una noche como esta es necesaria de vez en cuando. Ridícula y tonta pero en líneas generales refrescante y divertida. La vida es lo suficientemente larga como para producir mucho aburrimiento si no la administras bien.
Todo esto lo escribo porque de eso hace casi un mes. J. sigue castigado y sin permisos. Una pena no haber visto la escena de cuando llegó a casa dos horas tarde y borracho. Eso sí que hubiese sido divertido. Aunque como todo, visto desde fuera.

11 febrero 2018

Terrores cotidianos




Lo que me gusta de la literatura es que no trata de lo políticamente correcto, ni de lo general o lo convencional, que mucha se centra en las sombras antes que en la luz de lo que vemos (eso lo hace cualquiera, ver lo evidente) y que nos demuestra que el mundo es eso que no vemos.
De la misma forma que los científicos han descubierto que en nuestro universo hay una cantidad de materia que no percibimos y de la que poco o nada sabemos, nuestra realidad también es esa superficie que esconde profundidades sorprendentes que no sospechamos.
Pero eso es lo que me divierte. Levantar una piedra y ver qué hay debajo escondido. O por lo menos encontrármelo sin esperarlo. Encontrar el escalofrío de suspense de película de Hitchcock en lo cotidiano.
Cuando llegué al trabajo me encontré a Fernando sacudiendo la cabeza frente al móvil de la empresa. Casi no me podía mirar a la cara, roja y cargada la suya de vergüenza ajena. De esa que dicen que es un sentimiento injusto porque sufres lo que debería sufrir otro.
-      No te vas a creer lo que he encontrado en el móvil de la empresa. Mira lo que hace Xavi cuando no estamos nosotros.
X. es otro compañero. Un tipo lleno de aristas interesantes, imperfecto como pocos. Bebedor habitual de esos que salen con el coche haciendo eses y nunca sabes si volverán por baja por enfermedad o accidente brutal. Al que ya le vimos algunas conversaciones en el móvil con travestis que le enviaban fotos y facilidades de pago. Él tiene mujer e hija. Pero parece que además tiene otras inquietudes menos visibles aunque más vistosas.
-      Toma- Fernando me entrega el móvil- Ha borrado las fotos de la galería pero si te vas a Picasa están allí y parece que no lo sabe.
Miro el móvil y las fotos que me ha seleccionado Fernando el pudoroso. Me hago el apunte mental de preguntarle si es testigo de Jehová o algo así porque no es normal que se ponga tan rojo con las vergüenzas de otra persona. Y nunca mejor dicho. Cuando observo el par de fotos seleccionadas veo una polla erecta saliendo de la nada presunta bragueta de X.. Ese pantalón es inconfundible. Creo que el miembro es suyo. Y la mano que lo rodea en la base también, tiene el anillo de compromiso de la boda, que no se diga que no es un romántico (es de lo que no hay, con la poca gente que lleva hoy en día esos anillos de boda y él hasta se lo fotografía en plena faena autoerótica).
-      Parece que cuando no hay gente cerca se entretiene… -acierto a decir.
-      Tiene más fotos enviadas de Whatsapp, qué vergüenza… Creo que no se lo voy a decir ni a mi mujer. Busca tu mismo las fotos, a mí me da cosa tocar la pantalla.
Como no quiero violentarle más no le digo que más “cosa” le debería dar tocar el móvil. Así que busco en las enviadas del teléfono y encuentro un par de archivos fotográficos. Uno donde le envía su cara (dura) a alguien y un segundo donde lo vemos en los servicios de la empresa, con los pantalones por los tobillos y desnudo de ahí para arriba, mostrando también su sexo en efervescencia y pidiéndole guerra a vete a saber quién, probablemente otro ser humano con aspecto de mujer pero sexo de hombre. Que X. trabaje poco o nada no significa que se esté todo el día de brazos cruzados. Este hombre tiene inquietudes y mucha iniciativa propia.
Fernando me dice que lo borremos todo. Yo le digo que haga lo que quiera. Tenemos un largo camino para mirarle a la cara al “nuevo compañero”. Fernando sin enrojecer, yo sin soltar una carcajada. Pero la vida está para reírse de nosotros.
Al poco tiempo aparezco por la empresa cuando me toca trabajar con X..
No pasa nada. Sé controlarme. Me maquillo de falsedad el rostro. Tengo la expresión de un jugador de póker que no sabe nada de X.. Me sonríe después de un tiempo que no hemos coincidido. Como si nada. Le sonrío como si no me lo imaginase desnudo en el servicio o en cualquier otro lugar de su pajilandia particular.
Me ofrece la mano. Y entonces ya no me hace gracia. Y temo por mi careta de falso porque observo la diestra como el que observa un pescado podrido frente a él y no me sale estrechársela. Me siento como en esas películas de Hitchcock que mencioné. Todo es tan cotidiano y horrible a la vez…   
   


