21 noviembre 2009

Con toda mi alma


Estaba haciendo mi camino de Santiago personal por Barcelona. Quería hacer deporte y distraerme con las cuatro gigas de música bajadas en los últimos tiempos de una Mula lenta y testaruda pero finalmente eficiente. También paré en varias librerías. Tenía el alma triste. Claro que luego pensé mejor lo que estaba diciéndome a mí mismo. ¿El alma? ¿Pero eso existe? Por lo que sé la versión oscila de los cristianos a los budistas pasando por los musulmanes y todas la civilizaciones de maneras leves pero significativas. Para la tradición judeo-cristiana en el alma tenemos los instintos, los sentimientos y emociones. El hombre alberga también ahí su conciencia. No me extraña que Nietzsche escupiese contra esa idea como algo arbitrario y totalmente desprovisto de fundamento. Mientras pagaba los comics al tipo que me atendía como un zombi sin alma no podía evitar pensar algo así. Pongamos que a este tío le gusta jugar a la videoconsola, leer tebeos y está enamorado de una vecinita a la que no se atreve ni acercarse pero en líneas generales es un buen tipo, un dependiente mediocre pero buena persona, este año ha apadrinado un africano de por ejemplo Guinea Ecuatorial. Entonces llego yo en un día de ira y sin venir a cuento le pego un golpe con una barra de hierro que alguien se ha dejado para que yo experimente con mis ideas en una obra cercana. Y bueno, el tipo no muere. Sólo se desangra un poco y le ponen unos puntos. Pero sobrevive. Claro que ahora no es el mismo. No recuerda a su vecinita, no sabe jugar ni al parchís y eso sí, se ha vuelto un cabrón en primer grado. Ahora disfruta masturbándose en portales u obligando a que le masturben las chicas que tienen la mala suerte de pasar solas frente a su caverna oscura a malas horas. No sólo se convierte en violador sino que deja de pagar a su niño africano. ¿Dónde está el alma de este hombre? Sus antiguos instintos son los mismos pero no hay conciencia que los retenga. Parece que hay un intruso en su cuerpo. ¿Ha muerto su alma y se ha instilado el alma de un ocupa? Porque este caso es inventado pero existen casos similares y aún superiores a lo que explico. Ya se sabe lo que se dice sobre realidad y ficción.

Dejando de lado las teorías marihuaneras de Platón que decía que teníamos dos almas(una en el tórax y otra en el abdomen) y esas otras exóticas sobre un alma que juega a la oca y va de cuerpo en cuerpo y se reencarna hasta en mis odiadas cucarachas, la mayoría de la filosofía occidental ha tendido a darle un aire como de “El alma soy yo” a la cuestión. Pero luego, mientras paseaba entre miles de almas barcelonesas, recordé “El quimérico inquilino” de Polanski. Allí se pregunta si él será él mismo sin un brazo y claro que sí. Y luego piensa si le quitan el otro brazo, y las piernas y el abdomen… Y sí. Piensa que seguirá siendo él mismo. ¿Cuándo dejará de serlo? ¿Dónde empieza y acaba el alma? ¿O dónde empieza y acaba él? Interesante cuestión ¿No seremos maquinistas programadas sin más como deja entender el realizador freak Todd Solonz en “Palimpsestos”? Pues algo de eso pienso. Imaginémonos que decido coger una correa, me la ato al cuello y el otro extremo a una superficie medianamente sólida. La piel de la correa aprieta. Siento que se me hinchan los ojos mientras cuelgo como un pelele de ese fuerte hilo que me llevará al más allá como se fue el genial Foster Wallace(recomendación absoluta desde aquí para la lectura de sus novelas pre-suicidio). Siento que me estallará la cabeza. Me ahogo. Me duelen hasta las encías. Pierdo levemente la consciencia de que yo soy yo y entro en un estado como de estar dormido y con sueños. Veo pasar estrellas, puntitos por mi visión… pero no estoy ni despierto ni dormido. Y luego, al cabo, el instinto o la mala suerte o el cabo de la correa no se agarra bien a la reja y me descubro con un terrible malestar en el suelo. Durante unos segundos salgo a tientas de ese conato de muerte tan cutre. En ese instante solo siento el malestar por la falta de oxígeno. No sé quién soy como a veces te puede haber pasado después de una noche salvaje. O puedo tener peor suerte y la ausencia de oxígeno continuada en mi cerebro me ha causado daños cerebrales. No estoy muerto pero ahora soy retrasado. Veo los dibujos del “Clan” y los disfruto más que mi sobrina de cinco años. Mal ejemplo. Eso ya ocurre sin necesidad de daños cerebrales.

Pongamos que me río por todo. Incluso cuando la factura de la luz me dice que tienen que venir a ver el contador porque un hijo de puta ha estado arrancando los papelitos del rellano dónde yo anotaba religiosamente y mes a mes la lectura mensual. Ahora, por culpa de un desalmado pagaré varios meses de golpe. Pues nada. Mis daños cerebrales hacen que me ría y en lugar de Ja,ja,ja diga Jo.jo,jo que queda más estúpido. ¿Qué ha pasado? ¿El nuevo idiota soy yo? ¿Sigue mi alma ahí? ¿Se puede fraccionar tu esencia como el pago de la contribución urbana? ¿Es el alma un invento humano sobre el que Nietzsche, tal y como dije, podía escupir con razón? ¿Es igual el alma del niño que fui a la del siniestro adulto en que me he convertido?

Qué difícil es creer en algo en estos tiempos tan Cartesianos.

17 noviembre 2009

Hola ¿Qué tal?


Iba a visitar a mi madre por el barrio que me vio nacer. Nadie me avisó que los riesgos eran evidentes. Me encontré con un “medio amigo-medio conocido” de la infancia. Los años nos habían cambiado pero no hasta el extremo de quedar desfigurados. Nos reconocimos inmediatamente. Él era dos años mayor que yo.

Le dejé que rompiera el hielo ofreciendo su mano. En los viejos tiempos nunca nos hubiésemos saludado así. Antes bastaba con un “eh, tío ¿y el capullo de tu hermano?” Ahora ni sus dedos abrazando los míos transmitían algo más que reconocimiento y una tibia sonrisa. Había un paréntesis bastante grave de experiencias entre su vida y la mía. Y luego estaba lo poco que recordaba en esos momentos sobre los viejos tiempos en común. ¿Éramos muy amigos? No demasiado. Él era mayor. Dos años en la infancia y adolescencia son como un par de décadas para los adultos. ¿De qué hablaba con él? El minutero se puso en marcha y ensayé un inteligente mantra que uso cuando pienso lo que debo decir: eeeeeeh… Luego, como este no funcionó usé el infalible: Pueeeeeees… Y lo rematé con un “cuanto tiempo” desapasionado que consiguió un asentimiento de cabeza afirmativo por su parte. Los primeros tres segundos de encuentro se habían salvado por puntos. ¿Pero qué podíamos decirnos aparte de esto? Yo recordé en un flash lo subrayado en mi memoria respecto a él. Tres cosillas nada más:

  1. Aquel día que yo estaba tan borracho que alentaba risas y bromas en mis compañeros de fiesta y hasta alguna que otra pelea con las paredes de ladrillos de un colegio, él me llevó en ese triste estado a casa. Fue el principio de mi casi abstinencia alcohólica posterior.
  2. Estaban jugando a tirar balones a la gente y yo fui un daño colateral que pasaba por allí. Él me preguntó si estaba bien y dijo que me apartase de ese juego tan bruto.
  3. Le recuerdo explicándome el mapa de manchas sobre los asientos de su automóvil. “Esta de aquí es de una corrida de la paja que me hizo X que saltó por encima de su cabeza y cayó justo en ese sitio. La otra mancha es de cuando me la comía Y. y se le derramó un poco por un lado de la boca. Esta otra… No sé. Es que el coche no siempre lo llevo yo. También están mis hermanos ¿Sabes?”

Y poco más. Después comenzamos a separarnos. Un “hola y adiós” desde lejos hasta ese día, en esa calle, a una distancia tan íntima que no podiamos decir hasta luego con la mano y largarnos. No después de no habernos visto las caras durante al menos un par de años. Obligados a decirnos algo por tácitas fórmulas de cortesía urbana.

Le pregunté por el trabajo y él me dijo que bien pero con inconvenientes. Si le hubiésemos preguntado a cualquier otro trabajador que pasase por allí hubiese dicho lo mismo. El tiempo estaba poniendo en su sitio nuestra relación: él era hermano de un amigo al que por cierto ya no veo. Solo eso. Un buen tío, por supuesto (ver los puntos uno y dos) pero ya está. Si no nos hubiésemos vuelto a ver puede que no nos hubiésemos vuelto ni a recordar.

Al final miramos nuestros relojes casi simultáneamente, como si quisiéramos sincronizarlos por algún motivo y yo le dije que tenía que ir a comer a casa de mi madre y él dijo que tenía que hacer algo que me importó tanto como a él lo de la comida con mi madre. Caminé aliviado y soltando el aire como si me acabasen de examinar.

