17 septiembre 2018

El calor del verano también puede ser una buena hostia




Una mala mañana de sábado para ir o volver del trabajo. Ya he dicho en otras ocasiones que juntar trabajadores con fiesteros no es bueno para los primeros. Especialmente en esta Barcelona que Ada Colau ha dejado a su libre albedrío (y el libre albedrío aunque en teoría parece una opción de libertad sólo es opresión del más fuerte sobre el más débil). Somos ya la ciudad líder española en delincuencia. La hemos incrementado un veintiocho por ciento este año y subiendo.
Un tipo de acento magrebí se me acerca y me dice hola qué tal, me apunta con una pistola imaginaria. Está fabricada con su índice que hace de cañón. Su mano forma el resto del revolver fantaseado. Me “dispara”. Hace pum con la boca. Está claro que en su cerebro hay un deseo muy claro. Menos mal que esta no es la América de Trump y aquí no se venden armas como churros en el mercadillo.
Le pregunto si tiene algún problema. El me pregunta a mí si lo tengo yo. Lo dice con un deseo poco disimulado de que yo le diga que sí. Porque él desea ser mi problema. Sabemos que todo el que te pregunta si tienes algún problema no lo hace por resolvértelo. Está como loco por que yo le diga algo que le termine de dar la excusa que apenas necesita para hacerme pulpa y desahogarse de vete a saber la mierda de vida que lleva. Pero no. Yo vengo de leer varios informes psicológicos de cómo tratar energúmenos o violentos en bibliotecas (para las oposiciones que mencioné anteriormente). Los informes dicen que no hay que mostrarse sumiso pero tampoco desafiante. Usar “la sonrisa de buda”. Hacerle ver al energúmeno o violento que yo no soy su enemigo pero tampoco su víctima.
Este magrebí teórico tiene su cara a dos centímetros de la mía. Es esa pose que en una mujer indicaría que puedo besarla sin miedo a ser denunciado pero que en un hombre sólo indica desafío y en mi caso alienta ganas de salir corriendo. Pero estoy de pie en un vagón de tren solitario. Contra la pared de los servicios. No me suelo sentar por dos estaciones.

-      Mi problema es que el tren no va tan rápido como querría. Quiero irme a dormir- le digo dándole diálogo y tratándole como un ser humano, sí, con la sonrisa de buda creo que en su sitio.

-      ¡Eres seguridad! Yo fui eso. Entiendo lo que es eso- ha visto algo en mi pantalón que le hace creer que soy del gremio de los seguratas pero cuando intento decirle que no él ya está con su monólogo- Puedo respetar eso pero… Ten cuidado amigo. Ten cuidado. ¿Tienes familia? Porque si no tienes familia aquí tienes una- se golpea el pecho- Yo no- veo que ese es el problema. Extranjero, sin familia, con un aspecto de inmigrante muy notorio… me pongo en su lugar y sé que es no fácil pero él no se pondrá en el mío para entender que no es fácil servir de saco de boxeo con el que desahogarse.

-      Bueno, pero no es bueno ir por ahí enfadado.

-      Ten cuidado amigo, ten cuidado- me vuelve a decir, es su mantra- Yo en seguridad he visto de todo. Te sacan una navaja y te matan en dos segundos- se señala el cuello y hace el gesto de matanza en la yugular.

Luego me enseña su colección de anillos plateados con motivos ornamentales en forma de calavera. Todos juntos forman un puño americano de fabricación propia que me podría destrozar sin mucho esfuerzo. Como demostración golpea varias veces y sin previo aviso al lado la pared a la altura de mi oreja. Intento ser optimista. A lo mejor está matando un mosquito que ha visto allí y esa es su forma exótica de hacerlo. Por otro lado, mejor la pared del vagón que mi cabeza.

-      Tengo ganas de golpear y matar a alguien- me confiesa con la ira en el rostro un poco desenfocada por la cercanía y mi posible presbicia.     

-      Pero puedes ir a la cárcel.

