28 noviembre 2016

Amigos y ficciones



Hace poco comentaba con J. lo poco que sabemos de la gente. Amigos que conocemos de toda una vida. Los vemos al cabo de años y aunque en un estudio preliminar nos parezcan los de siempre, un dato que no sabíamos de ellos nos sorprende. Altera lo que sabíamos de ellos. 
Un vecino nos cuenta que X., al que creíamos un tipo tranquilo, ha salido corriendo de un bar dónde los parroquianos querían molerle a palos ¿Qué hizo? A otro que destacaba por ser tímido y buen estudiante lo coge la policía por exhibicionista. Sorpresas. Pero no deberían serlo. No sabemos nada sobre el prójimo. Tengo vecinos que son “hola” y “adiós” durante años. Conozco mejor la vida íntima de un bloguero que conocí ayer que la de estos vecinos tan cercanos. No conocemos a nadie. Aunque vivas con ese alguien. Tenemos una somera idea de los demás pero siempre faltan datos. Los otros siguen siendo constructos de nuestra mente. Son personajes que nos montamos en la cabeza con lo poco o mucho que nos dejan ver o nos cuentan sobre ellos. Si hacen algo terrible nos olvidamos de lo mucho bueno que hicieron. Si hacen algo bueno, dejan de ser tan terribles como creíamos. A veces el prójimo vale por la última noticia que tenemos sobre su vida. En cierto sentido las personas que conocemos son personajes de fantasía no menor que Sherlock Holmes o el monstruo de Frankenstein. Incluso nuestros familiares.
Llevo semanas siguiendo la evolución culinaria en facebook de un viejo amigo que siempre ha destacado por su seriedad y su poca disposición a hacer el payaso. Siempre sobrio. Poco dado a hacer chistes o buscar situaciones ridículas. Pero cada Lunes nos enseña su última tortilla de patatas. Yo miro las fotografías y me muerdo la lengua por no decirle que no entiendo el sentido de que nos muestre siempre el mismo plato. Bueno sí, que no sabe hacer otros. Y que este le debe enorgullecer. Pero que no se flipe que solo con eso no le van a llamar de MasterChef.
Recuerdo una época en la que estuve de monitor de comedor. Había niños normales  (la mayoría), niños traviesos (unos pocos), niños pelotas y algún que otro delincuente en potencia al que agarré de la solapa en un rincón y amenacé de modos que no necesitáis conocer. Pero una de las niñas me llamaba siempre la atención. Cada vez que terminaba su plato corría a enseñármelo para que aprobase lo limpio que lo dejaba. Cuando se lo celebraba se sentía realizada. Se iba sonriendo y feliz a su mesa dispuesta a encarar el postre con no menos alegría. Espero que no haya crecido así, dependiente de la aprobación ajena para ser feliz. Pero el caso es que mi amigo el “tortillero” me parece que enseñándonos su plato en Facebook busca el mismo tipo de aprobación. Es el mismo tipo de “busca-me-gustas” que pulula por esas redes sociales. ¿Y a quien no le gustan los "me gusta"? Pero él vive colgado de la aprobación ajena. Para mí ha dejado de ser un ser humano para convertirse en una tortilla semanal. Ocasionalmente hace aportes no menos interesantes como las nubes que se ven a través de la ventana de su cuarto o la lluvia que ha caído. También fotografía una estatua delante de su casa y el estado en que la dejan las palomas o los viandantes. Minimalismo informativo, podríamos llamarlo. Y después de poner todo eso me lo imagino esperando la limosna de los clics en “like”, los pensamientos positivos de las amistades que nos tenemos que sentir fascinados por esa vida tan interesante. Yo la última vez, aprovechando que vivo cerca casi le digo que me invitase a su última tortilla. Que enseñase menos y aportase más. Al menos que sirva de algo tanta publicidad. Nunca me ha gustado ser un tipo de escaparates. O me dejas probar o comprar o no me lleves de tiendas. Para mirar cosas bonitas ya tengo mi ombligo o… da igual, tampoco necesitáis saberlo.
Hace una semana se acabó su sueño. Alguien le dijo que si era tan independentista por qué hacía tortilla española. Él dijo que no era de patatas, que era de judías y se liaron en una discusión casi surrealista. Una que a mí me hizo volver a morderme la tecla por no decirles que me costaba trabajo saber cuál de los dos era más gilipollas. Que pasar de tortillas a tortas era de tontos. Pero ya sabemos cómo acaban estas conversaciones. Te cogen de enemigo común y ellos se arreglan. En facebook es mejor callarse.
Sé que todos somos personajes en la mente de otros. Incluso yo que os dejo meteros de modos verdaderamente impúdicos en mi mente (últimamente no tanto pero no os confiéis, yo sigo teniendo la misma falta de vergüenza con mis cosas). Incluso yo soy por dentro diferente a cómo me veis por fuera. Es cierto que lo más profundo de la gente es la piel, lo dijo Oscar Wilde. Sólo somos superficies. Y es por eso que me trabajo mucho mi personaje de facebook. Allí me muevo entre personas reales que siempre me han conocido. Para ellos sigo siendo el fan de Bowie, de los cómics, friki de la literatura o de la televisión… cosas así. No me salgo mucho del papel. No participo casi nada, es fácil equivocarse y acabar en una polémica sobre tortillas o lo que sea.