Lo primero que mata el tiempo es la confianza. O la complicidad, no sé.

Es por eso que no dejo entrar a cualquiera en mi Facebook.

11 noviembre 2009

Sexo versus TV


La película prometía así que nos acomodamos. Al menos ese era el plan. Pero había factores en contra. Ella sólo tenía la parte de arriba del pijama. Estaba tumbada sobre mí, el culo sobre mi pecho. Su coño estaba a centímetros de mi rostro. Desde allí podía apreciar los matices conocidos e inéditos de ese lugar tan comprensivo con mis necesidades.

Cuando le comenté lo de la peca en la que no había reparado antes me dijo que todas las pecas de su cuerpo tenían un nombre o como mínimo un significado. La de su coño era el emblema de las chicas sexys. Una vez descifrada la peca sentí que se me agotaba la conversación. Los planos de la película pasaron a segundo ídem.

La morreé en su segunda boca. Sus labios verticales contra los míos horizontales. Supe que le gustaba porque se me hizo flujo en la boca. Mientras tanto comencé a crecer entre sus omoplatos. Dio inicio un lento pero firme apuñalamiento de su espalda. Ella respondió rápido a ese reclamo.

-Vamos a la cama- me dijo con la voz debilitada por el placer.

Y fuimos. La película seguía su ritmo mientras nosotros aumentábamos el nuestro y fatigábamos los muelles de la cama.

Me pidió que la follase por detrás y no pude negarme. La prefiero pidiendo eso que pidiéndome que baje a comprar algo o a tirar la basura. A veces ser generoso produce un gran placer y dar también compensa.

De una u otra manera acabamos siendo democráticos con el orgasmo y nos llevamos un par por cabeza. Regresamos al comedor. La película seguía. Intenté pillar el hilo. Justo lo estaba cogiendo cuando ella me agarró la polla. Bajó el pantalón de mi pijama para tratar con ella de tú a tú. Se la introdujo entre los labios. Allí dentro estaba condenada a crecer. ¿Otra vez? Dejamos el comedor y comenzamos a deshacer la cama ya deshecha. Un desorden al cuadrado y un placer al cubo. El último orgasmo me estaba llegando dentro de ella. Como la quería y además no quería que se llevase un mal sabor de boca de ese fin de semana la avisé. La eyaculación fue como un suicidio, un disparo que me dio en el pecho y a la altura del corazón. Ya lo dicen los franceses cuando hablan de ese periodo refractario que hay después del orgasmo en el que ciertas personas llegan a desvanecerse. Lo llaman le petit mort, la pequeña muerte. Pero luego resucitamos. Ella estaba abrazada a mí en ese advenimiento mío. Nos levantamos y fuimos al comedor. Las rodillas me temblaban al borde de la inoperancia.

La película estaba en los títulos de crédito.

Afortunadamente comenzaba otra. Desafortunadamente no se veían perspectivas de verla de principio a fin.

Afortunadamente existe el DVD y puedo ver películas cuando quiera. Al menos si estoy solo. De todos modos el cine que estoy viendo en los últimos tiempos es insoportable.

De ahí que ella y yo busquemos alternativas.

09 noviembre 2009

Con el día tonto


Llevo unas cuantas mañanas escapándome de los espejos. Mi reflejo no me echa de menos pero de vez en cuando vendría bien una ayuda para que el afeitado no me quede tan picassiano. Pero es que no tengo ganas de enfrentar unas cuantas verdades y si me miro a los ojos me acabaré diciendo lo que pienso. O se lo acabaré diciendo a los demás que todavía es más grave.

La mayoría de las culpas que rodean mi vida son en primera persona y no es que tenga buena o mala conciencia es que la tengo en busca y captura y con el subtítulo de armada y peligrosa. Pero pecados aparte sé que hago lo correcto. Según le decía Nabokov a sus alumnos más o menos: “Todos los que estamos aquí hubiésemos sido quemados en una u otra época de la historia porque la moral y las leyes han cambiado dependiendo del tiempo o el lugar”. Yo sin ir más lejos no hubiese pasado el examen de la Inquisición, Mahoma, el judaísmo o el juez Garzón. Ni siquiera apruebo el examen de mi pareja. Y no es que sea amoral, es que mi moral vive en un limbo ajeno al de las personas que he conocido hasta el momento. Y en cuanto a la conciencia me ocurre como a cierto personaje de cierta novela de Montalbán que “no me impide cometer pecados pero sí disfrutar de ellos”. Pero moral y conciencia tengo, desde luego. La mía. Más o menos depravada. De ahí que siga escapado de los espejos, como Borges.

Me levanté sin nada mejor que hacer que contemplar pero por más que la gente diga que para estar completo necesitas serle útil a la sociedad a mí no me importó rascarme un buen rato el ombligo y más abajo, que pica más. Puedo estar en algún tipo de crisis emocional pero sigo las consignas de Pere Calders, escritor catalán al que traduzco como buenamente puedo: “Si el hombre conociera su capacidad para procurarse momentos de placidez en las grandes crisis, no tendría tantos miedos y sería más feliz”. Muy cierto. Yo me procuré unos minutos de placidez con unos comics, una revista de historia y media copa de tinto como gustaba de hacer Oscar Wilde que al igual que yo, amaba el no hacer nada y lo defendía así: “Para Platón y Aristóteles la inactividad total siempre fue la más noble forma de la energía. Para las personas de la más alta cultura, la contemplación siempre ha sido la única ocupación adecuada al hombre” A lo que digo amén, tomo un sorbo más y trato de vivir mi desesperado Carpe Diem. Después me paso el refrán “una ley vino de Roma: que quien no trabaja, no coma” por dónde me paso las normas, la moral y hasta la conciencia ajenas y me preparo algo en una sartén(pero prepararse algo ya es trabajar… ¿No?). Intento pensar que si este no es el mejor de los mundos como decían en el “Cándido” de Voltaire si puedo hacer caso de aquella frase de “El crepúsculo de los dioses”: “Quién desprecia la vida que posee en beneficio de otra merece ser privado de la que ya tiene”. Difícil de seguir y difícil no desear estar en otro lugar o ser otro mientras friego los platos. Pero luego vuelve la placidez. El televisor del comedor tiene las pulgadas necesarias para inventarme sueños cuando no se me ocurren a mí.

Hace ya tiempo que estoy refugiado del trabajo, del amor y hasta de algunos amigos. Pero me tengo que sacudir el polvo y hacer algo y reinventarme como el superhombre de Nietzsche, David Bowie o el capullo del Dalai Lama. Tengo que hablar con mucha gente sobre muchos temas. Aunque no tenga nada que decirles. Yo no tengo la suerte de Wilde o Platón ni me puedo poner debajo de un árbol a ver el mundo pasar. Si pudiera lo haría, por supuesto. Pero es que el mundo, a la que te quedas quieto, te coge del cuello y si no te mueves te da collejas para que lo hagas.

Hoy no me apetecía nada. Tampoco me apetecía nadie. Y luego llegó la página en blanco y mis dedos con inquietudes.

También sé que si no sabes beber, lo mejor es el agua y no publicar un post hasta que se te aclare el entendimiento. Pero eso lo sabré mañana porque suelo llegar tarde a casi todo.

02 noviembre 2009

Halloween


Ayer aproveché mi estancia en ese bonito pueblo para visitar el cementerio. Lo único que me gusta del día de todos los santos es que pasan más películas de terror por algunos canales y le dedican más tiempo al horror… Por lo demás, nada.

El cementerio está lleno de gente mayor. Los vivos y los muertos. Es curioso cómo ese día se llena de personas que vienen a rendir cuentas con sus difuntos. Pero lo que hay en esas tumbas no es más que materia en descomposición, ya descompuesta o simples huesos. Ahí no hay nada que adorar. Y sin embargo hay tumbas más caras que otras. Los que pagan por eso parecen creer que se está mejor muerto con lujo que sin él.

Unos gitanos muy bien vestidos adoraban a su familia en la tumba más cara del cementerio. Muy propio de analfabetos. Gastarte lo que evidenciando su indumentaria no tenían para que su muerto tuviera lo más lujoso. A lo mejor en vida no le quisieron prestar ni cinco euros. ¿Debería respetar eso? No. Ni en gitanos ni en payos.

A propósito del respeto a los muertos digo lo que ayer dijo Martin Amis en una entrevista televisiva sobre la religión: “A la religión como al sexo no le puedes decir que no. Son inevitables. Pero no respeto la religión porque sólo representa la cobardía del hombre para aceptar que no hay nada más allá de esta vida. Sólo la tolero con paciencia. Con mucha paciencia”. Pues sí. Esa adoración de los muertos a mí me parece entendible y tolerable. Pero que no se me pida que la respete. Los viejos además, parecen acudir en manada porque tienen más desaparecidos en el campo santo y han visto su generación más mermada que los jóvenes. O no sé, quizás busquen un cursillo preparatorio para lo que inexorablemente y por estadística ven más cerca.