-      No me importa ir a la cárcel. Si alguien se pone chulo lo mato. Si alguien…

No le digo que parece que va buscando gente que no solo no se le ha puesto chula si no que están a su rollo esperando irse a dormir. Pero llega mi estación que afortunadamente no es la suya. Le digo amablemente que me tengo que ir y aunque no lo siento así, que se cuide (realmente espero que se encuentre con otro como él y se revienten mutuamente para luego deleitarnos en los telediarios de sobremesa).

-      ¡Ten cuidado, amigo! ¡Ten cuidado! – me grita mientras los pasajeros que suben al tren nos miran sin saber que no entran en un lugar muy recomendable.

Yo voy a la ventanilla de la estación pero no hay nadie, sólo gente saltándose las barreras sin pagar. Quiero avisar de que un peligro viaja en ese tren. De hecho, ese tren debería llevar seguridad, pero estos solo aparecen bien entrado el día, cuando no hacen falta, para controlar a la “peligrosísima” gente que no ha pagado el billete.

31 agosto 2018

¡Buenas! ¿Qué tal todo?




Me da por entrar a leer mi propio blog. Leo la fecha de la última entrada. Hace tanto tiempo que escribí algo, que puedo leer el post como si fuera de otro. Ahora entiendo los punzantes mensajes de J. en el teléfono móvil:

“¿Se te ha acabado la inspiración? ¿Te tengo que escribir yo los cuentos?”
“Parece que no soy el único calzonazos al que sólo le dan permiso para salir a tirar la basura”
“¿Te has muerto? ¿O aún puedes tomar una cerveza?”

Lo cierto es que publiqué en Junio. Nos quedamos en que me tomé un café y mi vida banal e irrelevante se quedó en suspenso. Pero gracias, esos psicotécnicos se aprobaron.
La vida ha seguido. Lo que demuestra que no estoy en el tercer escenario que pinta J. Y como diría cierto expresidente sobre los catalanes: “he hecho cosas”. O me las hacen. Pero más bien me ocurren. Y no demasiadas, llevo una vida tranquila. Pero incluso quieto sabes que alguien te puede venir a alterar la calma.
Este par de meses he sufrido al menos en una ocasión el acoso del peligro musulmán en su tiempo libre (quedo pendiente de explicación).
He seguido con mis estudios para el par de oposiciones que tengo en marcha. Como he pasado todas las pruebas para regresar a la biblioteca, en Septiembre u Octubre colgaré de su bolsa de trabajo. Entre Septiembre y resto del año me falta pasar las de pedagogía a las que me apunté porque son de mi licenciatura. Claro que entre los niños y los libros siempre me quedaré con los que menos ruido hacen. Un pez fuera del agua respiraría mejor que yo tratando adolescentes o criaturas con problemas.
También he trabajado durante muchas horas. Con un compañero llamado Fernando al que lo quieras o no te llevas a casa. Porque te llama al teléfono a cualquier hora para desfogarse, para contarte que otro compañero no limpia su puesto de trabajo, que el jefe le tiene manía (me pregunto quién no se la tendrá porque lo que no sabe es que yo también se la tengo), uno de estos compañeros laborales que no entienden de la sacrosanta paz de tu fin de semana y siempre quieren salir en la foto interpretando al grano en el culo que te crece un Domingo. Por culpa de este tipo y porque no soy muy de móvil, me pierdo llamadas de gente más positiva y necesaria.
Este tipo de gente piensan que trabajan en la NASA o que el tiempo libre sigue esponsorizado por tu patrón y no, el tiempo libre (la palabra te debería dar una pista al respecto) no es para preocuparse por los problemas de tu puesto de trabajo.
También he conocido gente nueva, o me he encontrado con viejos amigos que al cabo de los años parecían nuevos porque no les conocía, me he renovado yo mismo pero no tanto como para dejar de ser un lector empedernido o un payasete a tiempo completo, he regresado a una relación que estaba maltrecha… A ver si me voy poniendo al día. Y no es que haya dejado de escribir. Lo he hecho trabajando, paseando, antes de dormir… Pero en mi cabeza. Luego ya el calor me quitaba las ganas de sentarme en el cuarto y reclinado sobre un teclado. Pero tenía ganas de volver a hacerlo. Por eso me fui sin despedirme. Porque no sabía que me había ido o que el tiempo se me iba a escurrir tan rápidamente entre tanto “luego si eso ya escribo algo”. Quería volver aquí a expresar de viva tecla lo que al cabo de un tiempo me parecerá escrito por otro. Escribo para leerme en un futuro en el que esto no parecerá mío. En cierto modo es así. Releyendo vuestros comentarios veo que cuando lo dejo todo por aquí ya es más vuestro que mío. Y me gusta. Hay cosas que si las siento muy mías me dan vergüenza. Saludos a todos y todas.          