22 enero 2018

No es no (cuñadismo 2)



Es una fuerza de la naturaleza. Me recuerda a esos psicópatas de película ante los que la víctima no puede hacer nada. Si te atan y han dicho que van a empezar a comerte a trocitos, no pierdas el tiempo razonando con ellos. Perderás un tiempo precioso. Ellos van a seguir afilando su cuchillo. Recapitula sobre tu vida porque es tu fin.  
Mi cuñado funciona un poco así. No acepta un no por respuesta. En realidad sería más honesto decir que ni lo oye. Las palabras son emitidas por el emisor pero lleva un impermeable en los oídos, le resbalan. Al menos las que no le interesan. No quiero pensar cómo fue el proceso de seducir a mi hermana pero a estas alturas se me ocurre que seguramente se podría denunciar. Seducción pegajosa por inundación y agotamiento de las reservas de fuerza de la seducida.
Le explico a mi cuñado que he sacado un tupper de comida que me ha ofrecido la madre de un amigo. Luego le explico las estadísticas sobre la comida que tiramos a la basura. Toneladas. Cada vez que perdemos la batalla de la predicción y se nos arruina un queso por abandonarlo mucho tiempo no solo tiramos el queso, tiramos el combustible del camión que costó llevarlo hasta el supermercado, la energía de la fábrica de envasado, los pastos que tomó la vaca y mucho más. Intento invocar un mundo más sostenible donde compramos lo que comemos y asiente. Está de acuerdo conmigo y es buena señal pero me dice que vamos a comer en su casa “sí o sí”. Yo le respondo que esa comida se tiene que comer hoy o ya otro día no será lo mismo. Él responde que puedo cenármela. Le he dicho que es muy pesada y que no me apetecerá para la cena. Me dice que por un día no pasa nada. Le digo que siempre dice lo mismo y eso son muchos días, se nos acumulan tanto los días excepcionales que se convierten en días rutinarios, le digo otra vez que tirar comida está mal y esa comida irá a la basura y está de acuerdo conmigo. Pero que ese día comemos en su casa.
Es algo habitual. Ya expliqué lo de sus vaciados de armarios. En el mismo plan.
Tiene muy poco oído musical. Realmente no le gusta casi nada de este arte. Creo que eso se extiende a las palabras. El mundo está hecho a su imagen y cabezonería. Y ahí se han juntado dos concepciones de la vida muy distintas. Si voy a su casa tengo que salir comido para toda la semana. Yo con lo de las comidas sociales tengo un trauma. Una vez me llevó mi padre a conocer a toda la familia y conocidos del pueblo y todos me ofrecían comida y yo no quería más y la lucha por que me dejasen en paz fue dura.
Creo que lo de ofrecer comida con insistencia compulsiva es una costumbre que algún día tendrá que revisarse. Los musulmanes y judíos llevan un par de milenios sin comer cerdo porque una plaga porcina les sentó mal a sus antepasados. Lo de los ofrecimientos de comida por cortesía no sé, supongo que en tiempos donde no teníamos sistemas de producción acojonantes como ahora y la gente peregrinaba a pie o caballo tras días de viaje se agradecía algo más que un café para el viajero agotado. Pero hoy en día, un tipo que viene comido de su casa, en una sociedad llena de atractivos azucarados, grasientos, salados… peligrosos hasta decir basta, un tipo que sale y casualmente se encuentra con su hermana y su cuñado tomando café cada dos por tres porque viven a cuatro minutos de casa, y en el que este suele invitarle amablemente a comer (una amabilidad llamémosla obligatoria, casi un deber), ha llegado el momento en que cuando digas “no, no me apetece”, se te entienda. En realidad mi hermana lo entiende fácilmente. Se lo dice. Con el mismo resultado. Pero mi hermana es una mujer. Y ha conocido a muchos hombres que cuando oyen “no” entienden “puede”, “tal vez” o directamente “claro que sí”. 
Así que a muchos les va a chocar por más que viniendo de mí todo es posible pero la última vez se la hice. Mi cuñado estaba cocinando a pesar de mi tupper abandonado y descongelándose preocupado porque no iban a rescatarlo. Le dije que iba un momento al servicio. Pasé frente a mi hermana y mi sobrina que estaba ausente por motivos de telefonía móvil, tablet y cascos. Le hice adiós con la mano a mi hermana y me largué peor que a  la francesa. Respecto a mi cuñado fue como irse a lo fuga de Alcatraz.
Después de esto alguien pensaría que se habrá molestado pero no, al menos eso tiene de bueno, que no es rencoroso. Me volvió a llamar para tomar café, en su casa me ofreció unos donuts que no quería porque de noche eran una tentación (me usa de vertedero), me invitó a cenar, le dije que los donuts, el café y sus aperitivos ya estaban de más. Volvió a no escuchar mis nuevos argumentos.