No importa que seas un personaje en la mente de los demás. Verdadero o falso da igual, es lo que hay. Lo importante es que ese personaje no sea uno al que quieras cruzarle la cara por la calle cuando lo veas. Especialmente por temas tan banales como los ingredientes de lo último que has cocinado. 

07 noviembre 2016

Cuerpos Danone



Este verano leí un interesante artículo en el blog de Pilar Vaquero, Abalorios, dónde se hablaba de la imposición social de lucir cuerpos perfectos en la playa. Allí ya dejé clara mi postura. Si no es legal, no es imposición. De hecho, pienso que si un anuncio te muestra cuerpos Danone y tú te avergüenzas de no tener ese cuerpo pasado por el photoshop y la vida de placeres culinarios restringidos de un modelo profesional, la culpa es tuya por borrego o borrega. Creo que mi amiga Pilar se refería además a la mujer como la más obligada a lucir perfecta on the beach. Y al respecto de esa imposición aviso que ya afecta a borregos machos. Déjame, Pilar, que te cuente una fábula a lo Esopo, con animalitos y moralejas (y el aliño de mis tonterías que no falte, claro).
Este pasado pero largo y cálido verano, como lo son todos para mí, cuando todavía mi santa me tenía abandonado y estaba de viaje, iba de compras por un centro comercial con mi hermana y mi cuñado. En esos asuntos mi cuñado es difícil de seguir. Literalmente. Mi hermana y mi sobrina caminábamos rezagados mientras él, a modo de sherpa del shopping, se avanzaba y guiaba. Entraba en una tienda, miraba a gran velocidad toda la ropa disponible que le interesase, lanzaba algunas preguntas a mi hermana y esta, entre aburrida y agobiada, le daba su asesoría. Luego mi cuñado salía y se metía en la siguiente tienda. Mi hermana me confesó que no le apetecía probarse nada ese día, que hacía calor para ir de tiendas pero mi cuñado, infatigable, seguía desatado y buscando todo el vestuario que iba a lucir este verano en las vacaciones (y que cuando le llene el armario intentará infructuosamente endosarme a mí).
Al salir de un probador hizo un mal gesto y mi hermana tuvo la escasa delicadeza de decir:
-      ¡Uala, qué barriga!
Mi cuñado se giró. Con ira africana en su rostro. Yo diría que odio. El comentario le sentó tan mal que parecía mirar a mi hermana con repudio, a la musulmana, que te dicen que ya te puedes largar y el divorcio se consuma sin más papeleos.
Mi hermana intentó recular diciendo que era el gesto que había hecho, que sólo era por ese mal gesto, por un punto de vista que le había marcado michelines pero que no le había llamado barrigón ni nada así pero él ya le había dicho eso tan maduro de “¿Y tú qué?”.    
Debo decir que mi hermana se conserva bien, tiene un buen cuerpo todavía pero aún en caso contrario, si fuera gorda como una ballena, sería su problema (salvo si eso le ocasionase problemas de salud).
Lo que te digo, querida Pilar, es que esa auto imposición es ya totalmente bisex. No sé cómo andará por los madriles en que te mueves (aunque tú no paras y viajas más que Marco Polo). Lo que sí sé es que por aquí, por Barcelona, esa auto imposición de la belleza es para hombres y mujeres. Pero es auto. Significa que la sigues o no la sigues pero si lo haces es culpa tuya. Mi muy mencionado amigo J. se arregla más que mi compañera para salir, aspira a ser el gallo alpha del gallinero, tengo otro amigo J. que se cuida por motivos deportivos y otro que lo hace porque su novia no se acuesta con él estando gordo. Esto es lo que hay. Yo mismo reduzco azúcares y grasas en la dieta pero más por sentirme bien que porque me importe ya algo lo que piensen los demás, esa época del prójimo y “su opinión me interesa” se acabó muriendo después de mi primera juventud.
El único punto de madurez que puedo alegar a mi favor es precisamente este, que en la playa me pongo en bañador incluso aunque mi piel venga de trabajar en un zulo y parezca el hermano gemelo de los de la saga “Crepúsculo”. Si me miran más de la cuenta puede pasar que me pillen de buenas y yo los mire a ellos descaradamente. Si me pillan de malas me verán montando un pollo de esos que me salen tan naturales y que me fluyen tan fácilmente. Aunque lo normal es que yo viva tranquilo y feliz en las civilizadas playas que frecuento. La gente no vive pendiente de nosotros-as. Te miran unos segundos y luego pasan a otra cosa siempre y cuando no seas el monstruo de Frankenstein.
Para terminar a mi manera costumbrista diré que esa noche cenamos la familia unos bocatas en el bar. Mi cuñado estaba mosqueado porque mi hermana no le había pedido algo mientras él estaba haciendo un recado. Al salir de allí descubrimos que el mosqueo no tenía nada que ver con mandarle a recados, no pedirle en el bar ni nada de eso:
-      ¿Por qué has dicho antes que tenía barriga? ¿Te parece que estoy gordo?
Las ciudades civilizadas son eso. Que las mujeres cojan los problemas de los hombres y los hombres asuman como propios los que tenían antes las mujeres.
Pero lo que yo quería decir antes es que no hay imposición de la publicidad ni de nadie para estar en forma. Como mucho influencia. Tú aceptas o no. Todo depende del grado de miedo que te dé la mirada del otro. Sé que no siempre es fácil saltarse a la torera la cara de repugnancia del prójimo que nos mira pero uno siempre está a tiempo de rompérsela de pasar de esta.
Estaría bien empezar a imponernos nosotros mismos-as sobre nuestro cuerpo. Es el único del que estamos al mando. 