El caso es que ese lamentarse por los muertos me recuerda algo. Una vez en un trabajo, cuando nos despidieron a dos o tres que paseábamos por allí por esto de hacer recortes, me molestó la cara de tristeza de algunos compañeros. “Eh, chicos, que a vosotros también os pueden “recortar” pronto”. Pero ellos vivían como todo el mundo cuando está de vacaciones: sin creer que el futuro agorero les puede alcanzar a ellos. Y apenas tardaron dos semanas en despedirles. Lástima no haberles podido devolver la cara de tristeza que me regalaron en su momento. Con los muertos creo que ocurre algo similar. Les tratamos con más respeto como si nosotros fuésemos inmortales y no nos fuese a ocurrir lo mismo que a ellos en algún lugar inescrutable del devenir. “¿Quién en el mundo no sabe que todos los vivos están sometidos a un mayor o menor grado de envidia, mientras que a los muertos no les odia ya ni siquiera ninguno de entre sus personales enemigos?” dijo el orador Demóstenes en uno de sus discursos. Pues muy mal. Si alguien en vida me ha parecido un cabrón no creo que la muerte le confiera dignidad alguna. Si no me meto con él no es por respeto es sólo porque ya no se puede defender y porque lo cierto es que ya no hay motivos para atacarle. Pero que no me busquen de plañidera para un muerto que me haya hecho la vida imposible. Yo no creo en su más allá ni en el mío. Si tengo que tratar bien o mal a una personas mejor que sea en vida porque en la muerte sólo hay partículas disgregándose, vida reptante y gusanil alimentándose, algunas fotografías y recuerdos que algún día se perderán o morirán. En la muerte no hay nada con lo que tratar. Pero claro, volveríamos al tema de la religión e incluso al de la superstición que según los científicos es una necesidad humana. No la mía así que no sé qué soy.

Salí del cementerio sin ningún buen epitafio. Todos eran pobres y con la poesía tan muerta como los que allí descansaban. De todos modos y viendo la avanzada edad de los que murieron en esa zona me entraron ganas de quedarme para siempre en ese pueblo. Parece que la vida allí es más sana. Y no es que yo quiera más vida. Lo mío es por no llegar muy cascado al final. No importa cuando sea. Prefiero calidad a cantidad. También desaparecer antes que usar un andador.

Por cierto, un día magnífico el de ayer.

26 octubre 2009

Basura


El pasado se empezaba a notar en los armarios, me chuleaba con su peso de objetos olvidados, de caos creciente, de “busca algo y pásate dos horas hasta encontrar otra cosa”. Como tenía algo de tiempo pensé que era hora de ordenar un poco la casa. No tengo el mal de Diógenes, no acumulo montañas de inutilidades (o eso creo). Si guardo algo es por dejadez, no por estima del objeto. A veces llevo barba porque olvido que me crecen pelos en la cara.

Mis únicas vacas sagradas a la hora de tirar objetos son los cómics, los libros y las revistas de historia o ciencia. El papel impreso me suele mirar con ojitos de cordero degollado y lo devuelvo a sus estantes o sus cajas bajo la cama. Dicen que hay que conocer el pasado para no repetirlo pero si no lo depuras de vez en cuando, tendrás que dormir fuera de tu casa por falta de espacio. Y ojo con ese pretérito que también mata. Si no te actualizas puedes intoxicarte con medicinas o alimentos caducados.

Sí, tenía que entrar con mi machete en esa selva de materia innecesaria y tirarla a la basura o buscando la polémica, subirla hasta el piso cuarto y ofrendarla a los pies de la vecina que me acusa de sacar basura a mi rellano (no dice nada sobre ponerla en el suyo).

En la cocina descubrí que sólo hay que comprar comida para los próximos días y a ser posible aquello que te guste sin buscar ofertas. Si pierdes de vista un alimento al que no le prestas atención llamas al mal tiempo o en su defecto a las cucarachas (mi mayor fobia). Los restos orgánicos son un reclamo para mis pequeñas pesadillas de seis patas así que ya no como ni sobre las teclas del ordenador. Esos insectos pueden ver despertada su codicia. Sus antenas se las saben todas. Los únicos seres vivos que se alimentan hoy en día de mí son las bacterias, los mosquitos hembra y mi pareja.

En el cuarto de baño descubrí algo que evitó el estrés de mis días. Cada vez que tenía los ojos llenos de jabón e intentaba coger a ciegas el champú de un estante de la ducha y cerrarlo, varios botes de plástico vacíos de antiguos champús caían sobre mí. Tuve la revelación de tirar los botes vacíos cuando no les quedaba absolutamente nada dentro y dejó de pasarme esto. Duermo mejor.

Con la librería tuve problemas. De todo lo que sobraba apenas puede tirar algo. Busqué una solución intermedia. Compré cajas de plástico grandes y cerradas de los chinos, reordené publicaciones y las situé debajo de la cama. Algo me impide tirar eso a la basura, ya lo dije. Mis vacas siguen siendo sagradas pero al menos no las tengo mugiendo y desordenadas por mi cuarto. Se esconden debajo de la cama. Sólo puedo tirar los cuadernillos de los testigos de Jehová que aparecen de vez en cuando en la alfombrilla de la puerta, la publicidad de las pizzerías cercanas y las páginas amarillas porque uso las virtuales. Un día de estos de estos haré lo mismo con un libro de Dan Brown que tengo.

En cuanto a la ropa, como me sobraba armario sólo me deshice de dos camisas tan viejas que después de situarlas junto al contenedor pero por fuera para que las vieran los mendigos, incluso estos rehusaron ponérselas y sólo desaparecieron cuando pasó el camión de la basura. Los indigentes también tienen su orgullo. Será porque cada vez hay más arribistas en esto de la pobreza. Desgraciadamente.

Bueno, he limpiado la casa. Está más limpia, más Zen. Todo fluye mejor y se limpia antes. Algunos de mis trastos no eran tan inútiles como mis camisas viejas. Recuerdo que a los pocos minutos de arrojar dos bolsas de mis desperdicios, un señor usaba una especie de caña de pescar en el contenedor y se premiaba con algo que una vez fue mío y ahora sería suyo. Al parecer, la crisis ha convertido la basura en algo que como la energía ni se crea ni se destruye, se transforma(o por lo menos cambia de manos).

Hace tiempo que el término basura es relativo.

19 octubre 2009

El último comunista


Eric y yo tomábamos café y galletas en el comedor de casa. Estratégica e invariablemente mis manos seleccionaban primero las galletas de la caja con envoltorio. Son las que incluyen chocolate.

Él y su mujer intentaron decidir luego si querían té con menta o té de lima japonesa. Quise ensayar la democracia sobre el mantel de la mesa y usamos dos teteras. Todos contentos.

Eric es un cubano de veintipocos años (creo) que cambió su vida comunista por responder amablemente sobre la dirección de una calle a Ana, su actual mujer. Ella era una catalana que hacía turismo por allí y se llevó todo un “souvenir” romántico.

Sé que entre esa pregunta y el feliz matrimonio actual en Barcelona hay unos años de penurias, de mendigar permisos a los ariscos gobiernos, de autentificar el casamiento por amor y demostrar que no se hacía por una adquisición de nacionalidad, de esperas y separaciones con un océano de por medio y dos regímenes distintos. Pero gracias a eso yo podía disfrutar de un espécimen auténtico de comunista a domicilio. Si hubiese tenido un alienígena en mi casa o el fósil de un Pterodáctilo me hubiese interesado poco menos que por tener uno de los últimos comunistas reales del planeta. Cubanos he conocido varios pero todos huidos de Fidel, capitalistas en algunos casos y más papistas que el Papa o más amantes de la sociedad capitalista que los acérrimos autóctonos. Pero Eric no hablaba mal de Fidel Castro. Mientras diplomáticamente le buscaba el canal internacional cubano en la televisión digital, él contaba que de no ser por ese “dictador” muchos guajiros o campesinos se estarían muriendo de hambre ahora en Cuba. Plantar cara a los Estados Unidos les había aislado económicamente pero eran libres como sus cubatas. Yo pensé con cierta malicia “todos los cubanos tendrán algo pero ninguno tiene lo suficiente”. Y no lo pensé sin que él me diera la razón con su conversación. Allí no basta con trabajar para vivir. El cubano sale de su trabajo y tiene que trapichear para conseguir cubrir las necesidades. Si una empresa destaca y es competitiva se convierte en motor de otras que no van a ningún sitio y son como rémoras del crecimiento y de las que avanzan. Eric podía ser más o menos Castrista y admirarle y tratarlo ocasionalmente como un Superman caribeño pero el tipo es inteligente. Es matemático. Trabaja haciendo estadísticas para una empresa que usa electrodos y experimenta con los cerebros de la gente en psicología. Entre trabajo y trabajo escribe artículos para revistas científicas y así hace currículo. Su mujer es algo así como diseñadora gráfica para “Pronto” y tiene una amplia cultura humanística que choca frontalmente con la frivolidad de su revista. Son una buena pareja. Si el amor consigue mantenerles juntos el tiempo suficiente tendrán un niño con dos referentes interesantes y variados. Ciencia y letras y dos maneras de ver el mundo opuestas.