11 junio 2018

Tomando café




Como en una historia de Mario, entré a buscar café. Esa mañana tenía cita en el Ayuntamiento para hacer unos psicotécnicos. Esos test requieren estar atento así que usé la cafeína como amuleto contra el despiste. Una vez más.
Entré en una famosa franquicia cafetera. Buen café pero malos precios. Pensé en pedir una hipoteca para pagarme el expreso oscuro que vibró tembloroso en su taza cuando me lo dejaron en la mesa junto a la bandejita sobre el ticket con el precio. Pero olía bien. Y sabía mejor. Estaba tan bueno que me pregunté qué era eso a lo que había llamado café hasta ahora, la forma en que mi pasado cafetero quedaba reducido a una sucesión de tazas de agua sucia del cubo de fregar. Hasta el azúcar parecía estar de más, casi una herejía, ni lo necesitaba. Y por más que el café es un buen aliado de la acidez de estómago y el reflujo, esté me sentó mejor que el Almax o el Omeprazol. O yo me autosugestioné con eso. Si en el paraíso hubiera cafeterías esta estaría en su guía Michelín del más allá.
Y me empezó a hacer efecto. La sacudida mental más el estómago vacío me engendra ensoñaciones y muchos flashbacks.
Recordé lo que hacía en tiempos más ingenuos en esas cafeterías. A lo mejor no disfrutaba tanto del café pero igualmente lo pasaba bien. Casi de manera involuntaria había entrado en un local que tenía una porción de mi historia que recordé como si hubiese pasado ayer.
Parafraseando a Sabina recordé mis “juegos de manos, a la sombra de esas cafeterías en verano”. Todo lo importante que me pasaba era subterráneo, pasaba por debajo de la mesa. Aunque no sé si engañábamos a nadie. No desde luego a las señoras y señores mayores que nos llamaban guarros a la salida. Por más que no me gustasen los lugares públicos para lo íntimo. Pero ella era más de dónde surja y lo malo es que le surgía en cualquier lugar. Hasta cierto punto era envidiable. Era capaz de abstraerse del entorno y pensar en lo suyo. Yo no era tan despreocupado así que me quedaba con la ingrata tarea de pasar vergüenza por los dos. Supongo que ella amaba o deseaba mejor y sin peros. Y yo me dejaba querer…
Al fondo del local vi una pareja representando mi vieja obra de recuerdo, más o menos, a lo suyo y toqueteándose como para asegurarse de que el otro era de verdad. Ella intentaba frenarle un poco y él no se daba por aludido. Aquí los papeles estaban invertidos pero era la misma historia. Qué gran distancia hay entre el corazón que desea con fuerza y el que no. Parecen mundos alternativos solapados en el mismo espacio y tiempo.
Yo terminé el café y el recreo de la memoria. Tocaban los psicotécnicos. Y no me fue mal aunque nunca se sabe. No al menos hasta que te dan los resultados. Casi decidí regresar a celebrarlo con otro café pero no me apetecía pedir otra hipoteca para pagarlo. Y mi cuota de Dèjá Vú estaba más que cubierta de momento. Ningún tiempo pasado fue mejor a no ser que te estés haciendo viejo. Nos engañamos mucho con otros tiempos. Pero la vida nunca ha sido especialmente fácil, lo mires como lo mires. Es sólo que con el tiempo le perdonas los disgustos que te dio. Yo en aquella época ya quería que pasase todo para sólo tener que recordarlo. Es tan cómodo sólo recordar…       

