17 mayo 2016

Vida y obra de una planta de interior



Nos despedimos en el aeropuerto. Unos problemas familiares la han cesado como habitual de mi vida por un tiempo. En nuestro piso temporalmente solo habito yo. Estoy de Rodríguez (más concretamente de Gómez). El estado de tranquilidad perfecta con el que he fantaseado muchas veces.
Mis conocidos al enterarse me dicen que “no sea malo”, sonríen ellos con maldad, echan risitas cuyo sentido se da por sobreentendido.
¿Y yo? ¿Soy malo? ¿Lo estoy siendo en gerundio? Supongo que todo el mundo cuando se queda solo piensa en serlo y por eso creen que yo lo estaré siendo. La gente informa mucho sobre sí misma por activa y por pasiva.
Yo de momento me estoy adaptando a la soltería entrecomillada.
Me ha aparecido un fantasma en el piso. Tazas, platos y calcetines aparecen en lugares extraños. Intento pillar o más bien cazar a la entidad que ha entrado en mi  hogar. Pero resulta que el fantasma soy yo. De pronto entiendo como por revelación que ciertos enredos no se recogen solos y que si los dejas en un sitio y estás solo, no se irán solos a sus estanterías o cajones, que si te vas a trabajar y dejas una cama deshecha al volver seguirá sin hacer. Qué cosas. Pero así soy yo. Pura ciencia empírica. Misterio resuelto.
Otro día descubro que hay duendes benéficos. Han ordenado y arreglado mi casa. Esto sí que es de locos. Pero luego me llama mi madre y me dice que se pasó con mi padre a “darle una pasadita al piso y echarme una mano mientras yo estaba trabajando”. Y hasta dejarme comida. Así son algunas madres, grandes fábricas de hombres inútiles y patriarcales. Menos mal que yo hago por salir de eso. Misterio de los duendes resuelto. Tampoco tengo de eso en casa.
Ya no aparecen más enredos por casa. Uso y muevo utensilios y luego los devuelvo de manera maniática a su lugar original. El orden se mantiene casi solo. Ya sé quién es el más ordenado de esta casa. Cuando ella regrese tendré una virtud verdadera que alegarle ante cualquier juicio al que me someta por cualquier cosa terrible que seguro que le ocasionaré, sin duda, está escrito en las estrellas que haré algo malo y nos pelearemos y nos recriminaremos algo, si no…. ¿Qué clase de pareja seríamos? Pero yo alegaré que soy más ordenado que ella y que puedo demostrarlo.
Y pasa el tiempo y lo tengo todo para mí. Me meto en internet y disfruto troleando un poco. Sin insultar. Me gusta el troleo inteligente y sostenible que te permite molestar a la gente sin que un moderador te banee a los dos minutos de entrar en el chat. He llegado a llorar de risa con eso pero mejor lo dejo para otro momento.
Leo más que antes. Y antes era demasiado.
Paseo más que antes. Y antes rozaba lo olímpico.
Evitaba como podía a los pesados del barrio pero ahora me dejo atrapar ocasionalmente, por hacer algo distinto. De uno de esos pájaros ya hablaré en otro momento. La gente sigue sorprendiéndome. Más de trescientos individuos-as comentados por aquí y aún tengo una nueva exclamación que soltar cuando me cuentan según qué cosas.
Sigo sin ser malo-barra- risita maliciosa.
La comunicación telefónica sigue siendo mi punto débil. No nos llevamos bien, me interrumpe cuando estoy pensando algo importante. Puede ser algo como que si Spiderman esquiva balas gracias a su sentido arácnido cómo es que no esquiva las hostias que le dan sus enemigos pero también hay temas de mayor calado en mi cerebro. Así que desconecto línea de fijo y teléfono móvil. As always    
Temo que llamen de mi empresa. El Barcelona sigue triunfando y eso, según os conté, afecta a la salud de mis compañeros y me acaban llamando para suplirles así que como no tengo contrato de disponibilidad siempre estoy “fuera de cobertura”. Me he inventado una vida paralela en la empresa en la que en mis festivos salgo a montañas alejadas del mundanal ruido y de las líneas telefónicas. Deben pensar que soy un hippy que se va a una de esas comunas a hacer el guarro por convicción o por regresar a los viejos buenos tiempos de la Edad Media cuando no te molestaba la era industrial.
Ocasionalmente enciendo el móvil a ver qué pasa o más bien qué what's up? me ha sucedido. Casi siempre alguna llamada entrante de números que si los buscas por internet están denunciados por ser publicidad pelmaza de bancos o telefonía. Lo que más whatshaps de alguien que quería que quedáramos ayer o un mensaje de voz para invitarme a un concierto que daba un amigo la semana pasada (tengo muchos amigos músicos). J. se lleva la palma de  what's up:

1-   17: 36¿Estás por aquí?
2-   17: 45¿Otra vez con el móvil desconectado?
3-   17:50 ¿Te crees mejor que los demás?
4-   18:00 ¿Y ahora que estás solo qué puedes estar haciendo, maldito pajillero?
5-   18:03 Cuando su excelencia se digne encender el teléfono decirle que hay un programa doble en los cines Phenomena el día… ¿Vendrás?
A veces respondo al mensaje número uno veinticuatro horas más tarde:

17:34 Ya no

Y J. responde:

17:45 Claro que ya no, mongolo, te lo escribí ayer para dar una vuelta o tomar algo. ¿Y ahora? ¿Estás por aquí ahora?

Pero ya eso se lo respondo al día siguiente porque he vuelto a desconectar el teléfono.
Por lo demás estoy siendo bueno.

02 mayo 2016

El vengador tardío (y torpe)



Durante  el verano pasado tuve aquel desencuentro con la señora Teresa. Porque como mucha gente en mi vida, entró en mi territorio, se llevó algo (un felpudo del rellano en este caso) y lo tiró a la basura. Era un atentado contra mi compañera, ella había comprado el felpudo en el mercadillo por poco dinero, pero yo lo tomé como algo personal. Aunque luego me fui olvidando del asunto. Lo de “la venganza es un plato que se sirve frío” no lo entiendo. A mí las venganzas me gustan en caliente, cuando estoy pidiéndole al mundo justicia no cuando me olvido. En este último caso me producen tristeza o ya me dan igual. De la misma forma que aquella persona a la que amaste tanto hace mucho tiempo tal vez no te importe ya, no estoy interesado en que algún mal caiga sobre la persona a la que odiaba y de la que me he olvidado. La vida te da la razón a veces. Pero lo hace con retraso.    
Hace tres meses la vi deprimida de nuevo. A la señora(es un decir) Teresa. Me apretaba el brazo mientras contaba de nuevo lo dura que es la soledad, lo de su marido muerto, ya solo le queda esa historia. Luego me preguntó por “mi señora” pero siempre se le escapa alguna expresión facial de desagrado y de esperar que en mi respuesta le cuente alguna desgracia sobre mi compañera. No se pueden ver. Quiere que le cuente que “mi señora” está enferma crónica de algo malo. Cruzo los dedos pero de momento goza de cierta salud. A mí la señora Teresa me traga más porque no parece intuir ni la mitad de lo que me pasa por la cabeza. Si me leyera el pensamiento cambiaría de odios.
Teresa tiene un buen historial de discusiones en el edificio. Y no de los que se borran como en el Chrome o el Mozilla. Una mañana veraniega de esas en que yo tenía la ventana abierta esperando que entrase el fresco y sólo conseguía que lo intentasen los miriápodos, me despertaron sus voces. Discutía en voz alta con los paletas que nos habían hecho la portería. Los mismos muchachos que me habían “animado” el estío cantando de buena mañana lo mejor del flamenco pop y acompañándose de taladros, martillos y todo eso que nos gusta tanto a las personas que queremos dormir. Pero Teresa, sobre las siete de la mañana, ya pasada la obra, se había citado para gritarle al cantante de “los chunguitos” y decirle de todo menos guapo, discutían acaloradamente (era verano). Al lado de mi ventana. El tipo le dijo también a ella lo suyo. Y yo me levanté a tomar café mientras pensaba sobre este asunto. Se recriminaban faltas mutuas. Ella a ellos les llamaba incompetentes, ellos a ella maleducada.  
Teresa volvía a dar pena pero no me fiaba. Mis vecinos son como esos insectos que se están ahogando, los sacas del agua y parecen muertos pero luego, de pronto, se animan y vuelven a moverse, incluso picarte.
Yo el año pasado estaba preparando una venganza terrible contra Teresa cuando de pronto la loca del once volvió a tirar pan mojado para alimentar a palomas, ratas y cucarachas y decidí centrarme en ella olvidándome de Tere pero cuando planeaba algo contra la nutricionista de plagas, mi vecino el moribundo ruidoso se recuperó de la enfermedad que no lo acaba de matar y pareció invitar en navidad a un rebaño de elefantes porque se hicieron notar durante todos los días de aquellas vacaciones. Cuando decidí que era hora de empezar con esa guerra contra el ruido que me hizo olvidar a la tonta de las palomas que a su vez me había hecho olvidar a Teresa, cesaron los ruidos y yo me quedé sin objetivos y en un periodo de llamémosle “entreguerras”. O se centran a la hora de molestarme o yo no puedo concentrarme con mis venganzas.
Estos últimos dos meses han sido tranquilos. Mi compañera me dijo que en el tren, una vecina le había dicho que hace casi un año que Teresa no se deja oír ni en las reuniones de escalera. Que está algo asustada. Que el verano pasado los paletas le dejaron una nota en el buzón:

DEJA DE METERTE CON NOSOTROS Y NUESTRO TRABAJO O TENDRÁS PROBLEMAS, VÍBORA.
LOS PALETAS

Que lo de víbora le había llegado al alma. Es normal, las verdades ofenden. Se había hablado mucho del tema en la comunidad de vecinos pero nosotros no nos habíamos enterado hasta esta semana.
Y mi compañera me miró con esa expresión de “ya sé de qué va esto”.
Retrocediendo en el tiempo, aquella mañana en la que escuché discutir a Teresa con los paletas me hartaron ambos y sí, tal vez no debí escribir aquella nota para enfrentar a todas estas personas. Pero es que en caliente se hacen muchas cosas feas. El problema es cuando te enteras en frío de los resultados.
Por más que mi compañera debe ser más rencorosa que yo cuando me dice:
-      No, no, víbora está bien. Sigue vigente. Pero la próxima vez no me avises de lo que haces. Casi se me escapa la risa delante de la vecina cuando me dijo lo de la nota. Al parecer esa historia armó mucho revuelo el año pasado, casi llaman a la policía.

¿A nadie se le ocurrió pensar que una nota insultando y amenazando no llevaría una firma falsa que decía “los paletas”? Las amenazas de este tipo suelen ser anónimas y nadie las firma. Desde luego, qué irracionales nos hace el miedo.    

11 abril 2016

Segunda parte y final




(viene del post anterior)
 Pero la cosa no ha quedado ahí. Como en esta vida cuando nos aburrimos nos da por joder al primero que pasa, ha repartido sobres vacíos para que metan la cantidad de dinero que han acordado entregar en la boda. Ha ido repartiéndolos uno a uno, al igual que hizo la muchacha con las invitaciones de boda. Obviamente me ha saltado a mí, a la única de la oficina que no acudirá a tan importantísimo evento. Pero cuando ha terminado ha tenido que recalcarlo en voz alta: Porque tú no vas, ¿verdad? ¿O quieres que te dé sobre también?

¿Y en estos casos tú cómo actúas?

A.   Te haces el tonto como sino la hubieses escuchado.
B.   Le sueltas alguna en plan: a mí me das dos.
C.   Bailas una jota o haces una reverencia 
D.   Llamas a tu cliente para tener una reunión.

No me ha hecho falta elegir ninguna opción. Alguien lo ha hecho por mí. “No le des ninguno que si eso ya lo pone en el mío”.

Las respuestas A según determinadas encuestas, son las más  valoradas. La que a la larga nos hace sentir mejor y tener mejores relaciones sociales. Y una mierda, digo yo. Me he quedado con unas ganas enormes de decir todas toditas las respuestas que se han pasado por mi cabeza:

a)…….
b)……. 
c)…….
d) Y tengo una reunión con un cliente importantísimo ese día. 