El caso es que Eric me cayó bien. Venimos de culturas muy diferentes pero yo limité mi habilidad toca- pelotas y él explicó esforzándose por la objetividad la forma en que veía a Fidel. De hecho, casi tuve que darle la razón en algo: los americanos no tienen por qué pedirles a otros países que aíslen económicamente la isla porque ellos lo hagan. Bien. Eric y yo podíamos unir el comunismo y mi capitalismo indolente y desapasionado sin enfrentarnos ni por las galletas (el tipo no tuvo inconveniente en comerse las que no tenían chocolate por más que él las hubiese traído).

Lo pasamos bien. Nos reímos. Compartimos gustos cinematográficos. Perdió jugando a un Trivial que tenía por casa y no le importó que ganase yo.

Sólo una anécdota me hizo dudar de la realidad a mi alrededor. Fue cuando dijo que antes de llegar a España encontró dos trabajos. Uno en Mallorca y otro en Barcelona. Pensé que cogió el de Barcelona por estar con su mujer. Pero también le pesaba que pagasen menos en Mallorca. Ana, irónica y divertida y con ganas de aguar fiestas dijo que se estaba volviendo muy capitalista. Yo me reí pero él no tanto. Tal vez había algo de cierto detrás de lo que decía su compañera medio en broma o medio en serio. Y recordé cierto primo mío que quiso seguir la carrera del sacerdocio y echaba pestes de los anuncios y del consumo pero como entretenimiento preferido visitaba conmigo el supermercado y se admiraba de lo que allí veía. Y recordé lo fácil que es convencer a quién nada tiene que tener mucho es más agradable pero lo difícil que es lo contrario. Para eso necesitas una dictadura y un control de los medios de información.

Sentí que mi último comunista auténtico se me escapaba entre las manos. Mejor dejar descansar la cámara de fotos para una mejor ocasión. Este ya tenía el virus mejor inoculado por los americanos.

Al parecer, con o sin crisis, el planeta Tierra tiende al capitalismo. O al suicidio, ya puestos.

13 octubre 2009

Gerontofobia


Ernesto Sábato publicó a principios de los sesenta “Informe sobre ciegos”. Allí usaba la ficción para mostrar una manía políticamente incorrecta desde el punto de vista actual y en especial de la ONCE. De todos modos la “manía” novelada le quedó muy resultona. Allí los ciegos montaban una organización contra la humanidad que aterrorizaba en su belleza y en su horror. Los ciegos eran el enemigo contra todos. Ni siquiera se salvaban los medias tintas como los miopes. La lucha era surrealista pero la vida a veces también lo es.

Mi manía no es literaria ni pretende ser tan resultona. Nace de algunas experiencias vitales.

El otro día, cuando la señora con la que discutí hace un par de posts me colocó un cartel frente a la puerta de casa amenazándome con una denuncia, la ira me devolvió al reptil que llevo dentro. El cartel me acusaba de poner basura en el rellano. Lo único que había sucedido es que había dejado unos libros para Unicef en una bolsa y durante media hora sobre la alfombrilla de entrada de mi casa para que al salir no se me olvidasen. Según la señora esto era basura abandonada de un modo habitual. Buscaba un motín del vecindario contra mí desde hacía días. Esa noche alguien que bien pudo ser ella arrojó pan mojado para las palomas salpicando la mosquitera de mi lavadero.

La señora esa, los jubilados ruidosos y trasnochadores sobre mi cabeza, el embaucador que me vendió el piso y quiso sacar más dinero del pactado a última hora y otros pájaros de prehistórico pelaje me llevan a fantasear con una novela como la de Sábato. O como “Diario de la guerra del cerdo” de Bioy Casares dónde ocurre algo parecido pero aquí las víctimas son los viejos y lo son de los jóvenes.

Sé que mi frente de batalla habitual son los adolescentes niñatos y luego los niños con padres incapacitados para educarles. Pero ahora estoy viendo una salida más razonable a mis fobias y la necesidad de buscar nuevos sacos de boxeo humanos con los que descargar mi agresividad.

Dicen que las canas merecen un respeto pero será en la sociedad japonesa. Yo no baso ese respeto al prójimo en su edad sino en el respeto que el prójimo me muestra a mí.

Leopoldo María Panero decía creer equivocadamente que los locos, por haberlo pasado mal en la vida serían mejores personas. Luego descubrió que eran más hijos de puta todavía que los cuerdos.

Yo he descubierto que si alguien es imbécil a los veinte años no deja de serlo por alcanzar la tercera edad. La incultura se puede ejercitar tanto como la sabiduría y hoy existen diversos métodos para ampliarla (planes de educación fracasados, televisión basura, literatura mediática, dejar opinar a los futbolistas…). El tema del mal es todavía peor. Sócrates relacionaba la ignorancia con la maldad pero yo sólo comparto con el filósofo la inicial de mi nombre y algún que otro episodio de griego activo(aunque hetero). El gusto por el mal y la hijoputez de la que hablaba Panero no se disipa con los años o con la experiencia. Se refinan los métodos. Si un adolescente es malvado por gilipollas(digamos que a lo socrático) un viejo puede sumar a su gilipollez natural el experto ejercicio y continuo de la maldad a lo largo de su extensa vida. Ha tenido más décadas de ventaja para ejercer la putada. Si a eso sumamos que la edad te hace perder neuronas y por lo que veo las primeras que mueren son las relacionadas con la ética, la moral o la vergüenza… ya sé lo que debe preocuparme.

Vivo en un vecindario de bestias prehistóricas más emparentadas con el Tyrannosaurus Rex que con el Diplodocus, es decir, carnívoros jurásicos (afortunadamente con dentaduras postizas).

La jubilación agrava el problema. Los desocupa. No contentos con atentar contra Telefónica asaltando sus cabinas a brazo armado de bolsa de plástico no reciclable y reventándolas para sacar el sobresueldo que cubra las carencias de sus leves pensiones (única virtud que les conozco, el terrorismo contra esta empresa), los jubilados buscan víctimas entre la población civil y muy ocupada o sin ganas de hablar con ellos. Hay mucho despecho. En el cine los buenos casi nunca son viejos (sólo en las películas de Clint Eastwood).

Y ahora siento que soy el objetivo de esta mafia. Como Roberto Saviano por escribir “Gomorra” y ponerse a los sicilianos en contra. Como Galileo por decir que la Tierra giraba alrededor del sol y ponerse al Papa a malas.

Como Salman Rushdie amenazado de muerte por escribir más de la cuenta sobre los musulmanes o Houellebecq juzgado por lo mismo.

Pero mis vecinos ni siquiera leen mi blog.

Si Lars Von Trier dice que la naturaleza es la iglesia del diablo en su última película yo digo que mis vecinos son sus acólitos. Ya oigo el aletear de sus alas de demonio frente a mi ventana. ¡Ah, no, que son las palomas que vienen a por el pan mojado!

05 octubre 2009

Nueva Acrópolis


¿Qué hacíamos en el vestíbulo de un segundo piso de un edificio de Barcelona perteneciente a una secta? Es fácil de responder. Esperábamos una conferencia sobre mi filósofo preferido, Epicuro. Llevaba toda la semana viéndola anunciada en las paradas de la 58 feria del libro. Una semana muy fructífera. Doné libros de los que me quería deshacer a Unicef y se vendieron antes de un día. Niños anónimos del tercer mundo tal vez me lo agradezcan. Ahí no acabó la aportación. También está el libro nuevo de Chesterton de la editorial Valdemar que les compré por dos euros y que supuestamente también ayudarán a criaturas necesitadas. Pero yo estaba en el vestíbulo de un piso esperando una conferencia, no lo he olvidado a pesar de la digresión.

La gente parecía de lo más normal. Estudiantes universitarios, algunos sudamericanos aburridos y personas de mediana edad bien vestidas. El vestíbulo ofrecía la posibilidad de comprar libros New Age de portadas a las que soy más alérgico que los gatos al agua. De todos modos me distraje ojeando un volumen que compendiaba a Marco Aurelio, Epicteto y Séneca. No les iba a comprar nada, por supuesto. Tampoco les podía robar algo ya que me hicieron dejar una bolsa con unos juguetes que le habíamos comprado a mi sobrina en consigna. Sólo contaba con los estrechos bolsillos de mi tejano para mangar algo.

Sobre las ocho y cuarto de la tarde nos invitaron a entrar. Pasamos por una biblioteca de verdad que no pude atender por falta de tiempo. También de autorización.

Entramos en un salón de sillas moderadamente incómodas. Nos pidieron ocupar los laterales por un motivo de orden. El señor que nos atendía en el umbral de la sala de conferencias tenía unos cuarenta y muchos bien llevados y sus gafas o el aspecto general me recordaban al de cualquier alemán en una película de nazis. Era amable pero me llegaba una cierta gelidez de su persona que tal vez tuviera que ver con su pose estirada o, eso nunca falla, la mirada sin expresión. El salón con capacidad para unas sesenta personas se llenó.