28 mayo 2018

Despistes




Me miraba intensamente. Con lo fácil que es incomodarme. Yo caminaba hacia ella y ella hacia mí. Ya sólo estábamos a un puñado de baldosas de que yo le dijera “¿Qué coño estas mirando?”. Pero luego se agotó el espacio entre nosotros y al menos esta vez tuve la fiesta en paz. Dejé correr la afrenta de una mirada descarada.
Ella, por su parte, no dejó de sonreír hasta el final. Pareció estar a punto de decirme algo pero lo dejó en sonrisa y pasó de largo.
Cuando llevaba unos metros más andados el reconocimiento explotó en mi cabeza. Con bastante retraso. Me miraba porque me conocía. Y yo a ella, claro. Era M.. La conocemos todos por aquí. Ha salido hasta tres veces por este blog.
La primera es la de la noche en que la conocí hace años. Estaba un poco bebida y yo también pero menos porque el “Red Bull” me había hecho de desfibrilador del ataque etílico que me iba a producir todo lo que había tomado. En palabras más simples, yo “controlaba” más que ella. Lo sé porque a los cinco minutos de que me la presentase J. (es un gran relaciones sociales, el ochenta por ciento de mi galería de personajes de este blog vienen de sus presentaciones no solicitadas), ella me comentó que de pequeña se masturbaba con los Clicks de Famobil. No le pregunté por el método que seguía, ni siquiera al cabo de los años soy capaz de imaginarlo pero el comentario quedó flotando ahí en el aire, sin réplica que devolverle. Yo me limité a escribirlo aquí.
Otra de sus apariciones por el blog fue cuando se apuntó a un par de negocios piramidales. El de las cremas Mary Kay y el otro, puede que herbalife. Me dio pie a hacer crítica social sobre los trabajos que son estafas encubiertas.
Su tercera aparición y creo que última fue el cumpleaños de J. que celebramos los tres una noche de Viernes Barcelonesa, hablando todo el tiempo y comiendo en restaurantes como personajes de Woody Allen.
Y ahora M. había pasado frente a mí y se había quedado atrás pensando en lo estúpido que era yo que ni la había saludado después de haber pasado una época en el mismo trío de amistad, quedando para pasear el perro, celebrar cumpleaños o escaparme de que me hiciera un peeling o me vendiera cremas Mary Kay. Pero si hasta nos felicitamos por Facebook.
Debo decir que había cambiado mucho. Un poco por el tiempo y bastante por las modas. Con otro peinado y otro color de pelo ya era otra mujer. Eso solo funciona en las películas de espías y conmigo que voy despistadísimo. En fin, me supo mal.
Pero me dejó muchos recuerdos además de los repasados. El tipo que la dejó la noche que la conocí es el “doctor extraño” según apodo de J.. Lo rebautizó así porque tenía la capacidad de confundir la mente de las mujeres. Después de dejar a M. despechada, se fue a por Rocío, una vecina y amiga de J. y mía. Le ofreció lo mismo que a M.: infidelidad, excusas, disgustos, abandono final sin muchas explicaciones… Salvo las de echarle la culpa a ellas por cualquier tontería. Nada aprovechable. ¿Qué veían ellas en un tipo que sólo le era fiel a la cocaína? Pálido como la nieve que se metía por la nariz y luchando como un campeón por parecerse al bonito cadáver que se estaba ganando a pulso y esnifadas. Nunca entendí su éxito. Hechizos, ya lo dijo bien J..
Porque el doctor extraño siempre fracasó en sus relaciones pero nadie puede decir que tuviera mala suerte con las mujeres, eran las mujeres las que tenían mala suerte con él. Uno de esos hombres que arrasan y no vuelven a dejar que crezcan las ganas de volver a verles cuando pasan por ellas. Ideales para los aspirantes a segundo plato, los hambrientos de migajas o los buitres que solo ligan con mujeres que han bebido para olvidar. No fue el caso, claro.
Pero todo esto que son muchas frases aunque pasó fugazmente por mi cabeza, quedó muy atrás. Como la persona a la que no había saludado. Lo siento M.. Ni siquiera puedo recomendarte que leas este blog porque es muy íntimo y la intimidad que acabo de contar es precisamente la tuya.
Así que el otro día, cuando vi a Rocío, decidí sacudirme el despiste y dejar de quedar mal. A la segunda mujer conocida del doctor extraño sí la reconocí de lejos. Esta vez nada podía salir mal. Simplemente me acerqué, le sonreí, la saludé.
-      Eyyyyy, Rocío.
-      Eyyyyy, Susi- me dijo ella.
Claro, claro. Rocío era su hermana. Ella es Susi. Esto ya no es despiste, es gilipollez. Ya mañana me compro una bolsa para ponérmela en la cabeza cuando salga a la calle.        