No sé si escucharía el nuevo portazo en su puerta.          

02 enero 2018

Instagram



Escribo esto desde el día dos del nuevo año. No le he pedido nada al 2018. Sólo noto que cambiamos de año porque suben los precios pero parece que no porque nos ilusionan cinco minutos con las rebajas. Por lo demás el 2018 no es un señor que me vaya a dar nada que le pida si no me pongo a buscarlo por mí mismo. Salvando las distancias soy como el personaje Conan el bárbaro de Robert E. Howard, un tipo que tenía un dios que pasaba de sus creyentes para que sus creyentes se sacasen ellos mismos las castañas del fuego. Para que pidieran menos y obrasen más. Me identifico entonces con los cimerios (aunque donde vivo los mossos me tienen prohibido arreglar las cosas a espadazos).    
Soy tan poco supersticioso que ni siquiera empiezo el año con la cara de Hámster que te dejan las uvas. Ni con lentejas ni con nada. Las campanadas me importan tanto como el vestido de la Pedroche, cero patatero. Pero como excusa para quedar con la familia ya va bien. Con todo lo malo que conlleva necesitar excusas para eso.
Aproveché para mirar mi Instagram desde el móvil de mi sobrina. Yo no soy capaz de encender el mío más de dos horas seguidas así que tampoco tengo un modelo que permita cargar esa aplicación. Me falta memoria. Lo tengo desde el PC pero desde ahí no me dejar colgar nada. O no sé. Tengo 23 seguidores de todos modos. Gente conocida y gente extraña que no conozco y que me sigue sin tener ni una sola publicación. ¿Por qué? Mi Instagram es tan divertido como ver crecer la hierba u observar a un muerto. Incluso aquello es más divertido. El muerto se corrompe y hay cambios, algún tipo de novedad. La hierba termina por hacerse más alta. Pero mi Instagram sigue igual, no aporta nada. Estoy viendo que en ciertas plataformas el término seguidor está sobrevalorado. Por lo demás es un mundo maravilloso.
De momento sólo encuentro valiosos los que aportan una buena foto o un buen texto con la foto. Los otros… Bueno, hay de todo. Tengo un amigo escritor que se ha liado con una chica que podía ser su hija. Se ha hecho un Risto en toda regla. No me parece mal pero ella siempre sale con la lengua fuera o poniendo morritos y él desde que está con ella también. Hasta el punto que si los veo por la calle y no deforman su cara de alguna forma voy a ser incapaz de reconocerles. Se han metido en el mundo de posar a cámara con cara de tener algún problema mental pero en plan divertido y ya no sé quiénes son. El resto es más de lo mismo de Facebook. Un álbum de fotos que antes te sacaban en las visitas ahora lo tienes a vista de propios y extraños. Nuevos sobrinos, hijos, familiares sonrientes, comidas de fin de año, sonrisas a cámara (eso a mí no me pasa porque es muy difícil captar una foto mía en la que no salga con un zapato en la mano a punto de tirárselo al que me quiere hacer una imagen “robada”), los platos cocinados que fotografiaron y que son como luz de las estrellas muertas que llega a la tierra, agua pasada, platos que ya no existen más que en el tracto digestivo de sus creadores…