24 octubre 2016

El poder del amor (III y ya está)



Por fin Francisquillo llegó con su bicicleta hasta donde estaba yo (lo he dejado montado en esas dos inseguras ruedas un par de semanas).
Me preguntó por J.. El protocolo habitual. Solo que esta vez Francisquillo no tenía el guión de siempre. Antes de que le dijera algo sobre el susodicho J. me soltó a bocajarro desde su boca nueva (se la había arreglado y tenía dientes) una información que le quemaba dentro y tenía que dar a todo el mundo, incluso a los meros conocidos como yo:
-     -                Me he echado novia.

-    -                ¿Qué?- hay sorpresas fingidas y luego están las auténticas. Esta era de las segundas. ¿Había funcionado lo de la página seria de contactos?

-     -              No, me hiciste una mierda de foto. Esa página no me sirvió de nada. Fue en un chat. Ya me iba a dormir una noche que estaba en uno de esos foros y empecé a tener una conversación interesante con una chica. Nos pusimos a hablar y hablar durante horas… Nos decimos de quedar y ya ves. Es mi novia. Estoy enamorado. ¡ES EL AMOR DE MI VIDA! La quiero. Es de Perú y tiene dos niños pero me da igual. Ahora está arreglando unos papeles pero en cuanto vuelva, bueno, no sé, no puedo esperar a que venga. Ya veremos qué hacemos.


-    -       Parece que… vas en serio- yo pensaba en varias cosas. Pero scammer no era. Al parecer era real y la había tocado y ella le había tocado a él. O eso se intuía, tampoco me dio detalles.

-    -               Sí, sí, voy en serio del todo. Aunque mi madre es muy  mala. No la acepta. Dice que tiene dos hijos y es puta.