08 mayo 2018

Pasado sin nostalgia




Me fui a una biblioteca del centro que tenía un par de libros de los difíciles de encontrar. Mi más sincero agradecimiento a la red del catálogo catalán de bibliotecas. Lo encuentro casi todo. Y a veces casi todo me encuentra a mí. Hay hallazgos interesantes en el camino.
La biblioteca tenía una guardería encima y vi como los niños de preescolar jugaban. Uno iba en un pequeño triciclo y me saludaba con la mano. Las criaturas son muy educadas, lo saludan todo. Recuerdo que mi sobrina no sabía hablar y se lo pasaba en grande diciéndole adiós a los trenes.
El niño seguía saludando a pesar de que yo ya le había devuelto el saludo y al final se chocó contra una columna de la guardería, se calló y empezó a llorar. No sé objetivamente si el responsable de ese accidente de tráfico fue él o fui yo pero como vi que la profesora se acercaba corriendo a recogerle del suelo hice lo más adulto que se me ocurrió, salí corriendo para que no me vieran.
Por detrás del edificio estaba la salida de lo que era un colegio con más clases aparte de esa guardería(o no era una guardería, sólo una clase de P-4, como no tengo hijos ni mucho interés en los niños calculo con imprecisión sus edades). Y allí es donde quedé impresionado por la sorpresa. Había muchos padres. Los suficientes como para bloquear la calle y no dejar pasar a nadie. Pero en Barcelona el bloqueo es ya parte de nuestra vida así que eso no es lo que me llamó la atención. Lo que me sorprendió es que vi a F. después de, no sé, ¿Diez años?
F. fue una venezolana compañera de trabajo y durante un mes de fluidos corporales. Hace mil años que hablé de ella por aquí(bueno, más bien los diez que he mencionado pero mil en tiempo subjetivo).
Cuando la conocí tenía dos niñas de maridos distintos y un nuevo marido español al que le fuimos construyendo unos cuernos maravillosos que le debieron horadar profundamente el cráneo pero es que el tipo se los merecía. Ella me dijo que su marido estaba liado con al menos dos chicas en los viajes que hacía por motivos de trabajo, era director de un magazine cultural de un periódico muy importante en Cataluña. De la sección cultural. A los dos nos encantaba Buckowski y Nabokov y las veces que hablé con él descubrí un alma gemela. Le gustaba mucho escribir en su tiempo libre. A veces le decía a F. en broma que a nivel personal casi debería haberme enrollado con su marido antes que con ella por eso de que éramos más compatibles.
Pero luego F. empezó a enfriarse. Por lo que supe estaba buscando su tercer hijo para permanecer en España sin tener que trabajar. Mi objetivo, ya lo he dicho antes, no son los niños. Me interesa algo el proceso pero no el resultado. Así que no tardó en liarse con alguien que le dio su tercera criatura. Un tipo de su tierra totalmente asqueroso y con el pelo pintado de un naranja lamentable. Aunque lo de asqueroso puede deberse a que hablo desde el despecho.
Así que ahora estaba allí. Esperando ver salir a alguien del colegio. ¿A su hija de nueve años o a una cuarta? No lo sé. Pero no me apetecía hablar con ella. La perdí de vista hace mucho tiempo y no teníamos nada en común. Sólo lo que pueden tener en común un hombre y una mujer con los genitales operativos. Pero más allá de eso me costaba mucho llenar sus eternos y casi místicos silenciosos (una compañera nuestra no perdía la oportunidad de decirme que sus silencios no eran místicos, más bien los propios de una retrasada mental).
Así que regresé sobre mis pasos.  El niño del accidente ya no estaba.
Regresé a mi presente. Menos glamouroso pero sin complicaciones.
Y sin niños de conveniencia.
Lo que son las cosas. En su momento me disgustó ver marchar a una persona a la que ahora no me acerco ni para saludar.  