Pero terminé el año con una seguidora razonable. Mi “querida” P. estaba por allí y la descubrí en el móvil de mi sobrina. No pude evitar mirar con la malsana curiosidad que sólo un ex puede desarrollar por esa relación que quedó incompleta. Hacía algunos años que no tenía imágenes suyas nuevas. Al menos en no mostrarnos mucho al mundo, P. y yo éramos y somos parecidos. Pero sólo descubrí que en su Instagram fotografía uñas postizas y cosas así. Tenía un par de fotografías más interesantes con sus pies, una de las cuales sobre el salpicadero de un coche frente a un mundo de autovías con escasa circulación y otra en Sitges, disfrutando del pasado Julio en una tumbona. Otra me mostraba su melena de espaldas. Me lo estaba poniendo muy difícil y mi sobrina ya había aguantado más de dos minutos sin su móvil y amenazaba con ponerse más violenta que yo que ya he dicho que soy un bárbaro cimerio. Pero entonces la vi. Tenía dos fotografías con su cara. Una en blanco y negro y borrosa con un perro en la que ponía un poco de morritos ¡Vale ya con las caritas estúpidas en los posados! ¿Somos niños o somos gilipollas? Pero en la otra fotografía posaba de modo relajado en una probable selfie. Era la nueva P., la que es ahora. Una imagen de pocos meses atrás. Con ocho “me gusta” reales y uno apócrifo y reservado, el mío. Una versión mejorada de la que conocí. La observé poniéndome de lado instintivamente, protegiendo el móvil, con lo que ya desperté como mínimo la curiosidad de mi “sobri” que dijo “¿escondes algo, tito?”. Le dije que estaba viendo el Instagram de David Bowie. Pero no pareció muy convencida. Me dijo que estaba muerto y no entendía por qué me estaba girando tanto en el sofá. “Es que estoy más cómodo en esta posición y los cantantes muertos, por cierto, tienen gente que les coloca fotos en su Instagram, dame un minuto más, sólo un minuto”, zanjé el tema. Y luego se lo robé como dos minutos hasta que mi sobrina intentó quitármelo de las manos, forcejeamos, le dije hola a alguien invisible detrás suyo, ella cayó y miró, le conseguí quitar el móvil me fui corriendo al cuarto de baño y allí cerré la sesión para terminar devolviéndoselo. Todavía no me lo ha perdonado y me hace preguntas incómodas. La curiosidad de los adolescentes es de un nivel infernal.  
Pero me había quedado fascinado por ese rostro. El de P..Más guapa que nunca. Aunque eso sí, luchando conmigo porque lo sé. Los males parecen mayores cuando se ven de lejos, decía Julio César. Los ex pueden parecer mejores también en Instagram, añado yo. Mucho mejores si no hay que tratar con alguien con quién sabes que hay química, pero de la que mezcla elementos y explotan y mueren todos. Por favor, tengo que recordar de una maldita vez que lo de ex fue por algo.