Bueno, ahora sé por qué lo de llamar tantas veces gorda a esa mujer. Cae mal y hay que buscarle algo que a ella seguro le sentará peor para ofenderla. Yo no tengo nada contra las gordas. Algunas hasta me gustan en su “gorditud”. Pero esta es un caso claro de “gorda asquerosao “gorda de los cojones” o cualquier cosa que dices cabreado-a por los rincones para desahogarte un poco. No son sus kilos los que te molestan precisamente.
Si viviésemos en un plano de realidad alternativo dónde los humanos actuamos con lógica y cordura y no movidos por nuestros sentimientos la única opción posible sería esta: Y entonces cojo a mi compañera con sobrepeso y le pregunto si tiene algo conmigo, que por qué no me invitan, que realmente no me apetece ir ni gastar dinero en esa boda, ni buscar algo que ponerme pero sí tengo curiosidad (nacida del amor propio herido) por saber por qué precisamente yo no estoy invitada. Y en ese mundo ideal nos responderían con sinceridad, arreglaríamos el problema y viviríamos felices. Pero es muy probable que tu compañera se invente alguna excusa barata por quedar bien y no se arregle nada. Es por esto que lo mejor que te puedo decir es:
a)     Siéntete feliz porque no vas a la boda.
b)    Siéntete feliz porque no vas a la boda debido a que le caes mal a una persona que te cae mal y no hay nada más bonito que el sentimiento mutuo.  
c)    Siente feliz porque de momento no estás gorda y ella en la boda se va a poner todavía más tocina con tanta tentación.
d)    Abandona tu zona de no confort y cambia de trabajo. Vete a lugares con compañeros que pasen de bodas, de grasas saturadas o de ningunearte por motivos que sólo ellos saben.
Y hasta aquí mi respuesta. Aunque después del post la amiga bloguera explicaba los motivos para usar mi consultorio inexistente oficialmente hasta que apareció ella. Que necesitaba desahogarse. Me preguntaba también si yo era yo o se había equivocado con mi dirección de mail y se lo había enviado a alguien de la oficina.

P.D: Espero que sea tu mail porque si no, vaya tela,ja,ja,ja

Mi primera tentación al leer la posdata fue responderle:
-       Hola, soy la gorda y no sé quién es el soplapollas ese de Sergio así que te has jodido conmigo bonita. ¿Así que gorda? Empieza un largo infierno de dolor y terror para ti.
Pero yo tengo la teoría de que las bromas son como el sadismo en sus inicios, maneras de molestar o perturbar a alguien para pasarlo bien, para disfrutar con su turbación. Y a mí esta chica no me cae gorda. Tampoco me gusta bromear por mail porque no puedo verle la cara al objeto de mi broma. Así que respondí que sí, que yo era Sergio.
 Y hasta aquí hemos llegado con la primera respuesta de mi consultorio. Puede que también la última.

Estais autorizados-as para responder a nuestra anónima y afligida “señorita de la boda”. O para saludarme a mí. 

04 abril 2016

Mi nuevo consultorio Elena Francis



Siempre he querido tener ese consultorio. En el fondo siempre lo he hecho. Una bloguera me dijo que en mis entradas siempre se me acerca un amigo y me resuelve un post. Y es cierto. En muchos posts míos aparece un amigo, me cuenta su historia y luego yo le cuento su intimidad a todo el mundo que quiera leerla. Pero lo que nunca cuento es lo que le respondo. Bueno, algunas veces también pero pocas. De vez en cuando prefiero dejar de ser personaje y delego mi voz en otros. Gente de mi nutrido grupo de amistades adquiridas por diversos medios como el trabajo, los pupitres de las escuelas, los institutos o la universidad, los amigos de mis amigos que acabaron siendo mis amigos, el vecindario (aquí también enemigos), las fiestas, los viajes y sobre todo el vivir en el mismo barrio en el que crecí y seguir en contacto con mi pasado y cruzarme con todo el mundo como si esto fuera Springfield y ellos y yo personajes de los Simpsons. Vivo en un mundo de caras conocidas y de Bon Jour madam, bonjour messie” por las mañanas, al más puro estilo de la Bella de Disney. También están los amigos-as virtuales.
Así que recibí la primera consulta para mi consultorio por mail. Un consultorio que no existía pero que me acabo de sacar de la manga. De una bloguera que me lee y a veces participa activamente.  Como es largo y yo soy corto (quiero decir que cortos son mis post para no fatigar al respetable) lo partiré. Este es el mail que recibí. En cursiva escribo lo que pensé mientras lo leía. 