07 abril 2018

Detrás de lo que se ve




Hace un tiempo nos juntamos un grupo de amigos y conocidos en un bar. Yo iba con J. (que por cierto me ha dicho que si vuelvo a contar historias humillantes sobre él le va a dar al mundo su propia versión de lo retrasado mental que soy yo, un saludo J., best wishes). Eso significa que un alto tanto por ciento de la mesa era del grupo social de J. pero no del mío. Me senté porque no tenía otra cosa que hacer pero se me dan mal los desconocidos. No tengo nada contra ellos. Pero como tampoco tengo nada a favor no sé de qué hablarles. Y lo del tiempo climatológico solo da para trayectos cortos del tipo ascensor. Y es muy patético. Así que me limité a estar. Si salía algún tema de interés en el que pudiese meter la cuchara ya participaría y si no, nada, a poner cara de tonto y sonreír como un idiota o como un buen chico educado.
A M. sí le conocía. Una infancia a tope rompiéndonos la cara por cualquier tontería y luego juntándonos para romperle la cara a otro amigo y así todo el tiempo pero siempre sin perder la amistad. A X., un tipo de aspecto huraño que no gastaba sonrisas de educación no le conocía. Estaba frente a M. y le miraba con recelo. Aunque eso me lo parece ahora que tengo más datos. En ese momento sólo nos tomábamos algo mientras yo me reía de algo que no me había hecho gracia.  
M. contaba alguna de sus batallitas en el autobús. Una anécdota irrelevante sobre la dureza de conducir un autobús con entrada libre a cualquiera, incluso a los viejos locos que quieren que los pares en la puerta de su casa como si fuesen con Uber. 

- Pues a mí los de los autobuses me parecéis todos un buen montón de mal nacidos- lo dijo X.- Os saltáis las señales de tráfico, os saltáis hasta vuestro carril o invadís el nuestro.

M. lo miró… yo diría que preocupado. Yo seguí con mi sonrisa pintada. Como no iba conmigo, la máscara tenía que seguir. De todas formas me llamó la atención que hubiera alguien que odiase el gremio de los autobuses. A lo mejor cuando era un crío un autobús había entrado en un callejón y había matado a sus padres y desde entonces X. odiaba a todos los conductores. Pensaba que el hecho de sacarte el permiso para conducir autobuses te convierte en un ser humano diferente. Alguien que ya no es humano como tú y merece ser discutido en el mejor de los casos o apaleado en el peor. Es fácil generar diferencias irreconciliables. Aquí en Cataluña lo de generar conflicto ya es deporte de Autonomía casi oficial. M. respondió:

-      No, los que lleváis turismos sí que sabéis, que sois los que más accidentes provocáis. Y no digamos de invadir carriles porque eso lo hacéis vosotros. El otro día uno…
Y comenzó con el tema de la conducción. Yo pensé que a lo mejor si introducía el tema ciclistas tal vez no acabase aquello en una escalada de violencia con final apocalíptico. Pero nada. Decidí dejarlo. Ya sabéis, sonrisa neutra. Es vuestro problema. Y yo ni llevo vehículo propio ni uso el bus. Y tampoco sabía qué decir sobre ciclistas. ¿Qué los atropellan poco para lo irresponsables que son?
A lo mejor eran como cofradías enfrentadas con las que hay que tener cuidado. La procesión de los turismos contra la de los conductores de autobús, una guerra secreta que desconocía. A mí me sacan de lo de Palestina e Israel y Puchi contra Rajoy (por no decir otra cosa) y me pierdo.
Al cabo de un rato, cuando alguien les hizo calmar los ánimos, justo antes de que casi llegasen a las manos por culpa del código vial de circulación, le comenté a J. que todo aquello era pasarse. Por tan poca cosa. Pero J. me esclareció un poco el asunto.