El “alemán” dejó de hablar con sus amistades, dos tipos treintañeros de aspecto tan atractivo e hipermusculado como gay, y se dirigió al pequeño escenario junto a un piano, una reproducción de una Victoria de Samotracia a escala que seguro que es mejor visitar en el Louvre y un busto de un griego que no recuerdo pero que podía ser el mencionado Epicteto. El escenario era austero. Pequeño, con un simple fondo de cortina blanca para que destacase el orador y punto. Nada de lugares dónde reclinarse. Los que se subían tenían que dar vueltas sobre ellos mismos como leones en una jaula mirando a los asistentes. Sólo sus palabras y ellos podían destacar.

El “nazi” nos explicó un cuento sobre una mujer que abrió una caja de la que salieron todos los males de la humanidad y sólo quedó dentro de la caja la esperanza, una “esperanza” que “debemos mantener todos en nuestro interior”. De lo más positivo. En ningún momento se ahondó en la profunda carga machista del mito pero lo peor es que ni siquiera se mencionó que esa señorita tenía un nombre: Pandora. Ante tanta obviedad, palabra meliflua y escasa rigurosidad del discurso ya me temía una conferencia de segunda.

El presentador anunció a la invitada, una licenciada en Historia que daba clases. Desde luego no esperaba que la conferencia la diese nadie mediático. El presupuesto de una secta, la crisis y la necesidad de no gastar más de lo necesario en publicidad para tan pocos asistentes así lo requería. Detrás de nosotros una cámara filmaba la conferencia y hacía fotografías. ¿Tal vez estudiaban nuestras reacciones y a nosotros mismos a partir de la inclinación de nuestras nucas?

Salió la conferenciante, una chica sobre los treinta, de aspecto atildado y conservador pero con estilo. Una bonita blusa blanca y una falda estampada hasta los tobillos no dejaba escapatoria a la distracción. Se trataba de aprender, no de evadirse hacia fantasías eróticas o románticas.

La mujer no lo hizo mal. Con voz dulce y sin subir ni bajar el tono de voz, adormeciéndome a ratos con sus palabras, estuvo algo más de media hora hablando sobre mi filósofo preferido. El problema es que en su discurso trillado y plagado de lugares y mitos comunes sentía como si pasase por el camino que va de mi casa al trabajo: de tan visto que lo tengo no aprecio ni un ápice su verdad o la belleza del paisaje. Era una conferencia magnífica para niños de entre diez o doce años que no sepan nada de Epicuro pero no para mí ni para muchos de los que allí estábamos(más tarde escuché cómo una estudiante salía lamentándose a su acompañante de que la conferenciante había puesto palabras falsas en boca de Epicuro).

La mujer que conferenciaba hacía lo posible por mantener la atención. A veces hacía alguna broma blanda de profesor de primaria, de estas que no ofenden a nadie pero tampoco hacen mucha gracia, la verdad. El caso es que una parte del público sí parecía disfrutarlas y reírselas. El sentido del humor es relativo, claro.

Cuando terminó la conferencia nos animó a quedarnos porque anunciaban unos cursos sobre filosofía muy interesantes. Tres cuartas partes de la sala emprendieron el camino de la deserción. Yo con ellos, por supuesto. Los que se quedaron… Bueno, allá ellos.

La secta es Nueva Acrópolis. Lleva varias décadas funcionando. El primer paso es suave, nada parece delatarles. Se capta a los miembros después, en la fase de los cursillos. Antes de su escisión en dos ramas se les acusó de filonazis y ellos se defendieron diciendo que tenían una sucursal en Israel. “Pero también hubieron judíos nazis” les objetan otros. El periodista Pepe Rodríguez ya les denunció en su momento, si no recuerdo mal, por tenencia de armas de fuego cerca de niños.

Bueno, cualquier información al respecto se puede consultar por Internet. Yo no regreso ni aunque me hagan “Epicuro II, en busca de la felicidad”.

Sólo añadir que en ciertas partes de España ya anuncian sus conferencias sin añadir el logotipo de Nueva Acrópolis.

Estos tiempos de crisis son ideales para captar pardillos desocupados.

Y no me miréis a mí.

30 septiembre 2009

Rabioso


Tiene unos cincuenta y tantos. La conozco desde hace unos seis años. Pero es un decir. Me debo haber cruzado con ella unas cuantas veces y siempre he tratado de evitarla. Su conversación parece un interrogatorio en primer grado o recuerda a la Stasi Berlinesa, un departamento para la seguridad del Estado. ¿Qué estado? El estado de su curiosidad, claro. Estoy seguro de que es una mujer a una mirilla pegada. En las reuniones de vecinos se queja de que nunca van los jóvenes. Ella siempre está. La oigo gritar desde mi casa. Siempre discute por algo con alguien. Vive por y para el barrio pero no ayuda en nada. Bueno, el otro día me abrió la puerta mientras cargaba yo con dos garrafas de ocho litros de agua. Cuando ya me dirigía a las escaleras me pidió un momento. Yo sabía que el diablo me estaba tentando. No debía caer en su juego. Debí escapar pero la educación me lo impidió durante esos momentos de titubeo. Solté las garrafas y relajé los hombros. La señora tenía que comentarme algo.

Ella-Sé que no es asunto mío porque esto es cosa del presidente pero me gustaría saber quién deja la basura frente al rellano de tu casa.

Yo- Si se refiere a una vez que la dejamos un momento fuera porque se olvidó…

Bueno, yo no pero fue…

Ella-Vale, vale da igual. Pues dile a quién le tengas que decir que aquí se puso un cartel sobre ese tema y que eso no se puede hacer. Ya sé que eso tendría que decirlo tu vecino o el presidente y no es cosa mía pero las cosas, si se dicen bien… Además, si tanto sabéis de leyes en tu casa sabréis que no está permitido dejar la basura en el portal.

Yo- Primero: no he sido yo el que ha puesto la basura en el portal así que hable con la que lo ha hecho, no soy mensajero. Segundo: esto me consta que no es una costumbre y que son dos o tres hechos puntuales. Tercero: hace años que me quejo de que algún tarado de este vecindario le da de comer a las palomas y tira pan frente a mi casa atrayendo a estos bichos tan asquerosos además de ratas y cucarachas que son peores, alguien tira al otro lado bolsas de patatas fritas y paquetes de tabaco, a mi rellano lo rocían con caramelos y envoltorios de lo que sea que lleve el guarro que espera el ascensor frente a mi casa, los negritos dominicanos que según usted se me deberían quejar y viven al lado me ponen el reggaeton a todo volumen y a cualquier hora del día o me dejan bicicletas y objetos variados en el rellano más alguna que otra colilla de ellos o de sus amigos, los jubilados sobre mi cabeza tienen un taller no declarado sobre mi cabeza que parece de chinos y he ido varias veces a juicio por esa causa… ¿Y usted me viene con esas?

Ella: Lo que a usted le pase no es cosa mía. Ustedes tienen que seguir las reglas y lo otro… Pues denúncielo o ponga cámaras. Pero el Sábado pasado la basura estuvo en tu portal por la tarde, por la noche y a la mañana siguiente.

Yo: Eso no está bien pero creo que debió ser un error. Sufrí un coágulo de sangre y me tuvieron que acompañar al médico. Olvidamos la basura en el portal (esto es falso pero a lo mejor la conmuevo un poco y además creo que es falso lo que dice, a mí tampoco me gusta ver la basura en el rellano de casa).

Ella: Creo que si las cosas se dicen bien nadie se debe molestar porque ustedes saben mucho de leyes pero luego a la hora de cumplirlas….

Yo:(en ese momento cambia mi rostro, paso del modo chico simpático y amable a gárrulo y cabreado. Ya no se puede razonar conmigo. Soy desagradable y me acerco a ella como si quisiera pegarle. Cuando me pongo así realmente quiero golpear pero no lo haré) Por lo que dice usted no ha tenido otra cosa que hacer el fin de semana pasado que bajar y asomar su cabeza al rellano de mi casa varias veces. De otro modo no hubiese visto esa bolsa de basura que a usted ni le va ni le viene porque vive cuatro escaleras más arriba. En algo le doy la razón. Esto no es asunto suyo. Es del presidente, de los negritos o de la policía pero no de usted… Al parecer usted lo ha hecho suyo. Debe ser algo personal por aquella vez que en justicia pedimos que se arreglase con dinero de la comunidad algo que por ley se tenía que arreglar para que no nos ahogásemos de humedad en mi piso. Si usted se lo toma como algo personal yo no tengo problemas en tomármelo como personal también. Y el que me busca me encuentra. Buenas tardes. (Me voy porque por la dirección de su mirada intuyo que alguien se acerca y sé que le encanta hablar en voz alta para todo el mundo y para defender sus causas)

Ella: (aturdida) Buenas tardes.