No le aconsejé nada sobre eso. Su madre era curiosa. Ella también tenía dos hijos, Francisquillo y su hermana. ¿También era puta? ¿O el puterío era por otro tema? No sé, si me dan tan pocos datos tampoco puedo juzgar a la señora. Especialmente si no es mi problema.

-   -                A ver si le dices a J. que tenemos que quedar.

Ya me había dicho lo que me tenía que decir. Yo mismo tenía ganas de contárselo a J.. Así funciona la divulgación de las historias. Ciertos hechos piden a gritos contarse y extenderse y viajar como… claro, los virus. Especialmente las historias dónde se pueda criticar negativamente a los personajes (sé perfectamente lo que muchos van a decir sobre la historia de Francisquillo pero me lo reservo). No creo que él esté como para que le importe mucho. Después de todo aceptaba bastante bien las duras críticas de su madre. ¿Por qué no las del resto? Se alejó de mí. 
Ya había cumplido su misión de extender la palabra. Por lo que he oído los enamorados tienen la necesidad de contarle a todo el mundo que lo están. Con lo que me gusta a mí hacer las cosas en privado… (para luego contarlas en público, claro).
Pero Francisquillo se iba en una bicicleta que ahora podía sostener. Más fuerte y entero y menos diminutivo. Parecía una historia de amor y superación. Frente a la frutería. El barrio parecía mejor esa mañana.
Al menos si la terminamos aquí. Y si no escarbamos más. Dicen que no hay finales felices y si son felices es solo porque no son el verdadero final.
Pero vamos, que para eso escribo ciertas historias. Para hacer corta y pega de la existencia y dejarlas dónde mejor me parezca. Cuando todavía va bien. Como en la ficción. Antes de que las perdices sean el plato más aburrido del día. Así que ahí estoy yo, de pie, esperando en un exterior frutería. Música romántica en el mp3 (bueno, de esa tampoco uso pero como si fuera que sí). Así que música, fundido a negro y The End.                  

17 octubre 2016

El poder del amor (II de III, acabo de darme cuenta)



Francisquillo estaba acabadillo, resumiendo lo de la semana pasada.
J. le dejó una bicicleta para que cambiase de hábitos pero casi no podía sostenerla ni llevarla a casa. Casi no podía sostenerse él. Arrastraba los pies como un anciano de hospital o asilo y bajo cuidados especiales.
Cuando aparecía con sus movimientos al ralentí intentaba ser el de siempre. Pero se notaba el esfuerzo. Aunque seguía con su humor gamberro y sacaba a relucir la homosexualidad del padre de J. no porque fuera cierta sino por faltarle al respeto y ahí parecía el de siempre (debo decir que esto lo hacemos todos, nuestros padres son muy mencionados entre nosotros para insultarnos, la madre en cambio es como el último límite de la confianza que nos podemos tomar y la dejamos tranquila, los barrios todavía respetan ese pequeño reducto casi sagrado que es la maternidad, no hay más que ver los tatuajes en los brazos de los tipos duros de extrarradio).
Pero Francisquillo a pesar de sus gracias era más “illo” que nunca, el diminutivo se había convertido en profecía. Estaba reducido a ser muy poca cosa como persona.
Así durante dos años.
Esta primavera sin embargo, alguien volvió a sacarme de la lectura en un parque del barrio. Sigo buscando el banco perfecto donde no me conozca nadie pero coger el metro para ir a leer fuera de mis lugares habituales me parece excesivo. El que me molestaba ese día era Francisquillo. Me enseñó su móvil y me dijo sin perder el tiempo con esos estúpidos trámites del “por favor” y el “si eres tan amable” que le hiciera un par de fotos de cuerpo entero. Eran para colgarlas en una página de contactos de internet. Una de “relaciones serias”, me aseguró. Como si a mí me tuviera que importar que fueran serias o informales o de cinco minutos y “ups, esto nunca me pasa, te lo prometo”.
-    -          ¡Pero sácame bien, mamón!
Yo no quise decirle que milagros a Lourdes. Ni tampoco explicarle que de cuerpo entero seguía pareciendo de cuerpo a medias o de cuerpo un cuarto de hombre. Que fotografiar una sombra de persona y pedirle que pareciera un hombre de verdad era cosa del photoshop y esa es una disciplina que no domino por principios, porque mentir con imágenes es lo mismo que mentir con palabras. Tampoco le dije nada porque solo quería acabar el encargo y que no me molestase. Y porque hay verdades que nadie quiere que le cuentes. La sinceridad es a veces otra forma de tortura.
Le hice un par de fotografías sin pensarlo mucho. Afortunadamente cerró la boca para que no se viese lo peor de su rostro. Pocas piezas le quedaban ya. Tal vez cuatro.  