Feliz año.    

19 noviembre 2017

La importancia de la sanidad pública en nuestras vidas



Empecé a ver extraños símbolos en mi ojo izquierdo. Fabricados con hilos y moscas. Como me paso la vida leyendo, mi pseudomédico subconsciente me avisó que podía tratarse de un desprendimiento de retina. Como no me dolía, me lo tomé con algo más de calma de lo necesario. Lo justo para que en el ambulatorio la doctora me sacase la tarjeta amarilla por acudir dos días tarde. Añadió un extra de miedo psicológico hecho de silencios frente a la pantalla del ordenador, de mover la cabeza en negación callada, de decir “uy,uy” sin aportar nada más, de añadir un inútil “debió venir usted antes”(¿Se puede ir atrás en el tiempo y arreglar ese tipo de torpezas?), de…:
-      No quiero asustarle pero esto no me gusta nada- me dijo intentando no asustarme mediante el efectivo método de aterrorizarme.
Me estudió el ojo. Meneó la cabeza, me vi necesitando un Lazarillo de Tormes para hacer revival de la picaresca española. Volvió a preocuparse con esa extraña manera de no alarmarme. Finalmente me hizo un volante para urgencias y me deseó suerte como el que sabe que envía a alguien a una segura muerte. También me recordó que existen las analíticas y el maravilloso mundo de la medicina preventiva. Se quejó de que casi no tenía datos sobre mí. Será porque voy sólo al médico en caso de urgencias.
En urgencias, tras la burocracia de una recepcionista y una sala de espera me enviaron a la sala que me tocaba. La de los ojos enfermos. Rodeado de historias oculares para no dormir o por lo menos para hacerlo con la vista en muy mal estado. A una señora le bailaban los ojos en las órbitas, a un señor se le había llenado de manchas el mundo casi como a mí, un joven apretaba los dientes dolorido como un mártir de lienzo antiguo y miraba hacia arriba con los ojos cerrados mientras su pareja le daba besos en el cuello intentando sanarle con amor.
Y el tiempo se detuvo. La sanidad no tiene recursos para hacer que las urgencias sean verdaderamente urgentes.
Entré en el dulce coma del tedio. Quería entretenerme pero el móvil no es para mí y twitter estaba poco interesante, no me gustaban las tendencias del día. Cuando ya hacía el tonto con el buscador de voz de Google Chrome y le decía cosas como “biribiribiriri” a ver qué pasaba (nada), me llamaron. Vi la envidia en los insanos ojos de los que dejaba atrás.
Una joven muy guapa me echó unas gotas para dilatarme la pupila y ver mejor en detrimento de que lo hiciera yo, y comenzó a trastearme en los ojos. Que los moviera a derecha, izquierda, etc.:
-      Uuuummmm. Oh si…. Sigue así…. Lo haces muy bien… Oh, sí, sigue…
Esto que puede parecer el doblaje de una peli porno me pareció el nuevo tono amable para evitar irritar mas al paciente que tal y como dice su nombre, viene de al menos un par de horas de espera y ha perdido esa paciencia que se le supone por sustantivo. También he leído por ahí que se denuncia menos a los médicos que nos caen bien que a los que no. Independientemente de su competencia.
Me dijo que no me veía nada. Que estaba aprendiendo y tal. Llamó al médico que parecía capitanear el equipo. Un tipo joven y no menos amoroso que ella. Saltó desde su lado de la consulta como un simpático duendecillo y me lanzó un “¿Qué tal?” tan meloso que me recordó al modo paternalista con el que tratamos a los niños, los abuelos y los retrasados para que se sientan menos niños, abuelos o retrasados. Aunque yo un poco tonto sí me sentí. Ese amor de fiesta infantil no me acababa de convencer.
El tipo se puso con mi ojo. “Ummm, oh, sí, lo haces muy bien”, más de lo mismo. Me debieron tocar ese día los pervertidos. Aunque ahora la barba del tipo no me motivó tanto como para regresar a una erección. Pero su compañera ya se había ido a comer.
-      Creo que es un pequeño desgarro. No podemos dejarlo así. Si tengo libre la sala de operaciones te lo cierro ahora.
-      Si quiere vuelvo otro día- dije yo repentinamente preocupado.
-      No, espera fuera y ya te aviso.
Así que me devolvió al infierno de la sala de espera. Mucho más rato. Pendiente de una operación como el que espera una guillotina. Esto no entraba en mi guión, la vida te da sorpresas y no necesariamente buenas.
Regresé a molestar a Google Chrome y su búsqueda por voz: “trrrrrrrriitttpizzzz”. Nada, sin resultado. No busca sonidos sin sentido.
Finalmente salió el duendecillo saltarín. Con otro saltito. Que le acompañase a la operación. Tan contento como si fuésemos a celebrar mi cumpleaños con pastel de chocolate.
Pasamos los entresijos de un laberinto de pasillos, camillas y gente que corría por todos lados. Ya en la sala la operación debió durar cinco minutos. También tuve que hacer gimnasia de ojos y mirar para donde dijera mientras me jaleaba:
-      Oh, sí, lo haces muy bien, sigue así… Ahora sentirás un pinchazo en el ojo que te dolerá pero no pasa nada y… ya casi está, ooooooh, sí.
Me dijo que ya estaba y algunas indicaciones como que no moviera la cabeza como un loco durante unos días.
Ya en la calle me dirigí por un mundo distorsionado por las gotas dilatadoras de pupila. Un planeta plagado de sombras amenazadoras. La mayoría inofensivas salvo las que rugían como el motor de un coche o un autobús y amenazaban con aplastarme bajo sus ruedas.

Me moría de hambre. Había perdido medio día. Me metí en un local que olía a comida y pedí un kebab. Por el sabor parecía serlo pero no puedo asegurarlo. Como he dicho, no veía muy bien.