Regreso enfadado a casa. Vuelvo a tener la rabia. Casi dos meses de paz y creyendo firmemente en las virtudes del Prozac para controlar el Hulk que llevo dentro.

Después de todo, lo mejor para no alterarme era no alternar con cretinos desocupados ni discutir por temas que ni me van ni me vienen.

¿Alguien tiene una cabaña en mitad de ningún sitio para mí?

23 septiembre 2009

Lecturas vivas de un verano muerto


Safo


Robándole ocio a mi tiempo y alquilando en la biblioteca he leído bastante últimamente. Sin ningún tipo de objetivo o coherencia. Movido por el impulso y algunos comentarios o recomendaciones extraídos de cualquier lugar. No sé si salgo más sabio de la experiencia pero sí más leído. Como siempre. Este año han sido más de cincuenta entre novelas, poesía, ensayos y descontando las toneladas de tebeos y revistas variadas. Eso sólo puede significar que el año ha tenido sus momentos buenos (y aún no ha muerto, que le quedan más de tres meses), esos en los que he devorado páginas. En sentido metafórico, claro. ¿Hay algún orden en mi lista? Lo dudo:

- “El mal de Portnoy”. Philip Roth: Para todos los públicos si tienen más de 18 años. No menos genial que siempre pero sí más guarro. Una delicia literaria.

- “Adiós a la filosofía y otros textos”. E.M. Ciorán: Filosofía para gruñones. Como yo estaba cabreado cuando lo leí y el autor puede que también lo estuviera (toda su vida) la selección de textos me gustó.

- “Vineland”. Thomas Pynchon: Dicen que es uno de los cuatro escritores vivos más importantes del momento(junto a Philip Roth, Cormac McCarthy y Don Delillo). Yo no me leí el más importante de sus libros pero este me aburrió. No siempre estoy de acuerdo con la opinión global o es que a mí hay libros que me pillan despistado. Para opinar más debí leer los suyos más importantes pero es que son gigantes y si no tengo la garantía de que el autor me gustará me da pereza empezar mamotretos de mil páginas. No sé si regresaré a este escritor del que sólo tenemos una fotografía suya de hace cincuenta años. Ha sido un desamor a primera vista… o leída.

- “Epicur- Ética”: Un libro en catalán que traducido al castellano sería “Epicuro- Ética”. Ejem. Una delicia sobre el filósofo que mejor me define. Hedonista hasta la última célula.

- “Elogio de la locura”. Erasmo de Rotterdam: Entretenido. Me distrajo bastante en los transportes públicos de Barcelona que tanto tiempo te roban con sus averías y retrasos por causas extrañas al pasajero. Pero no me volvió loco si se me permite el chistecillo tonto.

- “Maestros del horror de Arkhan House”. Varios autores: Cuentos de literatura Pulp que no es para tirar cohetes pero ya sabes que no lo será antes de abrir el libro. Me gustaron más las presentaciones a los cuentos que los cuentos mismos. En cualquier caso muy bueno como higiene mental.

- “Si mi biblioteca ardiera esta noche”. Aldous Huxtley: Artículos y ensayos. Lo mejor que he leído este año. No puedo decir más. No recuerdo si este autor está en mi perfil pero si no es así aparecerá en breve. Todo lo suyo es superior.

- “Doctor Pasavento”. Enrique Vila-Matas: Vila-Matas suele estar bien así que opino bien sobre el libro. Aunque sea el que menos me ha gustado de los suyos. A lo mejor es que hacía mucho calor este verano.

- “Bajo el volcán”. Malcolm Lowry: Un clásico de la literatura para alcohólicos. Como lo leí mientras jugaba al ajedrez con una persona a la que estaba enseñando tal vez se me escapó la poesía de algunos pasajes pero el final me impactó bastante. No contaré nada por si eres un amante de la literatura etílica y quieres leerlo. Tiene película de John Houston que aún no he visto.

- “La carretera”. Cormac McCarthy: Literatura fantástica y post-apocalíptica con película inminente. Una obra maestra del género. Para leer en una tarde y del tirón.

- “Anábasis”. Jenofonte: Un reportaje de primera mano sobre la vida de unos mercenarios griegos que durante el primer capítulo pierden a su jefe, un persa llamado Ciro, y comienzan una aventura de lo más entretenido por Oriente. Muy bueno pero a mí me gusta toda la literatura grecolatina así que no soy objetivo.

- “El mar”. John Banville: El mejor clon de Nabokov que he encontrado hasta la fecha. Pero sigue ganando el original de largo. Agradable en cualquier caso.

- “Poesía y testimonios”. Safo: Muy bueno pero sería mejor si los nueve libros que escribió esta habitante de Lesbos no hubiesen sido purgados por los gusanos y las ratas que se fueron comiendo casi toda la obra. Poco nos ha llegado de esta poetisa griega pero tiene buenos momentos. Para disfrutar más de su obra me haría falta una lira, una partitura original de Lesbos y saber algo de música pero en fin, que el libro se lee con gusto.

He leído algunos más pero ya estoy cansado de escribir.

Prefiero seguir leyendo.

18 septiembre 2009

Feria

Confiaba que la crisis fuera el verdugo de las fiestas de mi barrio pero el esbirro me ha fallado. Como cada año Septiembre me ha dejado nueve noches de gritos de borrachos hasta altas horas de la noche, gárrulas despechadas igualmente borrachas clamando por sus príncipes cocainómanos, vejestorios buscando juventud en las improvisadas pistas de baile y al amparo de unas orquestas que ahora lo tienen peor(la SGAE además de apretar, ahoga), atracciones de tres euros el viaje y dos minutos el dudoso placer, alimentación de chiringuitos más perjudicial que todo el tabaco de la península y… ¡bien!, propuestas culturales.

Yo he aprovechado esas tardes de teatro, poesía y cine para ver qué se cuece en mi barrio o en las cercanías. Tal vez me encontrase con alguien de gustos similares o mejores que me aportase algo. Estaba claro que en la feria no se me iba a ver salvo por el hecho de pasear a mi sobrina cuatroañera que todavía es público del ruido y el gusto lo tiene como en construcción.

Dí una vuelta por las casetas dónde diversas personas se agrupaban con objetivos que iban desde la afición a la cocina hasta el desafío viril aunque un poco simplón del rugby. Allí había de todo y hasta algunas sorpresas. La primera me la dio mi sobrina que me llevó de la mano hasta una caseta dónde un montón de margaritas de plástico con la fotografía de un niño por cara se exponían como la asociación del Esplai al que iba ella. Una de las margaritas con la cara de un niño eclipsaba un poco la de mi sobrina así que deforme su tallo un poco para que ella destacase más. El guardia de seguridad estaba entretenido piropeando a féminas desde los cuatro hasta los ochenta años.

En el barrio había un tipo con un perro al que un amigo y yo solíamos llamar subnormal porque nos caía muy mal desde siempre. En la asociación de enfermos mentales a los que ayuda mucho tener un animal salía él en una instantánea acompañado de su no menos tarado amigo. Después de todo nunca le insultamos. Sólo le definimos.

Otro al que le teníamos respeto y no insultábamos porque nos apenaba un poco su hidrocefalia y el convencimiento de que realmente no estaba muy bien de la cabeza no sólo era Homo Sapiens sino que estaba su fotografía destacada en una asociación de poetas insignes del barrio.

Nada como esas casetas para ver algunos de los bastidores de la engañosa realidad.

El recinto para la poesía en una improvisada carpa fue decepcionante. Sólo gente mayor que confundía la poesía con el mercado y se saludaban a voces y sin sonotone mientras en el escenario poetas no menos mayores en edad pero muy inmaduros como artistas se trababan recitando, confundían la poesía con un espectáculo hortera de variedades y ripios de colegio, soltaban sermones de iglesia cursis en el mejor de los casos y soporíferos en el peor o en fin, demostraban que todo el mundo puede ser escritor o poeta pero casi nadie puede hacerlo bien. Muchos aplausos pero muy poco arte. Resistí casi media hora más fascinado por la capacidad del ser humano para hacer el ridículo sin darse cuenta que del nulo placer proporcionado por los versos. Soy un morboso.

El teatro estuvo un poco mejor. La sala estaba muy bien acondicionada en un edifico público y sólo eché de menos poder sentarme. El aforo estaba completo. Mientras veía “Ocho mujeres” y trataba de olvidar que las protagonistas que hacían de abuela, madre e hija respectivamente parecían tener la misma edad, algunas personas mayores entraron a oscuras en la sala. Estos lugares me hacen sentir casi un niño, el público no baja de jubilado. Una señora entró tanteando. Con su mano derecha se sostenía en su bastón mientras con la izquierda se sostuvo unos incómodos segundos en mi culo. Ni respeto a sus canas ni nada. Mucha desvergüenza es lo que hay. A cualquier edad.

En fin, otro año más sin sentirme parte integrante del barrio.

Será porque suelo salir más por el centro de la capital que por aquí.