-     -            ¡Pero qué cabrón! ¿Y por qué sacas a estos viejos detrás de mí?

-    -               Estaban ahí, no podía sacarlos del plano.

-    -                Pues me pongo en este lado y me haces otra.

Había más viejos. Todos los segundos planos estaban invadidos por un geriátrico matinal. Estábamos en el parque y a esas horas los jubilados buscaban sol, pasear a sus nietos, qué importa, a mí no me molestaban. Y a él tampoco le tendrían que haber molestado tanto. A lo mejor es que no quería que le confundiesen con esa franja de edad antes de tiempo.  

-    -           ¿Y qué más da? Tú sales centrado. Olvídate de los viejos. No hacen nada. Nadie se va a fijar en ellos, la fotografía te destaca a ti.    

-     -            No sé, todavía se fijarán antes en ese de ahí- señaló un señor canoso que salía en una esquina de la fotografía y que efectivamente tenía mejor aspecto que él.

Y sí, era cierto que alguno de esos abuelos le comía el plano incluso teniendo menos espacio. Pero no soy fotógrafo. Centrar, disparar y listo.
Se llevó el material que le dejé y ya no lo volví a ver.
Hasta que llegamos al principio del post anterior.
Pero de momento lo dejo aquí por última vez. En la frutería de un pakistaní. Esperando a mi compañera y viendo llegar en bicicleta a Francisquillo. Sabiendo que nunca se te acerca si puede evitarlo. A no ser que quiera que le hagas una fotografía.
Pero vino directo hacia mí.

Esta semana que voy peor de tiempo me lío con un post tan largo. Continuará muy pronto y acabaré ya esta historia de amor en la que sigue sin haber nada de amor. 