¿Y tú qué dices cuando te invitan a una boda a la que no quieres ir? 

No voy. Soy tan mezquino que he llegado a pensar en excusarme por un tratamiento por leucemia. Y luego decir que había sido un diagnóstico falso. No me gusta la excusa de J.: “Di que te curaste con un gelocatil
Pero vamos, que si no quiero ir no voy.

Estaba yo tecleando unos cuantos números en el ordenador cuando vi asomar a la futura “Señora de” por la puerta. Al primero que entregó su invitación de boda fue a su querido protector. No creí que nos invitaría a todos los demás, porque realmente salvo con dos o tres de la oficina, nunca la he visto pasar demasiado tiempo ni tener una relación importante. Debe ser que las invitaciones de boda ahora están más baratas porque las repartió por toda la empresa. Como si fueran confeti, las había en todos lados.

El caso es que comenzó a pasar de mesa en mesa repartiendo una ¿bonita? invitación. Yo, viendo que se aproximaba a mi habitáculo, quise agachar la cabeza a ver si no me veía. Una tontería de esas que se hacían en el cole, cuando estabas en clase y no te sabías la lección. Pretendías que el profesor no se percatase de que estabas allí. Que igual si no lo mirabas tú, él tampoco te veía. Ignorantes. Pero bueno, eso forma parte de la inocencia de la infancia. Doblemente ignorante me digo yo ahora a mí misma. En eso que estaba yo bajando la mirada hacia el interesantísimo informe que estaba leyendo, cuando la susodicha futura esposa pasó de largo y ni me miró. Hay que ver lo perfeccionado que tengo yo ese movimiento de ojos. Después de años practicando he consigo que funcione. Me volví invisible.
Lo bueno de estos consultorios es que el que responde aprende tanto como el que pregunta. Al menos yo he sentido alguna revelación. A mí me pasaba lo mismo en clase. Como le comenté a la bloguera, de pequeño me escondía como una rata en el pupitre. Agachaba la cabeza cuando tocaba responder en clase. Y eso no servía de nada. Lo descubrí cuando un profesor comentó en la universidad “Y ahora preguntaré algo para que Sergio agache la cabeza y trate de esconderse y entonces yo le preguntaré a él el primero”. Descubrí que agachar la cabeza no servía de nada. Me pasé el resto de mi vida académica intentando encajar el cuerpo debajo de los pupitres u observando desde el puesto del profesor antes de las clases si esconderse debajo de la mesa era buena solución y realmente no se me veía. Aunque luego no lo hacía porque ese profesor y ese año estudiábamos en un aula pequeña, estrecha, dónde todos estábamos a la vista de todos desde el principio. No había escapatoria. Y ahora, al cabo de los años, veo que esto de agachar cabezas es un clásico gracias a mi bloguera anónima (anónima para vosotros-as).

Invitó a todos, a todos toditos, incluso a aquellos a los que ha criticado. A los más nuevos, a los más viejos, a los más guapos…. A todos menos a mí. Aludió a que se le había olvidado mi invitación, pero por su expresión me di cuenta de que realmente no pensaba invitarme. ¡Qué alivio!,  pensé en ese momento. “Te la doy la próxima semana”, dijo entonces.  Joder que no me escapo!, pensé después. Pero como en esta vida nunca estamos conformes con las decisiones que toman otros por nosotros, aunque en el fondo sea lo que queremos,  a continuación llegaron otros pensamientos, ¿Qué le habré hecho yo a esta muchacha para que no quiera invitarme? ¿Será que lee los pensamientos?