04 septiembre 2009

Actualidad de nuestros cuerpos


En ese banco tenemos una porción de brisa y un buen pedazo de mar. Estábamos en crisis entre nosotros y con amenaza de recesión. Pero ahora, contigo sentada sobre mí al estilo adolescente parece que surgen los brotes verdes y vemos la luz al final del túnel. El puerto me sabe mejor contigo. La población de Barcelona me sigue sobrando pero como es un mal inevitable intento concentrarme en el bien acariciable sobre mi regazo.

Nos besamos como si desafiásemos a la gripe A pero es que en realidad ni la recordamos. Nuestras enfermedades juegan al ping pong. Recuerdo que la gripe del año pasado se mudó de mi garganta a la tuya y cuando sané me la regresaste de nuevo y cómo al final, cuando tú sanaste, aún te la devolví una vez más. Si el virus muta a mortal seremos los primeros Romeo y Julieta de la pandemia del siglo veintiuno.

Pero no me dejas pensar mucho más. Sabes que eso es lo último que necesito para ser feliz. Me besas con más intensidad y pruebo el sabor de tu lengua. Las buenas costumbres no se pueden perder. El sueño de todos mis dedos era tocar tu piel. Ahora lo cumplen mientras se reparten cinco tu espalda y los otros cinco tu vientre (premio para el que llega a tu ombligo).

Es cierto que en el Mediterráneo hay tiburones. Uno de ellos desea arrancarte la perfección de esos labios a bocados.

Unos gárrulos envidiosos gritan cosas como “ñaka, ñaka” y monosílabos varios desde el puente sobre el banco. Resultarían encantadores si no desease más bien ponerles una piedra alrededor del cuello y tirarlos al rincón más sucio de este Mediterráneo con depredadores. Pero al probar la saliva de tu boca se produce el efecto del mítico río Leteo, me quedo sin memoria. O al menos sólo tengo neuronas para ti. Soy capaz de abstraerme y olvidar a los pajilleros y Neandertales de los aledaños. Los niñatos sólo existen si crees en ellos y los nuevos planes educativos en España los están matando. Pronto comprobaremos si se puede morir de estupidez y ellos nos lo van a demostrar.

Intento hacer una ampliación de tu escote. Me miras sorprendida. La polémica del nudismo sí o no es alternativa a lo nuestro. Podemos armar polémica y escándalo sin quitarnos una sola prenda de ropa. El nudismo está permitido en España salvo en ciertas playas de la ciudad Condal pero el tope está en practicar sexo en público. Algo incomprensible si miramos las fotografías de “El País” detrás del mercado de “La Boquería”, un manjar para los amantes de la pornografía. Las leyes son claras pero los recursos escasos. Tenemos que seguir aprovechando la debilidad de nuestros ayuntamientos para atajar nuestros ardores (por si acaso, antes de bajar mis labios hasta tus pechos miro si hay policía cerca, gente sí, de eso hay en todos sitios y a cualquier hora). Mi poca vergüenza tiene límites pero están poco claros.

Tú me arañas la yugular con los dientes. Luego el atentado terrorista es en mi oreja. Cierro los ojos y apago el mundo porque mi placer no necesita que mire la realidad. Me sacas del error y me muestras como un avance de lo que podríamos hacer en un cuarto, el principio de tu tanga negro. Me quedo como hipnotizado por las transparencias. Intento descifrar el secreto que insinúa esa tela y pienso en esos otros labios sin lengua que también me gustaría besar. Me detienes la mano antes de que nos detenga alguien. Esas cosas a su tiempo. O en la intimidad.

Todos los órganos de mi cuerpo están en elecciones y ha ganado el sí a ti en el referéndum. El presidente levanta la cabeza en mi pantalón aprobando tu legislatura sobre mi corazón. También se aprueba un estatuto que incluye el derecho, llegado el caso, a terminar de follar sólo en caso de agotamiento extremo por parte de uno de los dos.

Salimos de allí antes de que nuestro efecto invernadero nos mate frente a esos peces tan mirones que tenemos delante.

En el autobús intento ensayar tiras cómicas contigo pero lo único que te hace gracia es saber que estamos juntos y no quiero eludirte como única reina de mi monarquía.

Me cobro unos cuantos impuestos a base de caricias y apretujamiento de nalgas. Hoy parece el cumpleaños de mis manos.

Sabes que cuando tenga ocasión me tomaré el derecho de pernada con avaricia.

Cuando al bajarme del autobús alzo mi mano y te despido no es lo único que levanto para decirte adiós.

28 agosto 2009

Variaciones atmosféricas en el alma


El Lorenzo pega sin tregua este verano

Me despierto con sueño por culpa del calor. En mi caso se trata de algo ideal para el malhumor. ¿Por qué no cedí anoche a la tentación de las píldoras del sueño? Las drogas son buenas. Huxley o de Quincey, dos grandes, estarían de acuerdo conmigo. El mejor de los mundos posibles, incluso desde el punto de vista epicúreo, sería uno dónde los estupefacientes no creasen adicción o tuviesen desagradables efectos secundarios.

Pero el malhumor apenas le deja movimiento a mi pensamiento. Me viene una filosofía de lo macabro. Pienso en alguien que me desagrada y disfruto imaginándole con una bala en las tripas, una muerte horrible donde puede pasar dos horas de agonía mientras sus miserias intestinales se mezclan con la sangre, la infectan , va viendo cómo la vida se le va, es consciente de que es así y le duele mucho…

Con el café me despejo. Un RedBull sería ideal pero mi sistema nervioso es fácilmente influenciable. Tal y como voy se podría llenar mi ciudad de crímenes. Algo me dice que salir en la sección de sucesos del periódico es menos satisfactorio que salir en la de cultura por alguna novela. Me entretengo con esa imagen. ¿No hay que atraer los pensamientos positivos? La cafeína me despeja y el mal rollo me cambia de canal. Ahora me veo haciendo lo que realmente me gusta: escribiendo y viviendo de ello. En apenas unos minutos y con el estómago más amueblado gracias al croissant de la cafetería cambia toda una filosofía de vida. El aire acondicionado del local ayuda bastante. El mundo es ahora acogedor.

Pero luego salgo al sol sin tregua de las dos últimas semanas. Todo el optimismo se me evapora junto al sudor. No puedo con el calor. Me sube la tensión que ya es alta de por sí por culpa de la Fluoxetina o Prozac. Empiezo a ver el mundo como en blanco y negro. Paso del color digital de las últimas superproducciones de Hollywood al blanco y negro de las de la era del cine mudo. Nietszche y sus ataques de rabia producidos por las cefalalgias me parecen razonables. Vuelvo a ser un ser humano antipático e inmisericorde con la gente. Una rumana me pide dinero a la entrada del supermercado y la miro mal. No le doy nada. En otras circunstancias tampoco le daría nada pero por lo menos no la miraría mal.

Junto a la sección de carne del supermercado me regresa la felicidad. Sé que no queda bien que un tipo observe durante tanto tiempo unas salchichas envueltas en plástico de la nevera pero es que la temperatura me devuelve el amor por el género humano. Pienso en mi futuro y lo veo perfecto. Creo que paso por una situación envidiable. Casi me saco el móvil para charlar con la persona que quiero para explicarle que lo tengo todo claro y que ahora sí, nada puede ir mal en nuestra vida. Me cambio a la nevera de los helados, eso sí. Los congelados me terminan de arreglar el ánimo. A este paso comenzaré a besar a todo el mundo, incluso a los asquerosos niños que berrean junto a su no menos asquerosa madre.

Salgo a la calle y el calor me asfixia. Respiro un poco peor. Me empiezo a sentir definitivamente deprimido. Al llegar a casa, con la insuficiencia del ventilador no me sube el ánimo. Intento solucionarlo viajando en pantalón corto y a pecho descubierto por las habitaciones del hogar pero el calentamiento global parece haberse vuelto individual y particular o haberse reunido en mi casa. Paso el día, bastante perruno, sin dirigirme la palabra ni a mí mismo. Desprecio el rostro sudoroso y como acabado que me muestra el espejo.

Por la noche el somnífero me aleja de una realidad demasiado caliente y antes de irme con Morfeo, cuando las menores temperaturas de la noche me dejan tranquilo, una sonrisa y algunos pensamientos optimistas me regresan.

El citado Nietszche tenía razón cuando decía que la mente es esclava del cuerpo.

Yo no puedo ser feliz en Agosto. No sin aire acondicionado.

20 agosto 2009

Frente a una balsa de aceite


Estoy en el puerto observando barcos y unas aguas francamente sucias. Los pocos peces que veo deben ser una rama mutante y acuática del cerdo capaces de respirar basura. Como los pesque alguien hoy, muere el que se coma ese pescado. Me los imagino con los tres ojos del que vive cerca de la central de Springfield.