10 octubre 2016

El poder del amor



Le vi venir de lejos. Haciendo giros inseguros con la bicicleta. Dudando entre caerse hacia la derecha o hacia la izquierda. Yo no aposté mentalmente porque la cosa estaba muy reñida. Lo único seguro parecía ser que tocaría el suelo con la boca.
En esta ocasión no se trata de un amigo. Se trata de un amigo de un amigo. ¿Son los amigos-as de tus amigos-as tus amigos-as? Tengo que responder con un rotundo “no sé” más un firme “tal vez” más un contundente “quién sabe, a veces”.
Tomaré como referencia para responder, a mi mayor suministro de conocidos con los que no tengo nada que ver que es J..
La cosa suele ser así. Paseamos por la calle. De pronto ve a alguien o alguien le ve a él. Se saludan y hablan o se preguntan sobre asuntos más allá de mi vida cotidiana. Permanezco a la escucha entre aburrido y fascinado, no hay término medio. El catálogo de amistades de J. incluye desde gente que trabaja en bancos hasta ex delincuentes en rehabilitación, tampoco se diferencian tanto.
Cuando acaban su charla, dependiendo de las veces que nos veamos, nuestros rostros se hacen familiares y hasta nos saludamos sin la intermediación de J.. En mi caso me cuesta más porque mi reconocimiento de caras es bajo. Según la ciencia el cerebro femenino recuerda mejor los rostros que el masculino. En ese sentido mi cerebro se corresponde bastante con mis genitales.
Recuerdo que en una ocasión uno de esos conocidos me paró una noche en que salía de un concierto. El tipo iba en moto. La paró, se bajó y me detuvo con un gesto. Como llevaba casco pasaron unos segundos de tensa incertidumbre. Debajo de ese casco podía haber alguien a punto de pedirme dinero de muy mala manera. O alguien a quien sencillamente no quisiera ver a las dos de la madrugada en que ya quería estar en casa y durmiendo. Debajo del casco había un tipo con el que J. se detenía mucho a charlar y al que solo conocía porque era un amante de las motos como él (no recuerdo la banal anécdota que les unió pero estaba relacionada con estos aparatos ruidosos y altamente inseguros). Me preguntó por el amigo común, claro. Luego me dijo que él también venía de un concierto y no me ocultó que iba algo bebido. Claro, lo mejor que puedes hacer cuando coges la moto, le dije, y se rió. Estuvo charlando un buen rato y llegué más tarde a mi casa. La noche te atrapa, sabes cuándo vas a salir pero es difícil averiguar cuando te van a dejar volver. Pero este tipo de conocido afable y comunicativo es raro. Los amigos de mis amigos suelen quedarse en conocidos que ocasionalmente saludas y que no dan para una conversación de más de dos frases en el mejor de los casos. En el peor te cambias de acera y miras con interés la primera tienda con escaparate que aparezca o incluso una papelera.
El tipo que se me acercaba al principio de este post era Francisquillo. Un conocido de los de siempre. Había sido compañero de educación básica de J.. Siempre había estado por el barrio que es un pañuelo. A este lo he visto siempre en el paisaje. He asistido a casi toda su biografía mediante estos breves encuentros y él a la mía. Pero no es mi amigo. Ambos lo sabemos.
Su vida, resumiendo mucho, incluía el abandono temprano de los estudios, una novia que le dejó el corazón “partío” tras un breve tiempo con ella, un resto de vida a medias entre el alcohol y vete a saber que otras sustancias que le fueron despoblando las encías de dientes… Quién dice vida dice algo que se le parece. A medias entre la casa de sus padres dónde pernoctaba y discutía y la barra de cualquier lugar dónde sirvieran cerveza, ocasionalmente se nos adosaba a J. y a mí. Nos ponía al día sobre sus últimas aventuras. Hacía chistes de humor negro y se reía con esa boca de piezas que iban dimitiendo, la sonrisa de los que a falta de ser felices buscan estímulos dónde todavía se amargarán más.
Estaba envejeciendo rápido. La vida intensa se quema antes.
Hasta que llegó la primera alarma. A Francisquillo le debió sonar fuerte ese toque de atención de su cuerpo.
No nos lo contó con detalles pero de un día para otro cambió la cerveza con alcohol por la 0,0. Ese tipo de susto que te vuelve abstemio de un día para otro debió ser mayúsculo. Uno de esos que te traen imágenes con salas de emergencia de hospital y la convicción de que no vas a salir de esa pero que si lo haces le darás al rewind y cambiarás tu vida.
Él salió. Aunque la tecla del Rev no suele funcionar igual en la vida. Todo deja su poso.
La nueva vida sana parecía sentarle igual o peor que el vicio.
Ya sé que de momento no hay amor en esta historia y desmiento el título pero es que continuará pronto.
Me voy a ver si el desgraciado que no devuelve la tercera temporada de “House of Cards” a la biblioteca ha hecho lo que debía. Nos vemos.