Ese es el gran problema humano a lo Oscar Wilde:”Dos grandes tragedias hay en la vida. No conseguir lo que quieres o conseguirlo”. Si no quieres que te inviten y no te invitan consigues tu objetivo. Pero luego tienes la tragedia de agobiarte porque no te han invitado.

Ahí hubiera quedado la cosa, si no hubiera sido porque acto seguido, le dijo a otra compañera que  le acompañase al “cuarto oscuro”. (Lo de cuarto oscuro na de na, solo salieron al pasillo pero queda como más interesante decir cuarto oscuro). Después de su charla de confidencias volvieron a entrar. La discreta de la gorda de mi compañera (la que salió al pasillo con la que se casa, y perdón por lo de gorda pero además de lo obvio es que me cae gorda, gorda) me miró y se echó a reír sin disimulo alguno. Yo creo que habían hablado de mí. ¿Tú qué piensas? Igual piensas que soy una mal pensada, pero conociendo los antecedentes de la gorda que critica a todo el mundo y su "discreción", estoy 100% segura de que sí lo hicieron (hablar de mí, digo). Algo así como: Tía, que no quería invitar a ésta y cuando he llegado pues como que me falta su invitación y claro le he tenido que decir que se la doy luego, ¿tú qué opinas? 

Ahí quedó la cosa. Por cierto, me dio la invitación la siguiente semana tal como dijo. Le dije que no podría asistir, sin dar ninguna explicación. Ella no preguntó el motivo y le vi cierto grado de alivio en la cara.

De todas formas hice examen de conciencia por si en algún momento pasó algo que había olvidado, pero nada de nada. 

El caso es que “soy de mala reacción" cuando alguien me toma por tonta o sorda. Aunque medio sorda estoy y hacerme la tonta últimamente es un recurso que utilizo mucho para evitar males mayores.  Lo que ocurre es que cuando no es intencionado por mi parte, me lo tomo fatal. No lo puedo evitar. Aunque quien me tome por tonta y sorda sea una persona que para mí es indiferente. Me hierve la sangre en las venas, como dice una copla que solía cantar mi abuela. Me enervo de tal forma que me cuesta horrores cerrar el pico y no soltar alguna ironía. Ese día no lo hice y me quedé con las ganas. Pero hoy se ha vuelto a repetir una situación parecida.

En cuanto a tu preocupación por no ser políticamente correcta por llamar gorda a una gorda que te cae gorda debo decir que es innecesario. Al ser mujer puedes autocriticar a tu sexo sin que te llamen machista (aunque no te fíes). Yo me paso la vida llamando imbéciles a los catalanes por lo de la independencia pero como soy catalán nadie me llama anti-catalanista. Dentro del grupo al que perteneces se te da un poco más de cancha. Aunque cuidado porque al final se te enfadan y acaban pidiendo hoguera de todos modos. No tenses mucho más la cuerda en ese sentido.
Y yo también soy de mala reacción cuando me tratan de tonto o de sordo. Más que hervirme la sangre pienso en como hervirlos a ellos. Si te quedas igual cuando te insultan es que eres tonta o sorda pero ya veo que no, ni lo uno ni lo otro (un poco sorda dices que sí pero eso es cosa tuya y solo tuya).

El gran día ha llegado, faltan apenas unas horas.  ¿Y cómo no?, en la oficina no se habla de otra cosa: ¿Qué te vas a poner tú? Va a llover, ya verás. Que no, que igual no llueve. ¿Y si hace frío? ¿Cuánto dinero vamos a poner en el sobre?….  
Estaba yo escuchando estas importantísimas conversaciones, pero inevitablemente he tenido que dejar de hacerlo al tener que ausentarme un breve tiempo porque tenía una reunión importante con un cliente (me estaba meando para la buena verdad, pero queda mejor lo de la reunión). Cuando he entrado de nuevo en la sala, estaban hablando en voz alta, nada de cuchicheos, a pleno pulmón, que se enterara todo el que estaba allí.
Volviendo al tema que nos ocupa,  como ocurre siempre, la bocazas o el bocazas de turno que está criticando a alguien siempre está de espaldas a la puerta y claro nunca se da cuenta de quien ha entrado. Esta bocazas de turno, la gorda,  como ya tiene muchas tablas en esto de criticar, se ha callado ipso facto en cuanto otra compañera la ha mirado y alzando sus cejas le ha hecho un gesto de cállate que nos han pillado (como tenga que describirte el gesto nos dan las uvas del próximo año, así que espero que más o menos te hagas una idea). Yo he pillado algunas palabras antes de que se hiciese el silencio absoluto y lo poco que he escuchado ha corroborado los pensamientos que tuve ese primer día. 