Me entretengo pensando en lo divertido que sería arrojarse a esas aguas oscuras y pestilentes. No me gustaría morir ahogado pero en ese océano de contaminación no duraría mucho. Las gaviotas vuelan alto para que no les salpique esa porción de Mediterráneo aceitoso y repleto de combustible más otros diversos elementos de la tabla periódica incompatibles con nosotros, con el carbono del que estamos hechos. Y ojo que estas aves no me parecen nada higiénicas y me preocupa su peligroso vuelo y evoluciones sobre mi desprotegida cabeza. Por lo demás, la gente que me rodea parece feliz. Claro que yo para ellos tampoco debo parecer muy infeliz. No he venido a echar unas lágrimas aquí, sólo a que me de el aire. Se sientan en los bancos junto a mí y si me descuido o dejo de esconderme detrás del libro que utilizo ocasionalmente como escudo, son capaces de buscarme conversación. Por eso voy a los bancos dónde hay gente acompañada y no dónde hay solitarios de pega que se equivocan buscando la compañía de uno que realmente quiere estar sólo.

Me entrego a mis placeres. ¿Los estoy recuperando? Pienso maneras cómodas e indoloras y mejores de suicidio pero ninguna me va. Y además estoy traicionando al hedonismo, la Epicúrea escuela a la que siempre he pertenecido. Según él sabio griego, los mejores placeres no vienen acompañados de consecuencias negativas. Imaginar la disolución de mi ser en la nada puede resultarme un pensamiento de lo más agradable pero encuentro que el proceso puede estar cargado de efectos secundarios y demasiado dolor. También puede haber fallos producidos por el instinto de supervivencia que todavía sobrevive en mí (valga la redundancia). Este no me deja ir más allá del más acá (que ahora consiste en un mar de suciedad y peces plebeyos y arrabaleros pero una brisa marina muy agradable).

Me giro. Veo en cuclillas a un tipo con el que trabajé hace años y que se ganó mi desprecio por motivos que expliqué en un viejo post y que no vienen al caso. El tipo, Ricard y su cara de mongólico es inolvidable y el tiempo apenas la ha cambiado. Se le ve incluso más joven. Esta gente debe hacerse mayor de otra manera.

Ahora está filmando unos barcos que entran en el puerto. Su estulticia facial se acentúa. Por la edad que le recuerdo debe tener unos cuarenta y pocos y lo único a lo que se dedica en este momento es a hacer el capullo y filmar aburridos vídeos privados de cargueros en el puerto de Barcelona. Es como el perro de Houellebecq, capaz de ser feliz jugando toda la tarde con una pelotita. Ja,ja.

Lo he conseguido. La primera risa que alguien me saca este verano. Breve pero sincera. Y sin pastillas.

De todos modos Ricard parece muy feliz con sus barquitos en video digital. Es para verlo. El hombre fluye tanto con esa tarea que ni me ve.

No es la primera ni la última vez que lo pienso. El que se está equivocando soy yo.

12 agosto 2009

Universo deprimido


Parece increíble pero mi problema ha sido el exceso de suerte. Como la Tierra a la que Júpiter, ese gigante gaseoso que la protege y salva de cometas y meteoritos (aunque uno gordo se le escapó y tuvimos que despedirnos de los dinosaurios sin ni siquiera habernos presentado), así me sentía yo. Pleno como un planeta azul lleno de vida rotando sobre sí mismo y protegido por la diosa Fortuna. En mi sistema solar, dejándome calentar por una estrella, pero sólo por una, aunque hubiese lejanas constelaciones cargadas de posibilidades ardientes y claro, de muchas más estrellas. Yo feliz con mi estrella siempre que llevase falda o pantalón pero por favor, que no le colgase nada por debajo del pubis.

A lo mejor alguna vez se me partió la órbita y salí sin querer del sistema que me albergaba amoroso. Tal vez caí bajo la órbita o atracción de otra estrella. Pero Júpiter o la suerte o mi buen hacer me protegían de los golpes. Los pocos que recibía los encajaba bien. Una buena atmósfera a mi alrededor me salva o salvaba de los peñascos arrojados contra mis intereses. Sólo algunos huecos de meteorito me habían dañado levemente el corazón pero sin llegar al núcleo. Seguía girando feliz sobre mi eje.

Así, dejándome calentar por otra estrella, he seguido girando alrededor y sin olvidar nunca el espacio de habitabilidad planetario. Si te avanzas mucho hacia tu estrella te quemas como Mercurio o Venus. Si te alejas mucho te enfrías como Marte o más extremadamente como Plutón. No, lo ideal era seguir una ruta adecuada o cuidarme de los satélites que no le acaban de caer bien a la estrella de turno. Pero de pronto una amenaza de calentamiento global en mi ecosistema, una crisis existencial, unos cometas laborales destructivos y apocalípticos hacia mi órbita que mis institutos de observación vieron pero no tomaron demasiado en cuenta, una tormenta solar de mi estrella oficial(una muy gorda porque cientos de tormentas se suceden en ella a diario) y la amenaza de que la estrella olvidada adquiriese memoria y quisiese atraerme de nuevo a su órbita(los sistemas de estrellas binarios no son buenos para este planeta que os escribe), los rayos cósmicos de un día a día que no me gusta… Mi atmósfera se estaba volviendo irrespirable.

Cuando llegué a la consulta vestido de negro, con barba de días no contabilizados por culpa de la mala memoria o del estrés que la produce, cuando la doctora dejó de escucharme durante esos cinco minutos en los que le interesaba más la pantalla dónde leía mi historial clínico que lo que le decía y me miró a los ojos, no me dejó hablar más. Tal vez, al igual que en el corazón, se me veían los impactos de tanto meteorito que no había visto llegar porque siempre son estrellas fugaces y no puedo cazarlos antes de que me toquen. El planeta que la observaba estaba desolado y como sin vida.

Estoy de baja. Giro sólo en un vacío de píldoras verdes y otras blancas para el sueño. Recibo explosiones de plasma de estrellas lejanas que se acuerdan de mí pero que saben que todavía estoy lejos. Ni siquiera me interesa su calor. En el fondo deseo que no se les agote la paciencia ni los rayos ni el calor o colapsen sobre sí mismas, se conviertan en agujeros negros indetectables para mí. También me gustaría que los terremotos, tsunamis y movimientos de la corteza terrestre de mi cerebro me dejasen sentir que la vida es tan bella como cuentan las películas simplonas. Pero vivimos en un planeta en absoluto y riguroso peligro. Entre la espada de la crisis y la pared del cambio climático. El mío además, con la serotonina a la altura del asfalto.

P.D. Y la prohibición temporal de no tocar Internet que yo me acabo de saltar.

30 julio 2009

Carta


Se fue. Me dejó de recuerdo un buen rato en mitad de una noche sin más sonidos que los nuestros. También me dejó el cuerpo como después de una paliza. Pero se fue. Y aproveché para comer cebolla, ajo y salsas picantes de las que dejan rastro en cualquier aliento. Esa semana sólo tenía que usar la boca para comer. Mis besos, por ser exclusivos, debían quedar aplazados. Tiempo habría de regresar al Colgate, la fruta y la disciplina de la higiene.

Se fue o te fuiste (porque sabes que te escribo a ti) para dejarnos un espacio que siempre pido pero sobre todo para ganarse o ganarte el tuyo. Una libertad con moderación pero por encima de todo, una libertad de mutuo acuerdo, pactada y con sus reglas. Un paréntesis no tan largo que mate por falta de alimento el amor, ni tan corto que apenas se note. Algo más equilibrado. Te fuiste para que volver a vernos diese más la impresión de milagro que de rutina. También lo hiciste para no mezclar las vacaciones con el lugar dónde mal vives, para alejarte del techo que te recuerda el día a día tras día de movimientos repetidos y sorpresas con cuentagotas que a menudo ni siquiera son agradables. Un hasta luego porque adiós nos queda grande. A no muchos kilómetros de mí. Sólo los que caben en una hora y media de tren de cercanías con retrasos. Si volases poniendo países de por medio ya te estaría llamando. Supongo que la psicología hace mucho. Seis días sin ti son igual de largos estés en Turquía, Rusia o la Costa Brava. Y como no estás te conjuro con palabras públicas de blog para que tú me conjures cuando te lleguen al portátil vía Internet. Seguimos juntos de algún modo. Imposible saber la cantidad de escenas bonitas y espantosas que nos separan del seguro fin. Pero de momento, para nosotros, la distancia no es separación.

Ahora vivo y paseo sólo, como si pudiera visitar un futuro en el que ya no estaremos juntos o retroceder a un pasado en el que no te conocía.

Fue bonita la última noche que nos vimos cuando comprendimos que ya nos estábamos echando de menos incluso abrazados. Y también lo es saber que entre nosotros hay algo que ha sobrevivido a las peores pruebas y las ha superado con nota. Otros en nuestro lugar ya ni estarían. Otra en tu lugar ya me hubiese devuelto el infierno que te presté.

No podemos temblar sólo porque compres un billete para la vuelta de la esquina. No después de haber sobrevivido a tantas guerras y a tan escasa paz.

El Domingo te llamo.