Continuará…

18 septiembre 2016

El bañista apolillado



En agosto trabajé y sudé mucho pero no por el trabajo. En septiembre, este año, he vuelto a hacer vacaciones. No es fuera de temporada pero tampoco estoy en su meollo. Es un “entremedio” que me gusta bastante. Mucha gente ya está regresando a esa parte de su vida a la que normalmente solo se regresa por dinero. A “asesinar las horas en un trabajo de mierda”, como diría el viejo y muerto Bukowski. Suerte los que como una tal Rita de profesión política tienen un trabajo por el que cobran un pastón y solo tienen que ir cinco minutos a agradecer a sus allegados de partido lo que les ama (aunque a veces hay que ir a juicio y la prensa y esas cosillas pero  si no tienes conciencia tampoco tienes algo que te amargue la vida y duermes igual de bien).    
Así que yo estoy en septiembre. He pasado sus primeros quince días de playa. Nadando y dejando que mi compañera que le teme a las olas me guardase la ropa. Sólo conseguí convencerla de entrar en el agua un día pero estaba muy tensa. He visto gatos más dispuestos a bañarse conmigo que ella. Así que desistí de torturarla más y la dejé en la arena con mi revista de Historia. Mi relectura del viejo Buk estaba en la bolsa esperándome pero yo a la que toco agua, ya no salgo. Por fin he descubierto algo que me quita el mono de leer y es bañarme en una playa semivacía.
De todos modos, en mi primer día no le perdía el respeto al mar. O eso creía. Mientras nadaba o hacía que nadaba, no soy Mireia Belmonte (lo mío es más como mantenerme como un perrito y bracear y simplemente dejarme mecer por el oleaje cuando me canso de mantenerme a flote),  me inventé algunos temores para no alejarme mucho de la orilla. La sincronicidad siempre está ahí para molestar. Casualidades buscando al supersticioso que lleva dentro incluso el más escéptico (yo soy ese, el más escéptico y sin embargo…).  
Había visto la noticia de que tiburones habían mordido a un tipo en una playa española. En el programa de Íker Jimenez que tan bien mezcla realidad con fantasía, dijeron que les llaman tintoreras en lugar de tiburones para que la gente se siga bañando y favorecer el turismo (como en las películas)  y porque tintorera es una palabra que no da tanto miedo, Spielberg no le metió mano a ese tipo de bicho.
Y había visto “El arrecífe”, “In the Deep” o “Infierno azul” más un par de intentos de ver “Sharknado” pero no podía con este último. Los tiburones son siempre los malos en el cine. El que haga uno bueno se lleva un Oscar al más original. También llevaba esa semana una buena ristra de documentales en la 2 con fauna marina y no toda amable con los humanos.
Por si fuese poco la casualidad y sus horrores, recordaba que en esa playa, hacía años, entré diciéndole algo a alguien y de pronto sentí una bofetada inmensa que me cogía desde la cara hasta los pies, un guantazo totalitario por todo mi cuerpo. Una ola traidora que apenas era hija de la bandera amarilla me lanzó contra el suelo y luego, en la retirada de ese pequeño tsunami, me arrancó el bañador y de no ser por la fuerza con que lo agarré a la altura de los tobillos, me hubiese dejado en muy mala situación. Y esa playa de mi recuerdo sí estaba muy concurrida. El mar no es como para tomárselo a broma. Al menos si estás dentro.   
Así que respeto le estaba teniendo al agua. Pero nada. Que a mí o me la ponen verde o nada. Bandera amarilla otra vez, para mí tan mala como la roja. Me puse a nadar o algo así y cuando quise darme cuenta ya estaba alejándome de la playa. Veía de lejos la toalla con mi compañera leyendo. El socorrista vete a saber dónde, bajábamos tarde y al lugar menos transitado, sobre las seis de la tarde. Empecé a notar el calambre característico de alguien que se esfuerza mucho y se quiere hacer el duro pero ni está entrenado, ni ha hecho calentamiento previo ni tiene el cerebro necesario para pensar esas cosas a tiempo. Pero no era calambre. Era inicio de calambre así que respiré profundamente, me hice el muerto para evitar acabar ídem por negligencia. Dejé que se ahogase primero el miedo o la angustia. Mi compañera me había contado que su sobrina una vez había subido hasta un árbol muy alto en una montaña solitaria y que al llegar arriba se quedó sin fuerzas. Sintió que era su fin. Luego encontró la manera de bajar muy lentamente, en plan koala, resbalando de culo de rama en rama y en unas horas llegó abajo tras haber saludado a la muerte (no sé, esa historia me fallaba porque si no te quedan fuerzas no te quedan fuerzas ni para ir lento pero en fin, más agujeros tienen los guiones de Hollywood).
El calambre no se desarrolló y luego, tranquilamente, me fui acercando a la playa. Dejaba que una ola me acercase y solo me resistía y nadaba en su retroceso para ahorrar energía. Llegué a la arena extrañamente feliz. Parece que la vida solo te importa lo suficiente cuando vienes de estar a punto de regalarla. Mi compañera levantó la vista de su revista:

-       -Tú sí que te lo pasas bien. Toda la tarde en el agua. Cómo me gustaría saber nadar como tú.

Desde luego que poco sabia es la envidia.  
Cogí mi libro con los escritos del viejo indecente y zapatero a tus zapatos, regresé a lo mío.

Actualmente, a pesar de lo poco que me gustan las banderas, ya lo sabéis, siempre busco la de color verde para bañarme un poco. Es la única cosa ondeante y en asta de la que me he hecho amigo.  