-      M. se enrolló con la mujer de X.. Estuvieron un tiempo poniéndole los cuernos a X. y él la ha perdonado y tal pero parece que a M. no. Creo que la cosa va por ahí.

Eso me reconcilió con el mundo. Me empezaba a preocupar que se formasen batallas así por nada. En esa mesa no se estaban peleando por lo que parecía que discutían. Era por un entrelíneas que solo ellos se manejaban. A X. no parecía gustarle tener delante la cara del hombre que había estado un tiempo dentro de su mujer. Al final hasta me hizo gracia y me reí. Pero esta vez de verdad.   

11 marzo 2018

Noche de tíos




A J. su mujer le dio permiso para salir esa noche. Yo en las relaciones soy más anarquista. Me los tomo aunque no me los den. Luego me quedo solo y todavía es mejor. Soy libre como los volcanes o los terremotos que te arruinan la vida. Pero es que no busco una madre en mis parejas. Tengo la de verdad y con esa basta.  
Fuimos de concierto. Mi amigo X. tocaba. Cada mes lo hace. Su hija a la guitarra y él a la voz. Sueltan algo del blues que llevan dentro en un garito y entre actuación y actuación tomamos algo y nos ponemos al día. También tiene un grupo, según me dijo. Sus actuaciones son buenas excusas para salir y hacer algo diferente.  
Hacían micro abierto por Hospitalet. Pero también hacía mucho frío. Tanto que hizo más daño que el futbol, enemigo natural de los espectáculos.
Entramos de todos modos. Era la primera discoteca a la que he ido nunca. Con el tiempo ha muerto y renacido varias veces, incluso en local para  góticos. Ahora no sé qué política siguen pero un par de veces al mes dejan que cualquiera con dotes o alma de artista nos proponga lo suyo frente a un micro, se tome los quince minutos de fama que le prometió Warhol o más.
J. y yo nos tomamos un quinto en un bar cercano mientras abrían el local. Es falso que el alcohol te caliente. Sólo funciona si te lo crees.
Luego fuimos a un centro comercial y un cartel como Spam bien situado se nos cruzó en el camino y acabamos cenando en el burguer. Dos menús al precio de dos. Allí tuve la primera situación ridícula. Intentaba servirme un refresco en la máquina pero no funcionaba ningún botón. Llamé a J. para pelearnos los dos con el aparato. Pero ni por esas. No se dejaba intimidar. Me disponía a reventar la cara de ese robot cuando un amable joven nos dijo que había que pedir que la chica de la barra la activase. Me pregunto por qué la de la barra me dio el vaso y no me la activó directamente. A lo mejor se pensaba que con el vaso de cartón ya me iba a conformar. J. lo tuvo más fácil porque la cerveza te la dan directamente.
Me serví circunspecto el refresco. No es que la vida esté llena de obstáculos. Es que a veces los obstáculos son tan ridículos que parece que haya alguien entre bastidores con ganas de reírse de nosotros.
Llegamos luego al local que estaba tirando a vacío. Pedimos un par de medianas y nos resignamos a aprovechar la noche como una salida más de charla. Aunque no hubiera espectáculo. O lo creyéramos en principio.  
De entre los pocos asistentes estaba un tipo que solía leer poesía en pasados micros abiertos. Nos temimos que si solo salía él lo tendríamos mal. La lee como el que lee las contraindicaciones de un medicamento en un anuncio de televisión, rápido y sin entonación. Normalmente nos lo tomamos a risa pero es difícil mofarse de alguien en un local casi vacío y con la jefa pendiente de que no armemos mucha bulla. Ya me veía controlando la risa por las bromas de J. que a la siguiente mediana ya me confesó que iba un “poco tostado”. Esa mezcla de ir con el punto de alegría y tener que vigilar que esta no se desborde por educación, me pone en lucha conmigo mismo.