¿Y en estos casos tú como actúas?

a.    Te haces el tonto como si no te hubieses enterado
b.    Le sueltas alguna en plan: por mí seguid, no os cortéis.
c.    Bailas una jota o haces una reverencia
d.    vuelves a tu reunión con el cliente.

Creo que la mayoría de las personas elegimos la respuesta a. 


Yo siempre he sido más de querer bailar la jota pero no sé ni sardanas así que me quedo con la a, como todo el mundo.  

continuará una entrega más...

14 marzo 2016

Un hombre preocupado



Le veo el miedo por los ojos. A Fernando se le presenta una operación complicada con el pulmón. Una que de algún modo me afecta a mí. Trabajar con alguien te introduce a la fuerza en su ecosistema. A partir de ahora pasará de coger bajas inventadas para ver el fútbol, a coger una baja real. Ambos tipos de ausencias me incluyen a mí como sustituto acaparador de horas extra. El tarugo oficial, ese soy yo. Pero seamos más sensibles…
Teme no regresar de la mesa de operaciones. Pero también que le den el alta y alguien le haya quitado su puesto de trabajo. Como está algo peleado con el compañero uruguayo, las confesiones me tocan a mí. Me habla más cerca de la cara que nunca y agarrándome del brazo para subrayar sus inquietudes. Teniendo en cuenta que siempre ha sido un “gran tocón” y que el nivel está alto en ese sentido, la cosa ha pasado de nivel casi tierno a nivel directamente cariñoso. Ocasionalmente me da palmaditas en la espalda o se despide con un fraternal abrazo.
Algunas de sus inquietudes son estas:   
-      Y además de la operación está el problema con mi mujer. Que no folla. Bueno, lo hacemos una vez al mes pero ya me dirás si eso es plan. Cásate y será la ruina para tu polla. Antes que no teníamos casa lo hacíamos a todas horas y ahora que no… ¡Y así quiere que tengamos un hijo! ¿Qué quiere? ¿Que le escriba a la cigüeña?
Luego, sin relación visible con el discurso anterior me cuenta que el pijama que tiene ahora se le arremanga cuando se mete en la cama. Que eso le hace pasar frío. Todo un drama, le respondo. Él me pregunta si no tengo ese problema. Le digo que mi problema es que la goma de la cintura de mi pijama preferido se ha roto y estoy pensando en engordar veinte kilos para llenarlo y que no se me baje todo el tiempo. En caso contrario mi mujer lo calificará como basura y lo tirará a la basura. A esto Fernando me mira con la boca abierta. No sabe si hablo en broma en serio. Como las personas sin excesiva inteligencia, le falta sentido del humor. En este caso debo decir que yo tampoco sé si estoy hablando en serio o no porque a veces hago ambas cosas a la vez.
Nos despedimos. Otro abrazo. Me estruja. De los pulmones está mal pero al gimnasio va cada día desde años y está fuerte, es un poema viviente a la vigorexia, pura fuerza bruta. Se despide como si fuera la última vez que nos viéramos. Tiene la mirada de un heroico soldado antes de partir para la guerra de Corea.
Es triste, pero quitando lo de sobarme todo el tiempo, parece mejor persona ahora que teme por su vida. Casi dan ganas de que siempre tenga esa espada de Damocles encima. Es como si quisiera que tuviéramos un buen recuerdo de él por si acaso.     

Algunas personas, con estos miedos que les distraen de seguir malmetiendo contra la gente, dejan de molestarnos (ver el caso Teresa). Al menos mientras les dura el miedo.