02 septiembre 2016

Retrasos en un tren



Al igual que le sucede a mi amiga Dorotea Hyde, pienso que el transporte público es como una buena vitamina para escribir historias. Te cruzas todo el tiempo con gente. La mayoría no es exactamente gente viva, más bien zombis atapados por una pantalla. Pero algunos supervivientes a la epidemia de muertos vivientes respiran normalmente entre nosotros, interactúan, permiten que ponga mi oreja a hacer horas extra y de paso el cerebro.
Era sábado. Yo iba a trabajar pronto muy pronto, en una hora donde se mezclan los pringados como yo con los que acaban su fiesta. Hacemos mal equipo. Los ceñudos contra los que todavía ponen música en el móvil o van borrachos o cantando o gritándose las últimas anécdotas de discoteca o los planes de futuro inmediato en un “after”.    
Y oigo a dos tipos. Me giro. Dos individuos que representaban mi idea de idiota de manual: gorra con visera en la nuca, edad adolescente y móvil con reggaetón a volumen pernicioso para la salud (no muy alto pero los altavoces de un Smartphone son molestos a cualquier volumen, la cumbre del estropicio auditivo, ni Mozart sonaría bien ahí, así que lo otro…).  
Escuché esta inquietante conversación:
-      Le voy a matar, hermano, te juro que lo mato. Cojo una pistola y me lo cargo…- me giré para ver si había peligro inminente pero solo vi dos gorras y dos nucas más los respectivos respaldos.
-      ¿Pero tú te escuchas? ¿Eso que estás diciendo? Es una locura- al parecer uno de los dos gorritas no era tan estúpido como pensaba. Esto es un nuevo revés a los prejuicios, la apariencia no lo es todo. Entre los dos sumaban un cerebro pero solo estaba en la cabeza del segundo interlocutor.
-      No, te lo juro, hermano, le mato. Me ha dejado en ridículo porque estaba con todos y haciéndose el gallito con su novia pero te juro que le mato. El viernes que viene voy y ¡pum,pum! Un tiro. 
-      ¿Te oyes? ¿Y tu madre? ¿Qué dirá ella?  
-      Me da igual.
-      Vas a ir a la cárcel.
-      Me da igual. Le mato. Ese tío se creía muy gallito- es repetitivo, lo sé, pero el discurso de alguien que va bebido es esto, puro bucle sin solución de novedad y este había ahogado sus penas en la mitad del alcohol de su local, tenía esa dicción emborronada y gangosa de los excesos etílicos.
-      Estás loco. Cuando duermas y se te pase ya lo dejarás pasar.
-      Que no, el Viernes que viene, tío, te juro que…
Y así todo el tiempo. Eran cuatro pinceladas de una historia. Yo veía ahí como al borracho hablando con una chica, luego el matón acompañado de la pandilla arropadora dejándole en ridículo o calentándole el cuerpo a base de golpes, la chica pasando a manos del chulo (vete a contarles a estos que las mujeres no tienen dueño y van por libre o que la prehistoria pasó y ahora ya estamos en lo siguiente), el resentido desahogándose en su cerebro con una pistola que dispara en su agenda de los propósitos del mes siguiente. Puro género negro del cutre. Del de andar por un vagón de metro.
Me alegró pensar que el escenario anunciado para la presunta matanza sería la semana siguiente en un lugar que yo no frecuentaría. Que se realizaría entre idiotas y eso es puro Darwinismo, una matanza entre atontados no puede hacer daño a nadie(o sí, quién sabe, pero yo no estaría para verlo). Lo cierto es que mi intuición me dice que al día siguiente tendría una buena resaca y la certeza de que las armas de fuego no las venden en los quioscos así que el viernes siguiente nada de lo anunciado sucedería.
Salí al amanecer y caminé hacia mi trabajo. Recordé las tragedias de mi propia adolescencia, tan grandes en su momento y tan ridículas ahora.
También pensé que esos tiempos de juventud no son tan buenos como los recordamos. Aunque yo nunca llevé gorra con visera en la nuca. Pero pude ser tanto o más imbécil que ellos.
El trabajo me pareció un mal menor, en cualquier caso.
Gracias, mi joven y triste amigo asesino. Sé que en algún lugar de un viernes futuro sigues tan borracho como siempre y no has matado a nadie. Con suerte crecerás para reírte de lo cretino que eras. Y para darle las gracias a tu amigo. Algunos hasta se salvan de la edad del pavo.

Hasta el próximo tren de cercanías, amigos-as. Pero no os lo recomiendo. La RENFE en Cataluña sigue sufriendo grandes retrasos y a ciertas horas se suben otro tipo de retrasados.