Alguien gritó mi nombre. No la había reconocido. Era B.. La última vez que la vi fue en este mismo blog, en el entierro del padre de un amigo. Me llevó a casa en su coche y la perdí con el punto final de aquella última frase en que la rememoré. B. era un viejo amor platónico de instituto, la época de las carpetas forradas y la tontería a flor de piel. Siempre tan simpática. Ella me sustituyó en el grupo de música cuando lo dejé:
-      Así que tu eres Vicky Larraz y ella Marta Sánchez- me dijo J. para hacer la gracia y provocar que me riera al borde de los decibelios necesarios para que te echen de ese local que yo comparo con la biblioteca. Sólo que en la biblioteca no controlan tanto.
Pero hablamos algo con B.. Luego llegaron X. y su hija que a pesar de todo y muy profesionales ellos, también tocarían, y hablamos un rato de los tiempos donde todos, nos conociéramos o no, confluimos en el mismo instituto.
X. y su hija salieron a tocar. Demostraron el peso de sus más de cien conciertos a cuestas. Yo en ese momento estaba observando que B. había cambiado en los dos últimos años. Como si se hubiese activado una orden interior que la había hecho engordar hasta no haberla conocido a la primera. Sigue aparentando menos años de los que tiene pero me había confundido. Su cabello sin embargo, le llegaba por debajo de la cintura. Como siempre. Parecía tan irreal como un dibujo Manga o Anime. Mientras le observaba el final de la melena ella se dio la vuelta y me vio mirando hacia allí, debió pensar que le observaba el culo y se alejó para sentarse alejada de nosotros. Yo pensé que era la segunda situación ridícula de la noche pero me la reservé para mí mismo y la “disfruté” en silencio, concentrándome en mirar el gollete de mi botella tirando a muy avergonzado.  
El “poeta” nos estaba lanzando sus versos sin alma desde el escenario. J. se reía ya claramente de él y yo no sabía dónde meterme. Estaba jugando al “te imaginas”. Todo el rato me decía “¿Te imaginas que nadie le aplaude?” “¿Te imaginas que sales tú a cantar David Bowie con él y todos se quedan callados y todavía eres peor que el “poeta mierder” este? “ “¿Te imaginas…?” Y así todo el rato. Y lo peor es que sí. Me lo imagino todo. Soy capaz de imaginar a cualquier persona haciendo el ridículo. Incluyéndome a mí mismo.
El poeta, después de lanzar varias consignas políticas para parecer más comprometido se sentó y cada vez que tocaba alguien levantaba los brazos y hacía como que dirigía una orquesta para demostrar lo bien que se lo pasaba. Eso lo hacía más patético. Aunque a J. le hacía mucha gracia. Pero él llevaba una cerveza de más muy estratégica. Y hablando de estrategia, los frutos secos que nos regalaban para fomentar la sed no ayudaban. Le hemos perdido la costumbre a lo de beber. Honestamente, no se nos puede sacar. Es eso o dejarnos salir si solo bebemos agua mineral.
Pero fue divertido. Luego nos fuimos despidiendo todos. Muchos tenían que madrugar más de la cuenta.
Hace poco leía en el blog de una amiga que su vida es como una linealidad, una rutina que le hace ver todos sus días iguales, todo es tedio para ella.
Creo que la vida adulta es más o menos eso en nuestras sociedades. Por eso incluso una noche como esta es necesaria de vez en cuando. Ridícula y tonta pero en líneas generales refrescante y divertida. La vida es lo suficientemente larga como para producir mucho aburrimiento si no la administras bien.
Todo esto lo escribo porque de eso hace casi un mes. J. sigue castigado y sin permisos. Una pena no haber visto la escena de cuando llegó a casa dos horas tarde y borracho. Eso sí que hubiese sido divertido. Aunque como todo, visto desde fuera.